jueves, 14 de diciembre de 2017

“Mundo es”, de Andrés Trapiello



Fiel a su cita anual, vuelve Andrés Trapiello a publicar un nuevo volumen de sus diarios, el número veintiuno, a los que ha dado el título genérico de Salón de pasos perdidos. Los lectores habituales de estos diarios vuelven a encontrarse con las ya previsibles vicisitudes de su personaje protagonista: episodios domésticos y familiares, visitas al Rastro, conferencias y presentaciones de libros, lecturas y artículos, las periódicas estancias en Las Viñas, ataques de hipocondría, la relación con sus hijos, encuentros inesperados, sus amigos… En definitiva, esa atmósfera vital que precisamente buscan sus lectores, pues a estas alturas no se leen estos diarios para encontrar sorpresivas revelaciones ni grandes aventuras. Lo que se desea es reencontrarse con ese escritor-personaje que es capaz de convertir en literatura su propia vida.
            “Escribir como se vive”, dice Trapiello casi al final de estos diarios. Y puede ser un buen resumen de su ya monumental empresa literaria: atrapar la vida “sin destruir las sombras” ni destruir “la luz”. De todo un poco o todo a la vez. Esto lo hace en cada una de estas páginas -y es lo que me parece que más hay que destacar- con una polivalente calidad literaria: en los diarios –unidos por el carácter de su protagonista- aparecen todos los registros literarios posibles: momentos líricos, prosa cotidiana, descripciones prolijas, reflexiones íntimas, aforismos, crítica literaria, observaciones agudas e ingeniosas, comentarios mordaces, mucho sentido del humor… Todo ello contado con gran naturalidad, sin imposturas, con un estilo sólido que es el resultado de muchos años de escarbar en las palabras para encontrar la más justa y apropiada y de huir de los tópicos para dar forma a los matices de tantos sentimientos. Desde el punto de vista literario, Trapiello saca el máximo partido al multiforme género diarístico. Sin lugar a dudas, es ya una indiscutible referencia en este género.
            Personalmente, siguiendo con esta idea, destacaría su capacidad para hacer retratos. Uno de mis favoritos aparece en la entrada en la que después de trabajar en un estudio entra a un bar. Escribe: “vimos allí a una mujer única. Entre sus ochenta años y la gente había extendido una cortina de maquillaje, pintalabios y sombra de ojos que tenía el único propósito de hacer que aparentara cuarenta, con el resultado desafortunado de que se le echaban lo menos cientoveinte. ¿Quién era, o mejor, quién había sido? Su no-pelo, teñido de rojo granada, estaba cardado de tal modo, que subía sus buenos treinta centímetros. No obstante su volumen engañoso, era tan escaso que se le veía la forma de la calavera y se le podía contar pelo por pelo. Más que cabellera, se parecía a un plantío forestal. Cómo había logrado meter su cuerpo en aquella falda de plexiglás rojo era uno de esos misterios que saben guardar para sí las mujeres coquetas. La blusa, sin mangas y no menos ceñida, dejaba al aire dos magníficos perniles blancos y para mostrarlos altanera al mundo, se había subido a unos coturnos de un palmo”.
            También destaco sus personales opiniones literarias, expuestas con agudeza y mucha originalidad. Por ejemplo, para él “las novelas históricas lo peor que tienen es que suelen acabar mal, porque empiezan siendo historia pero no acaban siendo novela, y al revés”. O su impresión después de dedicar unas horas a releer Cien años de soledad, de García Márquez, escritor que aparece en estas páginas a propósito de un desternillante relato de su estancia en un Congreso en Colombia, al que dedica no pocas páginas: “A las dos horas compruebas que estás extenuado de tanta magia y hechos insólitos y, como sucede con los culturistas, la prosa tratada con anabolizantes admira tanto como repele”.
            Y luego están sus opiniones sobre Proust y Francisco Umbral. Y sobre Josep Pla, Baroja, Galdós, escritores habituales en sus diarios. También, rápidos y sarcásticos comentarios a propósito de un encuentro con Antonio Gala en la Feria del Libro de Madrid, las esculturas de Botero en Colombia, un libro sobre la Movida madrileña… Sorprendentes aforismos: “El día de mañana está muy sobrevalorado, porque el día de mañana, no hay que engañarse, no va a llegar nunca (Zenón de Elea)”.
            Hay páginas memorables con observaciones muy minuciosas sobre su estancia en el Congreso de Colombia, uno de los platos fuertes de este volumen, donde vuelve a demostrar su capacidad de observación, a veces mordaz, para sacar partido a los actos oficiales, recepciones, comidas y eventos a los que asiste. También me han parecido muy brillantes las páginas que dedica a acompañar a su hijo fotógrafo a una capea en un pequeño pueblo extremeño de la España profunda.
            ¿Qué busca uno, como lector, en estos diarios? Cada uno seguro que buscamos cosas distintas. En mi caso, y ya que se le conocen las reacciones, los sentimientos y hasta las manías, acompañar como la sombra a su protagonista en los diferentes y variados pliegues de su vida, nada espectacular sino más bien rutinaria, que él asume y aborda de manera muy literaria: convierte todo lo que le pasa en un momento único e irrepetible, sea este reparar una avería en su casa de Las Viñas, visitar una librería de viejo, dar una conferencia, ir de compras o asistir al insólito concierto de guitarra clásica de unos amigos. O sea, literatura en estado puro.


Mundo es
Andrés Trapiello
Pre-Textos. Valencia (2017)
448 págs. 29 €.

domingo, 3 de diciembre de 2017

“Por ley superior”, de Giorgio Fontana


Publica Libros del Asteroide una novela del italiano Giorgio Fontana (1981) anterior a Muerte de un hombre feliz, libro que recibió muy buenas críticas en Italia, publicado en 2014, y en España, en 2016, por su doloroso y bello homenaje a los profesionales de la justicia; ambientada en los años de las Brigadas Rojas, a principios de los ochenta, el protagonista era un fiscal, Giacomo Colnaghi, dedicado a los crímenes terroristas.
Por ley superior, premio Leonardo Sciascia, se publicó en 2011 y comparte con Muerte de un hombre feliz bastantes cosas: la novela también está protagonizada por un magistrado (en este caso, Roberto Doni, fiscal general sustituto de Milán), su tema tiene que ver con el funcionamiento de la justicia y Doni fue íntimo amigo de Giacomo Colnaghi, su protagonista.
            En esta ocasión, la ambientación es más contemporánea. Transcurre en la actualidad y gira en torno al caso Ghezal, en el que se acusa a un inmigrante tunecino del asesinato de una joven italiana. El crimen ha tenido bastante repercusión en la opinión pública y ha originado un espinoso debate sobre la inmigración. Una periodista, Elena Vicenzi, se pone en contacto con el fiscal general sustituto porque no se fía del abogado defensor de Jaled, el acusado, y porque está totalmente convencida de su inocencia.
            Sin saber por qué, saltándose algunas normas legales, Roberto Doni accede a reunirse con la periodista, que lleva al magistrado al lugar donde ocurrieron los hechos, un barrio miserable de Milán lleno de inmigrantes y de pobreza, y le presenta a varias personas que ofrecen una versión distinta de los hechos, aunque no van a dar la cara en el juicio porque su vida podría correr peligro. El caso provoca así una sacudida en el ánimo de Roberto Doni, un magistrado moderado y sencillo que lleva una vida sin excesos, una persona recta y cumplidora que tiene como lema vital: “disminuir los sufrimientos, aprovechar al máximo las posibilidades”.
            Elena, la periodista, pone al magistrado en una situación casi límite. Él sabe que el funcionamiento de la justicia exige un orden, unos procedimientos que debe respetar al máximo. Lo que le plantea Elena es que es precisamente ese escrupuloso cumplimiento de la ley, al que Doni se ha aferrado durante toda su vida, puede provocar la destrucción de la vida de una persona. Como le dice la periodista, “la justicia verdadera es aquella para la que un inocente, si lo es, no merece ser castigado solo porque ciertos engranajes no funcionan”. La situación lleva al magistrado a reflexionar sobre la verdad y los fines de la justicia, que en su caso concreto le obligan a tomar una decisión de conciencia que puede suponer el fin de su carrera como jurista.
            Fontana hace un perfecto retrato del magistrado y de su burgués contexto familiar y profesional. También del mundo de la justicia y de la variadas y múltiples realidades de la vida en Milán, en muchos casos oculta para muchos de sus ciudadanos. El estilo intenta ser aséptico, con muchos diálogos (a veces un tanto acartonados) y con capítulos breves que permiten avanzar poco a poco en todos los ingredientes que rodean una trama que gira en torno a la ética en la aplicación de la justicia.


Por ley superior
Giorgio Fontana
Libros del Asteroide. Barcelona (2017)
266 págs. 19,95 € (papel) / 10,99 € (digital).
T.o.: Per legge superiore.
Traducción: Carlos Manzano.

sábado, 25 de noviembre de 2017

“Sandró de Cheguem”, de Fazil Iskander


Fallecido en 2016, Fazil Iskander es con Bragat Shinkuza (1917-2004) uno de los máximos representantes de la literatura contemporánea de la República de Abjasia, aunque Iskander se definió asimismo como “un escritor ruso y un cantante abjasio”. De hecho, aunque vivió en Abjasia casi toda su vida, se trasladó a Moscú a partir de la desintegración de la URSS y de la independencia de la República de Abjasia en 1992. Iskander defiende la vinculación de Abjasia con la tradición y la cultura rusa y se ha opuesto a la situación creada en su país a partir de la independencia, que ha llevado a separatismos y enfrentamientos con Georgia y también con Rusia. Ahora mismo, Abjasia es un país que sólo ha sido reconocido solo por un reducidísimo grupo de países, entre los que se encuentran Rusia y Venezuela; y mantiene un contencioso político y militar con Georgia, que sigue considerando a Abjasia parte de su territorio. Conflictos parecidos están viviendo otras repúblicas del Cáucaso, como Osetia del Sur. Iskander denunció que todos estos problemas han fomentado que haya ahora “xenofobia y hostilidad hacia el caucásico y hacia otras etnias”. En sus obras, resalta la convivencia pacífica que existía entre los abjasios, georgianos, armenios y rusos.
            Iskander nació en la capital de Abjasia, en Sujum, en 1929. Su padre, iraní, fue deportado en una purga en 1928 cuando su hijo tenía apenas nueve años. No lo volvió a ver. Se educó con la familia de su madre en Abjasia, en el lugar que de manera ficticia el autor denomina en este libro Cheguem, y que en los años de su infancia, donde transcurren muchas páginas, “era aún en gran medida el de la vida patriarcal y campesina de Abjasia”. Es consciente de que en sus narraciones hay mucho de nostalgia, pues aquella vida está en proceso de desaparición, y también mucho de idealización de unas tierras de las que el autor se quedó prendado para siempre: “la gente –escribe- tiende a exaltar lo que ama”.
            Criado en Abjasia, Iskander realizó estudios superiores en Moscú. Se diplomó en el Instituto de Literatura Gorki y luego ejerció como periodista en las localidades de Kursk y Brianik. Después, decidió regresar a Abjasia, donde se dedicó a la literatura. En 1954 publicó el primero de sus poemarios (luego escribió bastantes más) que lleva por título Sendero montañoso. Su primera novela es de 1966, Constelación de capritur, ambientada en un contexto campesino, y en la que aparecen las señas distintivas de su literatura: humor, ironía, veladas críticas a las políticas comunistas que vienen de los centros de poder de la URSS y unos personajes e historias muy ceñidas a la realidad popular y campesina de Abjasia.
            En 1973 empezó a publicar los primeros episodios de su obra más famosa, Sandró de Cheguem, que fue censurada por las autoridades soviéticas y cuya versión íntegra y sin censurar se publicó primero en Estados Unidos en la década de los 80 y en la URSS en 1988. Aunque tuvo estos problemas con la censura, y algunos más (en 1979 fue uno de los autores del polémico almanaque Metropol, prohibido por las autoridades), no fue Iskander un escritor disidente. Recibió los premios más importantes en los momentos de cambio y transformación de la URSS: en 1989, obtuvo el Premio Estatal de la Unión Soviética; en 1993, el Premio Pushkin; en 1994, el Premio Estatal de la Federación de Rusia. En su momento, fue nominado en sucesivas veces al Premio Nobel de Literatura. En España, en 1991, se publicó su novela distópica Conejos y serpientes, de 1982, escrita al modo de Rebelión en la granja, de Orwell.
            En la “Nota del Autor” que encabeza esta espléndida edición de la editorial Automática, la primera vez que se traduce al castellano, Iskander explica algunas claves de esta obra. En primer lugar, su principal intención es realizar “una parodia ligera de la novela picaresca”, tomando como principal personaje el tío Sandró, figura representativa de la aldea de Cheguem. Pero estamos ante una picaresca en la que su principal ingrediente es “la poesía de la vida popular”, abordada con mucho humor y naturalidad. Por eso, como comentábamos, hay una idealización de la vida campesina que contrasta totalmente con “el carnaval de la burocracia teatralizada del estalinismo: los calientasillas habían conquistado el poder”. Su deseo es rescatar, reconstruir y fijar un mundo en vías de desaparición, dando valor a las leyendas, a los personajes populares y hasta a algunos elementos fantásticos, hasta tal punto que se ha dicho de él que llegó al realismo mágico sin saber lo que era.
            El hilo conductor de este conjunto de relatos es, en la mayoría de ellos, el tío Sandró y su familia, de la que forma parte el narrador, que es testigo de algunas de las historias y que relata los recuerdos de estos personajes. Este narrador no es el protagonista; él se limita a convertir en literatura aquel mundo poblado por infinidad de familiares y por historias en las que se defiende abiertamente el mundo campesino, contrario en muchos casos a los planes de los dirigentes políticos, que viven agobiados por el cumplimiento de los planes quinquenales (objetivos que poco tienen que ver con la realidad). Así define este contraste uno de los personajes, el judío Samuíl: “porque los bolcheviques han abierto almacenes y quieren que la gente compre en esos almacenes cosas que la gente no quiere comprar. Y lo que la gente quiere comprar no lo tienen en esos almacenes”.
            Comienza el libro con varios relatos que describen bien la personalidad de Sandró de Cheguem y el mundo popular en el que se mueve, como los titulados “Sandró de Cheguem”, “El príncipe de Oldemburgo” y “la batalla de Kodor”. El titulado “Los festines de Baltasar”, convertido en película en 1989, incluye como personajes a Stalin y a otros destacados líderes comunistas que asisten a una cena en la que actúa la Compañía de Coros y Danzas de Abjasia, de la que forma parte Sandró. A continuación, el espléndido relato “La historia del mulo del viejo Jabug”, que tiene como narrador al propio mulo y que es un dechado de literatura popular.
            Otros relatos reviven historias y tradiciones populares o recrean aventuras de personajes insólitos y originales, como la bella Tali, el mujeriego Marat  o la fatalidad de Zaynab. También Iskander incluye relatos sobre una de sus más originales invenciones, los llamados “enduarianos”, que aparecen citados en otros muchos momentos del libro, un pueblo imaginario que, según el autor, “representan nuestros prejuicios (son unos extraños), y constituyen asimismo una imagen de los males de la civilización, que nos convierte en unos extraños a nuestros propios ojos”. También es muy imaginativa la creación del animal “capritur”, que se aborda en un relato y que fue el tema de su primera novela.
            En el último relato, “El árbol de la infancia”, es más acusado su espíritu nostálgico, que encarnan estas palabras que aparecen casi al final del relato y del libro: “Cuando todo aquello que hemos amado se esfuma, todo lo que ha brillado ante nosotros con la luz de la esperanza, el coraje, la ternura, la nobleza, cuando todo eso se esfuma, estoy dispuesto a estrechar contra mi pecho hasta la estupidez, por que la estupidez también forma parte del hombre. Más aún, estoy dispuesto a arrodillarme ante ella con filial tristeza”.


Sandró de Cheguem
Fazil Iskander
Automática. Madrid (2017)
832 págs. 29 €.
Traducción: Fernando Otero Macías.

sábado, 18 de noviembre de 2017

"Cien años de literatura a la sombra del Gulag", de Adolfo Torrecilla


          Hoy utilizo mi blog para anunciar que acaba de aparecer en la editorial Rialp mi libro "Cien años de literatura a la sombra del Gulag". Os copio el texto que aparece en la contracubierta del libro, donde se explica de qué va.
"Mucho se ha escrito sobre los campos de exterminio nazis. Y también sobre la represión y los Gulag en la URSS y en otros países comunistas. Sin embargo, por diferentes causas, la magnitud del terror soviético no ha conseguido penetrar en el imaginario colectivo. ¿Por qué se recuerdan constante y justamente los crímenes nazis y se olvidan los comunistas?
A la sombra del Gulag aborda esta cuestión y desgrana los principales títulos que han visto la luz en España sobre esta materia. Más de cien libros sobre el Gulag y los asesinatos en la URSS, en los países del Telón de Acero (Rumanía, Polonia, Checoslovaquia, Albania..),  y en otras geografías de la barbarie: China, Camboya, Corea del Norte.
No estamos ante una selección de libros de historia, que analizan de manera fría aquellos dramáticos hechos. Estamos ante un amplio muestrario de novelas, diarios, libros de memorias, relatos, poemas, libros de viajes, artículos periodísticos que presentan de manera individual y en carne viva la represión y el modo de vida en muchos países comunistas, una represión que llegó a ser en algunos casos brutal.
Los libros aquí seleccionados y comentados forman una biblioteca de la memoria con la que el autor reivindica que las numerosas víctimas no caigan en el agujero negro del interesado olvido".

Cien años de literatura a la sombra del Gulag
Adolfo Torrecilla
Editorial Rialp. Madrid (2017)
490 págs. 23 €.

sábado, 11 de noviembre de 2017

“Inmersión. Un sendero en la nieve”, de Lidia Chukóvskaia


La primera novela de Lidia Chukóvskaia, Sofia Petrovna, una ciudadana ejemplar, tardó cincuenta años en publicarse por culpa de la censura soviética. En ella, contaba el proceso de locura de una “ciudadana comunista ejemplar” que ve cómo de pronto todo a su alrededor se derrumba y vuelve contra ella cuando arrestan a un hijo suyo al que acusan contrarrevolucionario. La autora hace una implacable denuncia de los métodos de control soviéticos, denuncia que con otro estilo vuelve a aparecer en Inmersión, también traspasada por sucesos biográficos.
            La novela cuenta la estancia de la protagonista, Nina Sergeievna, en una casa de reposo para escritores. Se traslada para tener unos días de descanso (“podría sentarme en un escritorio sin tener que convertirlo tres veces al día en la mesa para comer”), escribir y traducir y, sobre todo, para reflexionar, encontrarse consigo misma y repasar su vida. Nina vive en Leningrado con una hija de catorce años y todavía no ha superado la detención de su marido en 1938 al que han condenado a “diez años sin derecho de correspondencia”. Los recuerdos de Aliosha, su marido, le atraviesan constantemente y no piensa más que en su posible muerte en un campo de trabajo en Siberia.
            En la casa de reposo convive con otros escritores, la mayoría obedientes representantes de la cultura oficial. La novela transcurre entre los meses de febrero y marzo de 1949, veintiséis días que la autora pasa en las montañas, rodeada de bosques y de nieve. Uno de los escritores que también pasa unos días de descanso es Nikolái A. Bilibin, que está rematando una novela sobre “las minas de carbón de Siberia, de las avanzas técnicas de explotación de la hulla, de la incorporación de maquinaria”. En sus paseos por él, Nina descubre que Bilibin ha pasado cinco años en Siberia, condenado a uno de esos campos donde ella piensa que todavía puede encontrarse su marido, agarrándose a una tímida esperanza. Pero Bilibin le confiesa la verdad de la condena de su marido: esos diez años son un eufemismo que empleaban las autoridades para evitar decir que ya había sido ejecutado. Nina se siente entrañablemente unido a este escritor, que de alguna manera le trae la voz y los recuerdos de su marido y con él establece una inestable relación especial.
            No le ocurre lo mismo con todos los escritores de la casa de reposo. A la mayoría les considera atrapados, como ya sucedió en 1938 durante las Grandes Purgas, en el lenguaje vacío lleno de clichés que emplean las autoridades, y ellos mismos, para hablar de literatura y de la situación política que atraviesa la URSS. En esos años, precisamente se desata una campaña contra el “cosmopolitismo”, otro eufemismo -en este caso de “antisemitismo”- para decir que se estaba deteniendo a muchos judíos, como pasó en la realidad. Pero ese lenguaje de “cáscara vacía” es la nota distintiva del régimen, una combinación de signos convencionales, de expresiones estereotipadas que no tienen ningún contenido. Nina, y la propia autora, Lidia, se rebelan contra ese demagógico empleo del lenguaje, que se traslada al estilo, diáfano, auténtico y transparente, uno de los grandes aciertos de esta novela que profundiza en el drama interior de la protagonista y en la dificultad de adaptarse a la moral y a las trampas semánticas del régimen.
            Lidia Chukóvskaia vivió un suceso parecido al de la protagonista de Inmersión. Su marido, Matvéi Bronstein, un famoso físico, fue arrestado en 1937. Ella acudía todos los días a la cárcel para interesarse por el destino de su marido y para enviarle cartas y paquetes de comida. En una de las colas que tenía que guardar conoció a la escritora Anna Ajmátova, la autora de Réquiem, poemario en el que evoca la detención de su hijo y las largas horas que pasó con otras mujeres en las puertas de las cárceles. Las dos compartieron una amistad durante décadas, sobre la que Lidia escribió Apuntes sobre Anna Ajmátova, de próxima publicación en esta misma editorial. En 1974, Lidia fue expulsada de la Unión de Escritores, la organización literaria oficial, por defender a los disidentes Brodsky, Solzhenitsin y Sájarov.


Inmersión. Un sendero en la nieve
Lidia Chukóvskaia
Errata naturae. Madrid (2017)
200 págs. 17,50 €.

“La mirada de los peces”, de Sergio del Molino



          Sergio del Molino (Madrid, 1979), escritor y periodista, ha publicado hasta ahora varias novelas, de las que destacamos La hora violeta (2013) y el ensayo autobiográfico La España vacía (2016), que consiguió convertirse en uno de los libros más vendidos de 2016 y 2017. Ahora, tomando otra vez como punto de partida su propia vida, escribe una novela sobre uno de los profesores que tuvo en sus años de estudiante de BUP en un instituto público de Zaragoza durante la década de los noventa.
            El profesor es un personaje polémico, Antonio Aramayona, que se suicidó en 2016. Era escritor, profesor de filosofía y activista político en defensa de la enseñanza pública, del laicismo y de la muerte digna y durante la crisis se aproximó al partido político de Podemos. Le habían amputado una pierna, se movía en silla de ruedas y tenía una discapacidad del 65%. Pero nada de esto influyó en su suicidio: planificado, publicitado y hasta casi televisado. Incluso Jon Sistiaga le convirtió en protagonista de uno de sus capítulos, el último (“Y al final: la muerte”) de su serie documental Tabú. En ese documental que se rodó antes de su muerte, aparecen algunos de sus antiguos alumnos en el instituto, entre ellos el autor, Sergio del Molino.
            La novela utiliza como hilo conductor la relación de discípulo, más o menos, y maestro entre el profesor y el alumno. Ya en esos años, Sergio del Molino era un alumno con inquietudes literarias y culturales y conectó con los métodos pedagógicos originales, revolucionarios y “terroristas” (como los define el autor). Al acabar sus estudios, siguió manteniendo relación con él, durante años de manera distante pero después compartieron muchos momentos juntos, siempre bajo el paraguas del discípulo y su maestro.
            Pero la novela recorre a la vez numerosos caminos, pues Sergio del Molino aprovecha esta relación y la decisión final de Aramayona, que no consigue entender pero que califica como un síntoma de coherencia, para recrear la atmósfera vital en la que transcurrió su vida a mediados de los noventa en el barrio de San José en Zaragoza.
            Aunque él había crecido en “una casa comunista, de un comunismo ambiental y sin carnet que glorificaba la educación y las buenas notas”, la mayoría de sus compañeros de estudios solo pensaban en la bebida, en la música y en el sexo. Sus gustos eran radicales: eran los años de barricada y grupos heavy, años de fumar canutos y borracheras. Del Molino habla de sus novias, de sus estudios, de la relación con sus padres (estaban separados), de la política de esos años de efervescencia social. “Cuando hablo de izquierda en este cuaderno –escribe- y refiriéndome a ese barrio y esos años, hablo de esa izquierda extraparlamentaria, minoritaria, caótica, fragmentada, discutida, biliosa, impenitente, gutural y totalizadora que parecía hecha de mil siglas cambiantes pero que siempre estaba formada por los mismos tipos mal vestidos”. Años de rebeldías familiares y sociales, sin apenas horizontes, aunque algunos de ellos encontraron en los estudios su futuro.
Este componente sociológico y costumbrista es uno de los mejores ingredientes de esta novela fragmentada, que avanza a tirones, que se queda a mitad de camino entre el memorialismo y la novela de aprendizaje. Hay, como hemos comentado, aciertos a la hora de hacer un retrato generacional concreto y específico, a veces cutre; sin embargo, la anécdota central del libro, el suicidio de su profesor de filosofía, no acaba de encontrar ni su sitio ni su protagonismo, pues en todo momento el autor, con acierto, huye de convertir la novela en una melosa hagiografía de “un perroflauta motorizado”, como se definía a sí mismo Aramayona al final de sus días.


La mirada de los peces
Sergio del Molino
Literatura Random House. Barcelona (2017)
214 págs. 17,90 €.     

viernes, 10 de noviembre de 2017

“Corresponsal en Rusia”, de G. H. Guarch


Nacido en Barcelona en 1945, la trayectoria literaria de G. H. Guarch se ha centrado en novelar algunos sucesos históricos de relieve del siglo XX. Dos de sus obras más conocidas están dedicadas al genocidio armenio, El árbol armenio y El testamento armenio, por las que el autor recibió en 2002 la Medalla de Oro al Mérito Cultural de la República de Armenia y en 2013 la Medalla Movses Khorenatsi, considerada la más alta distinción cultural armenia.
            Corresponsal en Rusia está dedicada a la Revolución rusa. Su protagonista es Paul Alexander, un periodista norteamericano, redactor de New York Herald, hijo de emigrantes rusos que se traslada a Rusia en 1910 para escribir una serie de reportajes sobre la actualidad rusa. Paul, experto en arte, se traslada a Moscú y Petrogrado y, escribe, “lo que estoy encontrando en Rusia está muy lejos de lo que creía. Las circunstancias políticas son mucho más complejas de lo que imaginaba, y tendré que reconocer que desconocía mucho de lo sucedido en los últimos años”. La estancia se alarga durante bastante tiempo y aunque regresa a Nueva York en alguna ocasión, Paul vive en Rusia hasta después de la revolución de Octubre y se convierte en testigo privilegiado de la vida cultural y política rusa durante esos intensos años.
            Al autor le interesa mostrar el caldo de cultivo de la Revolución. Para ello, a través del conocimiento de la realidad rusa y de la relación con intelectuales, artistas y políticos destacados, describe el proceso de desprestigio y decadencia de la clase política imperial, encarnada por el zar Nicolás II, y la ilusión que despiertan las teorías revolucionarias, a pesar del fracaso de la Revolución de 1905, que asumen jóvenes e innovadores representantes de la vida cultural y política.
            Gran parte de la novela está dedicada a describir estos años con muchísimos detalles. Al llegar a Rusia, Paul Alexander entabla amistad con Fiódor Yegorovich, un periodista revolucionario que se convierte en su cicerone. Gracias a él, conoce a la pintora Natalia Goncharova y a su marido, el también pintor Mijaíl Lariónov, los dos excelentes representantes de la pujanza de las vanguardistas artísticas, que se convierten en el mundo artístico en la punta de lanza de las ideas revolucionarias. Y a Ajmátova, Blok y otros músicos, pintores y poetas simbolistas y representantes del acemísmo. También consigue entrevistar a Tolstói en su finca de Yasnáia Polaina. Y a destacados miembros de la vida política. G. H. Guarch describe de manera acertada, aunque se puede disentir de algunas observaciones, la agitada y convulsa atmósfera que se respira en Rusia, y muestra las claves del descontento político y de la crisis que se da en el país a todos los niveles y que la Primera Guerra Mundial acelera y complica.
            Junto con la narración de los hechos históricos, el autor incluye también la peripecia personal de Paul Alexander en Rusia, marcada por la amistad con dos jóvenes que tendrán un destacado papel en su vida: Irina Pávlova, activa militante del partido bolchevique, y Amelia Teliéguina, una judía rusa que vive en Berlín. También es importante la amistad que mantiene con Fiódor y con el fotógrafo alemán Karl Von Lissberg. Estos personajes añaden un toque personal a la novela a la vez que facilitan que conozca a otros sobresalientes personajes secundarios que aportan más precisión a las luces y sombras de la sociedad rusa.
            A medida que se caldea el ambiente revolucionario, la vida política cobra más fuerza en la narración. Por ella aparecen Lenin, Trotski, Rasputín y hasta el propio zar Nicolás II, con el que Paul consigue entrevistarse. También Kerensky, con quien Paul tendrá una relación más intensa incluso después de la Revolución de Octubre. Y ya durante los sucesos revolucionarios, adquieren más protagonismo Stalin y otros líderes bolcheviques. Paul es testigo directo de los principales hechos revolucionarios, que cuenta de manera muy directa y verosímil.
            Como los personajes principales están muy implicados en las vicisitudes políticas, a veces sus diálogos y conversaciones son una excusa para proporcionar más información de todo tipo sobre los hechos que se cuentan, lo que arrincona los ingredientes literarios, siempre al servicio, quizás demasiado, del argumento histórico. Aunque el autor se centra casi de manera exclusiva en los preparativos de la Revolución, la trama final –que transcurre en 1925 y 1937-, dedicadas a asuntos más personales de Paul (y al destino de Irina Pávlova y Fiódor), resulta un tanto precipitada.
            Existen testimonios de periodistas, como el norteamericano John Reed y la española Sofía Casanova, que describieron en directo aquellos acontecimientos revolucionarios. Sin embargo, los dos testimonios, aunque muy interesantes, transmiten una visión parcial y demasiado inmediata de los hechos. Este libro, que tiene como protagonista también a un periodista, ofrece una interpretación más profunda y completa, pues tiene muy en cuenta la evolución de los hechos desde 1910 hasta el inicio de la Revolución. Gran trabajo, pues, el que ha desarrollado su autor, muy meritorio, que merece ocupar un lugar destacado en la numerosa bibliografía que se está publicando en los últimos meses sobre la Revolución rusa.


Corresponsal en Rusia
G. H. Guarch
Esdrújula. Granada (2017)
728 págs. 25 €.

sábado, 4 de noviembre de 2017

“Crónicas biliares”, de Jorge Bustos


“En una época de enaltecimiento de la razón científica urge reivindicar lo resueltamente subjetivo, lo arbitrario, lo sesgado, lo inconcluso, lo improvisado y lo contradictorio como fuentes cabales de conocimiento” escribe el escritor y periodista Jorge Bustos en el “Aviso al lector” que encabeza este libro, que reúne artículos escritos por el autor entre 2006 y 2008 y que, leídos hoy, constituyen la prehistoria de un magnífico periodista, una de las voces más originales, inteligentes y provocadoras del nuevo periodismo español, autor también de La granja humana y El hígado de Prometeo, finalista en 2016 del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos.
            Bustos califica su estilo de “periodismo lírico radical”, y no está nada mal la definición. A diferencia de lo que escribe hoy, más ceñido a la actualidad, aquí todo es mucho más literario y poético, despegado de esa acuciante realidad. “Las ideas expuestas literariamente a continuación –escribe- muchas veces no están desarrolladas, comparten la génesis del poema: iluminación, imagen, visión sintética, condensación”. Esta tendencia a la radicalidad lírica provoca un manierismo estilístico, forzado en muchos casos para buscar un efecto literario y también provocador. Hay también mucho de pedaleo, pero eso es también el periodismo (y la literatura): mirar la realidad desde perspectivas insólitas.


Crónicas biliares
Jorge Bustos
Círculo de Tiza. Madrid (2017)
236 págs. 23 €.

jueves, 2 de noviembre de 2017

"Relatos de Kolimá", de Varlam Shalámov


Además de Alexandr Solzhenitsyn, Varlam Shalámov (1907-1982) es otro de los autores fundamentales sobre la literatura de los Gulag. Los seis volúmenes que forman Relatos de Kolimá fueron publicados en Londres en 1978, en ruso, y en ellos Shalámov describió de manera exhaustiva su experiencia personal en diferentes campos de trabajo soviéticos. Con la publicación del último de estos volúmenes, Ensayos sobre el mundo del hampa, la editorial Minúscula concluye la edición completa en castellano de uno de esos libros que suponen un auténtico hachazo literario, pues Shalámov cuenta cientos de historias de los millones de víctimas que sucumbieron en los campos de exterminio del Gulag.

Condenas encadenadas

Varlam Tíjonovich Shalámov nació en 1907 en Vólogda. Su padre era un hombre profundamente religioso, un pope, que recibió con ilusión la Revolución de Febrero y que vio en la Revolución de Octubre, ya con espanto, el final de las esperanzas. En 1926 se trasladó a Moscú, donde estudió Derecho y comenzó a dedicarse a la poesía, aunque por su condición de ser hijo de pope tuvo muchos problemas para poder concluir sus estudios.
Aunque Shalámov fue un firme partidario del poder soviético, poco duró su vida de estudiante y de artista pues en 1929 fue condenado a tres años de trabajos forzados en Víshera, en la región de los Urales por difundir el testamento de Lenin, en el que se criticaba a Stalin. En ese momento, Shalámov formó parte de la oposición leninista de izquierdas que se enfrentó a las políticas de Stalin
En 1932, regresó a Moscú, retomó sus actividades literarias (publicó sus textos en la revista Oktiabr), contrajo matrimonio, tuvo una hija... Pero en 1937 fue nuevamente detenido, esta vez por “actividades contrarrevolucionarias trotskistas”, y le volvieron a condenar a cinco años de trabajos forzados, que los pasó en Magadán, en el yacimiento aurífero de Partizán, donde trabajó en unas condiciones miserables que estuvieron a punto de acabar con su vida. Se salvó de la muerte gracias a que fue destinado como ayudante de topógrafo a una exploración geológica por la tundra de Choryoye ózero (el Lago Negro). Después de esta expedición, trabajó en las minas de carbón de los campos de Kadikchán, Arkagalá y en la mina de castigo de Dzhelgalá.

Practicante en el hospital para presos

En 1943, cuando estaba a punto de cumplir su condena, fue nuevamente arrestado, acusado ahora de considerar a Ivan Bunin, escritor exiliado y premio Nobel de Literatura, “un clásico ruso”. Por esta opinión le cayeron otros diez años de trabajos que pasó en parte en el poblado de Yágodnoye y en el hospital penitenciario de Bélicha (donde ejerció como asistente sanitario y animador cultural) y en la mina de Spokoini. En 1945 participó en una fuga frustrada: fue detenido y condenado otra vez a la mina de Dzhelgalá.
En 1946, gracias a la intervención del médico Andréi Pantiujov, pudo realizar un curso de formación para poder ejercer de practicante. Desempeñó este puesto en el Hospital Central para presos La Orilla Izquierda (título de uno de sus volúmenes de relatos). Su condena terminó en 1951, aunque hasta 1953 no fue liberado definitivamente. Durante esta última temporada, Shalámov reanudó sus actividades literarias y mantuvo correspondencia con Borís Pasternak, gran amigo suyo.

Reanuda su actividad literaria

En noviembre de 1953 regresa a Moscú, aunque, como expreso político, no puede vivir en la ciudad (no podía instalarse en ciudades de más de 10.000 habitantes y a cien kilómetros de distancia de Moscú). Vuelve a encontrarse con su mujer y su hija, que habían renegado de él por contrarrevolucionario. Consiguió un empleo como administrativo en el pueblo de Turkmén, en la región de Kalinin. Aquí es cuando empieza a escribir en unas libretas escolares los primeros textos que formarán parte de Relatos de Kolimá.


 En 1956 fue rehabilitado y pudo reanudar su actividad literaria en Moscú. Publica varios libros de poesía, como Cuadernos de Kolimá, y colabora como corresponsal en las revistas literaria Moskvá y Novy Mir. También en ese año se separa definitivamente de su primera esposa y se casa con la poetisa O. Nekliúdova.
Cuando en 1962 Solzhenitsyn publicó Un día en la vida de Iván Denísovich, Shalámov le escribió para felicitarle, aunque incluyó en sus comentarios algunas críticas que no gustaron a Solzhenitsyn. La relación nunca fue buena entre los dos. De hecho, rechazó colaborar con Solzhenitsyn para escribir Archipiélago Gulag. En estos años, ya circulaban algunos de los relatos de Shalámov sobre Kolimá en samizdat. Sólo uno de ellos, el titulado Stlánik, fue publicado en la URSS en vida del autor.
A diferencia de Solzhenitsyn, apenas se implicó en cuestiones políticas, aunque siguió escribiendo a escondidas los volúmenes que formarían parte de Relatos de Kolimá. Sólo escribió una carta criticando a las autoridades en el caso  de la detención y condena de los disidentes Yuli Daniel y Andréi Siniavski. En esos años volvió a divorciarse y se casó nuevamente con Irina Sirotínskaya, que se convirtió en la albacea testamentaria del autor.

Londres, Estados Unidos, Francia

A finales de los sesenta y en la década de los setenta su actividad literaria fue muy fructífera. Publicó dos novelas, La cuarta Vólogda y Víshera, además de un libro de memorias. También varios poemarios, como Las nubes de Moscú y Punto de ebullición. En 1972, una revista de emigrados, Posev, publica sin su autorización algunos relatos sobre el Gulag. Shalámov protestó airadamente, pues no quería que su obra –a diferencia de la de Solzhenitsyn- se emplease como arma para alimentar la Guerra Fría.
En 1978, también sin su autorización, en ruso, se publicaron en Londres por vez primera de manera completa los volúmenes de Relatos de Kolimá, que tuvieron gran resonancia internacional. Gracias a ellos recibió en 1980 el Premio Pen Club de Francia y se publicaron en inglés en Estados Unidos.  Shalámov fallece el 17 de enero de 1982, el mismo año que aparece la edición francesa con un prólogo de Siniavski.

Nada de metáforas

            Junto con los libros de Solzhenitsyn, aunque muy distintos a ellos, Relatos de Kolimá es el mejor retrato de la vida en los campos de trabajo soviéticos, la mayoría en Siberia, en unas condiciones inhumanas, con unas temperaturas que, como escribe Shalámov, “en medio del frío era imposible pensar en nada”. En todos los campos de trabajo, a la entrada, en un lugar bien visible, estaban inscritas estas palabras de Stalin: “Honor y gloria al trabajo, ejemplo de entrega y heroísmo”. Para Shalámov, el trabajo en esas condiciones “podía ser cualquier cosa menos motivo de gloria”.
            Sus numerosos relatos, que describen desde diferentes perspectivas y puntos de vista la vida en los campos, son un documento testimonial en el que “ni una sola gota de falsedad asoma en sus muchas páginas”, con palabras de Ricardo San Vicente. En ellos, Shalámov quiere trasmitir realismo y verosimilitud con un estilo conciso, claro y sencillo. Sus objetivos literarios los detalla en esta cita: “Nada de desenlaces inesperados ni de fuegos artificiales. Frases escuetas, comprimidas, sin metáforas. Una exposición sencilla, correcta, breve de la acción sin ninguna floritura… Uno o dos detalles incrustados en el relato, detalles mostrados en un primer plano. Detalles nuevos, que nadie ha mostrado antes”.
            Además de sus innegables valores literarios, todos los volúmenes de Relatos de Kolimá poseen un componente sociológico y político que conviene tener en cuenta, pues el objetivo de su autor también fue denunciar los crímenes y la arbitrariedad del régimen soviético. Sin embargo, por encima de su lectura política está la calidad literaria de la prosa de Shalámov, capaz de mostrar con multitud de minúsculos detalles y personajes, las ansias de supervivencia de los hombres en unas circunstancias tan adversas que acaban por convertirlos en despojos humanos, en mera escoria, aunque en muchos de ellos atisbemos momentos de grandeza.
Shalámov, como testigo, pone nombre y rostro a las víctimas, detalla las numerosas injusticias que se cometieron, describe la vida en los barracones, las enfermedades, el imperio del hampa, la tiranía y el desprecio de los carceleros, la picaresca de los presos, la solidaridad, la diaria convivencia con la muerte...

Un monumento literario

            De los seis volúmenes publicados, el más conocido y traducido es el primero de ellos, el que lleva por título el del conjunto, Relatos de Kolimá (1). Los siguientes volúmenes son: La orilla izquierda, El artista de la pala, La resurrección del alerce y El guante o RK-2. El último volumen, Ensayos sobre el mundo del hampa, tiene un tono más ensayístico que literario. Todos los volúmenes publicados están ambientados en los campos de concentración de Kolimá.


Los relatos del primer volumen, los más difundidos, sobrecogen e impactan, como no podía ser de otra manera cuando se asiste al espectáculo de unos hombres privados de todos los derechos y de todos los sentimientos humanos. Como escribe Ricardo San Vicente, traductor y autor del epílogo del primer volumen, “Shalámov observa en cada paso, en cada minuto, en cada bocanada de aire del campo de trabajo, un peldaño más en la senda de deshumanización del hombre, de una inhumanidad en la que para mayor pánico empujan al preso otros hombres”. Shalámov describe sucesivos instantes en los que el hombre es sometido a una brutal degradación.

La deprimente vida carcelaria

En La orilla izquierda (2), su segundo volumen, continúa el trabajo de escribir sobre detalles pequeños, personas concretas, mínimos incidentes que transcurren dentro de la vida carcelaria. Como escribe el autor, “a mi alrededor había muerto más gente que en cualquier frente de guerra”. El tercer volumen, El artista de la pala (3), es otra vuelta de tuerca a los mismos temas, quizás con una mayor proyección autobiográfica, pues algunas de las narraciones están directamente basadas en la propia vida del autor, que acabó ejerciendo de practicante en los campos. Sorprende el interés de Shalámov por rescatar historias y comentarios protagonizados por personas anónimas que murieron a las pocas semanas o meses de conocerse. Como escribe, “el exterminio impune de millones de personas fue posible justamente porque se trataba de personas inocentes. Eran mártires, no héroes”. Como, por ejemplo, el economista Semión Alekséyevich Sheinin, “un buen hombre. Durante mucho tiempo no logró comprender lo que estaba haciendo con nosotros, pero al final lo entendió y se puso a esperar tranquilamente la muerte”.




También transmiten estos relatos la vida íntima de los campos para que las personas y familiares de muchos de los presos pudiesen atisbar algo de lo que allí pasaron, como manifiesta un personaje: “Hoy no querría regresar con los míos. En casa nunca me entenderían, no me podrían entender. Lo que a ellos les parece importante yo sé que es una bobada. Y aquello que es importante para mí –lo poco que me queda de importante-, ellos no podían entenderlo ni sentirlo. Además, les llevaría nuevos miedos, un miedo más, sumado a los mil miedos que inundan sus vidas. Lo que yo he visto, un hombre no debe verlo, ni siquiera conocerlo”.

Enciclopedia de la vida en los campos

La resurrección del alerce (4), el cuarto volumen publicado, insiste en los mismos temas, mostrando una sobrecogedora galería de personajes secundarios. Con ellos quiere transmitir la desolación, el desprecio a la vida y, también, los límites de la dignidad. En situaciones tan extremas como las que se describe, encuentra respuestas contundentes frente a la adversidad: “Pensaba –escribe- que un hombre podía considerarse hombre mientras sintiera en todo momento y con todo su cuerpo que estaba dispuesto a intervenir en su propia existencia, Esta conciencia es la que le proporciona a uno la voluntad de vivir”.


El quinto volumen, El guante o RK-2 (5), sigue estando compuesto por relatos más o menos breves en los que Shalámov sigue desgranando las miserias de la vida en los campos: “a Kolimá –escribe- nos llevaban a morir. A partir de diciembre de 1937 nos esperaban los fusilamientos de Gagarin, las palizas y el hambre. Las listas de los fusilados se leían día y noche”.



Teoría y práctica del mundo del hampa

Por último, Minúscula ha completado la edición de este fundamental libro con el sexto volumen, Ensayos sobre el mundo del hampa (6), que tiene un tono más discursivo y ensayístico y donde Shalámov resume su visión crítica de la maquinaria represiva de la URSS. Se centra de manera especial en los miembros del hampa: sus protagonistas, sus características, su escala de valores y su negativa incidencia en el resto de los presos, los condenados por el artículo 58 (presos políticos considerados contrarrevolucionarios), que para las autoridades eran presos de segunda categoría. De hecho, a los castigos que estos presos sufrían ya en los campos por las duras condiciones de vida había que sumar la dictadura impuesta en la vida diaria por los presos comunes.


            Para concretar sus teorías sobre el hampa en los campos Shalámov, como en el resto de sus libros, se apoya en su experiencia personal, en su capacidad de observación y en el cuantioso número de anécdotas que Shalámov fue guardando y que lo han convertido en un experto en una materia que, como él mismo cuenta, se ha abordado en la literatura de manera erróneamente “romántica”, pues el “urka, chorizo, urkagán” ha sido tratado literariamente casi como un héroe que vive al margen de la ley y del destino del común de los mortales. Para Shalámov, cualquier parecido entre estos hampones literarios y la realidad es pura coincidencia, pues lo que él ha conocido es todo lo contrario: “el subterráneo reino del hampa –escribe- es un mundo cuyo objetivo es la ávida satisfacción de las pasiones más bajas, donde los intereses son animales”.
            La valoración que hace de estos personajes es totalmente negativa: “en los hampones no hay nada humano”. Y en manos de estos “urkas” dejaron en muchas ocasiones las autoridades el destino de otros muchos prisioneros intelectuales, totalmente despreciados por los urkas. Con numerosas anécdotas, con hampones con nombres propios, Shalámov intenta dar consistencia a una afirmación muy importante que hace en este libro: “Si no se entiende con toda claridad la esencia del mundo criminal no se puede comprender qué es un campo de trabajo”.
            Como escribe Ricardo San Vicente en el imprescindible Posfacio que figura en el último volumen de Relatos de Kolimá, Shalámov indaga en otro discurso para transmitir a los lectores su desolación y radical pesimismo sobre la vida diaria en el Gulag, centrándose en un ingrediente que a menudo no se suele abordar.

“Qué he visto y comprendido”

            También incluye Ricardo San Vicente en el Posfacio un texto que resume muchas de las ideas que Shalámov ha querido transmitir en sus libros. Se trata de un texto titulado “Qué he visto y comprendido en los campos” que el Museo Shalámov en Vólogda adquirió en 1996 a un exoficial del KGB. De manera sintética, Shalámov da forma a sus impresiones más existenciales: “El hombre se convierte en una alimaña en tres semanas”, “el medio principal para que se descomponga el alma es el frío”.
            De su experiencia en los campos, destaca el comportamiento de las personas religiosas, que contrasta con su ateísmo militante: “He visto que el único grupo de personas que se comportaban de manera algo humana entre el hambre y las humillaciones eran la gente religiosa, los adeptos a las sectas, casi todos, y la mayoría de los popes”; y, al contrario, “los primeros en corromperse con la gente del partido y los militares”.
            Su pesimismo está fundamentado en su observación: “he comprendido que los ladrones no son personas” y que “el sentimiento que el hombre conserva por más tiempo es el de la ira”. A la vez, hay consideraciones de gran sentido común en esas circunstancias: “he aprendido a planificar mi vida para el día siguiente, no más”. Y otra idea que él vivió en carne propia: “que pasar del estado de recluso a la condición de hombre en libertad es muy difícil, casi imposible sin una prolongada adaptación”.
Como vemos, Shalámov no se deja llevar por teorías, digresiones o generalizaciones; en sus libros, lo suyo es el relato en carne viva y concreto del sufrimiento encarnado en las vidas de los compañeros de penalidades y en los enfermos, la mayoría presos políticos condenados por el famoso y arbitrario artículo cincuenta y ocho. Todos juntos forman, con palabras de Ricardo San Vicente, “el mayor alegato, el más contundente, claro y hermoso contra el terror de los campos de trabajo”.




(1) Relatos de Kolimá.Varlam Shalámov. Minúscula. Barcelona (2007). 354 págs. T.o.: Kolinskie rasskazi. Traducción: Ricardo San Vicente.
(2) La orilla izquierda. Varlam Shalámov. Minúscula. Barcelona (2009). 370 págs. Traducción: Ricardo San Vicente.
(3) El artista de la pala. Varlam Shalámov. Minúscula. Barcelona (2010). 478 págs. Traducción: Ricardo San Vicente.
(4) La resurrección del alerce. Varlam Shalamov. Minúscula. Barcelona (2011). 362 págs. Traducción: Ricardo San Vicente.
(5) El guante o RK-2. Varlam Shalámov. Minúscula. Barcelona (2013). 352 págs. Traducción: Ricardo San Vicente.
(6) Ensayos sobre el mundo del hampa. Varlam Shalámov. Minúscula. Barcelona (2017). 220 págs. Traducción: Ricardo San Vicente.