Tiene un Citroën C2 con más de quince años a cuestas y casi cuatrocientos mil kilómetros. Aunque es de color blanco, los dos alerones laterales, negros, le dan un aire huraño y aguerrido, como diseñado para combates automovilísticos. La parte delantera está rematada con unas prepotentes lañas de las que sobresalen unos cables que por su extensión y dureza pueden llegar a amenazar la seguridad de los viandantes, cables que le dieron problemas cuando tuvo que pasar la ITV.
No hay en su exterior ni mucho menos en el interior nada de glamour, ni tampoco lujo en su diseño y prestaciones, sino un aroma remarcada y orgullosamente obrero. Es, como él lo define, un coche trastero, un almacén de su intensa, agitada y poliédrica actividad profesional. En el coche lleva siempre a punto las herramientas que precisa para hacer las constantes chapuzas que le encargan, sean de lo que sean, desde jardinería a fontanería pasando por transporte de mercancías y construcción. El coche, pues, define el carácter de Joaquín N. y su específica filosofía de la vida. Por eso, no lo tiene como un capricho, ni para aparentar, ni como etiqueta de prestigio social. Tampoco es un coche que brille por su aséptica modernidad o funcionalidad. Lo hemos dicho: un coche trastero que está para lo que está. No tiene pinta de que Joaquín se dedique como un dominguero más a lavar y abrillantar el coche los fines de semana. No le pega.
Uno encuentra dentro todo lo que pueda imaginar; por eso también sirve como un catálogo de metáforas que condensa su abigarrado mundo interior. Si se abre la puerta de la parte trasera, salta una trampilla que se convierte en una improvisada y útil mesa de apoyo que hace de atalaya para mirar con detenimiento lo que lleva en el trastero. Lo primero que llama la atención son unos sacos blancos donde lleva la indumentaria necesaria para acometer las chapuzas. En uno de ellos, una camisa de color azul desvaída; en el otro, una de sus reconocibles y más famosas señas de identidad: un histórico y desgastado mono azul de los de toda la vida con el anagrama de la marca Bosch en el pecho, mono que suele limpiar de grasa a menudo en su trastero.
A sus habituales vestimentas de trabajo ha añadido un mandil blanco que le regaló Javier D. en una de sus visitas a Soutelo, donde vive y regenta una panadería con mucho movimiento que abastece a muchos pueblos de los alrededores. El mandil, blanco, lo tiene guardado ahora en el coche, pero lo más seguro es que acabe tiñéndolo de azul o negro, colores más acordes con los lugares y chapuzas que realiza constantemente. El resto de sacos están dentro de una caja de madera que encontró en un contenedor que visita frecuentemente y donde suele arramblar con más cajas para transportar todo tipo de enseres. Hay también otro saco bastante más grande donde almacena las botellas vacías que va acumulando para luego hacérselas llegar a Emilio, el padre gallego de la exnovia de su sobrino, que hace algo de aguardiente casero y que siempre está necesitado de botellas. Joaquín nunca se olvida de él y le nutre de botellas que recoge en bares de Villaverde, en residencias de ancianos y en algunos restaurantes de otras zonas de Madrid. Botella que ve, botella que acaba en el saco. Esto está siendo ya una obsesión.
Las herramientas que hay en el coche no están en un único lugar, sino que se encuentran diseminadas por todo el vehículo. En la esterilla de los pies del asiento del copiloto hay una llave inglesa y varios juegos de llaves de las oficinas y tiendas donde se encarga del mantenimiento y del edificio en el que hace la limpieza de las escaleras una vez a la semana (diez euros la hora). Encima de los asientos de atrás y por el suelo hay de todo y cada cosa está dispuesta con un aparente orden que fomenta la sensación, quizás buscada, de caos y desconcierto.
En uno de los asientos traseros, hay unas gafas de sol de la época de Elvis Presley, con uno de los cristales rotos, que usa las tardes en que el sol le da de plano en sus viajes a tierras segovianas. También hay en el suelo un gastadísimo taco de madera de alcornoque que utiliza para apoyar los pies cuando toca la guitarra, una de sus grandes aficiones, en la Casa de Aragón o en sus famosas actuaciones en la plaza de su pueblo segoviano junto con sus hermanos y donde cantan hasta hartarse canciones de toda la geografía nacional, aunque a él, personalmente, lo que más le gusta y con diferencia son las jotas aragonesas y navarras y las canciones de Canarias.
Más cosas por el suelo: unos alicates roñosos y herramientas desperdigadas que proporcionan una abrumadora seguridad mecánica.
Junto con los sacos, en la parte de atrás, lleva un cajón lleno de patatas de la tierra de San Clemente, cerca de Caldas de Reis y Cuntis, que le regaló Emilio y que todavía no ha tenido tiempo de sacar del coche. Para proteger la tapicería de los asientos traseros, ha puesto varias alfombras descoloridas y mimetizadas que ha comprado en un chino de Villaverde. Sorprende la cantidad de documentos, plastificados o no, que ha dejado detrás de los asientos, aplastados, aunque muchos se han caído ya al suelo del coche. Hay de todo: artículos divulgativos sobre ciencia y bioética, planes de entrenamientos de atletismo y fútbol (Joaquín fue durante años un buen entrenador), folletos de instalaciones deportivas, oraciones diversas y estampas de diferentes santos y vírgenes y restos de apuntes de los muchos cursos de formación que ha hecho para reciclarse y para obtener el título oficial de instalador de gas o de otras enseñanzas técnicas (tiene, entre otros, el título de “Mantenimiento de Personas Mayores”, que hizo en un centro cultural de Mejorada del Campo). Lo que más predomina son folios con las letras de esas canciones eternas que tanto le gustan y que están atornilladas en el imaginario colectivo de su generación. Como empiece a cantarlas, no para, engarzando una jota navarra con una canción canaria y otra gallega y segoviana, y esas inmortales composiciones que forman parte del repertorio universal de las tunas.
Descabaladas y bastante arrugadas, una guía de Madrid de los años ochenta y otra de Campsa de carreteras ya imposibles, que sigue manejando por fascículos. Si se mira bien, debajo de la caja de las patatas emerge una silla plegable, una antigua pesa romana y una cejilla artesana para la guitarra. En el cristal del coche, por fuera, una enorme pegatina de Radio María. En el cristal trasero, se lee "Virgen de Fátima, virgen viajera: protégenos en la carretera".
Puede parecer que el coche/trastero es un homenaje al caos y el desorden, pero nada más lejos de la realidad. Joaquín sabe dónde está cada cosa. Si le pides un alargador, lo encuentra al momento; si alguien necesita un cancionero, aparece en cinco segundos. Para Joaquín, el orden, aunque en su caso pueda ser antiestético, es fundamental. Si necesita una lupa, la encuentra en su sitio.
El salpicadero es todo un espectáculo para los sentidos. En él sobresale un ostentoso aparato para encajar el móvil enganchado al salpicadero con fuertes, visibles y contundentes trozos de celo. El cable para cargar el móvil es el doble de largo que lo normal. Un bolígrafo bic cortado por la mitad para que encaje bien en uno de los agujeros, una lupa (imprescindible: tiene problemas con la vista de un ojo desde hace años después de que le saltase una chispa en el trabajo) y un pequeño y manejable destornillador de urgencia. Al lado de la palanca de cambios, un calendario de bolsillo de un mesón de Villaverde y una estampa de la Virgen. Un escuálido lapicero que suele acabar detrás de la oreja, un peine, unas tijeras y una navaja. También una caja de hierbabuena, una pomada antibiótica y unos caramelos que debieron caducar hace ya unos años. Lleva unas pegatinas pequeñas justo encima del marcador electrónico de la fecha y la velocidad. Y muchos palillos, compañeros habituales de Joaquín después de las comidas.
En el volante lleva pegado un celo trasparente donde apunta a veces los kilómetros de algunos trayectos y el recorrido para algunos de sus viajes, aunque el GPS está ya sustituyendo esta ancestral costumbre, de la que le cuesta desprenderse. En la cajonera lateral de la ventana derecha, unos guantes y una máquina muy mona para medir la presión de las ruedas, además de un potente rollo de cinta aislante, que nunca puede faltar.
No le gusta escuchar música en el coche, ni tampoco las noticias. Suele ir intensamente concentrado para no perderse y para combatir así la apnea del sueño, que se apodera de él en los viajes largos (si pasa la noche fuera de casa, lleva consigo una máquina a la que se conecta cuando va a dormir); para no dormirse en los viajes, lleva a veces una pelota de goma en una de las manos que aprieta de manera rítmica. Si se baña en el mar o en un río, para que el agua no le entre por la nariz, se fabricó cuando trabajaba con el torno unas sencillas pinzas que lleva utilizando ya más de veinte años (otra de sus habilidades, muy significativa, es la autosuficiencia: se arregla y cose sus zapatos, se hace sus propias agendas y mariconeras, todo con tal de ahorrarse todo lo que pueda suponer un gasto extra).
Para Joaquín, el coche es, por tanto, una prolongación de su vida y de su profesión. No lo tiene ni para fardar ni para aparentar. Es su mejor herramienta de trabajo y como tal lo trata y maneja, y me parece muy bien. Joaquín proyecta en su coche su estilo, una filosofía de vida específica apegada a sus raíces, su biografía profesional y sus sobrias costumbres personales. Mientras que otros ven en los coches una señal ostentosa de su éxito económico y social, como en tantas cosas de su vida, Joaquín va a lo práctico y esencial. Me gusta su manera de ir por la vida, auténtica y autosuficiente, rechazando lo superfluo, en la que no hay nada impostado ni falso. Todo directo y a las claras, sin trampa ni cartón. Transparencia existencial.
[Escribí esto unos meses antes de que Joaquín cambiase de coche tras un pequeño accidente. Ya lo tenía bien amortizado. Lo ha sustituido por uno del mismo modelo, ahora de color negro, y “solo” con más de cien mil kilómetros. He montado en el nuevo y no he encontrado ninguna diferencia: todo está absolutamente igual que el anterior, tuneado con las mismas prestaciones y con las mismas herramientas y cachivaches distribuidos por el coche. Se agradece esa constancia y esa perseverancia en sus sólidas convicciones].














