Aborda Constantino Bértolo (1946), un editor con una dilatada trayectoria dentro del mundo editorial español, un asunto de máxima actualidad en lo que se refiere al trabajo que realizan los editores. Ante la sobredimensionada avalancha de manuscritos que llegan a las editoriales para su posible publicación, cientos de miles todos los años, alguien tiene que encargarse de decidir qué libros se van a publicar y cuáles se van a rechazar.
Siempre ha sido este un trabajo ingrato, que puede tener sus negativas repercusiones en el ánimo y la autoestima de los escritores. Pero, como tantas otras cosas de la industria editorial actual, también esta función de los editores, o de los lectores que trabajan para ellos, está sufriendo cambios e incluso se cuestiona su conveniencia. En este sentido, resulta también de interesante lectura las memorias de otro editor, Enrique Murillo (Personaje secundario, que han tenido una excelente acogida).
Hasta la llegada de Internet, de la edición digital y la autoedición, lo normal era que un autor enviase su manuscrito a una editorial y, si se lo rechazaban, comenzase una larga travesía por otras editoriales a ver si sonaba la flauta. Las editoriales solían dar sus argumentos literarios y empresariales para explicar su rechazo, lo que a veces provocaba no pocas controversias.
Ahora, muchas editoriales dejan bien claro en sus páginas web que no admiten originales que no hayan sido solicitados. Otras, incluyen una respuesta estereotipada de rechazo a los autores para no dar pie a ningún debate o confrontación. Otras muchas editoriales, las más solicitadas, no admiten manuscritos porque se autoabastecen de los que ya les proporcionan los agentes literarios y otros autores de la casa o de los contactos que puede tener la propia editorial.
Últimamente, muchos autores, intuyendo estas dificultades, ni siquiera envían sus originales a editorial alguna y optan por la vía rápida: lo autopublican en papel o digital y se evitan la sentencia del rechazo. Pero, como demuestra Bértolo, a día de hoy sigue teniendo mucho más prestigio la edición tradicional que estas nuevas formas de autopublicación.
Esta manera de funcionar, publicar al precio que sea, está provocando una inflación de novedades (cerca de los 90.000 títulos al año, 60.000 en papel de los que 12.000 son de literatura). Esta realidad acaba por minusvalorar el papel del editor, a quien ya no se considera una pieza básica del entramado editorial. Además de saturación, esta facilidad para publicar provoca que las obras salgan al mercado sin el necesario proceso de edición, un trabajo compartido, necesario, a veces exigente y meticuloso, entre el autor y el editor.
Teniendo en cuenta que los editores suelen estar inundados de novedades, Bértolo dice que uno de los principales trabajos del editor es afinar bien en qué libros de los muchos que se reciben ni siquiera se van a leer, para centrar su trabajo en aquellos que exigen una lectura más atenta. A la hora de valorar estos originales, su lectura es distinta a la del lector común e incluso a la del lector profesional. Los editores deben leer, además, como editores, teniendo en cuenta el contexto cultural y social, las señas de identidad de su editorial y los gustos literarios no suyos sino del posible público lector. Al final, la elección es siempre un riesgo y Bértolo cuenta en este libro, como anécdotas, algunos casos sonados sobre garrafales errores de editores que rechazaron libros que luego fueron un éxito editorial.
Opina Bértolo, con razón, que la labor del editor siempre será imprescindible para hacer una primera criba y garantizar la calidad, a pesar de que en ocasiones se puedan cuestionar algunos métodos y decisiones. Pero también constata que en el mundo editorial actual están cambiando los objetivos y todo el trabajo editorial se somete a vender como sea.
Si esto sigue así, el editor sobra. Y llegará un momento en que se harán realidad estas palabras de Oscar Wilde que Bértolo reproduce en su libro: “En los viejos tiempos los hombres de letras escribían los libros y el público los leía. Hoy en día el público escribe los libros”.
El arte de rechazar manuscritos
Constantino Bértolo
Debate. Barcelona (2026)
120 págs. 12,90 € (papel) / 6,99 € (digital).


No hay comentarios:
Publicar un comentario