martes, 25 de junio de 2019

"Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales", de Jorge Herralde



En 2019 se cumple el 50 aniversario de la editorial Anagrama, que fundó en 1969 Jorge Herralde. Durante todos estos años, con sus vaivenes, la editorial ha conseguido mantener su independencia, en unas décadas en las que la industria editorial española ha sufrido importantes cambios con la irrupción de las multinacionales y los grandes grupos de comunicación. Desde hace unos pocos años, sin embargo, ha habido cambios en el accionariado de la editorial, donde ahora tiene mayoría el grupo italiano Feltrinelli, que posee en Italia una editorial, una cadena de librerías, una televisión cultural y una conocida escuela de letras. Aunque Herralde sigue vinculado a la editorial, la dirección literaria corre a cargo ahora de Silvia Sesé, la autora del prólogo de este libro que, como otros del autor (Opiniones mohicanasFlashes sobre escritoresEl observatorio editorial...), está formado por diferentes textos con los que el autor consigue dar forma a una peculiar autobiografía que se convierte también en una historia de la edición española de las últimas décadas, en las que Anagrama ha tenido un destacado papel en la formación literaria, intelectual y sentimental de tantas generaciones.
             Los primeros capítulos de este libro misceláneo -en el que entran entrevistas, discursos, conferencias, ponencias...- los dedica a la historia de la editorial desde 1969 hasta el año 2000. Ingeniero de profesión, a partir de 1967, que se traslada a vivir a París, Jorge Herralde decide poner en marcha una editorial en un contexto político convulso. Toma como referencia la editorial que fundó en Italia Giangacomo Feltrinelli (1926-1972), aristócrata italiano y mecenas del Partido Comunista, que utilizó su editorial para combatir el capitalismo desde una perspectiva radical de izquierdas. La editorial Anagrama nace en 1969 con la idea de combatir desde el mundo editorial el régimen de Franco, dando cabida en sus diferentes colecciones a textos que proceden de la izquierda revolucionaria y cultural. Como escribe Herralde, buscaba "aquellos libros y autores que consideraba más pertinentes para mi proyecto en aquellos años tumultuosos de la revolución cubana, la revolución China, la convulsión de la guerra de Vietnam, Mayo del 68, la izquierda extrañar lamentaría alemana (...), la vivacísima Italia, con el poderoso Partido Comunista". 
En esos años, la editorial de Herralde fue una referencia para la lucha antifranquista y para los movimientos de izquierda. La efervescencia política y libresca duró hasta la consolidación de la transición española, que dio paso después a unos años de "desencanto" que llevaron a la editorial a un momento crítico, pues los lectores dejaron de interesarse por la agitación y la efervescencia política.
En un momento de supervivencia, Herralde decide abrir la editorial a la literatura contemporánea con dos colecciones que se convirtieron pronto en una referencia para los lectores. En 1981 nace "Panorama de narrativas" y en 1983 "Narrativas hispánicas"; desde entonces, la editorial Anagrama tiene sobre todo el prestigio que le han aportado estas dos colecciones, aunque ha seguido publicando muchos ensayos y también ha mantenido su emblemática colección "Contraseñas", de las primeras de la editorial, dedicada sobre todo al Nuevo Periodismo norteamericano.
Herralde recuerda en estos textos los problemas que tuvo con la censura, mucho menores a partir de la aprobación de la Ley de Prensa de 1966. Secuestraron algunos títulos de la editorial, aunque también sorprende que en aquellos años del tardofranquismo pudiese publicar sin problemas textos de Lenin, Mao y otros pensadores en la órbita de un izquierdismo y vanguardismo contracultural.
No oculta Herralde su decidida proximidad a lo largo de estas décadas con la izquierda política y cultural, aunque el compromiso es ahora menos explícito que en los primeros años de la editorial, en los que se defendía una izquierda de corte radical. Para él, editar libros nunca ha sido una actividad meramente aséptica. Viendo los autores y libros que ha editado en estos años, en los que ha habido de todo, se aprecia una defensa de postulados políticos radicales y heterodoxos, siempre en la órbita de la izquierda; de posturas marcadamente feministas y un apoyo de la liberación sexual en todas sus formas.


Como se cuenta en este volumen, los libros más vendidos, que sirvieron para dar estabilidad económica a la editorial, fueron las novelas de Patricia Highsmith y de Bukowski, La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, Bella del Señor, de Albert Cohen y El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Hay en su imprescindible catálogo una notable presencia de autores anglosajones, todos de primera fila, como Ian McEwan, Julián Barnes, Martin Amis, Graham Swift, Hanif Kureishi, el premio Nobel Kazuo Ishiguro, David Lodge, Lawrence Norfolk, entre otros. También hay una destacada presencia de autores italianos, franceses, alemanes y norteamericanos, además de abrirse cada vez más a la literatura hispanoamericana. 
En la editorial tienen cabida, además, algunas apuestas muy personales de Herralde, como los humoristas ingleses P.G. Wodehouse y Tom Sharpe y los libros de Evelyn Waugh. Una característica de Anagrama es la política de autor, como han hecho, por ejemplo, con António Tabucchi, Rafael Chirbes, Raymond Carver, Richard Ford, Amélie Nothomb y tantos otros. La editorial también ha sufrido los mordiscos de las grandes editoriales, que se han llevado a autores como Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, Javier Marías, Ignacio Martínez de Pisón y otros que labraron su carrera literaria en Anagrama.
Para Herralde, la tarea del editor, consiste en "escoger, fabricar y promocionar los libros de la mejor forma posible". Tiene en alta consideración a todos los que forman parte de la vida editorial, como los libreros. Sus colaboradores destacan su intuición y olfato y su entregada manera de enfrascarse en todos los aspectos que tienen que ver con la intrahistoria de una editorial, como los viajes, las presentaciones, la presencia en Ferias... Silvia Sesé, autora del prólogo, resume de esta manera la historia de los 50 años de Anagrama: "la excelencia con provocación, el rigor sin gravedad, la diversión que trata con inteligencia a los lectores". Sin lugar a dudas, no puede concebirse la vida de la cultura española en estos 50 años sin la activa presencia de Anagrama. 


Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales
Jorge Herralde
Anagrama. Barcelona (2019)
472 págs. 19,90 €.

"Lector voraz", de Robert Gottlieb


Después de una larga trayectoria profesional, el editor norteamericano Robert Gottlieb (1931) decidió en 2016 escribir este libro de memorias para contar con precisión algunas historias profesionales y, también, para transmitir sus ideas sobre el mundo editorial. Gottlieb ha trabajado en la editorial Simon & Schuster, ha sido director editorial durante veinte años de la editorial Alfred A. Knopft y también ha dirigido el semanario The New Yorker, a lo que hay que sumar sus colaboraciones en diferentes medios y revistas literarias.
            Su libro se suma a la larga lista ya de memorias y ensayos que forman el llamado género book on books, libros sobre cómo se editan libros, de los que merecen citarse los de Jason Epstein, André Schiffrin, Michael Korda, Bennet Cerf, Maxwell Perkins, Roberto Calasso, Giulio Einaudi, Severino Cesari, Giangiacomo Feltrinelli; también los escritos por editores españoles como Carlos Barral, Mario Muchnik, Jorge Herralde, Ester Tusquets, Rafael Borrás, Beatriz de Moura, Manuel Pimentel y libros ya clásicos de este género como los de Kurt Wolff, Siegfried Unseld, Jacobo Muchnik y Jean Echenoz. Todos ellos, la mayoría escritos con una intención memorialística, proporcionan una visión muy directa, personal y cercana sobre el arte y el proceso de editar libros.
            Casi al final de su libro, Gottlieb, resumiendo algunos de los consejos que da a los alumnos de un máster en edición con el que colabora, destaca algunas de las ideas que siempre le han acompañado: “Es el libro del escritor, no el vuestro”, “contestad a vuestros escritores de inmediato”, , “si crees en un libro hay otros que también lo harán, porque tú no eres especial”, “los lectores no son estúpidos: sus instintos demostrarán ser más sensatos que los vuestros”, “cada libro tiene su propio público potencial: intentad averiguar cuál es y tratad de llegar a él. No intentéis venderle cada libro a todo el mundo”, “el acto de editar es un proceso lento y laborioso”. Estos consejos son fruto de una larga experiencia, que el autor desarrolla en su libro contando sobre todo su trabajo y su relación con un largo número de autores, con los que ha intentado mantener un trato pacífico, aunque también ha tenido fiascos y encontronazos (como, por ejemplo, con el escritor Roald Dahl). A la vez, Gottlieb relata su propia vida personal.
            La lista de autores con los que ha trabajado es extensa: Joe Heller (de quien editó su famosa novela Trampa 22, un éxito espectacular), Jessica Mitford, Ray Bradbury, Cham Potok, James Thurber, Michael Crichton, John Cheever, Doris Lessing, Anthony Burguess, Bob Dylan, Barbara Tuchman, John Gardner, Raymond Carver, Cyntia Ozick… De manera especial, Gottlieb destaca su continuada relación con Toni Morrison y John Le Carré, “una de las relaciones más estimulantes de mi vida laboral”. Y también fue el editor de algunos libros de gente famosa del mundo del espectáculo, del periodismo y de la política, como las actrices Liv Ullman, Lauren Bacall y Katharine Hepburn, el director de cine Elia Kazan (“el hombre más complicado, interesante y exigente con el que estuve trabajando”) y hasta con Bill Clinton, a quien ayudó a escribir sus memorias y con el que mantiene desde entonces una gran amistad. 
            Al hilo de las anécdotas y encuentros con estos autores, Gottlieb habla de otros temas colaterales relacionados con el mundo de la edición, como la fabricación de una literatura popular (aquí pone como ejemplo a Michael Crichton), la versatilidad de la novela rosa, el interés de los lectores por las biografías y por historias humanas, la relación con las cadenas de librerías, el mundo de los agentes literarios…
            Y en este libro relata también los sucesos más destacados de su vida, siempre en contacto con el mundo del libro. Así condensa Gottlieb su biografía: “Lo que amábamos era el trabajo, la familia y todo lo demás era una distracción, más o menos”. Comenzó a leer desde muy pequeño gracias al ejemplo de sus padres. Destaca los libros infantiles que más le gustaron y el paso a la literatura de adultos. La lectura con dieciséis años de Emma, de Jane Austen, supuso un antes y un después en su vida como lector: “fue la primera vez en la que relacioné lo que estaba leyendo con mi verdadero yo. No habría recibido ninguna instrucción religiosa, no me guiaba más principio que el trabajo duro, y no tenía una mente filosófica. Fue en la novela, empezando por Emma, donde descubriría cierto tipo de brújula moral”. Como escribe Gottlieb, sus padres, judíos, eran ateos confesos y él también se confiesa ateo: “Mi religión es la lectura”. 
            Tras sus años universitarios, incrementó su pasión por la lectura y algunos escritores, como Henry James y Marcel Proust. Estuvo una temporada en Cambridge.  Se dedicó al teatro. Su primer matrimonio, con un hijo, se rompió a su regreso a Estados Unidos, cuando ya estaba trabajando en Simon & Schuster. Habla de su segunda mujer y de los hijos que tuvo con ella, uno de ellos, Wick, nació con una enfermedad. Sorprende el alto concepto de la amistad del autor, que la vivió con sus colaboradores y con los escritores que conoció, siempre dispuesto además a hacer favores.
            Vivió momento complicados, como su salida de Knopf y su llegada al semanario New Yorker, del que fue despedido años después, aunque siguió colaborando en Knopf, del mismo grupo, durante muchos años. A la vez, cuenta su dedicación, absorbente, a algunas de sus aficiones, como la danza, el jazz, el cine y, por supuesto, la literatura. Gottlieb cuenta desde dentro el proceso de producción de un libro, intentando destacar los hechos más sobresalientes y ofreciendo una imagen positiva, por lo general, de su relación con los autores y todo lo que rodea el mundo editorial. Las cosas algo han cambiado en las últimas décadas, pero la figura del editor siempre será necesaria para descubrir nuevos valores y para intentar sacar lo mejor de sí a los escritores con los que trabajan. Como ha escrito Gottlieb, su trabajo ha consistido en intentar “ayudar a que el libro sea una versión mejorada de lo que es; no intentéis que sea lo que no es”. 


Lector voraz
Robert Gottlieb
Navona. Barcelona (2018)
424 págs. 26 €.
T.o.: Avid Reader. A Life
Traducción: Ainize Salaberri.

domingo, 2 de junio de 2019

Sugerencias para la Feria del Libro de Madrid



En Aceprensa, con motivo de la Feria del Libro de Madrid, hemos preparado unas sugerencias de lecturas de novelas y ensayos. Ver Aceprensa.

sábado, 18 de mayo de 2019

"La zanja", de Andréi Platónov


Aunque hoy día se le considera un clásico de la literatura rusa del siglo XX, Andréi Platónov (1899-1951) fue un escritor perseguido por el propio Stalin, marginado y totalmente olvidado que acabó sus días como conserje de la Unión de Escritores y víctima de la tuberculosis. Sus obras fueron expresamente prohibidas por Stalin a partir de los años 30. Dos de sus obras más conocidas, Chevengur La zanja, no se publicaron en su país hasta las décadas de los ochenta y noventa. Chevengur(de la que también hablo en mi libro Cien años de literatura a la sombra del Gulag) apareció por vez primera en una edición en París y apareció en Rusia en 1988; La zanja, escrita en la década de los treinta, no se publicó de manera íntegra hasta 1999.
            Pero Platónov no fue un enemigo declarado de la Revolución; al contrario: la apoyó en sus primeros años de manera entusiasta, pues veía en la Revolución la posibilidad de introducir cambios radicales y trascendentales en la sociedad rusa. Fue un hombre de ciencia, estudió Ingeniería Electrotécnica, con muchas inquietudes filosóficas, literarias y religiosas. Trabajó como experto en la recuperación de tierras y supervisó la excavación de estanques y pozos, el drenaje de pantanos y la construcción de tres centrales eléctricas. También fue destinado a viajar por el centro y el sur de Rusia para inspeccionar granjas colectivas (experiencia que le sirvió para ambientar su novela Dzhan). A diferencia de otros escritores rusos, que conocieron los efectos de la Revolución en el campo a través de guías programadas por el Partido Comunista (que les enseñaron lo que les convenía), Platónov conoció de primera mano lo que sucedió en el campo ruso en la década de los años 20 y 30, lo que disminuyó su fe en la Revolución, de la que comenzó a desconfiar (como se aprecia en sus escritos).
            En concreto, Platónov vio de cerca la persecución que el Partido Comunista aplicó contra el campesinado tras la severa aplicación de la colectivización de la agricultura, de manera contundente y trágica a comienzos de los años treinta. Se calcula que casi dos millones de campesinos fueron deportados entre 1930-1931. Un ejemplo del desprecio del Partido Comunista hacia los campesinos lo tenemos en el escritor Maksim Gorki, que apoyó la Revolución desde diferentes frentes y quien llegó a afirmar lo siguiente (en palabras recogidas por los autores de esta edición en el posfacio): “Tendréis que perdonarme, pero el campesino todavía no es humano… es nuestro enemigo”.


            Este contexto social y político (consolidación de Stalin en el poder, las consecuencias de la Gran Hambruna y la imposición por la fuerza de la colectivización) es fundamental para entender La zanja, considerada la novela más política de Platónov, aunque conviene destacar que en esta obra y en otras Platónov tiende hacia las cuestiones filosóficas más que las políticas. Su libro es, por ello, una fábula filosófica sobre el devenir y los problemas existenciales de un grupo de personas ligadas a un tiempo muy concreto: esos años treinta, en pleno proceso de hostilidades contra los campesinos y de auge pletórico del discurso comunista de pasión por el progreso vinculado a la felicidad. 
            La novela comienza con el despido de Vóschev y su viaje hasta encontrar un nuevo trabajo en una zona en la que se van a excavar los cimientos de un inmenso edificio. Tanto Vóschev como otros personajes se entregan de manera abnegada y optimista a la dureza del trabajo, pero las cosas no salen como pensaban y los trabajos se complican. A esto hay que sumar los problemas que tienen con el campesinado, brutalmente perseguido (sale todo esto en la novela), y la progresiva desilusión de los trabajadores, que empiezan a dudar del ingenuo entusiasmo que le transmiten los apasionados de la Revolución.
            Todo está contado, como decíamos, en plan fábula y como si se tratase de un sueño o una pesadilla; los trabajadores, por ejemplo, aunque se citan los nombres de algunos de ellos, aparecen como fantasmas transparentes, figuras prescindibles en una tragedia que se relata de manera diáfana, con un estilo muy original con el que Platónov quiere transmitir con naturalidad el ambiente en el que viven esos personajes, las motivaciones para realizar su trabajo y los problemas y situaciones que van apareciendo, que en muchos casos adquieren el aire de una tragedia o una alegoría (como sucede con la muerte de la niña Nastia). 
            Vóschev, que mira todo desde la distancia, apenas se implica en nada de lo que hace y muestra con su controlada apatía el escepticismo ante lo que sucede a su alrededor. La novela puede funcionar como una alegoría en la que subyace un mensaje pesimista sobre los ideales de la revolución, que no han cumplido las expectativas políticas. Como dicen los autores del posfacio, Robert Chandler y Olga Meerson, responsables también de esta edición, la novela “oscila entre lo realista y lo religioso o mítico”.


La zanja
Andréi Platónov
Armaenia. Madrid (2019)
238 págs. 20 €.
T.o.: Kotlovan
Traducción: Marta Sánchez-Nieves.

miércoles, 15 de mayo de 2019

"Diario íntimo", de Henri-Frédéric Amiel


La publicación en 1884 de una antología de los diarios de Henri-Frédéric Amiel (1821-1881) supuso una auténtica revolución en el género diarístico. Hasta esa fecha, aunque existían diarios verdaderamente íntimos y literarios, como el de, por ejemplo, Samuel Pepys, la mayoría de los que frecuentaban el género lo hacían con la intención de llevar una contabilidad personal de los hechos de cada día, con sus variaciones y sus secretos. A partir de Amiel, el diario íntimo se convirtió en un género literario más, que ha evolucionado a lo largo del siglo XX y XXI y que se ha convertido, como lo califica el escritor Andrés Trapiello, autor de una larga serie de diarios, en “el género propio de la Modernidad”.
            El punto de partida del diario moderno es este diario, del que se ofrece la edición completa en una traducción de Clara Campoamor. Además, viene acompañada de una magnífica introducción a cargo de Bernard Bouvier que sitúa perfectamente el diario en el momento histórico en el que apareció, señalando sus importantes novedades, cómo se llevó a cabo la primera edición (póstuma) y su generosa recepción en toda Europa.
            Como escribe Clara Campoamor en el prólogo, este diario es la “exposición acabada, dolorosa y cruel de las más íntimas inquietudes que pueden desgarrar a un ser que mide con exactitud la contradicción entre el valor de los anhelos y el peso de sus incapacidades”. Amiel se disecciona constantemente a sí mismo desde sus años de estudiante en Berlín hasta su muerte. Es admirable su capacidad de introspección y de síntesis, además de su perseverancia. Sólo casi al final de su vida habló abiertamente de estos diarios a sus allegados; durante décadas, fue una afición solitaria, anónima, que Amiel realizó para constatar “la eterna desproporción entre la vida soñada y la vida real”, quizá la idea de fondo que más aparece en un diario apasionante por su calidad literaria y por la capacidad del autor de analizar de manera pormenorizada sus pensamientos y su vida interior.
            Amiel estudió filosofía primero en la Universidad de Heidelberg y después en la de Berlín. Tuvo como profesor y maestro al filósofo Schelling. Estudió filosofía y teología y ejerció como profesor de Estética. También ocupó una Cátedra de Filosofía Moral. Fue un gran intelectual que vivió intensamente las polémicas filosóficas de su tiempo y que buscó de manera desesperada la verdad. Publicó también una serie de ensayos sobre Erasmo, Madame de Staël y Rousseau y libros de poesía. En su pensamiento se destaca su cercanía al idealismo alemán, traspasado constantemente por un pesimismo que se tradujo en un espiritualismo vago e indeterminado.
            Tuvo una gran ambición intelectual, que se aprecia en las continuas referencias a lecturas, uno de los platos fuertes de este diario. El análisis de sus inquietudes permite conocer su absorbente fisonomía intelectual y moral. Para Clara Campoamor, los diarios son un “monumento impresionante elevado a la angustia del alma humana”.
            En los diarios aparece un hombre que, con palabras de Clara Campoamor, “sabe implacablemente verse vivir y verse morir día por día”. Junto con sus reflexiones de carácter existencial, muchas de ellas, hay que destacar su pasión por la naturaleza y las constantes referencias a la estética, filosofía, religión y, como hemos comentado, a sus juicios literarios. Un diario que refleja perfectamente sus inquietudes, su desazón, su constante movimiento de búsqueda intelectual y, de manera punzante, los duros juicios que emite sobre su persona y los pasos que ha dado en la vida para buscar la felicidad. 




Diario íntimo
Henri-Frédéric Amiel
Renacimiento. Sevilla (2019)
792 págs. 29,90 €. 
Traducción: Clara Campoamor.

sábado, 11 de mayo de 2019

"Viajeros en el país de los sóviets". Varios Autores


Libro que reúne diversas investigaciones sobre los viajes a la Rusia revolucionaria que realizaron diferentes intelectuales españoles y europeos. El interés que despertó la Revolución comunista fue inusitado en todo el mundo, capitalizando el interés político y económico y convirtiendo a Rusia en un mito político viviente que todo el mundo quería visitar. Esta “moda” la aprovecharon también las autoridades soviéticas, que utilizaron esta pasión viajera para potenciar el internacionalismo comunista y, además, como indiscutible vehículo de propaganda. Resultan muy interesantes estos relatos, que muestran en algunos casos una Rusia absolutamente idílica, aunque también otros viajeros sintieron que quizás estaban asistiendo a una obra de teatro y que lo que allí le mostraban, de manera controlada y teledirigida, escondía una realidad muy distinta. Lo que no cabe duda es de la importancia de estos viajes y de estas visitas, pues muchos volvieron consagrados a la causa o convertidos en escépticos de las posibilidades internacionalistas del comunismo. (De muchos de estros escritores hablo en uno de los capítulos de mi libro Cien años de literatura a la sombra del Gulag).
            Este libro conecta, además, con algunos otros títulos publicados recientemente donde se recogen esos testimonios de manera completa, muy útiles para comprobar lo que estamos comentando: la capacidad de entusiasmo o la elaboración crítica de los logros del régimen.


            Son muchos y variados los análisis que se ofrecen en este libro, que comienza con una introducción que explica de manera muy acertada el clima político de los años veinte y treinta, cuando se realizaron la mayoría de estos viajes: “Impacto de la Revolución Rusa en Occidente”. A continuación, otro capítulo que centra el tema del libro: “Rusia, foco de atracción para viajeros. Conocer en directo la experiencia”. Y luego vienen los autores elegidos, una larga lista que ofrece variedad de perspectivas y de intereses. 
Hay muchos autores españoles: Manuel Chaves Nogales, Josep Pla, Sofía Casanova, Eugeni Xammar, Andreu Nin, Fernando de los Ríos, Julian Gorkin, Ángel Pestaña, Óscar Pérez Solís, Julio Álvarez del Vayo, Ferran Valls i Taberner, Rodolfo Llopis… Y también significativos testimonios de escritores e intelectuales europeos de la talla de Antonio Gramsci, Egor Erwin Kisch, Walter Benjamin y hasta del líder yugoslavo Josep Broz, Tito, que estuvo en Rusia en dos momentos, entre 1915 y 1920 y 1935-1938. 
            Unos son políticos, la mayoría de izquierdas; otros son periodistas que escribieron espléndidos reportajes, como los de Manuel Chaves Nogales y Josep Pla. En todos late ese interés por ver en directo qué estaba en realidad pasando. Unos, como decíamos, quedaron fascinados con la sutil propaganda; otros intuyeron la barbarie y represión que escondía un régimen que controlaba absolutamente todos los movimientos de sus ciudadanos. 


Viajeros en el país de los sóviets
Josep Pich, David Martínez, Andreu Navarra y Josep Puigsech
Bellaterra. Barcelona (2019)
344 pág. 20 €.

sábado, 4 de mayo de 2019

"Hablando claro", de José Luis García Martín


En 1989, con el volumen Días de 1989, José Luis García Martín (1950) estrenó un diario que lleva publicando desde entonces todos los años y que aparece también semanalmente en un periódico asturiano y algunas entradas en su blog “Café Arcadia”. El autor es poeta, crítico literario, profesor universitario y director de la revista literaria Clarín. De todo esto, y de su intimidad, habla en estos diarios, plagados de referencias literarias a sus lecturas y a sus opiniones de la actualidad literaria. En esta ocasión, el diario transcurre desde agosto de 2017 a junio de 2018. En esos meses, la actualidad política en España tuvo que ver con la conflictiva vida política que se vivió en Cataluña y que afectó a toda España. Son constantes en esta ocasión las valoraciones que hace el autor de estos hechos, de los que se posiciona defendiendo el referéndum de autodeterminación en Cataluña y la política del Partido Socialista de Pedro Sánchez de no alcanzar ningún acuerdo con el Partido Popular. No es lo más importante de este diario, pero mucho más que en otros José Luis García Martín manifiesta con una evidente claridad sus opiniones políticas.
 El título de este volumen define bien las intenciones estéticas y literarias de este diario: hablar claro, sin componendas, sin ocultarse, decir abiertamente lo que se piensa sobre cuestiones espinosas (políticas y sociales), sobre la actualidad literaria y hasta de religión (”siempre me ha interesado mucho el absurdo razonado de la teología”). Como escribe José Manuel Benítez en el prólogo, vuelve a aparecer el García Martín aparentemente misántropo y solitario, sus ambiguas cuitas amorosas, su labor como crítico literario, sus clases en la Universidad, sus inquietudes estéticas, sus amigos y sus tertulias literarias, sus sentimientos, algunos viajes a Portugal (Chaves, Ovar, Espinho, Aveiro, Coimbra), Italia, Bulgaria… y también incluye aforismos y alguna composición poética. “No hay apenas mención a obligaciones y compromisos familiares o a rutinas hogareñas”. Y mantiene la que es una constante en sus diarios: la afición a los relatos de fantasmas, que incluye narrativamente modificando la realidad de algunas entradas. García Martín reside desde hace 40 años en Oviedo.
“Lo mío –escribe García Martín- no es el arte de agradar, sino más bien el de tocar las narices y no dejar a nadie indiferente”. Y lo consigue. No le tiembla el pulso a la hora de criticar los diarios de Iñaki Uriarte, tan celebrados últimamente, o los artículos de Javier Marías, o las opiniones de una especialista en la "literatura del yo" como Anna Caballé a propósito de la edición de los diarios de los Goncourt. Califica a Pérez-Reverte como “novelista populachero, un guionista de tebeos y películas de serie B”. Habla mucho de poesía, su especialidad, y critica duramente la profusión y corrupción de premios literarios, sobre todo oficiales. Y de librerías: “Primero, cuando no tenía dinero para comprar libros, mi casa fueron las bibliotecas públicas; luego, las bibliotecas y las librerías. No todas. Hay algunas frías y distantes, funcionariales, en las que solo se entra para pedir un libro concreto. En las que yo prefiero, se entra también para pasar el rato, para estar a gusto, aunque luego siempre salga uno con algún libro que le estaba esperando y que ni siquiera sabía que existía”.
También habla de actividad como crítico literario (“objetiva con los enemigos y lo más implacable que puedo con mis amigos") y de su faceta como escritor: “soy el escritor más y menos profesional del mundo. Escribo solo por encargo y para publicar, pero jamás he escrito una línea por dinero”. Y son constantes las referencias a su manera de ser, que condiciona las páginas de este diario: “Soy de los que piensan que, mientras yo no deje de quererme, nada está perdido”. 
Al igual que otros autores de diarios españoles (Andrés Trapiello, Iñaki Uriarte, Marcos Ordóñez, José Jiménez Lozano, Enrique García-Máiquez, Gabriel Insausti…), estos diarios no son una actividad literaria secundaria para García Martín sino que en ellos desarrolla su alto concepto de la literatura. Con su ya previsibles sarcasmo, con su actitud mordaz y cínica, con sus opiniones contundentes sobre casi todo, con su acusada sinceridad, ha fraguado el autor un atrayente personaje, culto y maniático, que se mueve en el género de los diarios como pez en el agua.


Hablando claro
José Luis García Martín
Renacimiento. Sevilla (2019)
320 págs. 17,90 €.