jueves, 21 de febrero de 2013

Esotérico por un día


Recupero un relato-reportaje que escribí hace ya muchos años en el que muestro mi asombro por el auge que tiene el esoterismo en nuestra cultura racionalista contemporánea. Y una advertencia: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El "XIII Foro Internacional de Ciencias Ocultas y Espirituales" que menciono aquí se celebró en Madrid del 1 al 10 de marzo de 2002.


Por aquellos días no atravesaba yo precisamente una de mis mejores rachas. En el trabajo, el aburrimiento se había apoderado de mis planos proyectos; en el dinero, había entrado en barrena por culpa de los intereses de la hipoteca; en el amor, nada nuevo sobre el fláccido horizonte del corazón; de salud andaba secretamente fastidiado, con un emergente problema de varices antiestéticas y conato de hemorroides; en la familia, las cosas estaban como siempre, viendo juntos la televisión, sin espasmos ni noticias alarmantes y sin traumas por el dichoso mando a distancia; con los amigos, inmerso en esa perseverante, festiva y monótona tranquilidad que algunos, los entusiastas, llaman felicidad. Desde hacía muchos meses, mi horóscopo (cáncer) repetía que no esperara grandes novedades de la vida. Mis horas transcurrían sin sobresaltos, con un ritmo cadencioso y normal.
 
Sin embargo, leves señales cósmicas que salían de mi aburrido interior, difíciles de explicar, me anunciaban tímidamente que algo extraño o gordo iba a transformar mi pastosa vida, y muy pronto, porque no era normal tanta asepsia cotidiana ni tanta concatenación de momentos previsibles. Con otras palabras, y así emanaba del análisis de la Luna, mi satélite preferido: que me fuese preparando para la irracional movilidad a la que me condenaban los astros. Incluso en un libro sobre los signos del zodíaco se advertía de la irremisible tendencia de los cáncer al desdoblamiento de la personalidad, a la esquizofrenia caprichosa. Los de cáncer somos así: utópicos, imprevisibles, irritantes, volubles, con tendencia a la melancolía, la nostalgia y la soledad. Además, ni olvidamos ni perdonamos, que quede bien claro.
 

Según todos los síntomas, y los libros que estaba leyendo de manera obsesiva, una sombra negra se cernía sobre mi horizonte vital. Pero lo que yo era capaz de vislumbrar con tanta certeza, con una seguridad que empezaba a mosquearme, nadie más era capaz de intuir. Ni mis amigos ni mis hermanos sentían la llamada del fracaso, del estrépito, de la tragedia, verdaderas claves de mi existencia en aquellos inolvidables días. Fueron momentos epilépticos, y más todavía cuando leí que Proust, Kafka, Hemingway, Hermann Hesse eran también cáncer, lo que me provocó un orgulloso cosquilleo, y eso que apenas los había leído (en estos libros sobre horóscopos no venía por ningún lado el signo de Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado, Antonio Gala y Lucía Etxebarría, por este orden, mis escritores más admirados) Algo misterioso estaba ocurriendo dentro de mí. Me sentía como poseído, inundado de una electrizante y anormal vitalidad paranormal. Mis amigos empezaron a decirme que a lo mejor estaba endemoniado, depresivo o poseído (no les faltaba razón: tanto Plutón como Venus, mis planetas adversarios, me rodeaban por todas partes).

Una amiga del trabajo, entendida en materias esotéricas, un poco bruja, preocupada por mi desquiciada y ausente actitud laboral, me regaló primero una ágata amarilla, una especie de talismán infalible para los cáncer con síntomas pre-depresivos; pero cuando vio que ni la ágata, ni el perfume de sándalo, ni el tamarindo me hacían ningún efecto, decidió acompañarme a ver a un conocido que se dedica en sus ratos libres a la adivinación. Sería mi primera visita a un vidente.

Esa mágica consulta (30 euros), intensa, alucinante, premonitoria, supuso un cambio trascendental en mi vida. Sin yo saberlo, sin haber acudido a ninguna academia ni haber hecho ningún curso por correspondencia, por arte de magia, de Belcebú o de Isis, me vi convertido en un auténtico vidente, poseedor de una sabiduría ancestral, y de unos poderes que más quisiera para sí cualquier vidente de postín. El amigo de mi amiga, muy sorprendido, había visto algo misterioso en mí, sin ningún género de dudas, como una y otra vez demostraban las cartas; todos los signos externos, sensoriales, espasmódicos y telequinésicos, delataban la gravedad de mis poderes, la fortaleza de mi aura (pensé incluso en poner la foto de mi multicolor aura en la cabecera de mi cama), la energía de mis sentidos, la totalidad de mi mirada, el equilibrio que emanaban mis sudorosas y sanadoras manos, el tono orientativo y meloso de mi voz, mi fuerza mental para la sanación, mi dominio innato del futuro, de la videncia, de la astrología, de las fuerzas ocultas...

Y todo esto sin yo saberlo. De la noche a la mañana me vi convertido en un aspirante a médium, en un vidente privilegiado. Algo orgulloso surgió de mi interior: ¡que se preparen los rappel del mundo, los octaviosaceves, las aramísfuster...! Mucho cuidado porque aquí está... No, con ese nombre de electricista en paro no iba a ningún lado. Tendría que buscar un nombre artístico, algo exótico, quizás hindú, algo que anime a la confidencia, que sugiera, que dulcifique... Sí, sería el Doctor Camilo Troilo. Lo de doctor le daría a mi nueva profesión un tono científico, que siempre viene bien para dar a esto una sobredosis de autoridad y de prestigio racional.
 
Ahora faltaba definirme, especializarme. No está el patio para dedicarse a la videncia en general, así, a palo seco. La competencia es abrumadora y exige un grado de especialización que más quisieran para sí otros oficios artísticos. Aquí no basta con decir que eres capaz de leer el futuro (eso ya lo hace cualquiera), ni que sabes leer el tarot (hay hasta cursos por fascículos en los quioscos), ni que eres capaz de comunicarte con los muertos (nunca los muertos han hablado tanto como ahora), ni que eres el hombre indicado para llevar asuntos bursátiles (a los bancos les ha salido una inesperada competencia), ni que tienes regulares reuniones en el patio de tu casa con antiguos dioses egipcios (¿quién no ha tenido alguna vez este tipo de contactos?). Lo dicho: o te especializas en astrología, reiki, autoestima, control mental, psico-hiz, tao sexual, filtros de amor, aura, localización de nudos emocionales, o ejercerás esta profesión sin pena ni gloria, abrumado por la imaginación de la competencia.
 

La solución a todos estos grandes interrogantes de la vida estaba en un anuncio en el periódico: el próximo fin de semana se celebraba el XIII Foro Internacional de Ciencias Ocultas y Espirituales, en Madrid, en el vestíbulo de la Estación de Atocha-Cercanías, dos euros la entrada.

Casi corriendo, vestido con un fular fucsia de mi hermana pequeña, acudí a lo que interpreté como una llamada y una misteriosa cita astral. Allí se desvelaría mi futuro, allí observaría las tendencias, las modas, lo que se lleva, para lo que he nacido. Allí me decantaría por una especialidad, por un camino seguro. Allí asentaría las bases de mis creencias esotéricas. Allí bautizaría mi nuevo nombre y mi nueva religión. Allí se daría mi conversión final, sobre todo estética, pues ya sabía yo que o primero que hace un vidente es aplicar sus saberes ocultos al diseño, la moda y el tocador.

Nada más entrar en el Foro sentí una fuerte sacudida, una ráfaga de emoción, una mano invisible que me tocaba el hombro con fuerza. “Es él”, sentí. “Mi espíritu anglo-indio protector. No estaría solo...”. Pero no, no era ningún hada ni espíritu celestial, sino que se trataba del vigilante jurado, que me obligó a abonar los dos euros de la entrada, pues con tanta emoción esotérica había entrado sin pagar.

Lo primero que hice, después de recoger los kilos de publicidad que daban en la entrada, fue dirigirme a la caseta más próxima, donde un cuidadoso dependiente con pinta de licenciado en filosofía pura por la Universidad de Berlín o de Tirana, abotargado de piercings, me leería la mano... por ordenador. La experiencia fue totalizadora y sublime, aunque el dependiente, a la vez que el ordenador hacía su trabajo, echaba un vistazo al Marca. Mientras el ordenador desvelaba mis más acuciantes secretos, pensé en el futuro de la humanidad: se acabaron las agotadoras gitanas; se acabaron también los que se ponen en el Lago del Retiro madrileño, pasando frío. Las Nuevas Tecnologías revolucionarán también un mundo romántico que conecta a través de sus oficiales intermediarios –nosotros, los videntes- con los saberes más inmortales y ocultos. Ahora, un sencillo programa de ordenador, que se venderá dentro de poco en los grandes almacenes, te facilitará la dura tarea de conocerte a ti mismo de manera regular, para poder aventurarte con más y mejores garantías por este proceloso mundo caótico que nos rodea e invade. O sea, la democratización de la videncia. ¿Será esto posible, y sin cobrar?
 

A continuación, preocupado por las consecuencias de esta reflexión, me metí de lleno en una tienda dedicada a las piedras y a las velas. El olor a vela, soy así, lo siento, siempre me ha producido náuseas, pero ese día estaba dispuesto a todo. Nunca me había parado a pensar que la energía esotérica pudiese transmitirse a través de las velas y la platería india. Salí de allí con un buen cargamento de velas y piedras (“las nuevas piedras de poder, cuarzos con alma, angélicos... todos están magnetizados con sus correspondientes elixires alquímicos”). Ya vería más tarde qué partido sacaría a todo eso. Me compré también dos velas-brujas (reproduzco del folleto explicativo qué es una bruja, por si hay alguien que no lo sabe: “la bruja es la figura mítica de unas mujeres que fueron quemadas por ser felices y ayudar a los demás con medios naturales. Nos dejaron la lucha por la felicidad”). Las velas amarillas son las mejores: ahuyentan las energías negativas y favorecen que se desarrolle la economía que necesitamos. Robé dos. Ya puestos compré también una “Vela ofrenda Yemanya”, que se utiliza para pedirle a Yamanyá que nos conceda una petición. ¿Qué cómo se hace esto? Copio del manual de instrucciones: “Llene la bañera con agua y échele un paquete de sal marina, prepare la ofrenda de la siguiente manera: sobre una bandeja blanca, coloque la imagen en el centro, ocho flores blancas alrededor y dos velas a los costados. Encienda las mismas y colóquela hasta que se apaguen las velas”. Tomé nota de la dirección de la tienda para comprar más adelante dos interesantes productos para unos amigos, que aprovecho la ocasión para recomendar a todos los lectores: el “Aceite Amansa Guapo” (para tranquilizar y apaciguar a alguien) y el “Polvo Esposo Cumplidor”, que se utiliza, y copio textualmente de la publicidad del producto, “para transformar a su marido en un semental”.

En la siguiente caseta me quedé con la boca abierta. Toda mi atención fue a parar a un amuleto indio atrapasueños, que me dejó subyugado y obnubilado. Me apetecía eso de traficar con sueños ajenos; la experiencia debería ser enriquecedora, un tanto cutre o muy cotilla, pues esto de la interpretación de los sueños, por mucho que Freud se tirase de la moto, sigue siendo un misterio. Robé uno. Con el amuleto atrapasueños en el bolsillo y con el famosísimo amuleto del Círculo Mágico de los 7 Magos (“Lo protegerá de las fuerzas maléficas y amentará sensiblemente en usted el entusiasmo en todo lo que hace, hasta el punto de que le parecerá un milagro”), me dirigí a la próxima caseta, ésta de la editorial Edaf, especializada en la bibliografía didáctica de fenómenos paranormales. La tentación fue irresistible. Me llevé un libro de hechizos, otro sobre los ángeles (está de moda el asunto), un ejemplar de “Rituales de Magia Banca” (magia práctica tradicional adaptada al mundo de hoy), un oráculo de las Hadas y otro libro sobre Merlín, uno de esos inmortales y cíclicos temas que siguen siendo explotados por un tipo de literatura que no se caracteriza, precisamente, por su originalidad temática (de hecho, son muchos los negocios que recurren al nombre de Merlín o de Morgana, dos formas antitéticas de entender la videncia; la fascinación que despierta lo artúrico entre la mitología celta sigue siendo una irresistible fuerza de fenómenos, héroes y tendencias). Gracias a estos libros, mi incipiente vocación esotérica tendría un apoyo más intelectual.

Sin embargo, me daba cuenta de que necesitaba más libros para ser más profundo y denso, y tomé nota para comprar un cargamento de libros de dos autores que hace años había despreciado olímpicamente por su simplicidad: el brasileño Paulo Coelho y el español J.J. Benítez. Ellos me servirían de antídoto contra otros libros que había leído hacía ya años, cuando atravesaba una irracional fase racional y estaba en contra por sistema de todo lo esotérico. Desde aquí brindo por los increíbles descubrimientos de J.J. Benítez (literarios y científicos, lo suyo es descubrir nuevas sendas para desarrollar el espíritu) y por la aplastante profundidad (disfrazada sabiamente de vanalidad) de las novelitas de Paulo Coelho. ¡Cómo se puede llegar a afirmar, como hace Rafael Gómez Pérez en su libro La invasión del ocultismo (Ediciones del Drac), que “el esoterismo tomado en serio es una limitación que dificulta, precisamente, cultivar hasta el fondo dimensiones fundamentales del hombre: la inteligencia, la capacidad estética y el sentido religioso de la adoración!”. Seguro que él no ha estado nunca de tú a tú con un santero cubano.

Ya iba cargado hasta los topes, pero la cosa merecía la pena. Uno no puede dedicarse a estas cosas sin amar la posesión barroca de todo tipo de objetos. El recurso a instrumentos benefactores es una constante de la historia de la humanidad, y en la etapa que estamos viviendo de consumismo exaltado, esto no iba a ser diferente. Para celebrar esta reflexión, me hice una foto de mi aura (de cuerpo entero, una novedad), a la que sometería al diagnóstico científico Kirlian. El aura es esa bioenergía que todos tenemos a nuestro alrededor y que delata los síntomas de nuestra personalidad: “conocer y ver tu aura te da respuesta a lo que buscas saber y, sobre todo, te aporta bases para poder acelerar los cambios que deseas crear en ti o tu vida personal”. Alucinante. Mi aura salió con predominio de rojos en todas las capas: señal de que estaba emocionalmente alterado, lo que era verdad.

La siguiente estación fue en una tienda de música mágica. Quizás sea ésta una de las manifestaciones más visibles del influyente y americanizado new age: a través de la música, conseguir la paz espiritual. Y para alcanzar esto no vale cualquiera. Recuerdo que un amigo mío estuvo probando con El Fary, Bertín Osborne y Mojinos Escozíos, y cosechó un llamativo fracaso. La música mágica son composiciones panteístas, naturalistas, donde el espíritu revolotea con el fluir musical del cadente paso del tiempo: una puesta de sol, el murmullo de las nubes, el suave golpeteo de la lluvia, el piar de los pájaros, el ronroneo de los ríos, la marea del mar... Agarré los auricurales, enchufé un compacto de gaviotas y... me quede dormido. Tuvo que despertarme el de la tienda cuando había empezado a roncar al ritmo de new age. Me compré dos compactos: uno de cantos de pájaros exóticos y otro del caluroso y amoroso crepitar de las llamas en un fuego familiar (dos horas).

Más tiendas. Apenas presté atención a las lecciones de una maestra taoísta. Tampoco hice mucho caso a uno que vendía joyas simbólicas y mágicas. Este pasotismo tiene su explicación: me sentí rabiosamente atraído por la esbelta y rubia figura de Emmanuelle Temis, la famosa hechicera de la sensualidad y autora del best-seller “Sexo Energía Sagrada”, una especie de kamasutra del siglo XXI. Para que no haya ningún género de dudas sobre su profesionalidad, acompaña también su titulación: “Instructora del tao sexual (certificada Mantak Chia)”. Intrigado por el alcance universitario de Mantak Chia, pregunté si exigían también la selectividad. Emmanuelle estaba allí, esplendorosa, rubia oxigenada, belleza transida de silicona. Su especialidad es la “sanación y Sexualidad” y también ofrece cursos de Sanación Universal y Reiki. De pronto, me sentí irracionalmente atraído por la tal Emmanuelle, monitora salvaje de educación sexual. Quise pedir cita pero no había manera: estaba totalmente ocupada. Se ve que esto de del tao sexual tiene su morbo y una clientela un tanto confusa.
 

Seguí andando, un tanto frustrado por la impasible e inalcanzable melena rubia de mi lejana Emmanuelle. De manera imprevista, mi mirada se fijó en el siguiente cartel: “Deja atrás el pasado, deja atrás el futuro y vive el momento presente. ¡Si puedes estar sano, por qué estar enfermo!”. Sabias y profundas palabras, misteriosas, procedentes, quizás, de la sabiduría hindú o de un santero cubano, pensé en ese momento. Pero no. Este eslogan era el lema del conocido Profesor Mércury, director de Centro de Reiki, Amor y Sanación Universal. ¿Qué no sabes lo que es? El folleto del doctor Mércury te lo explica: “Reiki Master sistema Usui Tibetano, Master Reiki/Karuna, Master en Sexología”. Mezcla explosiva. No pienses cosas raras, pues la consulta sobre sanación ofrece soluciones al extreñimiento y la consulta de sexología proporciona antídotos contra la anorgasmia y la eyaculación precoz. Fiáte de él. Lleva 30 años dedicado a las Ciencias Ocultas y Alternativas, es también un afamado astrólogo, músico profesional, intérprete y compositor, investigador de la salud y de la energía positiva. autor de libros tan conocidos como “Reiki manos sanadoras”, “Reiki manos que curan” y “Acércate a la astrología”. Pero su currículum es todavía más achantante: el profesor Mércury es invitado de honor en los medios de comunicación y Premio Sefirot a la mejor proyección del Magic Internacional de las Ciencias Ocultas (algo así como los Premios Goya en esta materia). Por supuesto que tiene su página web.

En este tipo de ferias me pasa como con los museos, que hay un momento que uno necesita sentarse, reflexionar y descansar. Me había sido imposible acceder a los masajes de Ravi Inber K. Khalsa (no llegué a saber si era del Nepal o de Aranjuez). Por los altavoces anunciaban una apasionante conferencia, a la que no podía faltar: “T’ikai, ritual inca de prosperidad”. Esto del multiculturalismo también está siendo positivo para la moda esotérica. Un tal Gerardo Pizarro, chamán peruano de cultura Mochica, procedente de una familia de chamanes y curanderos de tradición pre-incaica (nobleza obliga), iba a abordar un tema que me tenía absolutamente pillado en las últimas semanas: ¿podrá emplearse también el euro como símbolo de prosperidad, o será una moneda maldita? Por supuesto que sí. El euro ya ha sido una moneda admitida por todos los hechiceros sin distinción, acomodándose perfectamente a los tiempos modernos. Como estaba muerto de cansancio, decidí quedarme también a la siguiente sesión, “Pociones Mágicas de Druidas y Meigas Gallegas”, a cargo del escritor y druida Manuel Aneiros. Lo que más me gustó de su conferencia fueron las reflexiones sobre la queimada, sus secretos y cómo se elabora el mítico brebaje.

Entre conferencia y conferencia me dio tiempo a leer una entrevista con el santero cubano Eddy Andrusis García. Pregunta: ¿Desde cuándo es santero? Respuesta: “Hace veinte años recibí a los guerreros Elegguá, Oggun, Ochosi y Osun. Transcurridos cinco años me coronaron Santo OMO CHANGÓ, y desde entonces ayudo religiosamente a todo el que lo necesite”. También leí una receta tomada del consultorio mágico de Matilde, quien recomienda a una viuda que tiene un hijo de 19 años en el paro que prepare el Bálsamo Tranquilo: “Precipitado amarillo, miel, manteca de corojo, agua bendita, papel cartucho, una foto de él, media calabaza, lamparillas de aceite y un vaso de aceite de girasol o de oliva” (no vale de colza).

También eché un vistazo al plan de conferencias para los próximos días y decidí asistir a las siguientes sesiones: “Los Ángeles nos hablan”, “Cambiarás los sonidos de tu vida y cambiarás de vida”, “La paciencia y el sosiego como factores de realización” (esta la daría Ramiro Calle, uno de los pioneros del yoga en España y autor de más de cien libros sobre psicología mística y disciplinas orientales de Oriente, nuestro best-seller de temas orientales, otro boom). El éxito de Ramiro Calle me hizo sacar el propósito de que, en cuanto tenga un poco más de experiencia, escribiré un libro. El mío llevará por título: “La forma de tus orejas explican tu futuro”. Lo digo en serio: tengo un amigo que conoce el carácter de las personas analizando la forma de sus orejas.

Otras conferencias, me interesaban más bien poco: “La videncia a través de las huellas digitales”, “Cóndor Mamami, el nido del chamanismo andino”, “El tao de la longevidad”, “La vida después de la muerte. Recuerdos de vidas pasadas”. Sí iría a la conferencia de clausura, “Mediumnidad y guías espirituales”, a cargo de Marilyn Rossner, un personaje que me había fascinado en mi recorrido por el Foro. La tal Marilyn es doctora en Educación Especial, profesora en la Universidad Vanner de Montreal (Canadá), especializada en Psicoterapia Infantil y Yoga. Como se lee en su folleto promocional, Marilyn “está considerada como la mejor médium del mundo”. Con este currículum tan espectacular, no me importaba nada abonar los 30 euros que se exigían para entrar en su conferencia-práctica.

Tengo que reconocer, sin embargo, que estaba un poco desbordado por tanto profesional del esoterismo. Y eso que en España estamos todavía muy lejos de otros países más racional y científicamente avanzados, como Italia y Francia. Al principio, cuando me dijo el amigo de mi amiga que yo tenía poderes especiales, me lo creí, pensando que sería un ser especial, una excepción, un ser único capaz de desentrañar los arcanos y enigmas del universo, ocultos al resto de los mortales. Paseando por el Foro, atestado completamente de visitantes y expositores, mi orgullo se había ido desinflando, y rodeado de tanto y tanto profesional me consideraba uno más, un simple aprendiz de brujo sin muchas expectativas de alcanzar la fama y la posteridad. Además, me estaba liando bastante. Ya no sabía si lo mío era la numerología, el tarot, la baraja española, las runas, la quirología, la videncia afrocubana, el yoga, la interpretación de sueños, la sanación, la santería cubana (me seguía atrayendo lo cubano, un valor en alza en este y otros menesteres) o la interpretación cibernética del aura. Me quedaban muchas cosas por aprender. Y aunque seguía dispuesto a todo, me echaban un poco para atrás algunas enigmáticas experiencias, como los “baños de energía y florecimiento” y los “rituales brasileños de limpieza” (no me quería meter en muchos líos, la verdad). Seguía sin saber por dónde tirar: si por la vía egipcia y encontrarme paseando con los dioses Isis y Matat para que me muestren el camino para ser feliz, o por la vía metafísica (de la mano de Jennifer Néstor) o el tao sexual (acompañando a mi adorada Emmanuelle Temis).

En las pocas horas que estuve por allí conocí a verdaderos monstruos de la videncia, una experiencia sublime. La famosa Paquita Berbel, a quien había visto un día en Tele Murcia y Tele Gandía, experta en conchas, oráculo de Belline y “equilibrio de los chakras” (me he enterado hace poco que ha donado sus pertenencias al Museo de Antropología Forense, Paleontología y Criminalidad de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense); Pedro Gutiérrez (“Llámame, no te arrepentirás”), los profesionales del centro esotérico Vahari; Maite Bianchi, lectura de tarot y orientación humana; José Sada, el conocido vidente afrocubano, experto en caracoles, sanaciones e insomnio; la clarividente María Elena, wicca, a quien había escuchado alguna vez en Radio Getafe; Rosa María Fernández y sus famosas limpiezas chamánicas; el quiromasajista Hermano Guillermo; Amira, “toda la sabiduría del pasado para ayudarte en el presente y prepararte para el futuro”; y la grafóloga y fisiognomista Rosina F. Hetzel, la autora de ese libro que te marcará la vida: “Estudiar el rostro”; y, cómo no, con Emmanuelle Temis, que me tenía intelectualmente trastornado.
 
Y también pude contactar con importantes firmas expositoras como Biosound, Música Mágica; Emma, velas e inciensos; Gaia, fotoaura; Maya Complements; Guía Mística (con la compra de tres productos, su carta astral totalmente gratis); Artesanía del Himalaya; Diloggun; Velas de Rituales Feeling; Brasil Minerales; Dori’s Maga; Galicia Meiga; los tres locales madrileños de la Santería La Milagrosa (importantes descuentos en tarot, 2x1); Tábata, María Gaor y, para rematar la jugada, “Arqueotour”, que te organiza expediciones a Lugares Sagrados y Sitios Arqueológicos de las Antiguas Civilizaciones, también de la Península Ibérica.

Sin embargo, todavía era consciente de que me quedaban muchas cosas por analizar, saber y controlar si quería ser un vidente de primera división. En el terreno de la videncia, los saberes ancestrales siguen siendo plenamente actuales. Y uno no puede hablar del presente si antes no se ha empapado hasta perder el sentido de los fenómenos paranormales obligatorios, como el misterio que rodea las pirámides, por ejemplo. Pero había muchos más: ¿Qué pasaba con los extraterrestres, sobre los que no había leído todavía absolutamente nada? ¿Y qué con los rituales diabólicos, mencionados muy de pasada y de manera escondida en algunos sitios y páginas web? ¿Participaría en una psicofonía cibernética? ¿Ingresaría en la S.E.I.P. (Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas)? ¿Por qué últimamente apenas se hablaba del Lago Ness (que alguien me lo explique)? ¿Me iría algún día de excursión ocultista con el espíritu del doctor Jiménez del Oso? ¿Para cuándo esa visita a la casa encantada de Gigglegarden (Canadá)? ¿Compartiría la teoría de Erich von Daniken de que el Arca de la Alianza era el embalaje de una máquina que producía el maná? ¿Leería algún día los libros del Caballo de Troya como si estuviese leyendo los ensayos de Einstein? ¿Qué hacemos con Nostradamus y Paracelso, los leemos o pasamos de ellos? ¿Organizaré algún día una esotérica expedición a la Isla de Pascua y a las ruinas de Machu Pichu? ¿Buscaré como loco la Atlántida? ¿Aceptaré que poseo poderes extrasensoriales y que mi vida sólo tiene sentido con la dedicación a la telepatía, la radiasteis o la telequinesis? ¿Soy acaso la reencarnación de un caballero de la Orden de los Templarios? Muchas preguntas para contestarlas en un mismo día (y en toda una vida).
 

A la salida, cansado y transformado interior y exteriormente por tanto contacto con lo paranormal, poseedor de una ingente información y de bolsas con todo tipo de folletos y direcciones, volví a pasar al lado del vigilante jurado. Me miró detenidamente, pero con cara de pocos amigos, como si hubiese vislumbrado mis verdaderas intenciones al visitar ese Foro. Consciente de que estaba ante un aprendiz de vidente, de pronto me lanzó un conjuro que me dejó cuasi-petrificado. En sueños pude escuchar con total claridad: "Con tanta competencia se nos va a acabar el negocio". Menos mal que, para contrarrestar el hechizo que empezaba a paralizarme los párpados, tuve fuerzas para sacar una vela roja y otra verde, mientras que con la otra mano tocaba el cabezón del muñeco atrapasueños que llevaba en el bolsillo. De pronto, el vigilante jurado abandono su figura terrena y se mostró como el mitológico Cerbero. Tuvimos un angustioso y brutal combate mental, que me auguraba un trágico final, tal y como había previsto yo cuando me dio esta crisis existencial.

Sin embargo, cuando mis fuerzas telequinésicas estaban a punto de flaquear y mi aura daba señales de desintegración, me acordé de Emmanuelle Temis y su ondulante melena ardientemente oxigenada. Ella me dio la fuerza (kwan yin) para renovar mi bio-energía y hacer tambalear al temido vigilante jurado-Cerbero, que se desplomó contra una de las casetas, la dedicada a la magia celta. Al final, agarré como pude las bolsas, el amuleto atrapasueños y las velas, y salí corriendo escaleras abajo, rumbo a la línea 1 del metro, perseguido por un resucitado Cerbero y por cientos de videntes coloristas lanzando todo tipo de conjuros y tacos. Entré en el vagón cuando estaban a punto de cerrarse las puertas. Respiré hondo: estaba a salvo.

Por la noche, ya en casa, sentado plácidamente en el sillón, me di cuenta de que todavía llevaba en el bolsillo el amuleto indio atrapasueños, el único resto que me quedaba de mi frustrada expedición esotérica. Enchufé la tele, y haciendo zapping apareció de golpe, chillando e insultando al personal, la barriobajera vidente Lola Montero, una de las cutre-brujas de moda. Me llevé un buen susto y apegué inmediatamente la televisión. Abrí la ventana. Agarré el amuleto atrapasueños y lo lacé a la calle lo más lejos posible. Esa noche dormí tranquilo, y eso que volví a soñar con Chesterton.



 

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