sábado, 18 de julio de 2026

Notas para un diario: "Mi agitada vida social"


        Mi vida social, como la de muchos de mi generación, se reduce cada vez más a los tanatorios y funerales (y las esporádicas visitas al médico). Tal es así que las bodas las ves como una inoportuna desgracia. He asimilado totalmente ir a los tanatorios; no consigo encajar bien las invitaciones a una boda. En mi familia solemos repetir que donde esté un buen tanatorio que se quite una boda. 

        Las bodas son caras, cursis, pretenciosas. Sacan el lado más viscoso de las personas. No me gustan los modelitos, ni las frasecitas, ni las fotos, ni la parafernalia. Me encuentro cómodo en la sobriedad y austeridad de los tanatorios. No hay que disfrazarse, no hay que soltar pasta, no hay que hacer el ridículo, no hay que decir mentiras («qué guapa y elegante estás») y no hay que aguantar las “originalidades” con las que algunos y algunas decoran sus bodas. Me da grima la horterada. Soy de las bodas de antes, de las que no había que hacer nada: dar un beso a todos los familiares y sentarse a comer y beber hasta perder el sentido. Y ya está. 

            En los tanatorios, es cierto, se pasa un poco mal, pero solamente los primeros minutos, cuando ves al viudo o la viuda, o a tus primos y primas, o a tu tío o tía, o a tus vecinos y vecinas, pero una vez superado el relato del fallecimiento y del inevitable “ha dejado de sufrir”, viene lo mejor: los inesperados encuentros con amigos que hace tiempo no veías, con familiares ocultos, con conocidos lejanos que tu memoria ya había borrado. Y, de pronto, aparecen los recuerdos, las risas, las anécdotas. Y a la media hora estás en el bar del tanatorio como si tal cosa, como si fuera una celebración más, poniéndote al día de nacimientos, enfermedades, trabajos, suicidios, cambios de domicilio, muertes, etc. Has ido, además, con la ropa de siempre, sin necesidad de comprarte una camisa y una corbata. Total naturalidad. No hay que disimular nada. Ni aparentar. No hay que impostar. Y no hay que bailar la conga. 

Si tienes suerte, encima te puedes llevar el último número de “Adiós”, la revista de los tanatorios, que informa sobre los últimos avances tecnológicos en necrología, los modelos más solicitados de urnas para las cenizas, epitafios históricos y cómicos, precios de entierros, cápsulas aéreas para que tus cenizas vayan al espacio, reportajes sobre cementerios famosos, qué hacían con sus muertos los sumerios… En fin, que donde esté un buen tanatorio…






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