miércoles, 14 de enero de 2026

Mis clásicos: "Mendel el de los libros", de Stefan Zweig

 

          Son muchas las obras de Stefan Zweig (1881-1942) que han alcanzado mucha difusión internacional desde hace décadas. Ambientadas la mayoría en Centroeuropa y en su Viena natal, sus obras reconstruyen el ambiente moral de toda una época además de dar vida a inquietudes y personajes universales, como es el caso de esta brevísima novela, una de mis favoritas.

        Instalado en el café Gluck, el judío Mendel es “un auténtico ejemplar de una raza en extinción, un saurio antediluviano de los libros”, de los que sabe todo. Del resto, Mendel no sabe nada de nada. Tan es así que al poco tiempo de comenzar la Gran Guerra, en 1915, es acusado de colaborar con los enemigos del Imperio austrohúngaro, acusación que acaba con Mendel ingresado en un campo de concentración. Cuando por fin sale, regresa a su rutina libresca, pero como le sucedió a aquella Europa que con tanto acierto retrató Zweig, “Mendel ya no era Mendel, como el mundo no era ya el mundo”. 



Mendel el de los libros

Stefan Zweig

Acantilado. Barcelona (2009)

57 págs. 9 €. 

sábado, 10 de enero de 2026

Notas para un diario: "Honor y gloria a Leonardo Favio y Palito Ortega"





Tenía en mi antiguo coche, el Peugeot, con el que tuve un accidente que ya he contado en otro lugar (siniestro total), un cd que ponía de vez en cuando, sobre todo cuando hacía viajes de trabajo. En él, mi hermano Antonio me había hecho una selección de canciones muy malas, subrayo lo de muy malas, deliberadamente muy malas, de los años sesenta y setenta. Había auténticas joyas de Leo Dan, Luis Aguilé, Georgie Dann, Basilio, Palito Ortega y varias canciones de Leonardo Favio, una muy famosa y otra horripilante. Ahora, no puedo escuchar cd’s en el coche, sino que llevo en un pincho un buen número de canciones de muchos cantantes y mucha música clásica. Pero le pedí a mi hermano que también me grabara, para escuchar en momentos muy concretos -en la antesala de una posible depresión o cuando me encontraba al borde del suicidio- alguna canción de Leonardo Favio para recordar los viejos tiempos del cd. 

Sin yo pedírselo, en un gesto que le honra, me grabó además algo de Palito Ortega. En concreto, no se cortó ni un pelo y de los dos me ha grabado la discografía completa, cientos de canciones que estoy seguro que nadie, absolutamente nadie, ni sus mujeres, ni amigos, ni amantes, ni familiares directos, han sido capaces de escuchar con el asombro y la veneración con las que yo las he escuchado. Reconozco que sabía que estaban en el pincho, pero no pensaba que hubiera tantas. Y también reconozco que hasta ahora no había escuchado ninguna: su escucha exige un momento muy especial y, por mi parte, una atención analítica y estética. 



Hace aproximadamente un mes, escuché por casualidad uno de los grandes éxitos de Leonardo Favio que estaba en el otro cd, “O quizás simplemente te regale una rosa”, que tantas veces canté con Paco M. en un viaje a Salamanca. Después de escucharla, me dije: “Adolfo, ha llegado el momento. No te puedes poner de lado. Ahora te toca Leonardo Favio”. Y con paciencia y tranquilidad fui escuchando las cien mil canciones que me grabó mi hermano. Menos mal que mis trayectos por Madrid son cortos y apenas me da tiempo a escuchar cuatro o cinco canciones completas, unas veinte en el caso de L.F., porque sólo escuchaba de cada una un par de estrofas (a no ser que me enganchasen, no las oía completas). L.F. tiene unos cuantos éxitos que figuran en todas las antologías nostálgicas de la época: “Fuiste mía un verano”, “Ella ya me olvidó”, “Chiquillada” y “Din dong, estas cosas del amor”. 

Luego tiene infinitas canciones prescindibles que dan vueltas y vueltas hasta marearse a los clásicos temas del amor y del desamor, con todos los estilos posibles, aunque Favio, sensible y poeta, muestra una acusada querencia por un romanticismo tierno, triste y un tanto marchito. Posee una voz potente, muy potente, por momentos de barítono, a la que sabe sacar partido en los contundentes estribillos de algunas canciones. También canta o recita con el coro unos diálogos chisposos y a veces melosos. La orquesta se acomoda a su vozarrón y a sus cambios de ritmo, aunque hay que señalar que las canciones suelen ser repetitivas hasta la saciedad en el fondo y forma. En España tuvo mucho éxito en los años sesenta y setenta, aunque hasta 1971 no actuó en Madrid, en el Florida Park. L.F. no se dedicó solamente a la canción. De hecho, en su país es más conocido como director de cine. En su biografía también ocupa un lugar importante su pasión por la política, que le provocó no pocos problemas. Sus canciones se vendieron en todo el mundo y se versionaron en más de catorce idiomas. Más arriba he mencionado las canciones que han quedado, pero yo me he quedado boquiabierto cuando he leído que una de sus canciones más famosas fue “La foto de carnet”, de 1971, que condensa, me parece a mí, no sólo lo peor de todas las canciones de L.F. sino de toda la música popular de esas décadas. 



La canción está concebida como un diálogo entre el Amado y la Amada (como en El Cantar de los Cantares o el Cántico espiritual, de san Juan de la Cruz), aquí de manera más atrevida, pues el Amado se despide de la Amada y le deja como recuerdo un detalle muy contemporáneo: una foto de carnet. El diálogo que mantienen los dos no aclara algo que considero capital, y en este caso esa ambigüedad significativa juega a favor del sentido de la canción. No sabemos si el Amado, que ha dejado a la Amada, se ha ido porque se ha cambiado de ciudad o país o de trabajo, porque la ha dejado sin más por plasta, o porque la ha palmado (personalmente me quedo con esta última interpretación). El Amado, sin embargo, anima a la Amada a que se busque otro novio. Como dice la canción en repetidas ocasiones, el Amado ha sido “tan sólo una ilusión, y nada más”. Pero ella, la Amada, que en la canción aparece llorando a moco tendido con un sentimentalismo contagioso, no piensa lo mismo que el Amado. 

Los diálogos son tristes, lacerantes, tumbativos. Pero el objetivo del Amado es tranquilizarla, animarle, decirle que hay que tirar para adelante, que la vida continúa. En esta canción, L.F. emplea mejor que nadie un recurso muy habitual en las canciones de esos años, el recitativo, es decir, introducir frases no cantadas sino dichas de manera coloquial que muchas veces son la antesala de la explosión sentimental y musical del estribillo. La canción es cursi, muy cursi. Es triste, muy triste. Es lacrimógena, muy lacrimógena. Lo de cursi queda claro con esta estrofa: “Si ves un pajarito en el invierno frío, / protégelo, cobíjalo, contágiale el calor”, imagen/metáfora del auténtico y protector amor. El Amado le dice: “Es hora de partir” y “Me verás en todo lugar”. Pero, a pesar de todo, él anima a ella a buscar un nuevo amor, aunque ella, embriagada y emocionada, no para de llorar. La música que emite la orquesta subraya este fuerte sentimiento de grave dolor. Y lo mismo hace la voz de tenor de L.F. Otra cosa en la que hay que fijarse es en el papel estético que desempeñan los diminutivos y los recitativos, insisto. Me cuesta creer que la canción haya tenido tanto éxito (es fácil de encontrar en Spotify o en YouTube: la puedes oír aquí, la imagen es muy mala pero en lo que hay que fijarse es en la letra). Si no tenéis bastante con esta y necesitáis de alguna otra canción para odiar más la música de estos años, podéis escuchar de L.F. “Vuela, pajarito, vuela”, “Jamás te dejaré de amar” y “Una palomita blanca”, que tiene este jugoso estribillo: “Una palomita blanca llegará hasta vos. / Una palomita blanca te dirá mi amor”. Auténticas joyas que yacen olvidadas en el baúl de las canciones perdidas. 




            Animado por mi experiencia profesional con Leonardo Favio, metódica y perseverante, continúe mi trabajo de campo musical con Palito Ortega, cuyo nombre auténtico es Ramón Bautista Ortega (al que, por cierto, la escritora Leila Guerriero le ha dedicado una de sus crónicas: está disponible en su volumen Frutos extraños). Alucinado, veo que hasta en 2022 ha dado conciertos, precisamente este año su llamado “Tour Despedida” tras sesenta años de carrera. En 2022 tenía 81 años y en Internet, la verdad, se le ve bastante bien. Además de cantante, como Favio, ha sido  director de cine. Y, como Favio, también ha participado en la política de su país, Argentina. Ha sido gobernador de Tucumán entre 1991 y 1995 y senador también de Tucumán entre 1998 y 2001. Tuvo unos orígenes muy humildes y antes de triunfar en el mundo de la canción trabajó como camarero, limpiador y vendedor de café. No me enrollo mucho con Palito Ortega. Os invito a escuchar mirando a la luna su canción “Bienvenido amor”, que comienza con un preciosista y juguetón trinar de pájaros. Sus canciones más conocidas y pegadizas fueron “La chevecha” (que sigue cantándose en las bodas), “Como te extraño mi amor”, “Te he prometido” y mis dos favoritas, “La felicidad” y “Despeinada”, que tiene este original estribillo: “Tú tienes una cara deliciosa. / Y tienes una figura celestial. / Tú tienes una sonrisa contagiosa, / pero tu pelo es un desastre universal”.

 

lunes, 5 de enero de 2026

Mis clásicos. "Llenos de vida", de John Fante




El protagonista de esta breve novela se llama como el propio autor y comparte con él algunos rasgos biográficos: trabaja como guionista y es hijo de ítaloamericanos. Se trata de una excelente novela para conocer a John Fante (1909-1983) y descubrir nuevos títulos de una breve, intensa y fallida vida literaria. De hecho, comenzó a leerse después de muerto. En sus obras, con un protagonista que se repite, Arturo Bandini, muestra la imagen destructiva del fracaso vital.

Algo de esto aparece en Llenos de vida, aunque aquí se carga la mano en cuestiones más domésticas. Joyce, la mujer de John, está a punto de dar a luz, y las reacciones que tiene no sabe si son consecuencia del embarazo o de una crisis de madurez, con repercusiones hasta religiosas (se convierte al catolicismo). Por otra parte, John recurre a su padre, emigrante italiano, para que le arregle algunos desperfectos de la casa. Su padre y Joyce hacen buenas migas, mientras John no entiende las reacciones de ninguno de los dos. Y todo contado con un estilo divertido, eficaz y muy directo.




Llenos de vida

John Fante

Anagrama. Barcelona (2008)

157 págs. 15 €. 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Notas para un diario: "¿Mondongo o sushi, he ahí el dilema?"

 


¿Sushi o mondongo? En mi familia, nunca hemos tenido debates encendidos sobre estos dos estilos gastronómicos y también vitales. La opción está clara: que le den al sushi. No es cuestión de patriotismo, ni de estar agarrados a unas tradiciones carpetovetónicas, ni tampoco por una cuestión clasista (el sushi es bastante más caro que el mondongo). No. La cuestión es mucho más sencilla: nos gusta lo evidente, lo rotundo, lo contundente. Nuestros paladares, por lo menos el mío –pero me parece que en esto puedo hablar en nombre de casi toda mi familia-, no están hechos para las sofisticaciones etéreas, líquidas, evanescentes. No hemos sido educados en un vegetarianismo ecológico, ni en un veganismo light. Nos hemos pasado la vida comiendo lo que nos ponían en la mesa, y en la mesa no había mucho que elegir. Lógicamente, los gustos del estómago son una cuestión de experiencia vital, y nuestros estómagos han sido educados no en el sibaritismo gourmet sino en la exuberancia carnal tipo Rubens. 

            Eso no quita para que con el paso de los años se admitan deserciones y que algunos, por cuestión de pérdida de peso, regímenes médicos y esnobismos propios de la crisis de la edad, hayan empezado a cambiar de gustos y a suprimir algunos productos y platos de los de siempre en sus dietas, sustituidos por los ubicuos yogures con bífidus activos para la flora intestinal y el bulbo raquídeo. Por ahora, no es mi caso, ni el de mis hermanos, ni mucho menos el de mi cuñado José.



            Esta introducción sirve de excusa para explicar por qué nos apasiona el mondongo, plato que incluso estamos convirtiendo en una tradición familiar para el día de Año Nuevo. Por si acaso hay algún despistado que no sabe qué es el mondongo (es lo que tiene la globalización, se conocen platos cursis de la comida china o de thailandesa o noruega y no se sabe qué es el mondongo), estamos hablando de lo que también se conoce con el nombre de morcilla lustre (o de lustre), morcilla mondoga (en Badajoz, Mérida, San Vicente de Alcántara y Alburquerque), morcilla de vientre (en Herrera del Duque y Puebla de Alcocer) o morcilla fresca, de quico, de sangre, de cebolla. Por favor, no confundir el mondongo con la charanga o taranga.

            Y cómo se hace el mondongo (opto por el nombre clásico y categórico, morcilla lustre suena a finolis). He encontrado en Internet una breve pero completa explicación que han hecho las hermanas García Hernández, de Ribera del Fresno, en su libro La mejor cocina extremeña: “La morcilla de lustre de cerdo se hace de las grasas que sueltan las tripas cuando se lavan, se pica la grasa con las tijeras menudita, se le echa una buena poca de cebolla, perejil y hierbabuena todo bien picado, se le echa la sangre, orégano desmenuzado, sal, un cucharón de ajos picados por la máquina, una poca de pimienta colorada, se amasa todo bien con la sangre, se sazona y después se llenan las tripas de cerdo […]. La morcilla lustre de cordero y de ternera se hace igual, pero no se le echa orégano ni pimienta colorada”. 

            Lo más complicado en nuestro caso es conseguir la morcilla, pero mi cuñado la ha encontrado en un sitio cerca de Pedro Laborde, donde venden productos extremeños. Se trata de una compra para las grandes ocasiones. Conviene no trivializar estos saberes ni convertirlos en asiduos, para así disfrutar más de ellos en ocasiones especiales. A la hora de cocinarla, no es nada complicado, aunque, como recomiendan los expertos, “a la morcilla lustre hay que pincharla con el pique para que salga el aire después de darle un hervor”. Luego, ya hecha con paciencia y método, cada uno la engulle como le apetezca: a palo seco o tipo montadito. La segunda llena bastante más, pero en Año Nuevo, o cuando la comemos a lo largo del año, ese día no estamos para melindres o mediciones.

            El resultado siempre es espectacular, lo que nos ha dado ánimos para publicitar entre nuestros allegados el feliz redescubrimiento del mondongo (como ya está sucediendo en algunos restaurantes con las migas, las gachas y hasta con las gallinejas). Incluso José está esperando la inspiración para ponerse a escribir un breve opúsculo que condense sus virtudes gastronómicas. Está en ello. Nota muy importante: el mondongo es apto para celiacos.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Selección de novelas para estas Navidades

 


Hemos preparado en Aceprensa una lista con quince novelas que pueden ser posibles sugerencias de lecturas para leer o regalar estas Navidades. La mayoría de los títulos se han publicado en 2025, en diferentes editoriales, y los géneros que abarcan son variados.

    Selección de novelas.

    Además, Helena Ferrer, responsable del podcast de Aceprensa "Una pregunta, literal", ha hecho una original lista de sugerencias pensando en posibles perfiles de lectores: los que han leído todo, los que no han leído nada, los que solo leen ensayo, las que solo leen novela romántica, a los que les apasionan los libros sobre cocina...

    Ver podcast.

lunes, 8 de diciembre de 2025

"Bajo una estrella cruel", de Heda Margolius

             


En ocasiones, algunos amigos me piden que les sugiera algún libro relacionado con la represión en los países comunistas del Este que no tenga lugar en la URSS. Quieren conocer el alcance de este fenómeno más allá de los libros, muy buenos, de Solzhenitsyn, Varlam Salamov y Evgenia Ginzburg. Aunque en el libro que publiqué sobre este tema, Cien años de literatura a la sombra del Gulag, hay muchos testimonios de diferentes países, quiero hoy poner el foco en estas memorias de una escritora checa, Hada Margolius, quien padeció las consecuencias de las famosas purgas que tuvieron lugar en su país, que afectaron directamente a su marido, militante del Partido Comunista.  

Nacida en Praga en 1919, en el seno de una culta y conocida familia de judíos, Heda Margolius fue detenida en Praga en 1941 y trasladada al gueto de Lodz, en Polonia, con toda su familia. Bajo una estrella cruel son sus memorias desde 1941 hasta 1968, con el fracaso de la Primavera de Praga.

En Lodz, fue testigo del horror, de la injusticia y de la arbitrariedad. Sistemáticamente, los judíos iban siendo aniquilados, utilizados como mano de obra de usar y tirar en unas condiciones ya conocidas gracias a los numerosos testimonios que se han publicado sobre la vida en los guetos y en los campos de concentración nazis. Heda recorrió varios de ellos; en uno de esos viajes, fue separada de su familia, a la que nunca volvería a ver. Más adelante, en uno de esos traslados, consiguió fugarse con un grupo de compañeras y en un peligroso viaje, regresaron a Praga.

            Pero el recibimiento fue demasiado frío. “Hasta ese momento –escribe- solo había tenido que enfrentarme al sistema policial de un régimen fascista. Ahora tenía que enfrentarme a enemigos peores: el miedo y la indiferencia de la gente. (...) Ahora buscaba un ser humano cuya humanidad fuera mayor que su miedo”. Y es que cualquier persona que acogiese prisioneros o judíos ponía en serio peligro su vida. Al final, la resistencia, muy activa en los meses finales de la guerra, se hizo cargo de ella. 




Cuando acaba la guerra, se reencuentra con Rudolf, su antiguo novio, también judío, y contraen matrimonio. En Checoslovaquia se consolida en el poder el Partido Comunista. A Heda no le satisface el devenir de los acontecimientos, ni los discursos ni las actitudes del Partido, pero animada por su marido, intelectual y ferviente comunista, se afilian. Pronto comprueba, sin embargo, cómo el comunismo desprecia la democracia y cómo en nombre de un pretendido bien común se eliminan progresivamente las libertades individuales. Heda salpica su dramático relato vital con inteligentes reflexiones sobre la política, el comunismo y la sociedad checa en aquellos años. 

            Rudolf Margolius, un trabajador incansable y de ideas férreas y sólidas, es nombrado secretario de Estado de Comercio. Pero en poco tiempo se torcieron las cosas, pues fue detenido y condenado a muerte en los famosos Procesos de Praga (sobre este momento histórico es impactante el libro La confesión, de Artur London, que inspiró la película homónima de Costa Gravas). A partir de ese momento, escribe Heda, “me había convertido en una leprosa, alguien a quien cualquiera que apreciase su propia vida tenía que evitar”. 

            El libro continúa con el relato de las adversidades que sufrió en esos años y su lucha personal por conseguir que se anulase el juicio contra su marido y se le declarase inocente, deseosa de recuperar así su buen nombre. En las memorias de Artur London, casi al final, su mujer Lise le cuenta que se ha encontrado en el autobús con Heda. Escribe lo siguiente London: “Después de la detención de su marido, Heda Margolius perdió su empleo de dibujante y redactora en la Editorial en donde trabajaba. Después la colocaron en una casa de seguros como perforadora de cartas individuales. Estaba muy mal pagada. Trató de encontrar otro trabajo utilizando su nombre de soltera. Pero en cuanto se enteraban de su verdadera identidad la echaban a la calle. Durante el proceso se encontraba gravemente enferma en el hospital Boplovka de Praga. Al día siguiente de la deposición de su marido ante el tribunal el doctor responsable del servicio en el que estaba hospitalizada le anunció, excusándose, que había recibido la orden de firmar aquel mismo día su hoja de salida, aunque la infección que la tenía clavada en la cama desde hacía varias semanas no estaba curada ni mucho menos, y que no habían terminado de ponerle la serie de inyecciones previstas para su tratamiento. Afortunadamente, una enfermera, indignada por esta manera de proceder, se ofreció para ponerle en su casa las inyecciones todos los días”.

Heda acaba estas impresionantes memorias en 1968, con la descripción de la Primavera de Praga y la represión soviética. 



Bajo una estrella cruel

Heda Margolius Kovály

Libros del Asteroide. Barcelona (2013)

278 págs. 17,95 €.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Notas para un diario: "Localismo o cosmopolitismo"

        


            No es lo mismo decir que recorro la calle Juan Navarro que camino por Lexington Avenue, ni que vivo en Peña Prieta que en la Rue de Rivoli, ni bajarse en la Estación de Mayakovskaya del Metro de Moscú que en la del Puente de Vallecas. Está claro que los nombres determinan una topografía, y la imaginación engorda y condiciona los excesos exóticos. Pico Cebollera no es la calle Arbat, ni Hachero es Brodway Avenue. Todo cambia si modificas esta perspectiva. 

       El cosmopolitismo de muchas novelas es una cuestión de geografía, urbanismo, léxico y ambientación. Lógicamente, no es lo mismo encontrar un cadáver en la Rue Oberkampf que en la calle Convenio, ni suena igual cometer un robo en una joyería de Nikolskaya Street que en Puerto de Canfranc, ni te van a mirar de la misma manera si vas de compras por la Rue Royale que por Pedro Laborde. Con los nombres extranjeros, la mente se traslada a otras latitudes donde puede reinar lo imprevisible e inesperado.


            Ahora estoy en la Avenida Campos Elíseos, nuevo nombre que le he dado a Monte Igueldo. Me acerco no a la Avenida de San Diego sino a la Séptima Avenida. A lo lejos está Manhattan (antes Entrevías). No me llamo Adolfo sino Otto o Yuri o Paul. No vivo en el Puente de Vallecas sino en el Friedichshain berlinés, o el O’Connell Srett de Dublín o en un piso céntrico de Whitehall londinense. Todo se mira de otra manera si en vez de matar a Juan Antonio P. han asesinado a János Gerlóczy o a Yevgenia Zabuzhko. Por eso hay autores que prefieren trasladar sus acciones e intrigas a ciudades con más
 glamour literario. Sólo el exceso de tipismo y costumbrismo acepta lo auténtico, aunque parezca mentira. Por lo general, nos gusta que la realidad aparezca velada, maquillada y en muchos casos idealizada. Así funciona nuestra mente. 

            

              Te dicen que los protagonistas de tu novela han ido a comer al restaurante Noma, de Copenhague, y piensas mejor de ellos que si te dicen que han tomado unas tapas en la Mejillonera del Norte, en la Avenida de la Albufera. Para qué engañarnos, no suena igual un encuentro romántico en el restaurante Arpège de París que en La Jamboteca, ni un desayuno inolvidable en Piazza del Duomo que en la Churrería Pinilla. Por eso es difícil escribir sobre lo más cercano y, además, que eso cercano aparezca tal y como es, no disfrazado ni adulterado. Ese es uno de los grandes problemas de lo que a uno le gusta escribir, donde nada es insólito ni exótico. ¿Cómo pueden levantar el vuelo estos escritos si ahora, dentro de un rato, voy a comprar en el Mercadona (no en las Galerías Lafayette) y luego cortarme el pelo donde Adrián (no en Hair By Fairy)? Así es imposible que nadie me tome en serio.