sábado, 24 de marzo de 2018

“Historia del huérfano”, de Andrés de León


La profesora Belinda Palacios, filóloga peruana, escribió su tesis doctoral sobre este libro inédito, escrito en 1621, que no llegó a publicarse en su momento y que cuenta las andanzas de un español por las tierras coloniales y por España e Italia. El libro estaba preparado para editarse, pero al final no se publicó, quizás porque su autor, Martín de León (1584-1655), hombre que hizo una importante carrera eclesiástica, consideró inoportuna su publicación, a pesar de que iba a aparecer con el seudónimo con el que ahora se ha publicado por vez primera, Andrés de León.
            Belinda Palacios ha preparado su edición en la prestigiosa Biblioteca Castro. El libro contiene una cuidada e imprescindible introducción que explica todos los pormenores de un manuscrito que tiene una elevada calidad literaria y que puede compararse a otros testimonios de la literatura española del siglo XVII y de la literatura colonial. Estamos, pues, ante una gran noticia filológica y para el ámbito de la historia de la literatura. En su introducción, se cuentan los pormenores del manuscrito, una copia ya preparada para la imprenta, que finalmente fue adquirido por el bibliófilo americano y fundador de la Hispanic Society, Archer Milton Huntington (1870-1955).   Esta novela es una obra de ficción que está escrita a modo de biografía real. No se cuenta la vida de su autor, Martín de León, aunque muchas cosas coinciden y puede que se inspirase en algunos sucesos biográficos para su redacción. Martín de León también estuvo en las Indias, en Lima, en 1612, pero regresó a España y fue nombrado por Felipe IV obispo de Pozzuoli y después Arzobispo de Palermo, donde falleció en 1655. Fue un eminente religioso, hombre de Iglesia, y también un político de fama muy reputada, pues le tocó lidiar en un territorio convulso, el Virreinato de Sicilia.
            Belinda Palacios piensa que escribió este libro entre 1608 y 1616, cuando su autor se encontraba en las Indias. El libro narra las aventuras de un joven apodado el Huérfano porque a los 14 años abandonó su Granada natal para trasladarse a las Indias. Allí participó en episodios militares de la conquista del Nuevo Reino de Granada; viajó después a Trujillo y a Lima. Allí tienen lugar un episodio clave de su vida: se refugió en un convento para huir de una disputa y, al final, tomó los hábitos de agustino. Fue ordenado después en Bogotá, aunque años después fue expulsado de la orden por el provincial de Santafé sin que se expliquen muy bien las causas. Para buscar el perdón del Papa y solicitar su reingreso en la orden, decide viajar de nuevo a España.
            Su viaje es muy accidentado. Cuando se encontraba en Puerto Rico fue testigo del ataque del pirata Francis Drake a la isla. En Cádiz, también vivió el asalto de los ingleses, que destruyeron la ciudad. Se trasladó a Madrid –donde vivió algunos episodios desagradables que le afectaron profundamente- y, por fin, viajó a Roma, donde consiguió el perdón papal. Regresó a Lima.


            Sorprende el aire de vida y de verosimilitud de todo el libro, escrito con el lenguaje de la época y con algunos recursos literarios que hoy día están desfasados, como la hinchazón retórica y la profusión de poesías laudatorias. Sin embargo, el testimonio es de primera magnitud, pues gracias a él, como escribe la autora de la edición, tenemos una “visión global y completa de la vida a comienzos del siglo XVII, especialmente del interior de las colonias españolas”. Su testimonio histórico es muy valioso, pues al realismo en las descripciones y los personajes hay que sumar la fidelidad a los ingredientes históricos.
            La novela es de su tiempo. Participa de los géneros que estaban más de moda: hay algo de crónica histórica, de relato picaresco, de biografía, de crónica de viajes, de relatos de cautiverio… La autora destaca su adscripción a dos géneros en boga: la biografía novelada y ficticia y la novela bizantina. Del primero, resalta el relato fidedigno de aquella época y de los lugares donde vivió; de lo segundo, la profusión de peripecias que vive el autor, quizá demasiadas, como era normal en la novela bizantina, donde se daban naufragios, luchas, aprisionamientos, fugas, encuentros con piratas, cautiverios, etc. Su estrecha relación con la literatura de la época demuestra también que su autor, Martín de León, era un profundo conocedor de la literatura de su tiempo que estaba en boga tanto en España como en Lima.
            Y no faltan en el libro tampoco, y esto puede ser una novedad, críticas a la política española y a la manera en que se maneja la administración de las colonias desde la península. Incluso hay una explícita denuncia de cómo se trata y explota a los indios en algunos lugares. Hay pues, en el libro, una incipiente conciencia criolla que también merece destacarse.


Historia del huérfano
Andrés de León
Biblioteca Castro. Madrid (2018)
394 págs. 42 €.

sábado, 17 de marzo de 2018

“Setenta días en Rusia. Lo que yo vi”, de Ángel Pestaña


Ángel Pestaña (1886-1937), secretario general de la CNT en 1929 y también desde 1930 a 1932, fue uno de los fundadores en 1932 del Partido Sindicalista (1932). Además, fue diputado por Cádiz en las Cortes Generales y desempeñó otros muchos puestos ligados a su actividad anarquista, por la que estuvo en prisión y hasta sufrió un atentado en 1922 por parte de pistoleros del Sindicato Libre. En 1917, fue nombrado director del diario Solidaridad Obrera, órgano oficial de difusión de la CNT. Escribió muchas críticas periodísticas y textos autobiográficos.
En 1919, la CNT, en el Congreso de la Comedia, le eligió, junto con otros dos compañeros, para que viajasen a la URSS y presentar la adhesión de la CNT a la Internacional Comunista de Moscú. Su viaje coincide con otros muchos que en esas mismas décadas realizaron políticos, sindicalistas, empresarios, escritores, etc., españoles y extranjeros. En 2016 se publicó el ensayo El espejo blanco (Fórcola), en el que se cuentan estos viajes y quiénes los realizaron, que el escritor Giménez Caballero describió de manera irónica como “de romería a Rusia”. También hablo de estos viajes en el capítulo Paraíso e infierno de mi libro Cien años de literatura a la sombra del Gulag (Rialp, 2017).
 Inició Pestaña su viaje en 1920 y tres meses después llegó a la URSS. Fue el único de los tres miembros de la CNT al que se le permitió la entrada. Además de esta concreta intención política, Pestaña viajó para “tener el conocimiento más exacto de la verdadera situación de Rusia”, clave para los futuros movimientos políticos de la CNT en España.
Llegó a Petrogrado en 1920. Durante el viaje en tren hasta la capital en ese momento de Rusia le llamó mucho la atención la profusión de retratos de Marx, Lenin y Trotsky y el desmedido uso de la propaganda, pues había gramófonos por toda la ciudad en los que se retransmitían discursos, como el de Trotsky en el frente de batalla. Sobre los innumerables bustos de Marx que ve por todos los lados, dice  que el régimen ha sucumbido a la “copiosidad fetichista”.


El ambiente que vio en la ciudad era de cambio y a la vez de espera, ya que todavía no había finalizado la guerra civil. La guerra sirvió al régimen para decir al pueblo que debía apretarse el cinturón al máximo y no exigir nada, y menos todavía libertades. Ahora, decían por todos los lados, era el momento de “sufrir”. Pestaña, observador privilegiado, palpa en las calles muy poca alegría por los logros políticos de la Revolución. Al contrario, por todos los lados le sorprende la tristeza, el silencio impenetrable, la sensación de tedio.
En Petrogrado se encuentra con Victor Serge, con quien había coincidido en Barcelona. En las conversaciones privadas que mantienen, Serge se mostró crítico con el régimen (años después sería purgado y desterrado y consiguió salvar su vida gracias a la presión internacional). A los pocos días,pestaña viajó a Moscú para asistir al Tercer Congreso de la Internacional y a la Internacional Sindical Roja. En el viaje coincidió con Zinóviev, presidente de la Tercera Internacional y miembro del Comité Político del PCUS. En sus conversaciones hablan del papel del Estado, que para los comunistas es la piedra angular del régimen y que Pestaña juzga con cierto resquemor anarquista: “aquí hay un patrono, el Estado; y un proletariado; el pueblo”. En Moscú, además de los actos a los Congresos, tuvo tiempo para pasar unos días de excursión por el Volga, que Pestaña describe de manera crítica, pues mientras observa la angustia y la pobreza que palpa por todos los lados, en este viaje con otros políticos reciben múltiples y estupendos agasajos y banquetes que considera desproporcionados.
En su libro, con mucho método, Pestaña pone por escrito sus observaciones de las visitas oficiales que realizan a determinados organismos de la URSS. Estas páginas resultan muy interesantes, pues Pestaña no es de los políticos que se dejan convencer fácilmente por los argumentos propagandísticos comunistas y cuestiona muchas de las realidades que le presentan, como la utilización partidista del sindicalismo, lo que según él supone su agonía y desaparición: “el sindicato no es un organismo al cual el obrero aporte su iniciativa individual, sino que es el Comité Ejecutivo quien piensa y ordena en nombre del sindicato”. En esta misma línea de democracia totalitaria, cuestiona el papel del Partido Comunista en el ejercicio del poder, lo que convierte a los comunistas en los únicos representantes de los trabajadores permitidos. No entiende tampoco las tarifas establecidas para dividir los salarios de los trabajadores, medida que a su juicio sólo fomenta la desigualdad.
Asiste a una fiesta multitudinaria  en la Plaza Roja, a la que asistieron, de manera obligatoria, unas 300.000 personas. Pestaña describe la organización del acto y destaca cómo hay un oficial destinado a “indicar al grupo de líneas los gritos y ¡hurras! Reglamentarios que había de lanzar”. Y concluye: “vimos aquello y nos invadió una gran tristeza. La farsa que allí se representaba no podía ser más indigna, ni más infame”.
Su análisis del país incluye también los sectores de la vivienda, la instrucción pública (donde también destaca el excesivo centralismo), el transporte ferroviario, el Comisariado del Trabajo, los Trenes de Propaganda, una visita oficial a la Oficina Central de Cooperativas… Sobre el campesinado, Pestaña vuelve a mostrar su lado más crítico: “las disposiciones del partido gobernante, más que a mejorar o desarrollar las instituciones y el espíritu comunista del campesino ruso, vinieron a ser una traba, un estorbo, un obstáculo que impedía su pleno desarrollo y desenvolvimiento”. Y afirma que las requisiciones obligatorias que se hicieron a los campesinos, junto con la existencia de la Checa (ya muy activa en el año 1920) son “las dos páginas negras de la política bolchevique”.
 Poco antes de regresar a España, después de setenta días en Rusia, tiene la oportunidad de entrevistarse con Lenin: hablan sobre el Estado, el comunismo y el anarquismo. Pestaña le comenta algunas cuestiones que ha observado y con las que se encuentra incómodo, sobre todo en lo que se refiere a la dictadura del Estado.
Sobre este viaje, Pestaña escribió un informe a la dirección de la CNT que marcó la pauta de las posteriores relaciones críticas entre los comunistas y anarquistas. Después, convirtió este Informe en dos libros que publicó sobre Rusia en la editorial Cosmos en 1924: éste y Setenta días en Rusia. Lo yo pienso. Así concluye su libro un observador muy agudo desde todos los puntos de vista: “Sin apasionamientos, sin sarcasmos, sin injurias, hemos relatado lo que vimos durante nuestra estancia en Rusia”.


Setenta días en Rusia. Lo que yo vi
Ángel Pestaña
Almuzara. Córdoba (2018)
218 págs. 19,95 €.

sábado, 10 de marzo de 2018

“Cómo llegamos a la final de Wembley”, de J. L. Carr


Un miserable pueblo rural de 547 habitantes, los sabios consejos del doctor húngaro Kossuth, la diplomacia del presidente Fangtoss y la calidad futbolística de Alex Slingsby y Sid Swift, la Estrella Fugaz, son los populares ingredientes de esta entretenida novela que cuenta la gesta de un desconocido equipo de fútbol de aficionados que consigue clasificarse para la final de la FA Cup, uno de los torneos más prestigiosos del fútbol británico. Para escribirla, J. L. Carr (1912-1994) se inspiró en un suceso biográfico de 1930, cuando fue maestro en un pueblo  parecido al de la novela, que publicó en 1975.
            Su narrador es el joven Gidner, que por casualidad ha acabado viviendo en ese pueblo para olvidarse de una experiencia pasada y pensar con tranquilidad en su futuro. Para mantenerse, cuida a una enferma de Steeple Sinderby y para integrarse en la aburrida vida de este pueblo se convierte en el secretario del equipo de fútbol, los Steeple Sinderby Wonderers. Además, escribe versos para tarjetones de felicitación y ha decidido también investigar a una de las glorias locales, el poeta campesino Thomas Dadds.
            No es un equipo que destaque ni que cuente con grandes figuras ni siquiera a nivel comarcal. Pero la decisión de participar ese año en la FA Cup les lleva a tomar importantes medidas para convertirse en un equipo competitivo, todo gracias a la ingeniosa ayuda del doctor Kossuth y la fuerza de voluntad de Alex Slingsby, el entrenador.
            La competición comienza y el equipo de los Wonderers se deshace con mucha facilidad de sus primeros locales, todos de pueblos próximos. Cuando se enfrentan con equipos profesionales, el nivel sigue siendo el mismo, ganando a veces con una pasmosa facilidad. De ser un equipo desconocido, se convierte en el centro de interés periodístico de Gran Bretaña durante los meses que hacen historia.
            Gidner no es ni un experto futbolístico ni tampoco un escritor de crónicas deportivas. A él más que el fútbol le interesa lo que le rodea: los “dramas domésticos” del pueblo y lo que pasa en las vidas de sus habitantes cuando acaban los partidos y tienen que asumir la fama y la desbordante popularidad.
Y Gidner recoge todo esto con amabilidad, con muchos toques humanos y costumbristas, con algunas historias colaterales algo excéntricas que tienen como protagonistas a los habitantes de Steeple Sinderby, un pueblo que tampoco aparece idealizado sino que se habla del barro, la niebla, los árboles que gotean, la oscuridad, las inundaciones, las fuertes ráfagas de viento. Pero en su camino hacia la final de Wembley, son conscientes de que están viviendo una experiencia muy especial que difícilmente se repetirá. Como concluye Gidner, “ya no éramos los mismos que un año antes”.


Cómo llegamos a la final de Wembley
J. L. Carr
Tusquets. Barcelona (2018)
206 págs. 17 €
T.o.: How Steeple Sinderby Wonderers Won the FA Cup.
Traducción: Puerto Barretabeña Diez.

jueves, 1 de marzo de 2018

“Mar Blanco”, de Claudio Giunta


Al igual que Umberto Eco, con quien se le compara, Giunta es un escritor que procede del mundo universitario. Ha publicado numerosos trabajos de investigación literaria, algunos de ellos sobre la obra de Dante.
            Mar Blanco es una novela que combina el thriller con la novela psicológica y costumbrista. La trama de la novela se centra en la desaparición de tres italianos en las Islas Solovkí, en Rusia, famosas por su famoso monasterio ortodoxo y por ser uno de los primeros gulag del comunismo soviético. Los tres, metidos en la treintena, amigos de toda la vida, van a pasar unas semanas como voluntarios en un proyecto que patrocina la UNESCO para reconstruir el famoso monasterio. Sin embargo, cuando tienen que regresar, no aparecen y nadie sabe absolutamente nada de su paradero.
            “No se puede desaparecer sin dejar rastro, sobre todo en una isla”. En Italia, el caso se convierte en uno de esos sucesos mediáticos que salen por todos los lados. Pero las investigaciones no avanzan nada y poco a poco la gente se olvida del destino de las tres víctimas. Solo un periodista, Alessandro Capace, intenta mantener vivo este asunto con sus colaboraciones en la revista Fatti. Incluso viaja a la isla para comprobar la realidad que vivieron los desaparecidos y explicar mejor qué es lo que ha podido haber pasado.
            Pero la trama de la novela es la excusa para lo fundamental de la novela: el análisis que hace el autor de un personaje que representa un arquetipo generacional. Capace, licenciado en Políticas, ha publicado alguna novela y ahora trabaja como periodista ocasional, sin que consiga la estabilidad profesional que necesita para asentarse en la vida. Está separado de Gaia y tiene un hijo pequeño, al que apenas hace caso, aunque durante la novela le atormenta ese desapego que no sabe cómo solucionar. Vive en Florencia, ciudad asediada por los turistas donde hay también una acomodada clase burguesa y un mundo universitario gris y estéril. Ahora tiene una relación con Julia, antigua compañera de universidad, de origen ruso, quien también le acompaña a su viaje a las islas Solovkí.
Giunta, sirviéndose de la voz de Capace, realiza un ajuste de cuentas con el periodismo sensacionalista, con los anhelos de su generación, con las tibias relaciones personales, con los intereses egoístas camuflados. El tono es ácido y no se libra casi nadie de la sátira: la vida matrimonial, su propia familia, su exmujer, su suegro católico, el periodismo, la vida universitaria… Capace se presenta como un francotirador cultural descreído de casi todo que busca a su alrededor comprensión, coherencia y autenticidad.
            Al final, con la excusa de buscar el oscuro destino de Fabio, Francesco y Enrico, Alessandro Capace intenta encontrarse a sí mismo, viajar a su desasosegado y deslavazado mundo interior.



Mar Blanco
Claudio Giunta
Alfaguara. Barcelona (2018)
328 págs. 19,90 €.

viernes, 16 de febrero de 2018

“Vidas cipotudas”, de Jorge Bustos


Columnista de prestigio, Jorge Bustos (Madrid, 1982) combina en sus escritos una sobresaliente calidad literaria con las constantes referencias a la actualidad de nuestro país. En su nuevo libro se aprovecha de un adjetivo puesto de moda en el reciente periodismo para definir a un tipo de columnistas y le da la vuelta para aplicárselo a una serie de personajes históricos que, para el autor, son buenos ejemplos de una actitud española que se repite a lo largo de los siglos: arrojo activo y sus dosis de senequismo.
            Buceando en la historia de España y llegando hasta el presente (el primer capítulo está dedicado a Viriato y el último a Amancio Ortega, una licencia que se permite el autor), Bustos habla de treinta y cinco hombres y mujeres españoles que han hecho historia, y cuyas vidas el autor quiere rescatar. Hay guerreros, conquistadores, eruditos, científicos, artistas, místicos, herejes, exploradores, poetas, profesores…
Bustos apuesta por la divulgación histórica, sazonada de impresiones muy personales y, como dice el autor, “su punto de rabia y una medida de orgullo”. Todo con la finalidad de que el lector, después de leer una síntesis de las vidas de Isidoro de Sevilla, Elcano, Juana la Loca, Santa Teresa, Lope de Aguirre y tantos otros, disfrute de “sus pasiones vitales, de su pánico vencido y de su temeridad suicida”.



Vidas cipotudas
Jorge Bustos
La Esfera. Madrid (2018)
256 págs. 18,90 €.

domingo, 14 de enero de 2018

"Descubre por qué te mato", de Carlos Villar Flor


Doctor en Filología Inglesa, profesor de literatura en la Universidad de La Rioja, investigador, traductor -entre otros, de Evelyn Waugh y George Orwell- y director de la revista literaria Fábula, Carlos Villar Flor (Santander, 1966) es autor de varios poemarios, libros de relatos y también de las novelas Calle Menor, Mientras ella sea Clara (2011) y Solo yo me salvo y otros relatos (2012). Con ironía, sentido del humor y una excelente calidad literaria, Villar suele ambientar sus novelas en contextos muy contemporáneos.
Algunos de estos rasgos se repiten en Descubre por qué te mato, concebida en esta ocasión como una novela policiaca. Con ella ha conseguido el Premio José María de Pereda del Gobierno de Cantabria. Escrita en primera persona, su narrador y protagonista es el periodista cántabro Óscar Aransay, quien una noche recibe una sorprendente y macabra amenaza por parte del que se presenta como un antiguo compañero universitario: “voy a matarte”. Pero no lo va a hacer de manera inmediata sino que le da un mes de plazo con la única posibilidad para salvarse de que descubra “por qué te mato". Luego desaparece.
El tiempo empieza a correr y Aransay, con la ayuda de Valery, una joven redactora de su periódico que se ha convertido en su amante, investiga cuáles pueden ser los motivos de esta amenaza de muerte. Por su trabajo, ha estado involucrado en asuntos muy espinosos, aunque él que se le viene más a la cabeza, por su gravedad, fue un caso de pederastia en el que estuvo envuelto un maestro que, acaba de enterarse, ha fallecido en prisión (asesinado o se ha suicidado) y cuya resolución judicial y su comportamiento como periodista no le dejaron muy satisfecho.
La novela describe cómo vive esas semanas Aransay, en las que nadie, salvo Valery, se haya tomado en serio la mortal amenaza. Agobiado, pide ayuda a la policía, que destina al caso al subinspector Mariana, aparentemente de vuelta de todo pero con buen olfato policial. Como ve que sus investigaciones avanzan poco, contrata también a un detective privado, Arencibia. Y a todo esto hay que sumar la situación familiar de Aransay, al borde de la ruptura por sus infidelidades y el distanciamiento que vive con su mujer tras el reciente nacimiento de su hija y los complicados horarios de trabajo de él y su mujer, Raquel, enfermera.
El argumento, muy original, atrapa bastante, pues los lectores comparten la creciente y progresiva agonía de Aransay, sus indagaciones sobre la posible causa de esta amenaza y sus remordimientos por el caso que condenó al maestro. También resulta atractiva la descripción del ambiente periodístico en el que se mueven los principales personajes, con sus ramificaciones policiales. El conflicto matrimonial que padece el protagonista, junto con otros ingredientes costumbristas relativos a la ciudad de Santander, añaden realismo a una novela que transcurre en 2013 y que refleja algunas luces y sombras de la sociedad contemporánea.  
Pero más que la intriga, que la tiene, el autor carga la mano en la psicología del protagonista. Después de cumplir cuarenta años, está sometido a una agobiante crisis familiar y profesional, agravada todavía más por su relación con Valery y la amenaza de muerte que se cierne sobre él. En su tramo final, la novela se desvía de manera deliberada de los desenlaces tópicos de las novelas policiacas y propone un final inteligente, aunque arriesgado. Novela, pues, muy entretenida que combina una sorprendente intriga con interesantes ingredientes éticos y sociológicos. 


Descubre por qué te mato
Carlos Villar Flor
Ediciones de Librería Estvdio. Santander (2017)
344 págs. 17 €.

viernes, 5 de enero de 2018

Notas para un diario. "Una buena idea"


-No hay manera. No se engancha. Se vuelve a caer.
Nino estuvo a punto de dar un manotazo y tirar todo directamente al suelo. Nada le salía bien. Hasta la plastilina se había quedado demasiado dura y aunque intentó calentarla con un mechero que consiguió en la habitación de sus padres, fue peor: casi se quema.
-¡La madre que lo parió…! –Exclamó tirando lo que parecía ser un San José encima del serrín.
Y luego estaba la estrella, la puñetera estrella. Consiguió en la cocina papel de plata, sus tijeras del colegio, un poco de pegamento… Pero era incapaz de que aquello se pareciese a una estrella. Al final, quedó un amasijo de plata que encima no consiguió que se quedase en lo alto de lo que también, con mucha imaginación, parecía una montaña.
-¿Qué estás haciendo, Nino? ¿Por qué no ayudas a poner la mesa?
Seguía en su habitación, encerrado. Había decidido que el belén sería este año su aportación a la decoración navideña de la casa. Además, del árbol y las luces y esas plantas rojas que su madre pone por todos lados, él quería que hubiese un belén, como en casa de Lola y de Julio. Todos los años les echaba una mano buscando algunas piedras en el parque, unas plantas, un poco de musgo.
-Este año me toca a mí. –Se dijo Nino con convicción.
Pero había sobrevalorado sus habilidades, y eso que tenía sobre sus espaldas la experiencia de sus trabajos manuales, siempre horribles, siempre chapuceros. Odiaba las clases de plástica.
            Dejó los preparativos del belén  para el último momento, para ocultar la sorpresa a sus padres y pensando que iba a ser muy fácil. Pero en el parque no encontró ni una mísera piedra grande, y eso que lo recorrió unas cuantas veces. Seguro que Lola o Jaime se habían llevado ya las buenas. Al final, metió en la mochila unos cuantos pedruscos.
-Los uniré con algo para que parezcan una montaña. Y en la montaña una cueva. El arroyo, para el año que viene.
            Ni montaña, ni cueva, ni estrella… Quería hacer las figuras con plastilina, la que le había sobrado de aquel árbol que tuvo que hacer para el colegio, que ni parecía árbol ni nada. No sabe ni cómo aprobó, pues le había quedado algo confuso, sin forma, con muchos colores mezclados. Consiguió modelar tres figuras, la Virgen, San José, el Niño. Pero el Niño, con color azul, parecía un extraterrestre; la Virgen, un demonio rojo; y San José, un espantapájaros verde. No conseguía que se quedaran de pie. Apoyó las figuras contra las piedras. Se suponía que la estrella era lo que estaba más arriba. Y luego el serrín. Como se le había caído más de la mitad, lo poco que le quedaba no conseguía cubrir ni la mitad de la mesa.
-¿Y dónde pongo el musgo?
            El musgo era lo único que le recordaba a los belenes de Lola y Jaime.
            -¿Qué haces encerrado? ¡Sal de ahí, que van a llegar los abuelos!
            Su madre ya estaba histérica. Su padre salía a las nueve del Hospital. Llegaría justo a la cena.
            Decidió poner las figuras encima del musgo. Encendió la luz del flexo. Con poca luz quedaba bien y las figuras tenían un algo especial. Pero el belén no se quedaría en su habitación. Había pensado ponerlo en el pasillo, antes de la entrada en el salón. Como el pasillo era ancho, cabía la mesa de sobra. Y quedaba sitio para pasar. No molestaría. Pero allí no podía poner el flexo.
            Decidió vestirse primero. Oía a su madre chillar, que saliese, que echase una mano. Es decir, lo de siempre, bla, bla, bla. Cuando se apagaron las voces, colocó todo en el pasillo. Primero, la mesa, con cuidado de que el serrín no cayese al suelo. Luego las piedras. Y el musgo. Y las tres figuras. Y recuperó el árbol, que tenía guardado en un cajón y que en el último momento se le ocurrió que hiciese las veces de palmera. Y la estrella. También puso una vela amarilla que había encontrado en uno de los cajones del salón.
            Siendo justos, su belén no se parecía en nada a los de sus amigos. Pero por algo había que empezar.
            Entró en el salón. Cerró la puerta. Su madre salía de la cocina en ese momento con las últimas copas. Encendió todas las luces. Puso algo de música de Luis Cobos, como hacía siempre.
            Sonó el timbre. Los abuelos. Nino se fue derecho a la puerta. Entraron como un torbellino, con muchos regalos en los brazos, dando besos y la abuela con ese perfume insoportable que echa para atrás. Ni siquiera se fijaron en el belén, al que sobrepasaron esquivándolo. En el salón, otra vez besos. “Emilio está a punto de llegar”.
            Eran casi las nueve. Su madre puso un vino al abuelo y una tónica a la abuela. A Nino le dijo que esperase a la cena.
            Y a las nueve y cuarto llegó su padre. Se oyó el ruido de la cerradura. Y de pronto, un estruendo. Su padre se dio un fuerte golpe en la cabeza con la puerta del salón al tropezarse con la mesa de estudio y el belén. No había encendido la luz y entró como una exhalación. Su madre cogió intentó levantarle del suelo con la ayuda del abuelo. Las piedras estaban por el suelo; el serrín, desperdigado por el traje de su padre. La mesa también estaba descabalada.

Nino se quedó atornillado en su sitio, sin poder moverse. El abuelo sacó un pañuelo y se lo puso a su padre en la frente, de la que salía algo de sangre, no mucha. La abuela fue a la cocina por una escoba para recoger el serrín y las piedras. Su madre cogió las figuras del belén y sin apenas mirarlas, con asco, las tiró a la papelera. “Ya hablaremos tú y yo, me dijo” mientras su padre, apoyado en el abuelo, entraba en el salón repitiendo “este niño es gilipollas, gilipollas”.