jueves, 13 de agosto de 2026

Notas para un diario: "De estación en estación"


            -Me voy a Sevilla, a pasar unos días, y de allí a Cádiz, una semana más. No está mal. 

            Me lo encontré en el pasillo de la estación de Atocha que da a las entradas del AVE. Iba con una maleta con ruedas muy coqueta. No le faltaba nada para parecer un consumado turista: gafas reflectantes, gorro de paja muy veraniego, bermudas de un verde chillón, niki azul con una deslumbrante puesta de sol, sandalias playeras y una bandolera del coronel Tapioca. 

            Yo iba a coger el tren para Granada, donde tenía pensando pasar unos días. Cinco días. Regresé también en tren. Más o menos a la altura de la salida, casi en el mismo pasillo, me lo volví a encontrar. 

            -Pero, Javi, ¿no estabas en Cádiz?

            Salvo el niki, que ahora era rojo, también con la misma puesta de sol, llevaba la misma pinta.

            -Al final, solo pude estar en Sevilla. Se suspendió lo de Cádiz. Pero ahora me voy a Salou. Una semanita. A cuerpo de rey. ¿Qué tal tu viaje?

            No es que tuviera mucha confianza con él. Pero lo conocía desde hace años. Era muy amigo de mi hermano Ángel. Como él, trabajaba de vigilante de seguridad, aunque como tiene una discapacidad de no sé qué, ya es pensionista. Hablamos de mi viaje y él se enrolló lo suyo para contarme sus días de Sevilla, espectaculares, llenos de fiestas y de juergas, aunque todo me pareció un tanto exagerado. Al rato, nos despedimos, yo rumbo al metro.

            Cuatro o cinco días después, tuve que volver a ir a Atocha. Para ir a ver a Pepe al hospital Laguna, prefería no coger el coche. Me había aficionado al Cercanías, que pillaba en Atocha. En solo dos paradas, estaba al lado del hospital. Al salir del metro de Atocha, en el pasillo, me pareció ver al lado de una cafetería otra vez a Javi. Le vi de lejos. Decidí no hacerme el encontradizo y seguirle un rato desde la distancia. Enfiló el pasillo de la conexión con los AVE. Iba tranquilo. Yo diría que orgulloso. Se notaba que iba disfrutando. Una vez más, lucía los mismos elementos decorativos que el primer día, con un nuevo cambio de color en el niki, ahora blanco pero con la misma e impactante puesta de sol. Iba recorriendo sucesivamente las entradas a los diferentes destinos que salen de Atocha, todos para Andalucía, Aragón, Barcelona, el Mediterráneo… No tenía ninguna prisa. Miraba las horas de salida y de entrada con absoluta parsimonia. Al llegar al final del todo, dio medio vuelta y enfiló otra vez el pasillo rumbo a la conexión con el Metro y los trenes de cercanías. En ese momento se me hizo tarde y tuve que abandonar mi espionaje y salir zumbando para Laguna. 



            Reconozco que estaba intrigado. Me lo había encontrado las últimas tres veces que había ido a Atocha, siempre igual, preparado para realizar algún viaje turístico. 

            Me gustan estos retos. Decidí esperar un par de días y el 19 de agosto, jueves, volví a la estación de Atocha a la misma hora. Esta vez iba sin prisas, con tiempo para ver qué hacía Javi si volvía a encontrarme con él.

            Y de nuevo le vi casi al final del pasillo, donde acaban los trenes del AVE, en una cafetería. Volví a ocultarme. Desde lejos, vi cómo apuraba un café y volvía a ponerse de pie, colocándose bien la bandolera, las gafas de sol, el sombrero y con su reluciente maleta de ruedas. El niki era negro, también con la dichosa y refrescante puesta de sol. Subió rumbo a Atocha Renfe. En un momento dado, saludó a alguien, a quien le explicaría lo mismo que me dijo a mí el primer día: “Me voy a Sevilla y luego unos días a Cádiz”. Se despidieron efusivamente. Sólo pude oír la despedida de la otra persona: “¡Que lo pases bien en Cádiz!”. Javi subió hasta cerca de la entrada a los trenes de Cercanías y se dio la vuelta. Volvió a recorrer el pasillo lleno de cafeterías y tiendas. Iba feliz. Como un turista más. Levantando seguro que comentarios envidiosos entre los que se iban cruzando con él. Al llegar al final, dio medio vuelta y tranquilamente se dirigió a la salida, donde había cientos de taxis para recoger a los turistas. Vi cómo se montaba en uno de ellos y desapareció.

            El 21, sábado, por la tarde, volví a repetir la jugada. Me estaba aficionando a la estación de Atocha. Ya conocía con detalle los nombres de las cafeterías, y de la agencia de viajes, y el del concesionario de coches de alquiler y los bares de comida rápida y de chuches y de periódicos, libros y revistas. Un submundo dentro de otro mundo. Allí todo era genuino y especial, y más en estas fechas de vacaciones, cuando el ambiente es muy distinto a otras épocas del año, donde en estos sitios solo se ven a ejecutivos, representantes, empresarios, trabajadores que van y vienen a realizar gestiones en la capital o en otras ciudades, sin apenas maletas, con el ordenador a mano y los teléfonos móviles echando humo. Algún turista despistado, antes de la pandemia la mayoría japoneses o chinos. 



Ahora, en pleno agosto, el ambiente era muy distinto. Familias enteras vestidas todas como si fuesen ya a entrar en la playa, jubilados con sus uniformes de jubilados de verano, señores solos con cara de Rodríguez, parejas risueñas que quizás van a disfrutar sus primeras vacaciones juntos. En medio de ese ambiente jovial, desestresado, me di cuenta que Javi se encontraba cómodo, en su salsa, a gusto, olvidando quizás su triste realidad. Un necesario paréntesis para poder afrontar el resto de su existencia. Y allí estaba otra vez; de nuevo se repitieron los saludos. Le pregunté que qué tal le había ido en Salou. “Fenomenal. Unos días inolvidables. Te lo recomiendo”. Y me habló de Salou con pelos y señales, con todo lujo de detalles, lo mismo que hizo el otro día cuando me habló de Sevilla. Ni que decir tiene que volvía a repetir el vestuario, ahora con un niki amarillo con una puesta de sol de un rojo estrepitoso. Su rostro encarnaba la completa felicidad. Le dije que estaba esperando a un amigo que venía de Valencia. Y sin inmutarse me habló de que él iba a pasar unos días a Alicante, en casa de unos antiguos compañeros de trabajo, donde todos los años suele pasar algunas temporadas en el verano. Le deseé felices vacaciones y nos despedimos. 

Volví a esconderme, a contemplar sus movimientos desde lejos. Entró en la cafetería, se tomó esta vez un Aquarius, que alargó todo lo que pudo. Cuando terminó, se colocó bien su bandolera, el sombrero, las gafas, agarró la maleta y se volvió a dirigir a la salida, para pillar otra vez un taxi de regreso a casa como un orgulloso turista. 

sábado, 25 de julio de 2026

Notas para un diario: "Vacaciones en... Cazalegas y la Boca del Asno"

 


        Los recuerdos más exóticos y entrañables de mi infancia tienen que ver con las excursiones que montaba la peña rayista Los Amigos, que tenía su sede en el bar Guerrero, en la misma calle donde vivíamos, y de la que mi padre era uno de los estandartes. Estas excursiones, mis inolvidables veraneos durante muchos años, tenían lugar los domingos de los meses de julio y agosto. Durante el año, las excursiones se organizaban para ir a animar al equipo del Rayo cuando jugaba fuera de casa. En el verano, nos especializábamos en las salidas al pantano de Cazalegas y la Boca del Asno, lugares que han quedado fijados (e idealizados) en mi memoria. 

Salíamos muy pronto, a las seis de la mañana. Antes, había que preparar bien las tarteras y todo lo que necesitábamos para pasar el día en el campo: la nivea, un balón de fútbol, unas aletas, las toallas, las bolsas de la comida... La primera parte del viaje en autocar era bastante tranquila, pues todos íbamos medio dormidos, sobre todo los más pequeños. Pero luego la cosa se animaba y cuando salíamos de Madrid empezaban las canciones. Mi padre solía ser el animador oficial, el que despertaba a todos, el que empezaba a contar chistes y a cantar. Aunque los lugares a los que íbamos estaban relativamente cerca, había tal atasco los domingos por la mañana, incluso madrugando, que solíamos llegar a eso de las doce a nuestro destino. Nada más llegar, lo primero era coger sitio en las mesas de los chiringuitos, tarea ardua y complicada que exigía una velocidad de vértigo. 

Nosotros, como éramos siete, salíamos del autocar sin contemplaciones y avasallando, sin cortarnos un pelo: primero, la avanzadilla para reservar los sitios; los de atrás, con mi hermano Toñín, se dedicaban a entorpecer a los demás para que no nos adelantasen. La táctica solía salir bien. Hay que tener en cuenta, además, que a los chiringuitos llegaban antes los que viajaban en coche, los domingueros profesionales, que siempre cogían los mejores sitios. Egoístas.



Luego venía el partido de fútbol, siempre casados contra solteros. Mi padre, que había jugado mucho al futbol cuando era joven (y nos pegó a toda la familia lo que para él era más que una pasión), conservaba de mayor un toque de balón de jugador de primera división. Metía buenos trallazos cuando la pillaba, aunque le fallaba, como era lógico, la fuerza física. Después, el baño. En Cazalegas era más fácil bañarse que en la Boca del Asno. La playa tenía una arena pegajosa y legamosa y el agua nunca estaba fría. Eran baños un tanto salvajes, donde más que disfrutar del ambiente bucólico lo que había eran constantes peleas y ahogadillas. En la Boca del Asno, el río a veces se detenía en pequeñas pozas donde podíamos tirarnos desde alguna roca y bañarnos con más libertad, pero por lo general había mucha gente para tan poco río y, además, el agua solía estar muy fría. 



Después, la comida. Por supuesto que mi padre ya había invitado a tres o cuatro que se habían presentado a la excursión con un solo bocadillo de sardinas. Se sentaban con nosotros y disfrutaban de la comida que había preparado mi madre: los inexcusables filetes empanados, croquetas, ensalada, el vino con casera (que comprábamos en el chiringuito) y, de postre, la sandía, que solíamos dejar en algún rincón del pantano para que se enfriase. Tras la comida, las inevitables dos horas y media de digestión, que se convertían en una siesta –los más mayores– y una excursión por la zona, que era nuestro caso, aunque había poco que ver. Otro partido por la tarde, otro baño y una merienda-cena, pues solíamos coger el autobús de vuelta a eso de las nueve de la noche. 



El regreso era más animado, con constantes canciones, chistes e incluso algún sorteo de la Peña. Si nadie se animaba a cantar, se ponía música con canciones de esas que suelo llamar de “atrás de autocar”, de las que se sabe todo el mundo, antes y ahora. Otra vez eran agotadores los atascos, que acababan con nuestra paciencia y ganas de juerga. A eso de las doce, empezábamos a dormir, agotados del día. El autocar solía llegar a Guerrero a las dos o las tres de la mañana. Y habíamos recorrido, en el caso de Cazalegas, apenas cien kilómetros. A nosotros nos parecía una gesta. Como decía sobre esos años de infancia mi hermana Loli, «las hemos pasado putas, pero también lo hemos pasado muy bien». 

 

viernes, 24 de julio de 2026

Mis clásicos: "Vida de Manolo", de Josep Pla


            En 1928, cuando se publica este libro, Josep Pla ya era un conocido escritor con una intensa actividad periodística y literaria a sus espaldas. Además, tenía la habilidad de transformar cualquier tema en materia para sus libros, como puede apreciarse en su magnífico diario El cuaderno gris, una de sus obras más importantes de los 45 volúmenes que componen sus obras completas. Junto con su diario, Vida de Manolo es otra de sus obras más valoradas. La publicó en 1928 en catalán y en 1930 en castellano y en ella cuenta la vida del escultor Manolo Hugué (1872-1925), al que conoció en 1919, en la tertulia que ambos frecuentaban en el café Lyon d’Or, de Barcelona. 

La vida y el carácter de Hugué son apasionantes. Tras una azarosa juventud, se trasladó a París, donde vivió una bohemia hambrienta, nada estilizada, hasta que consiguió abrirse camino como escultor. En París convivió con Picasso y otros muchos artistas españoles y extranjeros. Tras la Primera Guerra Mundial, regresó a Barcelona. Más que los hechos que se cuentan, interesantes, lo más que sobresale es la prosa de Pla, dúctil y de gran calidad. 


Vida de Manolo

Josep Pla

Libros del Asteroide. Barcelona (2008). 

168 págs. 16,95 €.

sábado, 18 de julio de 2026

Notas para un diario: "Mi agitada vida social"


        Mi vida social, como la de muchos de mi generación, se reduce cada vez más a los tanatorios y funerales (y las esporádicas visitas al médico). Tal es así que las bodas las ves como una inoportuna desgracia. He asimilado totalmente ir a los tanatorios; no consigo encajar bien las invitaciones a una boda. En mi familia solemos repetir que donde esté un buen tanatorio que se quite una boda. 

        Las bodas son caras, cursis, pretenciosas. Sacan el lado más viscoso de las personas. No me gustan los modelitos, ni las frasecitas, ni las fotos, ni la parafernalia. Me encuentro cómodo en la sobriedad y austeridad de los tanatorios. No hay que disfrazarse, no hay que soltar pasta, no hay que hacer el ridículo, no hay que decir mentiras («qué guapa y elegante estás») y no hay que aguantar las “originalidades” con las que algunos y algunas decoran sus bodas. Me da grima la horterada. Soy de las bodas de antes, de las que no había que hacer nada: dar un beso a todos los familiares y sentarse a comer y beber hasta perder el sentido. Y ya está. 

            En los tanatorios, es cierto, se pasa un poco mal, pero solamente los primeros minutos, cuando ves al viudo o la viuda, o a tus primos y primas, o a tu tío o tía, o a tus vecinos y vecinas, pero una vez superado el relato del fallecimiento y del inevitable “ha dejado de sufrir”, viene lo mejor: los inesperados encuentros con amigos que hace tiempo no veías, con familiares ocultos, con conocidos lejanos que tu memoria ya había borrado. Y, de pronto, aparecen los recuerdos, las risas, las anécdotas. Y a la media hora estás en el bar del tanatorio como si tal cosa, como si fuera una celebración más, poniéndote al día de nacimientos, enfermedades, trabajos, suicidios, cambios de domicilio, muertes, etc. Has ido, además, con la ropa de siempre, sin necesidad de comprarte una camisa y una corbata. Total naturalidad. No hay que disimular nada. Ni aparentar. No hay que impostar. Y no hay que bailar la conga. 

Si tienes suerte, encima te puedes llevar el último número de “Adiós”, la revista de los tanatorios, que informa sobre los últimos avances tecnológicos en necrología, los modelos más solicitados de urnas para las cenizas, epitafios históricos y cómicos, precios de entierros, cápsulas aéreas para que tus cenizas vayan al espacio, reportajes sobre cementerios famosos, qué hacían con sus muertos los sumerios… En fin, que donde esté un buen tanatorio…






viernes, 17 de julio de 2026

La novela española en el siglo XXI: Algunas señas de identidad (Parte I)


   

     Me publican en la web de la revista Nuestro Tiempo un artículo sobre la novela española en el siglo XXI. Se trata de una empresa complicada y difícil, pues a la cantidad inabarcable de autores que publican en España, no es fácil destacar unas visibles señas de identidad que se compartan. Menciono a muchos autores, pero seguro -segurísimo- que me he dejado otros muchos autores en el tintero. Pido perdón por no citarlos.

     En la primera parte del artículo, que es la que se ha publicado, destaco algunas señas de identidad (muy personales) y los géneros más de moda que frecuentan nuestros autores. En la segunda parte, que saldrá el mes de agosto, hablo, porque me parece que en el contexto actual es determinante, de lo que rodea el mundo literario: el peso de las editoriales y de la sociología.

VER ARTÍCULO.

sábado, 11 de julio de 2026

Mis clásicos: "Me voy con vosotros para siempre", de Fred Chappell.

 


                Escrita como si se tratasen de los recuerdos infantiles del narrador, esta divertida novela cuenta la infancia de Jess en una granja de Carolina del Norte. Allí viven su padre, ocurrente y gamberro, su madre, que ejerce de maestra, y la abuela, que lleva el control de la granja. La última persona que se integra en la vida familiar es Johnson Gibbs, un adolescente huérfano que contratan como bracero. Jess describe la vida doméstica en la granja, salpicada de desternillantes y ocurrentes anécdotas protagonizadas por sus familiares. 

            Y es que la monotonía de la granja se rompe de vez en cuando con la llegada de tíos y tías, parientes de su madre, cada uno más extravagante que el anterior. El tío Luden es un inocente mujeriego; el tío Zeno, un contador de historias interminables; la barba del tío Gurton parece interminable; y el Tío Runkin viaja con su lúgubre ataúd buscando la frase perfecta para su epitafio. Ésta es la primera novela que se traduce de Fred Chappell (1936), considerado uno de los mejores escritores actuales del Sur de Estados Unidos.



Me voy con vosotros para siempre 

Fred Chappell

Libros del Asteroide. Barcelona (2008)

240 págs. 17,95 €.

jueves, 2 de julio de 2026

30 propuestas de literatura para las vacaciones



    Las vacaciones de verano son un momento especialmente adecuado para lanzarse a esos libros que quizás querríamos haber leído durante el resto del año, pero no hemos tenido tiempo. Una buena intriga policiaca, un drama intimista, un libro de viajes… o quizás ese clásico al que tenemos tantas ganas.

    Para facilitar la tarea de dar con el título adecuado, ofrecemos más de una treintena de propuestas, divididas por temas o subgéneros. Para todos los gustos, y con certificado de calidad. Ver la lista en este ENLACE.