domingo, 18 de octubre de 2026

Notas para un diario: "Trastero ambulante"

 


Tiene un Citroën C2 con más de quince años a cuestas y casi cuatrocientos mil kilómetros. Aunque es de color blanco, los dos alerones laterales, negros, le dan un aire huraño y aguerrido, como diseñado para combates automovilísticos. La parte delantera está rematada con unas prepotentes lañas de las que sobresalen unos cables que por su extensión y dureza pueden llegar a amenazar la seguridad de los viandantes, cables que le dieron problemas cuando tuvo que pasar la ITV.

No hay en su exterior ni mucho menos en el interior nada de glamour, ni tampoco lujo en su diseño y prestaciones, sino un aroma remarcada y orgullosamente obrero. Es, como él lo define, un coche trastero, un almacén de su intensa, agitada y poliédrica actividad profesional. En el coche lleva siempre a punto las herramientas que precisa para hacer las constantes chapuzas que le encargan, sean de lo que sean, desde jardinería a fontanería pasando por transporte de mercancías y construcción. El coche, pues, define el carácter de Joaquín N. y su específica filosofía de la vida. Por eso, no lo tiene como un capricho, ni para aparentar, ni como etiqueta de prestigio social. Tampoco es un coche que brille por su aséptica modernidad o funcionalidad. Lo hemos dicho: un coche trastero que está para lo que está. No tiene pinta de que Joaquín se dedique como un dominguero más a lavar y abrillantar el coche los fines de semana. No le pega.

Uno encuentra dentro todo lo que pueda imaginar; por eso también sirve como un catálogo de metáforas que condensa su abigarrado mundo interior. Si se abre la puerta de la parte trasera, salta una trampilla que se convierte en una improvisada y útil mesa de apoyo que hace de atalaya para mirar con detenimiento lo que lleva en el trastero. Lo primero que llama la atención son unos sacos blancos donde lleva la indumentaria necesaria para acometer las chapuzas. En uno de ellos, una camisa de color azul desvaída; en el otro, una de sus reconocibles y más famosas señas de identidad: un histórico y desgastado mono azul de los de toda la vida con el anagrama de la marca Bosch en el pecho, mono que suele limpiar de grasa a menudo en su trastero. 

A sus habituales vestimentas de trabajo ha añadido un mandil blanco que le regaló Javier D. en una de sus visitas a Soutelo, donde vive y regenta una panadería con mucho movimiento que abastece a muchos pueblos de los alrededores. El mandil, blanco, lo tiene guardado ahora en el coche, pero lo más seguro es que acabe tiñéndolo de azul o negro, colores más acordes con los lugares y chapuzas que realiza constantemente. El resto de sacos están dentro de una caja de madera que encontró en un contenedor que visita frecuentemente y donde suele arramblar con más cajas para transportar todo tipo de enseres. Hay también otro saco bastante más grande donde almacena las botellas vacías que va acumulando para luego hacérselas llegar a Emilio, el padre gallego de la exnovia de su sobrino, que hace algo de aguardiente casero y que siempre está necesitado de botellas. Joaquín nunca se olvida de él y le nutre de botellas que recoge en bares de Villaverde, en residencias de ancianos y en algunos restaurantes de otras zonas de Madrid. Botella que ve, botella que acaba en el saco. Esto está siendo ya una obsesión.



Las herramientas que hay en el coche no están en un único lugar, sino que se encuentran diseminadas por todo el vehículo. En la esterilla de los pies del asiento del copiloto hay una llave inglesa y varios juegos de llaves de las oficinas y tiendas donde se encarga del mantenimiento y del edificio en el que hace la limpieza de las escaleras una vez a la semana (diez euros la hora). Encima de los asientos de atrás y por el suelo hay de todo y cada cosa está dispuesta con un aparente orden que fomenta la sensación, quizás buscada, de caos y desconcierto. 

En uno de los asientos traseros, hay unas gafas de sol de la época de Elvis Presley, con uno de los cristales rotos, que usa las tardes en que el sol le da de plano en sus viajes a tierras segovianas. También hay en el suelo un gastadísimo taco de madera de alcornoque que utiliza para apoyar los pies cuando toca la guitarra, una de sus grandes aficiones, en la Casa de Aragón o en sus famosas actuaciones en la plaza de su pueblo segoviano junto con sus hermanos y donde cantan hasta hartarse canciones de toda la geografía nacional, aunque a él, personalmente, lo que más le gusta y con diferencia son las jotas aragonesas y navarras y las canciones de Canarias. 

Más cosas por el suelo: unos alicates roñosos y herramientas desperdigadas que proporcionan una abrumadora seguridad mecánica.

Junto con los sacos, en la parte de atrás, lleva un cajón lleno de patatas de la tierra de San Clemente, cerca de Caldas de Reis y Cuntis, que le regaló Emilio y que todavía no ha tenido tiempo de sacar del coche. Para proteger la tapicería de los asientos traseros, ha puesto varias alfombras descoloridas y mimetizadas que ha comprado en un chino de Villaverde. Sorprende la cantidad de documentos, plastificados o no, que ha dejado detrás de los asientos, aplastados, aunque muchos se han caído ya al suelo del coche. Hay de todo: artículos divulgativos sobre ciencia y bioética, planes de entrenamientos de atletismo y fútbol (Joaquín fue durante años un buen entrenador), folletos de instalaciones deportivas, oraciones diversas y estampas de diferentes santos y vírgenes y restos de apuntes de los muchos cursos de formación que ha hecho para reciclarse y para obtener el título oficial de instalador de gas o de otras enseñanzas técnicas (tiene, entre otros, el título de “Mantenimiento de Personas Mayores”, que hizo en un centro cultural de Mejorada del Campo). Lo que más predomina son folios con las letras de esas canciones eternas que tanto le gustan y que están atornilladas en el imaginario colectivo de su generación. Como empiece a cantarlas, no para, engarzando una jota navarra con una canción canaria y otra gallega y segoviana, y esas inmortales composiciones que forman parte del repertorio universal de las tunas.

Descabaladas y bastante arrugadas, una guía de Madrid de los años ochenta y otra de Campsa de carreteras ya imposibles, que sigue manejando por fascículos. Si se mira bien, debajo de la caja de las patatas emerge una silla plegable, una antigua pesa romana y una cejilla artesana para la guitarra. En el cristal del coche, por fuera, una enorme pegatina de Radio María. En el cristal trasero, se lee "Virgen de Fátima, virgen viajera: protégenos en la carretera". 

Puede parecer que el coche/trastero es un homenaje al caos y el desorden, pero nada más lejos de la realidad. Joaquín sabe dónde está cada cosa. Si le pides un alargador, lo encuentra al momento; si alguien necesita un cancionero, aparece en cinco segundos. Para Joaquín, el orden, aunque en su caso pueda ser antiestético, es fundamental. Si necesita una lupa, la encuentra en su sitio.

El salpicadero es todo un espectáculo para los sentidos. En él sobresale un ostentoso aparato para encajar el móvil enganchado al salpicadero con fuertes, visibles y contundentes trozos de celo. El cable para cargar el móvil es el doble de largo que lo normal. Un bolígrafo bic cortado por la mitad para que encaje bien en uno de los agujeros, una lupa (imprescindible: tiene problemas con la vista de un ojo desde hace años después de que le saltase una chispa en el trabajo) y un pequeño y manejable destornillador de urgencia. Al lado de la palanca de cambios, un calendario de bolsillo de un mesón de Villaverde y una estampa de la Virgen. Un escuálido lapicero que suele acabar detrás de la oreja, un peine, unas tijeras y una navaja. También una caja de hierbabuena, una pomada antibiótica y unos caramelos que debieron caducar hace ya unos años. Lleva unas pegatinas pequeñas justo encima del marcador electrónico de la fecha y la velocidad. Y muchos palillos, compañeros habituales de Joaquín después de las comidas. 

En el volante lleva pegado un celo trasparente donde apunta a veces los kilómetros de algunos trayectos y el recorrido para algunos de sus viajes, aunque el GPS está ya sustituyendo esta ancestral costumbre, de la que le cuesta desprenderse. En la cajonera lateral de la ventana derecha, unos guantes y una máquina muy mona para medir la presión de las ruedas, además de un potente rollo de cinta aislante, que nunca puede faltar.

No le gusta escuchar música en el coche, ni tampoco las noticias. Suele ir intensamente concentrado para no perderse y para combatir así la apnea del sueño, que se apodera de él en los viajes largos (si pasa la noche fuera de casa, lleva consigo una máquina a la que se conecta cuando va a dormir); para no dormirse en los viajes, lleva a veces una pelota de goma en una de las manos que aprieta de manera rítmica. Si se baña en el mar o en un río, para que el agua no le entre por la nariz, se fabricó cuando trabajaba con el torno unas sencillas pinzas que lleva utilizando ya más de veinte años (otra de sus habilidades, muy significativa, es la autosuficiencia: se arregla y cose sus zapatos, se hace sus propias agendas y mariconeras, todo con tal de ahorrarse todo lo que pueda suponer un gasto extra). 





Para Joaquín, el coche es, por tanto, una prolongación de su vida y de su profesión. No lo tiene ni para fardar ni para aparentar. Es su mejor herramienta de trabajo y como tal lo trata y maneja, y me parece muy bien. Joaquín proyecta en su coche su estilo, una filosofía de vida específica apegada a sus raíces, su biografía profesional y sus sobrias costumbres personales. Mientras que otros ven en los coches una señal ostentosa de su éxito económico y social, como en tantas cosas de su vida, Joaquín va a lo práctico y esencial. Me gusta su manera de ir por la vida, auténtica y autosuficiente, rechazando lo superfluo, en la que no hay nada impostado ni falso. Todo directo y a las claras, sin trampa ni cartón. Transparencia existencial.

[Escribí esto unos meses antes de que Joaquín cambiase de coche tras un pequeño accidente. Ya lo tenía bien amortizado. Lo ha sustituido por uno del mismo modelo, ahora de color negro, y “solo” con más de cien mil kilómetros. He montado en el nuevo y no he encontrado ninguna diferencia: todo está absolutamente igual que el anterior, tuneado con las mismas prestaciones y con las mismas herramientas y cachivaches distribuidos por el coche. Se agradece esa constancia y esa perseverancia en sus sólidas convicciones].


domingo, 11 de octubre de 2026

"El oficio de escribir", de Jack London

 


En edición a cargo de Javier Fernández Rubio, El Desvelo Ediciones publica una selección de artículos que Jack London (1876-1916) escribió para la prensa entre 1888 y 1906, textos que se fueron publicando a la vez que comenzó a destacar como gran narrador. No se trata de textos teóricos sobre “el oficio de escribir” sino una serie de consejos y reflexiones que proceden de su propia experiencia como escritor y que, transformados en novela, forman parte de la trama de Martín Eden (1909), una de sus novelas más autobiográficas. Se trata de una serie de escritos inéditos.

Estos artículos, como escribe Fernández Rubio en la introducción, los fue publicando en diferentes periódicos y revistas en unos años en los que el relato corto se convirtió en el motor de la literatura. Por lo menos en la literatura norteamericana, hubo en aquel entonces un cierto cansancio del estilo de tantas novelas decadentes y los lectores cambiaron sus gustos por las historias cortas escritas a su vez con un estilo rápido, sintético y condensado. La profusión de relatos cortos alteró también el estilo, como escribe Jack London en estos artículos: “¿Por qué ha disminuido el uso de oraciones completas y la longitud de las frases? (…) ¿Por qué el ubícuo relato corto tiene tanta demanda?”. La respuesta, para London, está clara: “La sociedad quiere que el texto de lectura no sólo sea denso, compacto, sino también ágil, incisivo, conciso”. Con estas premisas, London enfocó también su propia literatura.

En estos textos, comenta el autor de La llamada de lo salvaje aspectos que él ha llevado a su propia literatura, o problemas con los que se ha encontrado a la hora de escribir. Son reflexiones sinceras, prácticas, que él ha experimentado con anterioridad.  No se va por las ramas. Es directo y claro. Y aunque no descubren ni fórmulas mágicas ni contienen reflexiones muy profundas, proporcionan a los aspirantes a escritores unas pautas esenciales y radicales.

Por ejemplo, repite London que el escritor novel debe trabajar, en primer lugar, por una filosofía de la vida que traspase sus escritos, algo así como su ADN literario. Recomienda dedicar tiempo a estudiar, “para leer el rostro de la vida con comprensión”, estudiando a la vez “los trucos de los escritores que han triunfado”. Y se debe dedicar mucho tiempo a leer, “pero lo mejor y solo lo mejor”, sin perder el tiempo con lecturas insustanciales.

Rechaza la actitud de los diletantes escribidores profesionales, donde el oficio sustituye a la auténtica vocación. Y advierte de los peligros de optar como un recurso facilón por “los líos melodramáticos” y las ficciones peligrosas, trucos baratos para atrapar a lectores que tienen una imagen degradada de la literatura y de la escritura.

En su caso, la literatura arranca en muchas ocasiones de la vida, como se aprecia en sus propios relatos que cuentan, con ficción, sus experiencias como marinero, boxeador, vagabundo o en las minas de Alaska. Pero también advierte, después de su trato con muchos editores, que “la imaginación creativa es más veraz que la voz de la vida”. 

London tuvo una formación autodidacta y eso se manifiesta en su manera de acercarse a la literatura y en los consejos que da a los escritores noveles, en los que insiste en la importancia de la tenacidad, la originalidad, la sinceridad y la personalidad. 



El oficio de escribir

Jack London

El Desvelo Ediciones. Córdoba (2026).

 64 págs. 13 € 

Traducción: Javier Fernández Rubio.

sábado, 3 de octubre de 2026

Notas para un diario: "Café terapéutico"

 


Tomando un café a primera hora de la mañana en un bar cercano a mi antiguo trabajo, acabo por cerrar el libro y, disimulando, me limito a escuchar, soy un cotilla, la conversación que mantienen los de una mesa cercana, un hombre y una mujer posiblemente treintañeros. Lo más seguro que sean amigos, aunque a lo mejor estaba asistiendo de privilegiado espectador a una sesión en directo de psicoterapia. 

Por lo que intuí, ella, casada, con un hijo pequeño, se encontraba en una mala racha. El hombre había adoptado el papel de gurú, de consejero, de vate, de psicólogo. A ella, que hablaba casi en murmullos, apenas le pude escuchar, pero a él se le oía bastante bien. “Claramente estás en medio de una tormenta, de un ciclón. (…) Debes valorarte más a ti misma. No le des tantas vueltas a la relación con tu abuelo. No sé por qué lo has idealizado. (…) Ha llegado el momento de plantarte. ¿Por qué proyectas en tu abuelo tu propia vida? ¿Por qué sigue siendo tu referencia? (…) Es verdad, el pasó por una guerra civil, pero tú también has pasado lo tuyo durante la pandemia”. 

En ese momento me levanté porque ya se me había hecho tarde y porque el tono melifluo del psicoterapeuta pudo conmigo. Pobre mujer, me dije: entre lo del abuelo y el amigo psicólogo, ésta no va a levantar cabeza.  

domingo, 20 de septiembre de 2026

Yo también te quiero. El poderío de la ficción romántica

 

    Han publicado en Aceprensa un artículo dedicado a la novela romántica. Sin lugar a dudas, se trata del género más popular y el que más vende en todo el mundo, con cifras astronómicas. La celebración en Madrid, en el mes de septiembre, de dos ferias dedicadas a este fenómeno es un buen ejemplo de la potencia y la vitalidad de un género que, literariamente, antes y ahora, deja mucho que desear.

VER ARTÍCULO EN ACEPRENSA.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Notas para un diario: “Las gallinejas, metáfora existencialista y gastronómica”

 



          Conociendo algunas de mis manías y pasiones librescas, me han regalado Las Gallinejas, escrito por el periodista David Sanz, sobrino del protagonista del libro, Gabino Domingo, propietario de la popular “Freiduría de Gallinejas Embajadores”, en la calle madrileña del mismo nombre. 

El libro cuenta la biografía de Gabino desde que a los trece años llegó a Madrid procedente de Membrillera, un pueblo de Guadalajara, para trabajar en una freiduría que acababa de abrir una tía suya. La peripecia personal de Gabino, que acabó quedándose con el negocio cuando su tía se retiró, explica la intensa y apasionada relación de los madrileños con un producto tan atípico que ya forma parte de su idiosincrasia y carácter. Gabino ha escrito también algunos libros sobre su infancia en su pueblo natal y un puñado de poesías que han incluido en la decoración de su local.




Como se explica en el libro, las gallinejas empiezan a valorarse como alimento a mediados del siglo XIX, cuando los que trabajaban en el Matadero de Puerta de Toledo recogen las tripas de cordero que solían tirar a la basura para dárselas a los pobres y desheredados que acuden al Matadero para buscar algo que echarse a la boca. Poco a poco, algunas mujeres, la mayoría viudas y sin recursos, comienzan a freír estas menudencias en diferentes puntos de la capital con la misma estética y medios que las tradicionales vendedoras de castañas. En 1928, cuando se estrena el Mercado de Legazpi, el Ayuntamiento decide regular esta venta teniendo en cuenta el número de vendedoras ya desperdigadas por la capital y que acudían al Matadero a recoger estos despojos por la tarde. Las gallinejas y los chicharrones fritos se ponen de moda en los barrios populares y se convierten en un inesperado negocio y manjar. 

Gabino asiste a esta progresiva evolución del negocio, que alcanza su momento de esplendor a mediados de los años 70, cuando hay en Madrid, sobre todo en los barrios obreros (Embajadores, Lavapiés, Tetuán, Cuatro Caminos, Ventas, Vallecas…), más de 90 quioscos de gallinejeras. Con la llegada de la transición, bien por los cambios en los hábitos alimenticios, bien por la subida de los productos relacionados con la casquería, las gallinejas casi desaparecen como alimento. De hecho, en la década de los 90, cuando cierra el Mercado de Legazpi, apenas quedan unas pocas en pie. 

En esos años, Gabino da vueltas y vueltas al futuro de un negocio que hasta entonces era callejero e imprevisible, pues no siempre se encontraban existencias en el Matadero. Es entonces cuando decide transformar su reducido pero boyante negocio en un restaurante que, en principio, seguiría abriendo de seis de la tarde a once de la noche, como el resto de los quioscos desperdigados por la capital. Luego consiguió proveedores constantes que ya no dependían del Matadero y mejores productos (las gallinejas y el resto de vísceras pasaron a ser siempre de cordero lechal). Años después decidió abrir todo el día ya como un restaurante más. Y acertó. El negocio fue viento en popa y, en el mismo sitio, siguen vendiendo gallinejas, entresijos y otros platos en las más de treinta mesas que tiene el restaurante. Todo ello a base de esfuerzo y trabajo, como ha dejado constancia en una de sus poesías: “Me levanto a las cuatro, / no hay descanso ni parada / como mientras trabajo / y me acuesto de madrugada”.




Había oído hablar de ese restaurante, pero no lo visité hasta el otro día, animado después de la lectura de este libro que estoy comentando, del que me impactaron algunas afirmaciones de Gabino, al que ya estaba deseando conocer. La primera: “dignificar y elevar el consumo de las gallinejas y entresijos a la categoría de restaurante fue una de las satisfacciones más grandes de mi vida”. Este gesto le honra, pues desde entonces, poco a poco, dejaron de servirse en bocadillos y en cucuruchos de papel, como las castañas, y de comerse en las calles acompañados de una bota de vino. Gracias a su decisión, las gallinejas subieron de nivel social y se convirtieron en un plato normal, uno más de la cocina madrileña. La segunda: “Por aquel entonces, yo había subido al escalón más alto en el oficio de freír, porque no solo freía bien sino que me sentía fascinado con mi trabajo, creyendo que mis platos eran como obras de arte, únicos y con alma”. En una entrevista que le hicieron en la prensa, completa estas sensaciones. Afirma que “las gallinejas son pura poesía. (…) Para mí, freír y servir gallinejas, entresijos y mollejas es pintar. El cuadro alcanza la perfección cuando se ha aplicado el tiempo adecuado de fritura, la cantidad justa para los comensales y la forma de emplatarlo”. Ni Ferrán Adrià en sus mejores tiempos retóricos, cuando montó el restaurante vanguardista Bulli, ha empleado imágenes tan poéticas, revolucionarias y apasionadas al referirse a su trabajo en la cocina. 



Pero, ¿qué son las gallinejas. En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se dice que son “tripas fritas de cordero o de cabrito y que antes procedían de otros animales, que constituyen un plato popular de Madrid”. La definición ha ido cambiando con el paso de los años, adaptándose más a la realidad, aunque el resultado final tampoco es del gusto de Gabino, que ha emprendido una cruzada para que la Real Academia afine mejor en qué consisten sus queridas gallinejas. No le gusta eso de que “antes procedían de otros animales”, afirmación que considera falsa pues no está contrastada. En el libro, de manera más desarrollada, describen mucho mejor qué son desde un punto de vista quirúrgico, que es el que a los comensales más nos interesa: “dentro del cordero, en lo más profundo del animal, se encuentran un conjunto de piezas anatómicas como el estómago (los callos), el intestino delgado (parte de la gallineja) el mesenterio (entresijo), la toquilla (tela de sebo que cubre y protege todas las interioridades), además de otros elementos. Al seccionar y desmenuzar todos estos fragmentos dan lugar a varios productos de nombres populares con los que se preparan diversos platos relacionados entre sí”. 

Estas son las especialidades del restaurante de Gabino. En primer lugar, el plato por excelencia, las gallinejas, que proceden hoy día exclusivamente del cordero lechal, y que son “un producto mixto compuesto por el intestino delgado y un trozo del mesenterio (el entresijo) que a la vez contiene una molleja popularmente llamad botón”. Luego, los entresijos: “su procedencia es una especie de madeja llena de mollejitas (los folclóricos botones) que rodea y protege el intestino delgado y que una vez limpia se separa y se parte en trozos”. 

Y después, platos menos conocidos que están íntimamente relacionados con estos dos: las tiras (unos trozos de tripa cortados, con forma de tubitos, delgados y separados), los canutos (parecido a las tiras pero muchísimo más fritos, como si fuesen cortezas), los chicharrones (en su momento, igual de populares que las gallinejas, de donde proceden), los zarajos (son una tripa kilométrica del cordero que se enrolla en dos palos de sarmiento) y las mollejas, esos apéndices blancos carnosos que están situados en el cuello y junto al corazón del cordero y que son de tres tipos: botones, mollejas blancas y chorrillos. 

También se puede pedir otra especialidad de la casa, los pitos picantes. Tras la crisis de las “vacas locas”, cada vez se venden menos las mollejas negras (llamadas también pajarillas), las mollejas finas (el páncreas), las madrecillas y la ubre de vaca (el único plato que no procede del cordero lechal). Por lo general, en el restaurante se ofrece un único plato en el que se mezclan todas estas variantes y al que se pueden añadir unas patatas fritas –hechas también en la misma sartén- o una ensalada clásica. 

La visita al restaurante resultó una experiencia inolvidable y popular, como escribe David Sanz: “El olfato es verbena; el oído, arraigo; el tacto, tradición; la vista, casticismo, y el gusto, placer”. Pedimos una de esas bandejas en la que hay de todo, la mejor manera de apreciar la variedad de menudencias y aprender así a distinguirlas. Me encantó la decoración del local, sencilla, castiza y nada pretenciosa. Me llamaron la atención las fotografías de algunos famosos y más todavía las fotografías de familias enteras anónimas comiendo en el restaurante, una de las debilidades de Gabino, al que no llegamos a conocer, una pena. La visita confirmó lo que intuía: aquello es el Templo donde las gallinejas han ocupado el privilegiado lugar que les corresponde dentro de la gastronomía popular de Madrid. A esto dedica Gabino otro de sus poemas: “¿Qué son las gallinejas? / preguntaba una paisana / y le dijo con gracia una vecina: / -“Mira chica, no hay comida / en Madrid, tan rica y castiza / y con tan buenos sabores / como las gallinejas que sirven / en la calle de Embajadores”.




Como otras cosas igual de sencillas que tenemos a nuestro alrededor, las gallinejas se han convertido en una humilde metáfora de la condición humana y de nuestra gris y anodina existencia. Sentados delante de un plato de gallinejas y del resto de vísceras que aquí hemos mencionado, comprobamos el espectáculo de la cruda visibilidad de nuestra propia corporeidad, miserable o apoteósica, dependiendo de nuestro punto de vista y de nuestro ánimo. Estamos, nos guste o no, hechos de lo mismo que los corderos de lechal: de menudencias, gallinejas y vísceras, a las que podemos añadir el hálito espiritual. Pero nosotros no somos distintos ni especiales. Pero a todo este mundo oculto y secreto que damos vida en nuestro recóndito interior, Gabino, con orgullo de artista, le sabe sacar partido, sin ponerse espléndido, ni melindroso, ni prepotente. Lo suyo es sacar brillo a la vulgaridad de la fritura de gallinejas. Con Gabino aprendemos que lo vulgar, transformado por nuestra pasión vital, se convierte en una experiencia apasionante. Todo depende del ánimo y del espíritu con el que uno se acerque a estas ínfimas realidades. Por eso, las gallinejas, nuestras amadas gallinejas, y los entresijos, ayudan a ver los pliegues de nuestra vida sin recovecos, de frente, disfrutando de los paisajes y espacios donde a veces entra poco la luz. Somos lo que somos gracias a la gozosa interioridad de nuestras propias gallinejas. Ellas son el símbolo de un sólido, genuino y frito realismo que refuerza nuestra débil pero orgullosa humanidad. 


"Tendrás unos entresijos,

crujientes y bien dorados,
que alimentan a los hijos
de este Madrid adorado."


[Al mes de ir a comer al restaurante de las gallinejas, vi en el periódico la noticia de que Gabino había decidido cerrar el negocio. Los meses de pandemia, con el local cerrado y la gente recluida en sus casas, fueron la puntilla de un restaurante histórico, que merecería se conservase para que no se olviden las raíces de Madrid. Ha cerrado, pues, un trozo de la historia gastronómica de Madrid, con unas especialidades únicas que han contribuido a reforzar las señas de identidad madrileñas, asentadas en tantas costumbres y detalles como los que ha proporcionado esta freiduría].

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Notas para un diario: "La señora Estupenda"

 


  [Rescato un texto que aparece en mi diario La suerte de conocerte, que publiqué en 2021. Luego lo amplié un poco cuando apareció también en Libro de familia. Está dedicado a mi madre, que acaba de fallecer, el 4 de septiembre de 2026].

Desde hace años, ha sido la respuesta habitual de mi madre cuando preguntabas qué tal estaba: «Estupendamente. Muy bien. No me duele nada». Eso era lo que decía cuando vivía en casa con mi hermano Alberto, luego con mi hermana Mari Carmen y después en la Residencia, donde lleva ya unos años. Algunos de mis amigos, cuando me preguntan por ella, siempre me dicen: «¿Qué tal está la señora Estupenda?». La verdad es que da gusto. Tiene un carácter fenomenal, positivo, que le ha llevado durante toda su vida a adaptarse a lo que tocaba, sin hacer melodramas sino con total espíritu de servicio y naturalidad, a pesar de los pesares. Y eso lo ha sabido contagiar al resto de la familia. 

            Hace poco lo comentábamos entre todos los hermanos, cuando estuvimos con ella merendando en un centro comercial cercano a la Residencia donde está. Absolutamente todo le parece bien. Y su actitud ante la vida es contagiosa y repleta de un sano sentido del humor. 

            Mi madre, desde siempre, acepta las cosas con total normalidad, porque es lo que toca, ahora en la Residencia, antes en casa de mi hermana Mari Carmen y desde siempre en su casa, viuda desde hace la tira de años, cuidando de esta familia numerosa con naturalidad. 

La “señora Estupenda” hace todo lo que esté al alcance de su mano para que nosotros, sus hijos, no nos preocupemos por nada. «Dile a tus hermanos que estoy muy bien, que como bien, que duermo bien. Que estoy muy contenta y que aquí me tratan muy bien. Estoy estupendamente». «Y si no –dice a la vez que señala su bastón–, aquí tengo yo esto para poner la cosas en su sitio». Siempre saca el lado bueno de todo y siempre manifiesta una actitud abierta a disfrutar de lo que sea –un baile, una partida de cartas, el dominó, un bingo, etc.– porque de lo que se trata es de pasarlo bien, adaptarse a lo que venga y no dar la brasa.

Así ha sido toda su vida, que como la de tantas personas de su generación no fue nada fácil. Vivió la guerra civil y la posguerra, trabajando desde muy pronto para ayudar a su familia, también numerosa. Vivió momentos complicados, que supo superar gracias a su equilibrado carácter. Ya en Vallecas, los hijos se sucedieron a un ritmo vertiginoso. Menos mal que pudo contar con la ayuda de mi hermana mayor, también una madre para todos nosotros. Las dos sortearon las muchas dificultades de su tiempo y salieron adelante gracias a su abnegación, metida en su ADN. Las dos son las que han dado forma a una familia que, como todas, tiene su peculiar estilo y sus singulares señas de identidad. Mi padre se nos fue pronto, pero ya éramos todos, menos el Richar, mayores, y supimos encontrar cada uno nuestro camino, con errores y también aciertos. Eso sí, siempre nuestra madre estaba detrás, manteniendo la casa, trabajando sin parar para que no nos faltase de nada. Nunca fue una madre posesiva ni agonías, tampoco con las necesidades económicas que teníamos, que no eran pocas. Todos pusimos de nuestra parte para que cada uno fuera encontrando su sitio y facilitar las cosas a mi madre. Y ella llevó todo esto con ese carácter que tiene, despreocupado y viendo el lado positivo de todo.

Cuando la mayoría volamos de manera independiente, disfrutó lo que pudo de la vida, aunque también dedicó unos años a cuidar de su padre, mi abuelo Pepe, que vivió hasta los 99 años. Los días que tenía que estar con mi abuelo, nos dejaba todo preparado, sabiendo que éramos unos inútiles en la cocina (una vez, incluso, tuvimos que llamar a una vecina para que nos ayudase a abrir una lata).

Conseguimos que se fuese a algunos viajes del Imserso, donde disfrutó de lo lindo apuntándose a todas las actividades y ganando hasta premios de baile. Tuvo la suerte de irse muchos años a Cullera con una amiga también viuda. A Cullera iba además un matrimonio del que mi madre contaba muchas cosas divertidas de su proverbial tacañería, a pesar de tener dinero. Vivió en el piso de toda la vida hasta los 85 años. Salía mucho a la calle. Siempre desayunaba fuera de casa, donde Ángel, en Arroyo del Olivar, y luego bajaba a Dones todas las tardes a merendar con otras señoras. A los 85 se fue a vivir con mi hermana Mari Carmen y mis sobrinos Rubén y Sergio a San Fernando de Henares. Y luego, a la Residencia Concesol, en Condesa de Venadito, una residencia pequeña, familiar y muy profesional, de la que todos estamos muy contentos, también mi madre.

Todo esto, sin traumas. Aceptando que las cosas son así, que es lo mejor para todos, también para ella. Y ahí sigue, apuntándose a un bombardeo. Jugando a las cartas y al dominó (y haciendo trampas). Bailando en los días de fiesta. Disfrutando de los días de visita. Comiendo jamón (un espectacular jamón) cuando la llevamos a Delikatia, un bar del centro comercial al que tendríamos que hacer un monumento (especialmente a Santi y José por el trato tan cariñoso y familiar que han dado a mi madre). Siempre nerviosa abriendo los regalos de cumpleaños y de Reyes. Coqueta con su peinado y su pintura de labios y sus uñas arregladas. Y siempre riéndose, su mejor herencia (porque de la otra, no hay nada de nada).




martes, 25 de agosto de 2026

Biblioterapia: recetas literarias para tiempos de crisis




Escribo en Aceprensa sobre la Biblioterapia, cuando la lectura de un libro adquiere un objetivo terapéutico. Y lo hago a propósito de dos libros recientes que abordan, desde diferentes puntos de vista, este asunto. 

“La literatura inspira, acompaña, consuela y, en ocasiones, transforma la manera en que entendemos nuestra propia vida”, escribe Molly Masters en Biblioterapia, un libro recientemente traducido al español y dedicado a resaltar el valor terapéutico que puede tener la literatura para muchas personas. Una tesis parecida defiende la psicóloga Verónica Sarría Higalgo en Terapia cultural, que amplía su campo de estudio a otras manifestaciones culturales como el cine, la pintura y la escultura. 

Ver artículo en ACEPRENSA.