No me lo pensé dos veces cuando me invitaron a ver una exposición que habían abierto en el llamado Huerto del Retiro, un espacio adaptado para actos culturales en una de las esquinas del parque del Retiro, cercano a la Plaza del Ángel Caído. La exposición se titulaba “Excreta”. Y en ella, como se dice en la publicidad, “no pretendemos que cambies tus hábitos higiénicos, pero sí esperamos que tengas una percepción diferente de tus excretas y de las que te rodean”.
Y con esa sana y aperturista intención empezamos el recorrido por una exposición que llevaba por subtítulo “(in)odora, (in)colora e (in)sípida”, quizás lo más vanguardista de todo lo que vimos allí, que fue explícito, obvio y racionalista, pues al final, de una manera o de otra, la exposición consistía en reflexionar sobre diferentes aspectos de algo que nombramos en nuestro rico y variado argot con diferentes escatopalabras: caca, cagada, catalina, chorizo, ñorda, plasta, truño, boñiga, pino, zurullo, mojón, popó, zurraspa, moñigo... Estaba organizada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales, que lleva el CSIC, y el fin era estudiar la variedad de residuos metabólicos que emanamos los humanos, los animales y las plantas.
En el caso de los humanos, no se concentra la exposición –aunque sí ocupa un lugar primordial- solamente en los excrementos; también se habla de la orina, el sudor, las ventosidades, la caspa, el cerumen, los estornudos, las lágrimas, los granos, las costras… Analizan los aspectos médicos, históricos, científicos y culturales que tienen que ver con cosas que, parafraseando el folleto, tienen en la vida color marrón.
Todo en la exposición estaba muy bien pensado y habían participado en su elaboración diferentes científicos y expertos en diseño, maquetas, dibujos, montajes y producción gráfica (enhorabuena por el trabajo realizado). El resultado es digno de admiración y suscribo su intención, que en mi caso lo han conseguido: “queremos que al finalizar el recorrido puedas tratar este asunto de una forma natural. Nos gustaría que te lleves una idea clara de la información que te puede aportar sobre tu salud, comportamiento y el papel que juega en el entorno natural y en nuestra cultura”.
La exposición comenzaba ampliando el marco personal que podemos tener de todo este asunto escatológico. Y para ello no se centraban de entrada solamente en nuestras excretas sino en las de otros animales, como las ballenas. Dedicaban una atención especial a la codiciada excreta de los moluscos, las perlas, y también la del cachalote, que algunos llaman “ámbar gris”, muy valorada por la industria de los perfumes. En la exposición aparece una foto de una excreta ámbar gris que llegó a pesar 454 kg. Ahí es nada. Luego venían unas apetecibles explicaciones sobre la coprofagia y su relación con algunos animales, entre los que destaca el escarabajo pelotero. Y, de pronto, algo que me fascinó: la existencia de los coprolitos, “excrementos fosilizados que proporcionan pistas sobre los tiempos geológicos pasados”.
En esta sección, la exposición habla del famoso “Zurullo vikingo”, coprolito que ha provocado que esté preparando un próximo viaje a York, al Reino Unido, para visitar el Museo Vikingo de esta ciudad que tiene como máxima atracción el zurullo que el vikingo Magnus Agnarsson dejó de regalo en un bosque en 1235 y que fue encontrado en el año 1972 en perfecto estado de mineralización. Es una lástima que no pueda reproducir aquí la imagen de este espléndido ejemplar, que estoy deseando ver en directo.
Más curiosidades que aparecen en la exposición. Por ejemplo, para los aztecas, el oro, teocuitlatl, significa el excremento de los dioses. Y el budismo tibetano nombra de esta manera las deposiciones del Gran Lama: “La Gran Fragancia”, excrementos sólidos, y “La Pequeña Fragancia”, a la orina; por su estilo versallesco, parecen los nombres de un perfume francés. Paso por alto las secciones en las que se hablan de las enfermedades y los riesgos relacionados con las diferentes excretas, quizás sus aspectos más conocidos. Justo a continuación, encontré algo que llamó poderosamente mi atención. Se trata de “la escala de heces de Bristol”, ideada por los investigadores Heaton y Lewis de la Universidad de esa ciudad inglesa, clasificación que divide las heces en siete categorías, agrupadas en tres bloques: “estreñimiento”, “heces ideales” y “diarrea”. Las ilustraciones son esclarecedoras y muy útiles, de verdad. Es una lástima que sobre este asunto no hubiese más contenidos en la exposición. También me va a resultar muy útil la tabla de los colores más habituales de las heces, condicionados por el funcionamiento de nuestro tracto digestivo y lo que comemos.
Después, un poco de cultura general: la “parcopresis” es la incapacidad para utilizar inodoros que no sean el propio, enfermedad que pasé sin saberlo durante la mili. Y la “paruresis”, también llamada vejiga tímida, que es la dificultad o imposibilidad de orinar en presencia de otros que, menos mal, no padecí durante la mili. De la exposición, quizás lo menor interesante es la sección sobre el humor negro, pues contiene mucho tópico sin gracia, aunque en uno de los paneles descubrí cómo Mozart practicaba el humor escatológico en Difficile lectu, canción que estoy utilizando como música de fondo mientras escribo estos recuerdos.
También eché en falta un hueco para algunos refranes. Por ejemplo, el que me contó José Carlos G. en el trabajo el otro día: “Quien al campo va a cagar y no lleva una piedra al puesto, la habrá de ir a buscar con los tres ojos abiertos”; este refrán popular vino acompañada de alguna anécdota sobre la facilidad de depositar pinos ilustres que tenía un chaval de su pueblo, Hinojosa del Campo, en Soria, y una divertida anécdota del sublime cagarro de una gitana a la entrada de un colegio en Barcelona.
A continuación, en una sección que gustaría mucho a uno de mis hermanos, hay algunas disquisiciones muy interesantes sobre las posibilidades musicales de las ventosidades, como hizo el artista francés Joseph Pujol, un auténtico crack y sobre el que se ha rodado incluso una película que estoy esperando a que repongan en la Filmoteca. Y algunas anécdotas curiosas: en 2010 se utilizaron en todo el mundo unas 28.300 toneladas de papel higiénico; el 19 de noviembre es el Día Mundial del Retrete (fiesta que ya he señalado en marrón en mi calendario); y Bill Gates ha financiado un invento de Omni Processor que convierte nuestras deposiciones en agua potable y electricidad (y tú sin saberlo).
Acaba la exposición, que se me pasó volando, con una inteligente referencia culturalista, pues reproduce el famoso “Poema al pedo” que escribió Francisco de Quevedo, capaz de los versos más idílicos y, a la vez, de arrebatos líricos procaces. Como homenaje a Quevedo y a los científicos responsables de esta exposición, reproduzco unos cuantos versos de esta inmortal obra: “hay pedos cultos e ignorantes / los hay adultos, también infantes, / hay pedos gordos, hay pedos flacos, / según el diámetro de los tacos / hay pedos tristes, los hay risueños / según el gusto que tiene el dueño”.
La exposición me abrió el hambre y estuve después tomando el aperitivo en un bar de la glorieta de Atocha.



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