sábado, 25 de julio de 2026

Notas para un diario: "Vacaciones en... Cazalegas y la Boca del Asno"

 


        Los recuerdos más exóticos y entrañables de mi infancia tienen que ver con las excursiones que montaba la peña rayista Los Amigos, que tenía su sede en el bar Guerrero, en la misma calle donde vivíamos, y de la que mi padre era uno de los estandartes. Estas excursiones, mis inolvidables veraneos durante muchos años, tenían lugar los domingos de los meses de julio y agosto. Durante el año, las excursiones se organizaban para ir a animar al equipo del Rayo cuando jugaba fuera de casa. En el verano, nos especializábamos en las salidas al pantano de Cazalegas y la Boca del Asno, lugares que han quedado fijados (e idealizados) en mi memoria. 

Salíamos muy pronto, a las seis de la mañana. Antes, había que preparar bien las tarteras y todo lo que necesitábamos para pasar el día en el campo: la nivea, un balón de fútbol, unas aletas, las toallas, las bolsas de la comida... La primera parte del viaje en autocar era bastante tranquila, pues todos íbamos medio dormidos, sobre todo los más pequeños. Pero luego la cosa se animaba y cuando salíamos de Madrid empezaban las canciones. Mi padre solía ser el animador oficial, el que despertaba a todos, el que empezaba a contar chistes y a cantar. Aunque los lugares a los que íbamos estaban relativamente cerca, había tal atasco los domingos por la mañana, incluso madrugando, que solíamos llegar a eso de las doce a nuestro destino. Nada más llegar, lo primero era coger sitio en las mesas de los chiringuitos, tarea ardua y complicada que exigía una velocidad de vértigo. 

Nosotros, como éramos siete, salíamos del autocar sin contemplaciones y avasallando, sin cortarnos un pelo: primero, la avanzadilla para reservar los sitios; los de atrás, con mi hermano Toñín, se dedicaban a entorpecer a los demás para que no nos adelantasen. La táctica solía salir bien. Hay que tener en cuenta, además, que a los chiringuitos llegaban antes los que viajaban en coche, los domingueros profesionales, que siempre cogían los mejores sitios. Egoístas.



Luego venía el partido de fútbol, siempre casados contra solteros. Mi padre, que había jugado mucho al futbol cuando era joven (y nos pegó a toda la familia lo que para él era más que una pasión), conservaba de mayor un toque de balón de jugador de primera división. Metía buenos trallazos cuando la pillaba, aunque le fallaba, como era lógico, la fuerza física. Después, el baño. En Cazalegas era más fácil bañarse que en la Boca del Asno. La playa tenía una arena pegajosa y legamosa y el agua nunca estaba fría. Eran baños un tanto salvajes, donde más que disfrutar del ambiente bucólico lo que había eran constantes peleas y ahogadillas. En la Boca del Asno, el río a veces se detenía en pequeñas pozas donde podíamos tirarnos desde alguna roca y bañarnos con más libertad, pero por lo general había mucha gente para tan poco río y, además, el agua solía estar muy fría. 



Después, la comida. Por supuesto que mi padre ya había invitado a tres o cuatro que se habían presentado a la excursión con un solo bocadillo de sardinas. Se sentaban con nosotros y disfrutaban de la comida que había preparado mi madre: los inexcusables filetes empanados, croquetas, ensalada, el vino con casera (que comprábamos en el chiringuito) y, de postre, la sandía, que solíamos dejar en algún rincón del pantano para que se enfriase. Tras la comida, las inevitables dos horas y media de digestión, que se convertían en una siesta –los más mayores– y una excursión por la zona, que era nuestro caso, aunque había poco que ver. Otro partido por la tarde, otro baño y una merienda-cena, pues solíamos coger el autobús de vuelta a eso de las nueve de la noche. 



El regreso era más animado, con constantes canciones, chistes e incluso algún sorteo de la Peña. Si nadie se animaba a cantar, se ponía música con canciones de esas que suelo llamar de “atrás de autocar”, de las que se sabe todo el mundo, antes y ahora. Otra vez eran agotadores los atascos, que acababan con nuestra paciencia y ganas de juerga. A eso de las doce, empezábamos a dormir, agotados del día. El autocar solía llegar a Guerrero a las dos o las tres de la mañana. Y habíamos recorrido, en el caso de Cazalegas, apenas cien kilómetros. A nosotros nos parecía una gesta. Como decía sobre esos años de infancia mi hermana Loli, «las hemos pasado putas, pero también lo hemos pasado muy bien». 

 

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