-Me voy a Sevilla, a pasar unos días, y de allí a Cádiz, una semana más. No está mal.
Me lo encontré en el pasillo de la estación de Atocha que da a las entradas del AVE. Iba con una maleta con ruedas muy coqueta. No le faltaba nada para parecer un consumado turista: gafas reflectantes, gorro de paja muy veraniego, bermudas de un verde chillón, niki azul con una deslumbrante puesta de sol, sandalias playeras y una bandolera del coronel Tapioca.
Yo iba a coger el tren para Granada, donde tenía pensando pasar unos días. Cinco días. Regresé también en tren. Más o menos a la altura de la salida, casi en el mismo pasillo, me lo volví a encontrar.
-Pero, Javi, ¿no estabas en Cádiz?
Salvo el niki, que ahora era rojo, también con la misma puesta de sol, llevaba la misma pinta.
-Al final, solo pude estar en Sevilla. Se suspendió lo de Cádiz. Pero ahora me voy a Salou. Una semanita. A cuerpo de rey. ¿Qué tal tu viaje?
No es que tuviera mucha confianza con él. Pero lo conocía desde hace años. Era muy amigo de mi hermano Ángel. Como él, trabajaba de vigilante de seguridad, aunque como tiene una discapacidad de no sé qué, ya es pensionista. Hablamos de mi viaje y él se enrolló lo suyo para contarme sus días de Sevilla, espectaculares, llenos de fiestas y de juergas, aunque todo me pareció un tanto exagerado. Al rato, nos despedimos, yo rumbo al metro.
Cuatro o cinco días después, tuve que volver a ir a Atocha. Para ir a ver a Pepe al hospital Laguna, prefería no coger el coche. Me había aficionado al Cercanías, que pillaba en Atocha. En solo dos paradas, estaba al lado del hospital. Al salir del metro de Atocha, en el pasillo, me pareció ver al lado de una cafetería otra vez a Javi. Le vi de lejos. Decidí no hacerme el encontradizo y seguirle un rato desde la distancia. Enfiló el pasillo de la conexión con los AVE. Iba tranquilo. Yo diría que orgulloso. Se notaba que iba disfrutando. Una vez más, lucía los mismos elementos decorativos que el primer día, con un nuevo cambio de color en el niki, ahora blanco pero con la misma e impactante puesta de sol. Iba recorriendo sucesivamente las entradas a los diferentes destinos que salen de Atocha, todos para Andalucía, Aragón, Barcelona, el Mediterráneo… No tenía ninguna prisa. Miraba las horas de salida y de entrada con absoluta parsimonia. Al llegar al final del todo, dio medio vuelta y enfiló otra vez el pasillo rumbo a la conexión con el Metro y los trenes de cercanías. En ese momento se me hizo tarde y tuve que abandonar mi espionaje y salir zumbando para Laguna.
Reconozco que estaba intrigado. Me lo había encontrado las últimas tres veces que había ido a Atocha, siempre igual, preparado para realizar algún viaje turístico.
Me gustan estos retos. Decidí esperar un par de días y el 19 de agosto, jueves, volví a la estación de Atocha a la misma hora. Esta vez iba sin prisas, con tiempo para ver qué hacía Javi si volvía a encontrarme con él.
Y de nuevo le vi casi al final del pasillo, donde acaban los trenes del AVE, en una cafetería. Volví a ocultarme. Desde lejos, vi cómo apuraba un café y volvía a ponerse de pie, colocándose bien la bandolera, las gafas de sol, el sombrero y con su reluciente maleta de ruedas. El niki era negro, también con la dichosa y refrescante puesta de sol. Subió rumbo a Atocha Renfe. En un momento dado, saludó a alguien, a quien le explicaría lo mismo que me dijo a mí el primer día: “Me voy a Sevilla y luego unos días a Cádiz”. Se despidieron efusivamente. Sólo pude oír la despedida de la otra persona: “¡Que lo pases bien en Cádiz!”. Javi subió hasta cerca de la entrada a los trenes de Cercanías y se dio la vuelta. Volvió a recorrer el pasillo lleno de cafeterías y tiendas. Iba feliz. Como un turista más. Levantando seguro que comentarios envidiosos entre los que se iban cruzando con él. Al llegar al final, dio medio vuelta y tranquilamente se dirigió a la salida, donde había cientos de taxis para recoger a los turistas. Vi cómo se montaba en uno de ellos y desapareció.
El 21, sábado, por la tarde, volví a repetir la jugada. Me estaba aficionando a la estación de Atocha. Ya conocía con detalle los nombres de las cafeterías, y de la agencia de viajes, y el del concesionario de coches de alquiler y los bares de comida rápida y de chuches y de periódicos, libros y revistas. Un submundo dentro de otro mundo. Allí todo era genuino y especial, y más en estas fechas de vacaciones, cuando el ambiente es muy distinto a otras épocas del año, donde en estos sitios solo se ven a ejecutivos, representantes, empresarios, trabajadores que van y vienen a realizar gestiones en la capital o en otras ciudades, sin apenas maletas, con el ordenador a mano y los teléfonos móviles echando humo. Algún turista despistado, antes de la pandemia la mayoría japoneses o chinos.
Ahora, en pleno agosto, el ambiente era muy distinto. Familias enteras vestidas todas como si fuesen ya a entrar en la playa, jubilados con sus uniformes de jubilados de verano, señores solos con cara de Rodríguez, parejas risueñas que quizás van a disfrutar sus primeras vacaciones juntos. En medio de ese ambiente jovial, desestresado, me di cuenta que Javi se encontraba cómodo, en su salsa, a gusto, olvidando quizás su triste realidad. Un necesario paréntesis para poder afrontar el resto de su existencia. Y allí estaba otra vez; de nuevo se repitieron los saludos. Le pregunté que qué tal le había ido en Salou. “Fenomenal. Unos días inolvidables. Te lo recomiendo”. Y me habló de Salou con pelos y señales, con todo lujo de detalles, lo mismo que hizo el otro día cuando me habló de Sevilla. Ni que decir tiene que volvía a repetir el vestuario, ahora con un niki amarillo con una puesta de sol de un rojo estrepitoso. Su rostro encarnaba la completa felicidad. Le dije que estaba esperando a un amigo que venía de Valencia. Y sin inmutarse me habló de que él iba a pasar unos días a Alicante, en casa de unos antiguos compañeros de trabajo, donde todos los años suele pasar algunas temporadas en el verano. Le deseé felices vacaciones y nos despedimos.
Volví a esconderme, a contemplar sus movimientos desde lejos. Entró en la cafetería, se tomó esta vez un Aquarius, que alargó todo lo que pudo. Cuando terminó, se colocó bien su bandolera, el sombrero, las gafas, agarró la maleta y se volvió a dirigir a la salida, para pillar otra vez un taxi de regreso a casa como un orgulloso turista.


