jueves, 29 de enero de 2026

Notas para un diario: "La tragedia de la bombilla"

 


Soy un manazas. No tengo por qué ocultarlo. Y un negado para todo lo que tiene que ver con habilidades manuales (aquí incluyo también el mundo informático). En mis años de estudiante, la asignatura que peor se me daba fueron los trabajos manuales y la plástica. Tengo recuerdos patéticos de algunas de mis gloriosas actuaciones. Prefiero no poner ejemplos para no abusar del sentido del ridículo. Solo un comentario: mientras el resto de mis compañeros podían lucir orgullosos delante del profe, los alumnos, la familia y el resto de la humanidad sus logros con la plastilina o la marquetería, yo soportaba en silencio mis reiterados fracasos estéticos, ocultando todo lo que hacía para que no lo viese absolutamente nadie. 


Esta manifiesta inutilidad se extiende a todo lo que tiene que ver con el coche: para mí todos los problemas técnicos se reducen a los problemas con el estárter y ahora mismo estoy sumergido en una dolorosa crisis de identidad porque no soy capaz de cambiar uno de los parabrisas delanteros, que se ha estropeado. 



Pero, con diferencia, lo peor de lo peor son las reparaciones caseras. Mi última intervención en casa parecía más bien una perfomance, pero sin espectadores (o, mejor, un número de Mr. Bean). Fue en la cocina. Después de muchísimos años, se fundió la bombilla del techo. Bueno, no se fundió precisamente, sino que estalló y se hizo añicos. Con alegre, dinámica y positiva presteza, cogí la escalera e intenté sacar la bombilla, pensando que iba a ser una operación sencilla, aunque en mi interior ya comenzaban a aparecer las dudas de que todo sería mucho más complicado. Como así fue. No había manera de desenroscar la bombilla, pegada como estaba al casquillo de una manera imposible de quitar. Me bajé de la escalera y observé con detenimiento y escepticismo el desaguisado. Animado, lo volví a intentar. Nada. Otro intento. Nada. Ya empezaba a sudar, no por el esfuerzo físico sino por la sensación de inutilidad absoluta. Ya me veía llamando a Luis, el vecino, para que me viniese a echar una mano. Eso no podía ser. Estamos hablando de una bombilla, una puñetera bombilla. Mi orgullo estaba en juego. 


Cogí unos alicates (sí, sé lo que son unos alicates) y lo intenté con ellos. Fue peor el remedio que la enfermedad. Me estaba cargando todo: lo que quedaba de la bombilla y el casquillo de la lámpara. Volví a bajarme casi temblando de la escalera. Me vi solo ante el peligro, pensando dramáticamente en mi vida y en mi futuro y hasta en la muerte. En mis luces y sombras. La bombilla, parábola existencial, me estaba poniendo a prueba y me estaba también poniendo en mi sitio. Pero no tiré la toalla, cogí fuerzas y en un arrebato de astucia -aquí me salió un rictus de desmedido orgullo- conseguí sacar por fin todos los restos de la bombilla. Estuve a punto de aplaudirme hasta mí mismo. Luego, sin pedir consejo a nadie, fui capaz de comprar una bombilla igual y ponerla como si tal cosa, como si me hubiese dedicado toda la vida a esto. Me sentí pleno y satisfecho. La felicidad absoluta.






lunes, 26 de enero de 2026

Mis clásicos: "La plaza del Diamante", de Mercè Rodoreda

 


            De la ingente bibliografía que existe sobre la Guerra Civil –estudios, monografías, novelas, relatos, etc.-, una de las obras literarias que más me gusta, y que suelo recomendar, es La plaza del Diamante, de la escritora catalana Merçé Rodoreda (1908-1983). Al acabar la Guerra, se exilió en Ginebra y regresó en 1979. En el exilio publicó esta obra, en 1962, y, entre otras, La calle de las Camelias (1966), también de sus más conocidas.


          Si algo brilla en La plaza del Diamante es el personaje de Colometa, una mujer del pueblo que asiste como testigo a los desastres que provocó la guerra (especialmente en su vida) y a la dura reconstrucción de la posguerra. Hay de todo en la novela: tensión, emoción, costumbrismo, testimonio... Pero sobresale la mirada sencilla, femenina, íntima, doméstica de una mujer que se siente desbordada por las circunstancias. 




La plaza del Diamante

Mercè Rodoreda

Edhasa. Barcelona (2023)

240 págs. 9,95 €.

viernes, 23 de enero de 2026

"El verano que pasamos en Sevilla", de Jesús Martínez Medina



Segunda novela que publica Jesús Martínez Medina (Madrid, 1997), como la anterior, La escolanía y el misterio del solista (2023), también dirigida al público juvenil. Martínez Medina demuestra en estas dos novelas que posee una gran imaginación y que sabe construir aventuras que contienen una intriga misteriosa e intelectual, con curiosos enigmas que los protagonistas deben resolver.

Si la anterior novela transcurría en una escolanía, ahora la acción tiene lugar en Sevilla, a donde se ha trasladado la familia González Carballo para pasar unos especiales días de vacaciones, pues sus padres, Ale y Luis, quieren celebrar sus bodas de plata de casados. Mientras los cinco hijos del matrimonio vivirán con su abuela Triana en una localidad cercana a Sevilla, los padres se alojan en el mismo hotel de la noche de bodas de su matrimonio, un hotel con solera, antigua hospedería, que cuenta con un mobiliario que fue regalado nada más ni nada menos que por Alfonso X el Sabio, el hijo de Fernando III el Santo y rey que transformó la ciudad de Sevilla.

La relación de este rey con la ciudad marca la creciente intriga de esta novela, que se sirve en su comienzo de un inesperado accidente en la habitación de sus padres en el hotel por el que uno de los hijos, Álvaro, encuentra dentro de un bargueño muy antiguo dos peones que llevan tallados en su base estos símbolos: E4 y C5. Álvaro esconde los peones sin decir nada a sus padres y a partir de ese descubrimiento empiezan una serie de aventuras para desentrañar ese misterio en el que se ven envueltos todos los miembros de la familia (Álvaro, Borja, Gonzalo, Laura y Cristina), menos sus padres y su abuela.

Avanzan en sus investigaciones gracias a la pasión de Álvaro por el ajedrez y a la ayuda de uno de los nietos de los vecinos, también aficionado al ajedrez. En sus pesquisas se encontrarán con algunos problemas, aunque también aparecen en su auxilio inesperados ayudantes. 

El autor, con mucho ingenio, plantea una intriga en la que intervienen elementos históricos de la ciudad de Sevilla, las acciones del rey sabio y la intuición de los hermanos para avanzar en la resolución del misterio. A la vez, Martínez Medina introduce en el relato las divertidas relaciones entre los hermanos, algunos espinosos hechos relacionados con el pasado familiar y los primeros escarceos amorosos de algunos de ellos.

Martínez Medina consigue que la narración avance con unos diálogos vivos y dinámicos. Acierta en la construcción diferenciada de los personajes y en la descripción del nacimiento de misteriosos e intensos sentimientos en algunos de ellos. La intriga acaba enganchando a los lectores.

Hay cuestiones que, quizás, merecerían un trabajo literario más exigente, pues algunas de los sucesos no están bien desarrollados ni explicados; también se introducen demasiadas historias paralelas que pueden acabar distrayendo al lector. Hay determinadas casualidades que no benefician a la verosimilitud de la trama. Y ciertos temas y personajes -como don Casimiro, el hermano de Triana y el joven Pablo- que no encajan en esta aventura.

Con todo, El verano que pasamos en Sevilla resulta una lectura agradable, simpática, entretenida, que combina los ingredientes familiares con los propios de una novela de intriga.



El verano que pasamos en Sevilla

Jesús Martínez Medina

Almuzara. Córdoba (2024). 

192 págs. 20 €

martes, 20 de enero de 2026

Notas para un diario: "Un crimen distinto y con glamour"



Me envía Javier, antiguo vecino que ahora vive en Vigo, una noticia de la que sólo había leído los titulares y hoy (hace ya años, no muchos) he podido releer despacio. Se trata del asesinato que se ha cometido -no me había dado cuenta de esto- en una calle muy, muy cerca de donde vivo (aunque me he cambiado de domicilio). Javier, con coña marinera, me dice que es “imposible” olvidarse del barrio, por muy lejos que uno esté, pues con bastante frecuencia aparecen en los medios de comunicación noticias siniestras relacionadas con Vallecas. 


Este asesinato, tengo que reconocerlo, me ha gustado especialmente pues no se trata del habitual ajuste de cuentas entre bandas o traficantes. Los protagonistas son, como se cuenta en la noticia, un argentino que trabaja de vigilante, pareja sentimental de otro varón, el fallecido, del que no se especifica la nacionalidad. Como han comentado los vecinos, al parecer solían tener algunas broncas, pero nunca pasaban a mayores. La otra noche, sin embargo, tras una fuerte discusión, empezaron a oírse unos gritos aterradores. Cuando acudió la policía, el argentino les abrió la puerta con una imagen del Sagrado Corazón, desnudo y puesto hasta arriba de estupefacientes. En el suelo del salón se encontraron con el otro hombre con un destornillador clavado en un ojo y otros dos en el abdomen. La sala donde apareció el cadáver estaba repleta de objetos de magia, esoterismo, ocultismo y cuadros religiosos. La mezcla ya era de por sí explosiva. También había restos de drogas y otras sustancias. 


Decía antes que me ha parecido un crimen “bonito”, distinto, interesante, con glamour. Crímenes como este, aunque parezca mentira, ocurren todas las semanas en muchos sitios, pero suelen darse en otros barrios más sofisticados y con más pedigrí. Con este “muerto con destornilladores” podemos sacar en Vallecas un poco de lustre y demostramos también a la humanidad que no se nos puede encasillar exclusivamente en específicas modalidades de muertos y delitos. En Vallecas hemos abierto, por fin, la puerta a la extravagancia. Gracias, Javier, por enviarme la noticia, que se me había escapado, y eso que todo ha sucedido a unos cincuenta metros de mi casa (de la de antes). La vida en este barrio no para de darte sorpresas.




miércoles, 14 de enero de 2026

Mis clásicos: "Mendel el de los libros", de Stefan Zweig

 

          Son muchas las obras de Stefan Zweig (1881-1942) que han alcanzado mucha difusión internacional desde hace décadas. Ambientadas la mayoría en Centroeuropa y en su Viena natal, sus obras reconstruyen el ambiente moral de toda una época además de dar vida a inquietudes y personajes universales, como es el caso de esta brevísima novela, una de mis favoritas.

        Instalado en el café Gluck, el judío Mendel es “un auténtico ejemplar de una raza en extinción, un saurio antediluviano de los libros”, de los que sabe todo. Del resto, Mendel no sabe nada de nada. Tan es así que al poco tiempo de comenzar la Gran Guerra, en 1915, es acusado de colaborar con los enemigos del Imperio austrohúngaro, acusación que acaba con Mendel ingresado en un campo de concentración. Cuando por fin sale, regresa a su rutina libresca, pero como le sucedió a aquella Europa que con tanto acierto retrató Zweig, “Mendel ya no era Mendel, como el mundo no era ya el mundo”. 



Mendel el de los libros

Stefan Zweig

Acantilado. Barcelona (2009)

57 págs. 9 €. 

sábado, 10 de enero de 2026

Notas para un diario: "Honor y gloria a Leonardo Favio y Palito Ortega"





Tenía en mi antiguo coche, el Peugeot, con el que tuve un accidente que ya he contado en otro lugar (siniestro total), un cd que ponía de vez en cuando, sobre todo cuando hacía viajes de trabajo. En él, mi hermano Antonio me había hecho una selección de canciones muy malas, subrayo lo de muy malas, deliberadamente muy malas, de los años sesenta y setenta. Había auténticas joyas de Leo Dan, Luis Aguilé, Georgie Dann, Basilio, Palito Ortega y varias canciones de Leonardo Favio, una muy famosa y otra horripilante. Ahora, no puedo escuchar cd’s en el coche, sino que llevo en un pincho un buen número de canciones de muchos cantantes y mucha música clásica. Pero le pedí a mi hermano que también me grabara, para escuchar en momentos muy concretos -en la antesala de una posible depresión o cuando me encontraba al borde del suicidio- alguna canción de Leonardo Favio para recordar los viejos tiempos del cd. 

Sin yo pedírselo, en un gesto que le honra, me grabó además algo de Palito Ortega. En concreto, no se cortó ni un pelo y de los dos me ha grabado la discografía completa, cientos de canciones que estoy seguro que nadie, absolutamente nadie, ni sus mujeres, ni amigos, ni amantes, ni familiares directos, han sido capaces de escuchar con el asombro y la veneración con las que yo las he escuchado. Reconozco que sabía que estaban en el pincho, pero no pensaba que hubiera tantas. Y también reconozco que hasta ahora no había escuchado ninguna: su escucha exige un momento muy especial y, por mi parte, una atención analítica y estética. 



Hace aproximadamente un mes, escuché por casualidad uno de los grandes éxitos de Leonardo Favio que estaba en el otro cd, “O quizás simplemente te regale una rosa”, que tantas veces canté con Paco M. en un viaje a Salamanca. Después de escucharla, me dije: “Adolfo, ha llegado el momento. No te puedes poner de lado. Ahora te toca Leonardo Favio”. Y con paciencia y tranquilidad fui escuchando las cien mil canciones que me grabó mi hermano. Menos mal que mis trayectos por Madrid son cortos y apenas me da tiempo a escuchar cuatro o cinco canciones completas, unas veinte en el caso de L.F., porque sólo escuchaba de cada una un par de estrofas (a no ser que me enganchasen, no las oía completas). L.F. tiene unos cuantos éxitos que figuran en todas las antologías nostálgicas de la época: “Fuiste mía un verano”, “Ella ya me olvidó”, “Chiquillada” y “Din dong, estas cosas del amor”. 

Luego tiene infinitas canciones prescindibles que dan vueltas y vueltas hasta marearse a los clásicos temas del amor y del desamor, con todos los estilos posibles, aunque Favio, sensible y poeta, muestra una acusada querencia por un romanticismo tierno, triste y un tanto marchito. Posee una voz potente, muy potente, por momentos de barítono, a la que sabe sacar partido en los contundentes estribillos de algunas canciones. También canta o recita con el coro unos diálogos chisposos y a veces melosos. La orquesta se acomoda a su vozarrón y a sus cambios de ritmo, aunque hay que señalar que las canciones suelen ser repetitivas hasta la saciedad en el fondo y forma. En España tuvo mucho éxito en los años sesenta y setenta, aunque hasta 1971 no actuó en Madrid, en el Florida Park. L.F. no se dedicó solamente a la canción. De hecho, en su país es más conocido como director de cine. En su biografía también ocupa un lugar importante su pasión por la política, que le provocó no pocos problemas. Sus canciones se vendieron en todo el mundo y se versionaron en más de catorce idiomas. Más arriba he mencionado las canciones que han quedado, pero yo me he quedado boquiabierto cuando he leído que una de sus canciones más famosas fue “La foto de carnet”, de 1971, que condensa, me parece a mí, no sólo lo peor de todas las canciones de L.F. sino de toda la música popular de esas décadas. 



La canción está concebida como un diálogo entre el Amado y la Amada (como en El Cantar de los Cantares o el Cántico espiritual, de san Juan de la Cruz), aquí de manera más atrevida, pues el Amado se despide de la Amada y le deja como recuerdo un detalle muy contemporáneo: una foto de carnet. El diálogo que mantienen los dos no aclara algo que considero capital, y en este caso esa ambigüedad significativa juega a favor del sentido de la canción. No sabemos si el Amado, que ha dejado a la Amada, se ha ido porque se ha cambiado de ciudad o país o de trabajo, porque la ha dejado sin más por plasta, o porque la ha palmado (personalmente me quedo con esta última interpretación). El Amado, sin embargo, anima a la Amada a que se busque otro novio. Como dice la canción en repetidas ocasiones, el Amado ha sido “tan sólo una ilusión, y nada más”. Pero ella, la Amada, que en la canción aparece llorando a moco tendido con un sentimentalismo contagioso, no piensa lo mismo que el Amado. 

Los diálogos son tristes, lacerantes, tumbativos. Pero el objetivo del Amado es tranquilizarla, animarle, decirle que hay que tirar para adelante, que la vida continúa. En esta canción, L.F. emplea mejor que nadie un recurso muy habitual en las canciones de esos años, el recitativo, es decir, introducir frases no cantadas sino dichas de manera coloquial que muchas veces son la antesala de la explosión sentimental y musical del estribillo. La canción es cursi, muy cursi. Es triste, muy triste. Es lacrimógena, muy lacrimógena. Lo de cursi queda claro con esta estrofa: “Si ves un pajarito en el invierno frío, / protégelo, cobíjalo, contágiale el calor”, imagen/metáfora del auténtico y protector amor. El Amado le dice: “Es hora de partir” y “Me verás en todo lugar”. Pero, a pesar de todo, él anima a ella a buscar un nuevo amor, aunque ella, embriagada y emocionada, no para de llorar. La música que emite la orquesta subraya este fuerte sentimiento de grave dolor. Y lo mismo hace la voz de tenor de L.F. Otra cosa en la que hay que fijarse es en el papel estético que desempeñan los diminutivos y los recitativos, insisto. Me cuesta creer que la canción haya tenido tanto éxito (es fácil de encontrar en Spotify o en YouTube: la puedes oír aquí, la imagen es muy mala pero en lo que hay que fijarse es en la letra). Si no tenéis bastante con esta y necesitáis de alguna otra canción para odiar más la música de estos años, podéis escuchar de L.F. “Vuela, pajarito, vuela”, “Jamás te dejaré de amar” y “Una palomita blanca”, que tiene este jugoso estribillo: “Una palomita blanca llegará hasta vos. / Una palomita blanca te dirá mi amor”. Auténticas joyas que yacen olvidadas en el baúl de las canciones perdidas. 




            Animado por mi experiencia profesional con Leonardo Favio, metódica y perseverante, continúe mi trabajo de campo musical con Palito Ortega, cuyo nombre auténtico es Ramón Bautista Ortega (al que, por cierto, la escritora Leila Guerriero le ha dedicado una de sus crónicas: está disponible en su volumen Frutos extraños). Alucinado, veo que hasta en 2022 ha dado conciertos, precisamente este año su llamado “Tour Despedida” tras sesenta años de carrera. En 2022 tenía 81 años y en Internet, la verdad, se le ve bastante bien. Además de cantante, como Favio, ha sido  director de cine. Y, como Favio, también ha participado en la política de su país, Argentina. Ha sido gobernador de Tucumán entre 1991 y 1995 y senador también de Tucumán entre 1998 y 2001. Tuvo unos orígenes muy humildes y antes de triunfar en el mundo de la canción trabajó como camarero, limpiador y vendedor de café. No me enrollo mucho con Palito Ortega. Os invito a escuchar mirando a la luna su canción “Bienvenido amor”, que comienza con un preciosista y juguetón trinar de pájaros. Sus canciones más conocidas y pegadizas fueron “La chevecha” (que sigue cantándose en las bodas), “Como te extraño mi amor”, “Te he prometido” y mis dos favoritas, “La felicidad” y “Despeinada”, que tiene este original estribillo: “Tú tienes una cara deliciosa. / Y tienes una figura celestial. / Tú tienes una sonrisa contagiosa, / pero tu pelo es un desastre universal”.

 

lunes, 5 de enero de 2026

Mis clásicos. "Llenos de vida", de John Fante




El protagonista de esta breve novela se llama como el propio autor y comparte con él algunos rasgos biográficos: trabaja como guionista y es hijo de ítaloamericanos. Se trata de una excelente novela para conocer a John Fante (1909-1983) y descubrir nuevos títulos de una breve, intensa y fallida vida literaria. De hecho, comenzó a leerse después de muerto. En sus obras, con un protagonista que se repite, Arturo Bandini, muestra la imagen destructiva del fracaso vital.

Algo de esto aparece en Llenos de vida, aunque aquí se carga la mano en cuestiones más domésticas. Joyce, la mujer de John, está a punto de dar a luz, y las reacciones que tiene no sabe si son consecuencia del embarazo o de una crisis de madurez, con repercusiones hasta religiosas (se convierte al catolicismo). Por otra parte, John recurre a su padre, emigrante italiano, para que le arregle algunos desperfectos de la casa. Su padre y Joyce hacen buenas migas, mientras John no entiende las reacciones de ninguno de los dos. Y todo contado con un estilo divertido, eficaz y muy directo.




Llenos de vida

John Fante

Anagrama. Barcelona (2008)

157 págs. 15 €.