sábado, 30 de agosto de 2025

Notas para un diario: "Sonríe, ruso, sonríe"

 


Recupero un texto que escribí en el verano de 2021.

Ayer pasé por los alrededores del campo del Rayo Vallecano en el preciso momento en el que tenía lugar la presentación del fichaje estrella del Rayo para la temporada 2021-2022: Radamel Falcao, el colombiano que tantos goles marcó con el Atlético de Madrid, una estrella internacional (aunque ya de capa caída). Como han resaltado después los medios de comunicación, nunca había acudido tanta gente al campo del Rayo para una presentación. 

Pero yo fui testigo de otra que fue todo lo contrario.

Cuando escribía en la revista del Rayo Vallecano que llevaba Juan L., surgió la oportunidad de asistir a la presentación de un sonado fichaje que había hecho el Rayo para la temporada 1996-1997. Se trataba del ruso Dmitri Radchenko, un delantero centro alto, espigado, que iba muy bien de cabeza, con una potente zancada, aunque lento de reflejos. Radchenko tenía cara de ruso: estirada, seria, de rasgos contundentes. Viendo algunas fotos suyas, alegría no transmitía, por lo menos ese año.

            Radchenko despuntó como futbolista en el Zenit de San Petersburgo y luego en el Spartak de Moscú. En una eliminatoria contra el Real Madrid, consiguieron eliminar a los madridistas y su nombre se hizo famoso. En el año 1993 fichó por el Racing de Santander, donde estuvo dos temporadas. Luego fichó por el Deportivo, pero allí tuvo mala suerte: resultó un año complicado para los deportivistas, con muchos cambios de entrenador. Radchenko no cuajó. Al año siguiente le fichó el Rayo Vallecano. Tampoco duró mucho, una mísera temporada. Luego pasó por el Mérida, el Compostela y se retiró en un equipo gallego, el Bergantiños (esto da para un documental). En Galicia nació una de sus hijas. Ahora, Radchenko entrena a las categorías inferiores del Zenit, vive en San Petersburgo y trabaja también en una granja familiar donde vive su madre, a 55 kilómetros de San Petersburgo. 

            El día de su presentación estábamos tres medios de comunicación y un fotógrafo en la minúscula sala de prensa de la calle Payaso Fofó. Duró menos de cinco minutos. El secretario técnico dijo unas palabras sobre las virtudes futbolísticas de Radchenko que no se las creía ni él y el ruso comentó, en un castellano brusco y primitivo, que venía al equipo de Vallecas con toda la ilusión. Como ninguno de los asistentes le preguntábamos nada, acabada la primera parte de la obra de teatro, se levantaron y Radchenko se dirigió a los vestuarios. 



    A los cinco minutos, saltó al campo del Rayo con un balón para la sesión de fotos. Solo estábamos un fotógrafo y yo, que aproveché para vivir ese “histórico” momento en el césped. Como público, solo había un aficionado rayista, vestido totalmente de aficionado rayista: gorra, bufanda y camiseta del Rayo. Llevaba un bigotazo que le llegaba hasta la barbilla y unas reflectantes gafas de sol. Un puro producto de la hinchada vallecana. Radchenko cogió el balón, dio unos desganados toques con la cabeza, luego con los pies, disparó a la portería y se dirigió a los vestuarios para poner punto final a lo que seguro él estaba viviendo como un ridículo mayúsculo, vista la expectación que su fichaje había levantado en Vallecas. Cuando iba a entrar a los vestuarios, el hincha del Rayo, con una potente voz, y viendo la lánguida tristeza y el supino aburrimiento que desprendía todo Radchenko, incluso vestido de corto, le dijo: “Sonríe, ruso, sonríe… Que has fichado por el mejor equipo del mundo”.