Conociendo algunas de mis manías y pasiones librescas, me han regalado Las Gallinejas, escrito por el periodista David Sanz, sobrino del protagonista del libro, Gabino Domingo, propietario de la popular “Freiduría de Gallinejas Embajadores”, en la calle madrileña del mismo nombre.
El libro cuenta la biografía de Gabino desde que a los trece años llegó a Madrid procedente de Membrillera, un pueblo de Guadalajara, para trabajar en una freiduría que acababa de abrir una tía suya. La peripecia personal de Gabino, que acabó quedándose con el negocio cuando su tía se retiró, explica la intensa y apasionada relación de los madrileños con un producto tan atípico que ya forma parte de su idiosincrasia y carácter. Gabino ha escrito también algunos libros sobre su infancia en su pueblo natal y un puñado de poesías que han incluido en la decoración de su local.
Como se explica en el libro, las gallinejas empiezan a valorarse como alimento a mediados del siglo XIX, cuando los que trabajaban en el Matadero de Puerta de Toledo recogen las tripas de cordero que solían tirar a la basura para dárselas a los pobres y desheredados que acuden al Matadero para buscar algo que echarse a la boca. Poco a poco, algunas mujeres, la mayoría viudas y sin recursos, comienzan a freír estas menudencias en diferentes puntos de la capital con la misma estética y medios que las tradicionales vendedoras de castañas. En 1928, cuando se estrena el Mercado de Legazpi, el Ayuntamiento decide regular esta venta teniendo en cuenta el número de vendedoras ya desperdigadas por la capital y que acudían al Matadero a recoger estos despojos por la tarde. Las gallinejas y los chicharrones fritos se ponen de moda en los barrios populares y se convierten en un inesperado negocio y manjar.
Gabino asiste a esta progresiva evolución del negocio, que alcanza su momento de esplendor a mediados de los años 70, cuando hay en Madrid, sobre todo en los barrios obreros (Embajadores, Lavapiés, Tetuán, Cuatro Caminos, Ventas, Vallecas…), más de 90 quioscos de gallinejeras. Con la llegada de la transición, bien por los cambios en los hábitos alimenticios, bien por la subida de los productos relacionados con la casquería, las gallinejas casi desaparecen como alimento. De hecho, en la década de los 90, cuando cierra el Mercado de Legazpi, apenas quedan unas pocas en pie.
En esos años, Gabino da vueltas y vueltas al futuro de un negocio que hasta entonces era callejero e imprevisible, pues no siempre se encontraban existencias en el Matadero. Es entonces cuando decide transformar su reducido pero boyante negocio en un restaurante que, en principio, seguiría abriendo de seis de la tarde a once de la noche, como el resto de los quioscos desperdigados por la capital. Luego consiguió proveedores constantes que ya no dependían del Matadero y mejores productos (las gallinejas y el resto de vísceras pasaron a ser siempre de cordero lechal). Años después decidió abrir todo el día ya como un restaurante más. Y acertó. El negocio fue viento en popa y, en el mismo sitio, siguen vendiendo gallinejas, entresijos y otros platos en las más de treinta mesas que tiene el restaurante. Todo ello a base de esfuerzo y trabajo, como ha dejado constancia en una de sus poesías: “Me levanto a las cuatro, / no hay descanso ni parada / como mientras trabajo / y me acuesto de madrugada”.
Había oído hablar de ese restaurante, pero no lo visité hasta el otro día, animado después de la lectura de este libro que estoy comentando, del que me impactaron algunas afirmaciones de Gabino, al que ya estaba deseando conocer. La primera: “dignificar y elevar el consumo de las gallinejas y entresijos a la categoría de restaurante fue una de las satisfacciones más grandes de mi vida”. Este gesto le honra, pues desde entonces, poco a poco, dejaron de servirse en bocadillos y en cucuruchos de papel, como las castañas, y de comerse en las calles acompañados de una bota de vino. Gracias a su decisión, las gallinejas subieron de nivel social y se convirtieron en un plato normal, uno más de la cocina madrileña. La segunda: “Por aquel entonces, yo había subido al escalón más alto en el oficio de freír, porque no solo freía bien sino que me sentía fascinado con mi trabajo, creyendo que mis platos eran como obras de arte, únicos y con alma”. En una entrevista que le hicieron en la prensa, completa estas sensaciones. Afirma que “las gallinejas son pura poesía. (…) Para mí, freír y servir gallinejas, entresijos y mollejas es pintar. El cuadro alcanza la perfección cuando se ha aplicado el tiempo adecuado de fritura, la cantidad justa para los comensales y la forma de emplatarlo”. Ni Ferrán Adrià en sus mejores tiempos retóricos, cuando montó el restaurante vanguardista Bulli, ha empleado imágenes tan poéticas, revolucionarias y apasionadas al referirse a su trabajo en la cocina.
Pero, ¿qué son las gallinejas. En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se dice que son “tripas fritas de cordero o de cabrito y que antes procedían de otros animales, que constituyen un plato popular de Madrid”. La definición ha ido cambiando con el paso de los años, adaptándose más a la realidad, aunque el resultado final tampoco es del gusto de Gabino, que ha emprendido una cruzada para que la Real Academia afine mejor en qué consisten sus queridas gallinejas. No le gusta eso de que “antes procedían de otros animales”, afirmación que considera falsa pues no está contrastada. En el libro, de manera más desarrollada, describen mucho mejor qué son desde un punto de vista quirúrgico, que es el que a los comensales más nos interesa: “dentro del cordero, en lo más profundo del animal, se encuentran un conjunto de piezas anatómicas como el estómago (los callos), el intestino delgado (parte de la gallineja) el mesenterio (entresijo), la toquilla (tela de sebo que cubre y protege todas las interioridades), además de otros elementos. Al seccionar y desmenuzar todos estos fragmentos dan lugar a varios productos de nombres populares con los que se preparan diversos platos relacionados entre sí”.
Estas son las especialidades del restaurante de Gabino. En primer lugar, el plato por excelencia, las gallinejas, que proceden hoy día exclusivamente del cordero lechal, y que son “un producto mixto compuesto por el intestino delgado y un trozo del mesenterio (el entresijo) que a la vez contiene una molleja popularmente llamad botón”. Luego, los entresijos: “su procedencia es una especie de madeja llena de mollejitas (los folclóricos botones) que rodea y protege el intestino delgado y que una vez limpia se separa y se parte en trozos”.
Y después, platos menos conocidos que están íntimamente relacionados con estos dos: las tiras (unos trozos de tripa cortados, con forma de tubitos, delgados y separados), los canutos (parecido a las tiras pero muchísimo más fritos, como si fuesen cortezas), los chicharrones (en su momento, igual de populares que las gallinejas, de donde proceden), los zarajos (son una tripa kilométrica del cordero que se enrolla en dos palos de sarmiento) y las mollejas, esos apéndices blancos carnosos que están situados en el cuello y junto al corazón del cordero y que son de tres tipos: botones, mollejas blancas y chorrillos.
También se puede pedir otra especialidad de la casa, los pitos picantes. Tras la crisis de las “vacas locas”, cada vez se venden menos las mollejas negras (llamadas también pajarillas), las mollejas finas (el páncreas), las madrecillas y la ubre de vaca (el único plato que no procede del cordero lechal). Por lo general, en el restaurante se ofrece un único plato en el que se mezclan todas estas variantes y al que se pueden añadir unas patatas fritas –hechas también en la misma sartén- o una ensalada clásica.
La visita al restaurante resultó una experiencia inolvidable y popular, como escribe David Sanz: “El olfato es verbena; el oído, arraigo; el tacto, tradición; la vista, casticismo, y el gusto, placer”. Pedimos una de esas bandejas en la que hay de todo, la mejor manera de apreciar la variedad de menudencias y aprender así a distinguirlas. Me encantó la decoración del local, sencilla, castiza y nada pretenciosa. Me llamaron la atención las fotografías de algunos famosos y más todavía las fotografías de familias enteras anónimas comiendo en el restaurante, una de las debilidades de Gabino, al que no llegamos a conocer, una pena. La visita confirmó lo que intuía: aquello es el Templo donde las gallinejas han ocupado el privilegiado lugar que les corresponde dentro de la gastronomía popular de Madrid. A esto dedica Gabino otro de sus poemas: “¿Qué son las gallinejas? / preguntaba una paisana / y le dijo con gracia una vecina: / -“Mira chica, no hay comida / en Madrid, tan rica y castiza / y con tan buenos sabores / como las gallinejas que sirven / en la calle de Embajadores”.
Como otras cosas igual de sencillas que tenemos a nuestro alrededor, las gallinejas se han convertido en una humilde metáfora de la condición humana y de nuestra gris y anodina existencia. Sentados delante de un plato de gallinejas y del resto de vísceras que aquí hemos mencionado, comprobamos el espectáculo de la cruda visibilidad de nuestra propia corporeidad, miserable o apoteósica, dependiendo de nuestro punto de vista y de nuestro ánimo. Estamos, nos guste o no, hechos de lo mismo que los corderos de lechal: de menudencias, gallinejas y vísceras, a las que podemos añadir el hálito espiritual. Pero nosotros no somos distintos ni especiales. Pero a todo este mundo oculto y secreto que damos vida en nuestro recóndito interior, Gabino, con orgullo de artista, le sabe sacar partido, sin ponerse espléndido, ni melindroso, ni prepotente. Lo suyo es sacar brillo a la vulgaridad de la fritura de gallinejas. Con Gabino aprendemos que lo vulgar, transformado por nuestra pasión vital, se convierte en una experiencia apasionante. Todo depende del ánimo y del espíritu con el que uno se acerque a estas ínfimas realidades. Por eso, las gallinejas, nuestras amadas gallinejas, y los entresijos, ayudan a ver los pliegues de nuestra vida sin recovecos, de frente, disfrutando de los paisajes y espacios donde a veces entra poco la luz. Somos lo que somos gracias a la gozosa interioridad de nuestras propias gallinejas. Ellas son el símbolo de un sólido, genuino y frito realismo que refuerza nuestra débil pero orgullosa humanidad.
"Tendrás unos entresijos,
[Al mes de ir a comer al restaurante de las gallinejas, vi en el periódico la noticia de que Gabino había decidido cerrar el negocio. Los meses de pandemia, con el local cerrado y la gente recluida en sus casas, fueron la puntilla de un restaurante histórico, que merecería se conservase para que no se olviden las raíces de Madrid. Ha cerrado, pues, un trozo de la historia gastronómica de Madrid, con unas especialidades únicas que han contribuido a reforzar las señas de identidad madrileñas, asentadas en tantas costumbres y detalles como los que ha proporcionado esta freiduría].
















