sábado, 19 de septiembre de 2026

Notas para un diario: “Las gallinejas, metáfora existencialista y gastronómica”

 



          Conociendo algunas de mis manías y pasiones librescas, me han regalado Las Gallinejas, escrito por el periodista David Sanz, sobrino del protagonista del libro, Gabino Domingo, propietario de la popular “Freiduría de Gallinejas Embajadores”, en la calle madrileña del mismo nombre. 

El libro cuenta la biografía de Gabino desde que a los trece años llegó a Madrid procedente de Membrillera, un pueblo de Guadalajara, para trabajar en una freiduría que acababa de abrir una tía suya. La peripecia personal de Gabino, que acabó quedándose con el negocio cuando su tía se retiró, explica la intensa y apasionada relación de los madrileños con un producto tan atípico que ya forma parte de su idiosincrasia y carácter. Gabino ha escrito también algunos libros sobre su infancia en su pueblo natal y un puñado de poesías que han incluido en la decoración de su local.




Como se explica en el libro, las gallinejas empiezan a valorarse como alimento a mediados del siglo XIX, cuando los que trabajaban en el Matadero de Puerta de Toledo recogen las tripas de cordero que solían tirar a la basura para dárselas a los pobres y desheredados que acuden al Matadero para buscar algo que echarse a la boca. Poco a poco, algunas mujeres, la mayoría viudas y sin recursos, comienzan a freír estas menudencias en diferentes puntos de la capital con la misma estética y medios que las tradicionales vendedoras de castañas. En 1928, cuando se estrena el Mercado de Legazpi, el Ayuntamiento decide regular esta venta teniendo en cuenta el número de vendedoras ya desperdigadas por la capital y que acudían al Matadero a recoger estos despojos por la tarde. Las gallinejas y los chicharrones fritos se ponen de moda en los barrios populares y se convierten en un inesperado negocio y manjar. 

Gabino asiste a esta progresiva evolución del negocio, que alcanza su momento de esplendor a mediados de los años 70, cuando hay en Madrid, sobre todo en los barrios obreros (Embajadores, Lavapiés, Tetuán, Cuatro Caminos, Ventas, Vallecas…), más de 90 quioscos de gallinejeras. Con la llegada de la transición, bien por los cambios en los hábitos alimenticios, bien por la subida de los productos relacionados con la casquería, las gallinejas casi desaparecen como alimento. De hecho, en la década de los 90, cuando cierra el Mercado de Legazpi, apenas quedan unas pocas en pie. 

En esos años, Gabino da vueltas y vueltas al futuro de un negocio que hasta entonces era callejero e imprevisible, pues no siempre se encontraban existencias en el Matadero. Es entonces cuando decide transformar su reducido pero boyante negocio en un restaurante que, en principio, seguiría abriendo de seis de la tarde a once de la noche, como el resto de los quioscos desperdigados por la capital. Luego consiguió proveedores constantes que ya no dependían del Matadero y mejores productos (las gallinejas y el resto de vísceras pasaron a ser siempre de cordero lechal). Años después decidió abrir todo el día ya como un restaurante más. Y acertó. El negocio fue viento en popa y, en el mismo sitio, siguen vendiendo gallinejas, entresijos y otros platos en las más de treinta mesas que tiene el restaurante. Todo ello a base de esfuerzo y trabajo, como ha dejado constancia en una de sus poesías: “Me levanto a las cuatro, / no hay descanso ni parada / como mientras trabajo / y me acuesto de madrugada”.




Había oído hablar de ese restaurante, pero no lo visité hasta el otro día, animado después de la lectura de este libro que estoy comentando, del que me impactaron algunas afirmaciones de Gabino, al que ya estaba deseando conocer. La primera: “dignificar y elevar el consumo de las gallinejas y entresijos a la categoría de restaurante fue una de las satisfacciones más grandes de mi vida”. Este gesto le honra, pues desde entonces, poco a poco, dejaron de servirse en bocadillos y en cucuruchos de papel, como las castañas, y de comerse en las calles acompañados de una bota de vino. Gracias a su decisión, las gallinejas subieron de nivel social y se convirtieron en un plato normal, uno más de la cocina madrileña. La segunda: “Por aquel entonces, yo había subido al escalón más alto en el oficio de freír, porque no solo freía bien sino que me sentía fascinado con mi trabajo, creyendo que mis platos eran como obras de arte, únicos y con alma”. En una entrevista que le hicieron en la prensa, completa estas sensaciones. Afirma que “las gallinejas son pura poesía. (…) Para mí, freír y servir gallinejas, entresijos y mollejas es pintar. El cuadro alcanza la perfección cuando se ha aplicado el tiempo adecuado de fritura, la cantidad justa para los comensales y la forma de emplatarlo”. Ni Ferrán Adrià en sus mejores tiempos retóricos, cuando montó el restaurante vanguardista Bulli, ha empleado imágenes tan poéticas, revolucionarias y apasionadas al referirse a su trabajo en la cocina. 



Pero, ¿qué son las gallinejas. En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se dice que son “tripas fritas de cordero o de cabrito y que antes procedían de otros animales, que constituyen un plato popular de Madrid”. La definición ha ido cambiando con el paso de los años, adaptándose más a la realidad, aunque el resultado final tampoco es del gusto de Gabino, que ha emprendido una cruzada para que la Real Academia afine mejor en qué consisten sus queridas gallinejas. No le gusta eso de que “antes procedían de otros animales”, afirmación que considera falsa pues no está contrastada. En el libro, de manera más desarrollada, describen mucho mejor qué son desde un punto de vista quirúrgico, que es el que a los comensales más nos interesa: “dentro del cordero, en lo más profundo del animal, se encuentran un conjunto de piezas anatómicas como el estómago (los callos), el intestino delgado (parte de la gallineja) el mesenterio (entresijo), la toquilla (tela de sebo que cubre y protege todas las interioridades), además de otros elementos. Al seccionar y desmenuzar todos estos fragmentos dan lugar a varios productos de nombres populares con los que se preparan diversos platos relacionados entre sí”. 

Estas son las especialidades del restaurante de Gabino. En primer lugar, el plato por excelencia, las gallinejas, que proceden hoy día exclusivamente del cordero lechal, y que son “un producto mixto compuesto por el intestino delgado y un trozo del mesenterio (el entresijo) que a la vez contiene una molleja popularmente llamad botón”. Luego, los entresijos: “su procedencia es una especie de madeja llena de mollejitas (los folclóricos botones) que rodea y protege el intestino delgado y que una vez limpia se separa y se parte en trozos”. 

Y después, platos menos conocidos que están íntimamente relacionados con estos dos: las tiras (unos trozos de tripa cortados, con forma de tubitos, delgados y separados), los canutos (parecido a las tiras pero muchísimo más fritos, como si fuesen cortezas), los chicharrones (en su momento, igual de populares que las gallinejas, de donde proceden), los zarajos (son una tripa kilométrica del cordero que se enrolla en dos palos de sarmiento) y las mollejas, esos apéndices blancos carnosos que están situados en el cuello y junto al corazón del cordero y que son de tres tipos: botones, mollejas blancas y chorrillos. 

También se puede pedir otra especialidad de la casa, los pitos picantes. Tras la crisis de las “vacas locas”, cada vez se venden menos las mollejas negras (llamadas también pajarillas), las mollejas finas (el páncreas), las madrecillas y la ubre de vaca (el único plato que no procede del cordero lechal). Por lo general, en el restaurante se ofrece un único plato en el que se mezclan todas estas variantes y al que se pueden añadir unas patatas fritas –hechas también en la misma sartén- o una ensalada clásica. 

La visita al restaurante resultó una experiencia inolvidable y popular, como escribe David Sanz: “El olfato es verbena; el oído, arraigo; el tacto, tradición; la vista, casticismo, y el gusto, placer”. Pedimos una de esas bandejas en la que hay de todo, la mejor manera de apreciar la variedad de menudencias y aprender así a distinguirlas. Me encantó la decoración del local, sencilla, castiza y nada pretenciosa. Me llamaron la atención las fotografías de algunos famosos y más todavía las fotografías de familias enteras anónimas comiendo en el restaurante, una de las debilidades de Gabino, al que no llegamos a conocer, una pena. La visita confirmó lo que intuía: aquello es el Templo donde las gallinejas han ocupado el privilegiado lugar que les corresponde dentro de la gastronomía popular de Madrid. A esto dedica Gabino otro de sus poemas: “¿Qué son las gallinejas? / preguntaba una paisana / y le dijo con gracia una vecina: / -“Mira chica, no hay comida / en Madrid, tan rica y castiza / y con tan buenos sabores / como las gallinejas que sirven / en la calle de Embajadores”.




Como otras cosas igual de sencillas que tenemos a nuestro alrededor, las gallinejas se han convertido en una humilde metáfora de la condición humana y de nuestra gris y anodina existencia. Sentados delante de un plato de gallinejas y del resto de vísceras que aquí hemos mencionado, comprobamos el espectáculo de la cruda visibilidad de nuestra propia corporeidad, miserable o apoteósica, dependiendo de nuestro punto de vista y de nuestro ánimo. Estamos, nos guste o no, hechos de lo mismo que los corderos de lechal: de menudencias, gallinejas y vísceras, a las que podemos añadir el hálito espiritual. Pero nosotros no somos distintos ni especiales. Pero a todo este mundo oculto y secreto que damos vida en nuestro recóndito interior, Gabino, con orgullo de artista, le sabe sacar partido, sin ponerse espléndido, ni melindroso, ni prepotente. Lo suyo es sacar brillo a la vulgaridad de la fritura de gallinejas. Con Gabino aprendemos que lo vulgar, transformado por nuestra pasión vital, se convierte en una experiencia apasionante. Todo depende del ánimo y del espíritu con el que uno se acerque a estas ínfimas realidades. Por eso, las gallinejas, nuestras amadas gallinejas, y los entresijos, ayudan a ver los pliegues de nuestra vida sin recovecos, de frente, disfrutando de los paisajes y espacios donde a veces entra poco la luz. Somos lo que somos gracias a la gozosa interioridad de nuestras propias gallinejas. Ellas son el símbolo de un sólido, genuino y frito realismo que refuerza nuestra débil pero orgullosa humanidad. 


"Tendrás unos entresijos,

crujientes y bien dorados,
que alimentan a los hijos
de este Madrid adorado."


[Al mes de ir a comer al restaurante de las gallinejas, vi en el periódico la noticia de que Gabino había decidido cerrar el negocio. Los meses de pandemia, con el local cerrado y la gente recluida en sus casas, fueron la puntilla de un restaurante histórico, que merecería se conservase para que no se olviden las raíces de Madrid. Ha cerrado, pues, un trozo de la historia gastronómica de Madrid, con unas especialidades únicas que han contribuido a reforzar las señas de identidad madrileñas, asentadas en tantas costumbres y detalles como los que ha proporcionado esta freiduría].

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Notas para un diario: "La señora Estupenda"

 


  [Rescato un texto que aparece en mi diario La suerte de conocerte, que publiqué en 2021. Luego lo amplié un poco cuando apareció también en Libro de familia. Está dedicado a mi madre, que acaba de fallecer, el 4 de septiembre de 2026].

Desde hace años, ha sido la respuesta habitual de mi madre cuando preguntabas qué tal estaba: «Estupendamente. Muy bien. No me duele nada». Eso era lo que decía cuando vivía en casa con mi hermano Alberto, luego con mi hermana Mari Carmen y después en la Residencia, donde lleva ya unos años. Algunos de mis amigos, cuando me preguntan por ella, siempre me dicen: «¿Qué tal está la señora Estupenda?». La verdad es que da gusto. Tiene un carácter fenomenal, positivo, que le ha llevado durante toda su vida a adaptarse a lo que tocaba, sin hacer melodramas sino con total espíritu de servicio y naturalidad, a pesar de los pesares. Y eso lo ha sabido contagiar al resto de la familia. 

            Hace poco lo comentábamos entre todos los hermanos, cuando estuvimos con ella merendando en un centro comercial cercano a la Residencia donde está. Absolutamente todo le parece bien. Y su actitud ante la vida es contagiosa y repleta de un sano sentido del humor. 

            Mi madre, desde siempre, acepta las cosas con total normalidad, porque es lo que toca, ahora en la Residencia, antes en casa de mi hermana Mari Carmen y desde siempre en su casa, viuda desde hace la tira de años, cuidando de esta familia numerosa con naturalidad. 

La “señora Estupenda” hace todo lo que esté al alcance de su mano para que nosotros, sus hijos, no nos preocupemos por nada. «Dile a tus hermanos que estoy muy bien, que como bien, que duermo bien. Que estoy muy contenta y que aquí me tratan muy bien. Estoy estupendamente». «Y si no –dice a la vez que señala su bastón–, aquí tengo yo esto para poner la cosas en su sitio». Siempre saca el lado bueno de todo y siempre manifiesta una actitud abierta a disfrutar de lo que sea –un baile, una partida de cartas, el dominó, un bingo, etc.– porque de lo que se trata es de pasarlo bien, adaptarse a lo que venga y no dar la brasa.

Así ha sido toda su vida, que como la de tantas personas de su generación no fue nada fácil. Vivió la guerra civil y la posguerra, trabajando desde muy pronto para ayudar a su familia, también numerosa. Vivió momentos complicados, que supo superar gracias a su equilibrado carácter. Ya en Vallecas, los hijos se sucedieron a un ritmo vertiginoso. Menos mal que pudo contar con la ayuda de mi hermana mayor, también una madre para todos nosotros. Las dos sortearon las muchas dificultades de su tiempo y salieron adelante gracias a su abnegación, metida en su ADN. Las dos son las que han dado forma a una familia que, como todas, tiene su peculiar estilo y sus singulares señas de identidad. Mi padre se nos fue pronto, pero ya éramos todos, menos el Richar, mayores, y supimos encontrar cada uno nuestro camino, con errores y también aciertos. Eso sí, siempre nuestra madre estaba detrás, manteniendo la casa, trabajando sin parar para que no nos faltase de nada. Nunca fue una madre posesiva ni agonías, tampoco con las necesidades económicas que teníamos, que no eran pocas. Todos pusimos de nuestra parte para que cada uno fuera encontrando su sitio y facilitar las cosas a mi madre. Y ella llevó todo esto con ese carácter que tiene, despreocupado y viendo el lado positivo de todo.

Cuando la mayoría volamos de manera independiente, disfrutó lo que pudo de la vida, aunque también dedicó unos años a cuidar de su padre, mi abuelo Pepe, que vivió hasta los 99 años. Los días que tenía que estar con mi abuelo, nos dejaba todo preparado, sabiendo que éramos unos inútiles en la cocina (una vez, incluso, tuvimos que llamar a una vecina para que nos ayudase a abrir una lata).

Conseguimos que se fuese a algunos viajes del Imserso, donde disfrutó de lo lindo apuntándose a todas las actividades y ganando hasta premios de baile. Tuvo la suerte de irse muchos años a Cullera con una amiga también viuda. A Cullera iba además un matrimonio del que mi madre contaba muchas cosas divertidas de su proverbial tacañería, a pesar de tener dinero. Vivió en el piso de toda la vida hasta los 85 años. Salía mucho a la calle. Siempre desayunaba fuera de casa, donde Ángel, en Arroyo del Olivar, y luego bajaba a Dones todas las tardes a merendar con otras señoras. A los 85 se fue a vivir con mi hermana Mari Carmen y mis sobrinos Rubén y Sergio a San Fernando de Henares. Y luego, a la Residencia Concesol, en Condesa de Venadito, una residencia pequeña, familiar y muy profesional, de la que todos estamos muy contentos, también mi madre.

Todo esto, sin traumas. Aceptando que las cosas son así, que es lo mejor para todos, también para ella. Y ahí sigue, apuntándose a un bombardeo. Jugando a las cartas y al dominó (y haciendo trampas). Bailando en los días de fiesta. Disfrutando de los días de visita. Comiendo jamón (un espectacular jamón) cuando la llevamos a Delikatia, un bar del centro comercial al que tendríamos que hacer un monumento (especialmente a Santi y José por el trato tan cariñoso y familiar que han dado a mi madre). Siempre nerviosa abriendo los regalos de cumpleaños y de Reyes. Coqueta con su peinado y su pintura de labios y sus uñas arregladas. Y siempre riéndose, su mejor herencia (porque de la otra, no hay nada de nada).




martes, 25 de agosto de 2026

Biblioterapia: recetas literarias para tiempos de crisis




Escribo en Aceprensa sobre la Biblioterapia, cuando la lectura de un libro adquiere un objetivo terapéutico. Y lo hago a propósito de dos libros recientes que abordan, desde diferentes puntos de vista, este asunto. 

“La literatura inspira, acompaña, consuela y, en ocasiones, transforma la manera en que entendemos nuestra propia vida”, escribe Molly Masters en Biblioterapia, un libro recientemente traducido al español y dedicado a resaltar el valor terapéutico que puede tener la literatura para muchas personas. Una tesis parecida defiende la psicóloga Verónica Sarría Higalgo en Terapia cultural, que amplía su campo de estudio a otras manifestaciones culturales como el cine, la pintura y la escultura. 

Ver artículo en ACEPRENSA.

sábado, 22 de agosto de 2026

Entrevista en "vozpópuli"

 


    Álvaro Gil, articulista, profesor y un buen dinamizador cultural, me ha hecho una entrevista en el periódico digital "vozpópuli" sobre mi labor como crítico literario. Abordo algunos asuntos de actualidad y, en la última pregunta, recomiendo algunos títulos de entre lo mucho que se ha publicado en la primera mitad de 2026.

Ver entrevista.

martes, 18 de agosto de 2026

20 imprescindibles de la novela policiaca británica


 

    Aunque el género de la novela policiaca no conoce fronteras, Reino Unido es, sin duda, uno de los países en los que este adquirió un estilo genuino. Seleccionamos en este artículo veinte obras de autores británicos y publicadas o reeditadas en los últimos años: desde novelas imprescindibles de autores clásicos a otras, las menos, de autores contemporáneos. Todas siguen dando vida a un género variado, versátil, poliédrico, que conecta muy bien con las inquietudes y gustos de los lectores actuales. 

    Ver artículo en Aceprensa.

jueves, 13 de agosto de 2026

Notas para un diario: "De estación en estación"


            -Me voy a Sevilla, a pasar unos días, y de allí a Cádiz, una semana más. No está mal. 

            Me lo encontré en el pasillo de la estación de Atocha que da a las entradas del AVE. Iba con una maleta con ruedas muy coqueta. No le faltaba nada para parecer un consumado turista: gafas reflectantes, gorro de paja muy veraniego, bermudas de un verde chillón, niki azul con una deslumbrante puesta de sol, sandalias playeras y una bandolera del coronel Tapioca. 

            Yo iba a coger el tren para Granada, donde tenía pensando pasar unos días. Cinco días. Regresé también en tren. Más o menos a la altura de la salida, casi en el mismo pasillo, me lo volví a encontrar. 

            -Pero, Javi, ¿no estabas en Cádiz?

            Salvo el niki, que ahora era rojo, también con la misma puesta de sol, llevaba la misma pinta.

            -Al final, solo pude estar en Sevilla. Se suspendió lo de Cádiz. Pero ahora me voy a Salou. Una semanita. A cuerpo de rey. ¿Qué tal tu viaje?

            No es que tuviera mucha confianza con él. Pero lo conocía desde hace años. Era muy amigo de mi hermano Ángel. Como él, trabajaba de vigilante de seguridad, aunque como tiene una discapacidad de no sé qué, ya es pensionista. Hablamos de mi viaje y él se enrolló lo suyo para contarme sus días de Sevilla, espectaculares, llenos de fiestas y de juergas, aunque todo me pareció un tanto exagerado. Al rato, nos despedimos, yo rumbo al metro.

            Cuatro o cinco días después, tuve que volver a ir a Atocha. Para ir a ver a Pepe al hospital Laguna, prefería no coger el coche. Me había aficionado al Cercanías, que pillaba en Atocha. En solo dos paradas, estaba al lado del hospital. Al salir del metro de Atocha, en el pasillo, me pareció ver al lado de una cafetería otra vez a Javi. Le vi de lejos. Decidí no hacerme el encontradizo y seguirle un rato desde la distancia. Enfiló el pasillo de la conexión con los AVE. Iba tranquilo. Yo diría que orgulloso. Se notaba que iba disfrutando. Una vez más, lucía los mismos elementos decorativos que el primer día, con un nuevo cambio de color en el niki, ahora blanco pero con la misma e impactante puesta de sol. Iba recorriendo sucesivamente las entradas a los diferentes destinos que salen de Atocha, todos para Andalucía, Aragón, Barcelona, el Mediterráneo… No tenía ninguna prisa. Miraba las horas de salida y de entrada con absoluta parsimonia. Al llegar al final del todo, dio medio vuelta y enfiló otra vez el pasillo rumbo a la conexión con el Metro y los trenes de cercanías. En ese momento se me hizo tarde y tuve que abandonar mi espionaje y salir zumbando para Laguna. 



            Reconozco que estaba intrigado. Me lo había encontrado las últimas tres veces que había ido a Atocha, siempre igual, preparado para realizar algún viaje turístico. 

            Me gustan estos retos. Decidí esperar un par de días y el 19 de agosto, jueves, volví a la estación de Atocha a la misma hora. Esta vez iba sin prisas, con tiempo para ver qué hacía Javi si volvía a encontrarme con él.

            Y de nuevo le vi casi al final del pasillo, donde acaban los trenes del AVE, en una cafetería. Volví a ocultarme. Desde lejos, vi cómo apuraba un café y volvía a ponerse de pie, colocándose bien la bandolera, las gafas de sol, el sombrero y con su reluciente maleta de ruedas. El niki era negro, también con la dichosa y refrescante puesta de sol. Subió rumbo a Atocha Renfe. En un momento dado, saludó a alguien, a quien le explicaría lo mismo que me dijo a mí el primer día: “Me voy a Sevilla y luego unos días a Cádiz”. Se despidieron efusivamente. Sólo pude oír la despedida de la otra persona: “¡Que lo pases bien en Cádiz!”. Javi subió hasta cerca de la entrada a los trenes de Cercanías y se dio la vuelta. Volvió a recorrer el pasillo lleno de cafeterías y tiendas. Iba feliz. Como un turista más. Levantando seguro que comentarios envidiosos entre los que se iban cruzando con él. Al llegar al final, dio medio vuelta y tranquilamente se dirigió a la salida, donde había cientos de taxis para recoger a los turistas. Vi cómo se montaba en uno de ellos y desapareció.

            El 21, sábado, por la tarde, volví a repetir la jugada. Me estaba aficionando a la estación de Atocha. Ya conocía con detalle los nombres de las cafeterías, y de la agencia de viajes, y el del concesionario de coches de alquiler y los bares de comida rápida y de chuches y de periódicos, libros y revistas. Un submundo dentro de otro mundo. Allí todo era genuino y especial, y más en estas fechas de vacaciones, cuando el ambiente es muy distinto a otras épocas del año, donde en estos sitios solo se ven a ejecutivos, representantes, empresarios, trabajadores que van y vienen a realizar gestiones en la capital o en otras ciudades, sin apenas maletas, con el ordenador a mano y los teléfonos móviles echando humo. Algún turista despistado, antes de la pandemia la mayoría japoneses o chinos. 



Ahora, en pleno agosto, el ambiente era muy distinto. Familias enteras vestidas todas como si fuesen ya a entrar en la playa, jubilados con sus uniformes de jubilados de verano, señores solos con cara de Rodríguez, parejas risueñas que quizás van a disfrutar sus primeras vacaciones juntos. En medio de ese ambiente jovial, desestresado, me di cuenta que Javi se encontraba cómodo, en su salsa, a gusto, olvidando quizás su triste realidad. Un necesario paréntesis para poder afrontar el resto de su existencia. Y allí estaba otra vez; de nuevo se repitieron los saludos. Le pregunté que qué tal le había ido en Salou. “Fenomenal. Unos días inolvidables. Te lo recomiendo”. Y me habló de Salou con pelos y señales, con todo lujo de detalles, lo mismo que hizo el otro día cuando me habló de Sevilla. Ni que decir tiene que volvía a repetir el vestuario, ahora con un niki amarillo con una puesta de sol de un rojo estrepitoso. Su rostro encarnaba la completa felicidad. Le dije que estaba esperando a un amigo que venía de Valencia. Y sin inmutarse me habló de que él iba a pasar unos días a Alicante, en casa de unos antiguos compañeros de trabajo, donde todos los años suele pasar algunas temporadas en el verano. Le deseé felices vacaciones y nos despedimos. 

Volví a esconderme, a contemplar sus movimientos desde lejos. Entró en la cafetería, se tomó esta vez un Aquarius, que alargó todo lo que pudo. Cuando terminó, se colocó bien su bandolera, el sombrero, las gafas, agarró la maleta y se volvió a dirigir a la salida, para pillar otra vez un taxi de regreso a casa como un orgulloso turista. 

sábado, 25 de julio de 2026

Notas para un diario: "Vacaciones en... Cazalegas y la Boca del Asno"

 


        Los recuerdos más exóticos y entrañables de mi infancia tienen que ver con las excursiones que montaba la peña rayista Los Amigos, que tenía su sede en el bar Guerrero, en la misma calle donde vivíamos, y de la que mi padre era uno de los estandartes. Estas excursiones, mis inolvidables veraneos durante muchos años, tenían lugar los domingos de los meses de julio y agosto. Durante el año, las excursiones se organizaban para ir a animar al equipo del Rayo cuando jugaba fuera de casa. En el verano, nos especializábamos en las salidas al pantano de Cazalegas y la Boca del Asno, lugares que han quedado fijados (e idealizados) en mi memoria. 

Salíamos muy pronto, a las seis de la mañana. Antes, había que preparar bien las tarteras y todo lo que necesitábamos para pasar el día en el campo: la nivea, un balón de fútbol, unas aletas, las toallas, las bolsas de la comida... La primera parte del viaje en autocar era bastante tranquila, pues todos íbamos medio dormidos, sobre todo los más pequeños. Pero luego la cosa se animaba y cuando salíamos de Madrid empezaban las canciones. Mi padre solía ser el animador oficial, el que despertaba a todos, el que empezaba a contar chistes y a cantar. Aunque los lugares a los que íbamos estaban relativamente cerca, había tal atasco los domingos por la mañana, incluso madrugando, que solíamos llegar a eso de las doce a nuestro destino. Nada más llegar, lo primero era coger sitio en las mesas de los chiringuitos, tarea ardua y complicada que exigía una velocidad de vértigo. 

Nosotros, como éramos siete, salíamos del autocar sin contemplaciones y avasallando, sin cortarnos un pelo: primero, la avanzadilla para reservar los sitios; los de atrás, con mi hermano Toñín, se dedicaban a entorpecer a los demás para que no nos adelantasen. La táctica solía salir bien. Hay que tener en cuenta, además, que a los chiringuitos llegaban antes los que viajaban en coche, los domingueros profesionales, que siempre cogían los mejores sitios. Egoístas.



Luego venía el partido de fútbol, siempre casados contra solteros. Mi padre, que había jugado mucho al futbol cuando era joven (y nos pegó a toda la familia lo que para él era más que una pasión), conservaba de mayor un toque de balón de jugador de primera división. Metía buenos trallazos cuando la pillaba, aunque le fallaba, como era lógico, la fuerza física. Después, el baño. En Cazalegas era más fácil bañarse que en la Boca del Asno. La playa tenía una arena pegajosa y legamosa y el agua nunca estaba fría. Eran baños un tanto salvajes, donde más que disfrutar del ambiente bucólico lo que había eran constantes peleas y ahogadillas. En la Boca del Asno, el río a veces se detenía en pequeñas pozas donde podíamos tirarnos desde alguna roca y bañarnos con más libertad, pero por lo general había mucha gente para tan poco río y, además, el agua solía estar muy fría. 



Después, la comida. Por supuesto que mi padre ya había invitado a tres o cuatro que se habían presentado a la excursión con un solo bocadillo de sardinas. Se sentaban con nosotros y disfrutaban de la comida que había preparado mi madre: los inexcusables filetes empanados, croquetas, ensalada, el vino con casera (que comprábamos en el chiringuito) y, de postre, la sandía, que solíamos dejar en algún rincón del pantano para que se enfriase. Tras la comida, las inevitables dos horas y media de digestión, que se convertían en una siesta –los más mayores– y una excursión por la zona, que era nuestro caso, aunque había poco que ver. Otro partido por la tarde, otro baño y una merienda-cena, pues solíamos coger el autobús de vuelta a eso de las nueve de la noche. 



El regreso era más animado, con constantes canciones, chistes e incluso algún sorteo de la Peña. Si nadie se animaba a cantar, se ponía música con canciones de esas que suelo llamar de “atrás de autocar”, de las que se sabe todo el mundo, antes y ahora. Otra vez eran agotadores los atascos, que acababan con nuestra paciencia y ganas de juerga. A eso de las doce, empezábamos a dormir, agotados del día. El autocar solía llegar a Guerrero a las dos o las tres de la mañana. Y habíamos recorrido, en el caso de Cazalegas, apenas cien kilómetros. A nosotros nos parecía una gesta. Como decía sobre esos años de infancia mi hermana Loli, «las hemos pasado putas, pero también lo hemos pasado muy bien».