viernes, 10 de julio de 2020

"Sombras chinescas", de Simon Leys


Simon Leys es el seudónimo del belga Pierre Ryckmans (1935-2014), intelectual que desarrolló una importante labor ensayística y que fue, además, sinólogo, historiador, crítico,  literario  y  traductor. Estuvo  por  vez  primera  en China  en  1955.  Viajó  por segunda  vez  en  1972,  cuando  estaban  dado  los  últimos  coletazos  la  “Revolución Cultural Proletaria” que promovió Mao  a  partir  de  1966  para  eliminar,  en  teoría,  los restos de elementos capitalistas que quedaban en la sociedad china pero que se tradujo en un ajuste de cuentas contra dirigentes del Partido Comunista que habían criticado a Mao por las consecuencias trágicas del "Gran Salto Adelante" y en una constante y calculada purga de escritores y de todos aquellos que en ese momento tanto Mao como la Guardia Roja consideraron de manera arbitraria enemigos del pueblo. 
Sobre  la  Revolución  Cultural, Leys  escribió  un  importante  libro  en 1971, El  traje nuevo del presidente Mao (El Salmón, 2017), en el que criticó la actitud complaciente de la izquierda francesa con el régimen maoísta, lo que le llevó a que fuera tachado incluso por el diario Le Monde de ser agente de la CIA. La  izquierda  francesa, que nunca  quiso reconocer los crímenes cometidos por el estalinismo y que negó sistemáticamente  la existencia de los  Gulag  (solo a partir de la  publicación de Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn viraron hacia el maoísmo), convirtió al presidente Mao en un líder idealista y hasta poético y juzgaron la Revolución Cultural como un ejemplo de genuina vuelta a las esencias del comunismo. 


En su libro, Leys arremete contra la visión utópica que escritores y filósofos de la  talla  de  Roland  Barthes,  Jean-Paul  Sartre y Philip  Sollers,  director de la revista Tel Quel, de filiación maoísta, propagaban en sus escritos y reportajes, ocultando los miles y miles de muertos que provocó la Revolución. Sobre este asunto, las cifras varían, pues las fuentes son casi siempre oficiales, pero se habla de que pudieron llegar a los veinte millones de muertos, a los que habría que sumar los más de 40 millones que  provocó “El Gran Salto Adelante”, años de terror que están perfectamente descritos en La gran hambruna de China, del historiador holandés Frank Dikotter, autor también de  una documentada historia de la revolución china que lleva por título La tragedia de la liberación. En estas dos obras, Dikötter maneja fuentes nuevas, muchas de ellas chinas, que alteran sustancialmente la imagen que la propaganda oficial ha transmitido siempre de la historia del comunismo chino. La editorial Acantilado, donde se han publicado los libros de Dikötter, ha anunciado la publicación de un tercer volumen que abordará los sucesos de la Revolución  Cultural (los que quieran conocer de una manera historiográfica estos hechos, pueden consultar el libro de los historiadores Roderick MacFarquar y Michael Schoenhals, La revolución cultural china, Crítica, 2009).
Tras el viaje que realizó en 1972, Leys escribió sus impresiones en otro libro, el que  ahora  se publica, dedicado  por  entero  a  las  consecuencias  de  la  Revolución Cultural en China. Lo publicó en 1974 y también provocó mucha polémica, pues Leys desmontaba muchos de los tópicos que corresponsales de prensa occidentales sembraron  sobre estos hechos. En concreto, Leys acusa de turiferarios los libros del norteamericano Edgar Snow, que acompañó a Mao en “La Larga Marcha”, y de K.S. Karol, periodista ruso exiliado en Francia pero de tendencias izquierdistas; también, con mucho sarcasmo, reseña en el epílogo de este libro una entrevista hagiográfica que la periodista norteamericana Roxane Wike hizo a Jian Qing, la esposa de Mao, y que se publicó antes de la caída en desgracia de la "Banda de los Cuatro".
El libro se abre con una introducción de Jean-François Revelen la que critica la “maolatría”  extendida  en  Occidente  y  que  Simon  Leys,  un  experto  en  la  cultura  y política chinas, desmonta con rigor. Como escribe, “Leys nos hizo llegar un día el mensaje de la lucidez y de la moralidad”. A continuación, Leys aborda desde diferentes  perspectivas la actualidad de la China que  él vio en  su  viaje de 1972. Comienza con  un  capítulo  en  el  que  aborda  la situación de los extranjeros en la China popular, que recuerda a lo que pasó en Europa en la década de los  veinte y treinta, cuando muchos escritores y políticos europeos participaron en las “giras turísticas” organizadas por el Partido Comunista de la URSS para alabar los logros de la Revolución a su vuelta a sus respectivos países. Por ejemplo, el historiador Andreu Navarra ha publicado un estudio, El  espejo  blancoViajeros españoles en la URSS (Fórcola),  en el que puede verse el atractivo que la URSS tuvo para  muchos  políticos y escritores españoles, que publicaron vergonzosos libros de viajes que ocultaban la realidad de la represión estalinista. También el libro Viajeros en el país de los soviets sirve para mostrar esta fascinación turística. Uno de  esos libros fue El viaje a Rusia de 1934 (reeditado  recientemente  por  Renacimiento) en  el  que María Teresa  León  cuenta  sus  peripecias  en  la  URSS –con  entrevista  incluida  a  Stalin- acompañada de su marido Rafael Alberti.


Al  igual que en esos viajes, en la China comunista todo estaba absolutamente programado. Más todavía, “las autoridades maoístas han obrado un extraño prodigio: para uso de extranjeros, han conseguido reducir China –ese mundo  inmenso y diverso que una vida entera no bastaría para explorar siquiera superficialmente- a las estrechas y rutinarias dimensiones de un pequeño circuito invariable”. Los extranjeros que acuden a visitar China recorren siempre las mismas  fábricas,  ciudades,  hoteles, universidades  y charlan siempre con los mismos burócratas, que salpican sus conversaciones de datos y cifras  estadísticas que  engrandecen los logros de la Revolución (lo mismo que  sucede con los viajes que ahora mismo se permiten a  Corea  del  Norte  y que algunos de  estos turistas  han  relatado de manera esperpéntica, de los que muestro algunos ejemplos en mi libro Cien años de literatura a la sombra del Gulag). A los extranjeros, sistemáticamente, se les aísla e  inmoviliza, y si uno lleva ya meses en China descubre un ritmo cíclico en los actos y cenas de gala que se organizan para ellos. Leys cuenta de manera divertida que en las cenas de gala a las que asistía era normal escuchar  a  una  orquesta  hasta  seis  veces  consecutivas interpretar “La minoría Zhuang  ama  al  presidente  Mao  con  un  amor  ferviente” y “La brigada de producción celebra la llegada a la montaña de los acarreadores de estiércol”.
En otro capítulo, que lleva por título “Seguid al guía”, Leys describe los viajes oficiales  que  realizó  por diferentes ciudades chinas y los problemas que tuvo cuando intentaba salirse de los   circuitos programados. A pesar de todo, esos viajes le permitieron vislumbrar el alcance de los  ultrajes cometidos por el maoísmo contra el patrimonio urbanístico y cultural y conocer también las   depuraciones y purgas cometidas contra la clase política e intelectual. Y comprobar el desmesurado “culto a la personalidad” de Mao que se desarrolló durante esos años, que se tradujo, por ejemplo, y es una anécdota curiosa pero significativa de los niveles de adoctrinamiento, en los concursos  escolares de  rapidez en la recitación  de  citas  del presidente Mao que se hacían en las escuelas, junto con los espectáculos de danza que convertían en lenguaje corporal los pensamientos del Gran Timonel. Especialmente crítico se muestra Leys cuando describe el clima intelectual que han impuesto los nuevos mandatarios comunistas. Por ejemplo, desaparecieron las óperas tradicionales, el gran espectáculo de masas de la cultura china, que se sustituyeron por óperas revolucionarias elaboradas por Madame Mao. 


Cuando  Leys viajó a China en 1971 ya se encontró algunas librería abiertas, y lo que allí vio le sirvió de  termómetro  del nivel “intelectual” de  la  Revolución Cultural.  Por  ejemplo, en un ejemplar titulado Compendio de historia de la filosofía europea figuraban estas perlas “revolucionarias”: Nietzsche “se erigió en el defensor público de las empresas de opresión cruel y de agresión llevadas a cabo por la clase revolucionaria  burguesa”; y sobre los existencialistas: “en su mayoría han adoptado  abiertamente  posiciones reaccionarias. Se erigen en defensores de la política de la clase burguesa monopolista de Estados Unidos”. Otro ejemplo de la cultura que surge tras la  devastación de la Revolución Cultural lo toma Leys de un anuncio que vio en una  revista  literaria  en  la  que  sólo aceptarían “las novelas, ensayos, reportajes, obras de arte que presenten un contenido revolucionario y una forma sana (...). Deben celebrar, con sentimientos proletarios hondos y calurosos, el grandioso  presidente Mao; celebrar la grandiosa victoria  de  la línea revolucionaria proletaria del presidente Mao”. 
El  ambiente universitario que se encuentra le resulta pobre y adulterado, sobre todo después de que “Grupos de obreros-soldados de Propaganda del presidente Mao” se  hiciesen con el control de muchas de ellas, sembrando la desconfianza y el menosprecio hacia los intelectuales, muchos de ellos enviados a campos de reeducación o  a  ejercer  tareas  agrícolas,  lo  mismo  que  les  sucedió  a  muchos  universitarios (experiencia que cuenta, por ejemplo, el novelista Dai Sijie en una novela, Balzac y la joven costurera china). 
La actividad de la Revolución Cultural fue especialmente intensa en la organización  de  manifestaciones  de masas,  en la  transformación  del  lenguaje  y  en  la apoteosis  de  la propaganda  oficial,  donde  se  “recalienta  y  rumia el  mismo  caldo ideológico a todas horas del día y en todo lugar”. A diferencia de tantos periodistas y escritores que escribieron sobre China, que fueron víctimas –consentidas   o   no- de un plan premeditado de adoctrinamiento ideológico, Leys, experto en la cultura china, sabe de lo que está hablando y no cae en la  trampa  propagandística. Por  eso  no  acepta los  mensajes  prefabricados  de  los burócratas  chinos  ni la  imagen  edulcorada y patética que se ofrece de Mao y de la Revolución china en los medios de comunicación franceses. 
Este  libro,  inteligente  y  repleto de  ironía, ofrece  una radiografía  veraz  de  la China  de  los  inicios de la década de los setenta del siglo pasado en  la  que  son  muy evidentes los efectos devastadores de la legitimación de la violencia y del odio por parte de  la  Guardia  Roja,  el  brazo  armado  de  Mao  para  aplicar  el  terror  y  eliminar  a contrincantes  políticos que habían manifestado su oposición a los delirantes métodos maoístas desarrollados durante el “Gran Salto Adelante”. 
Acantilado  ha  publicado otras  obras  de  Simon  Leys que  abarcan su  intensa actividad  histórica  e intelectual,  como La  felicidad  de  los  pececillosBreviario  de saberes inútilesLos náufragos del “Batavia”Con Sthendhal y la novela La muerte de Napoleón.


Sombras chinescas
Simon Leys
Acantilado. Barcelona (2020)
344 págs. 22 €.
T.o.: Ombres chinoises.


Traducción: José Ramón Monreal.

sábado, 4 de julio de 2020

Selección de novelas para un verano atípico




Un año más, en Aceprensa hemos preparado una selección de novelas para este verano atípico y distinto por culpa del COVID'19. Aunque la actividad editorial ha estado parada durante meses, y todavía no se ha recuperado del todo, hay que reconocer que, desde mi punto de vista, la cosecha ha sido sensacional, con títulos muy recomendables y de gran altura literaria. La selección incluye sobre todo novelas, pero también hay varios reportajes periodísticos de calidad y libros de memorias. 
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miércoles, 1 de julio de 2020

"Cartas desde el Gulag", de Luiza Iordache Cârstea


Politóloga e historiadora, la rumana Luiza Iordache es en la actualidad una de las principales investigadoras sobre el exilio republicano español en la URSS al final de la Guerra Civil española. A este tema dedicó su tesis doctoral, que luego publicó con el título En el Gulag. Españoles republicanos en los campos de concentración de Stalin. Conocí este libro cuando estaba escribiendo Cien años de literatura a la sombra del Gulag. Iordache es también profesora en el departamento de Historia Contemporánea de la UNED. El prólogo del libro está escrito por Alicia Alted Vigil, catedrática de Historia Contemporánea de la UNED, quien afirma del estudio de Iordache que se trata de “un libro imprescindible en el ámbito de la historiografía sobre el exilio republicano español de 1939”.
            El origen de Cartas desde el Gulag está en la entrevista que la autora mantuvo en 2007 con Rafael Fuster, el hijo del protagonista de la investigación, Julián Fuster Ribó. Su hijo Rafael le proporcionó a la autora una serie de documentos, escritos, fotografías que resumen la agitada vida de este médico, que nació en Barcelona en 1911, se licenció en Medicina por la Universidad de Barcelona y ejerció de médico militar durante la Guerra Civil como Jefe de Sanidad del XVIII Cuerpo del Ejército. Antes de la guerra, Julián Fuster se había afiliado al PSUC. Al acabar la guerra, fue uno de los exiliados que se trasladó a Francia. Estuvo primero en el campo de Saint-Cyprien y luego en la Fortaleza de los Templarios de Collioure, de donde salió para embarcarse rumo a la Unión Soviética. Fuster fue uno de los elegidos por el PCE para esa expedición, de la que formaban parte un millar de personas, la gran mayoría dirigentes políticos del Partido y militares. 
Además de este contingente, los españoles que residían en la Unión Soviética en 1939 eran 3.000 “niños de la guerra” y los maestros y el personal auxiliar que les acompañaron, a los que hay que sumar unos pilotos que se encontraban realizando un curso de aviones de caza y los tripulantes de barcos españoles que se encontraban en la URSS en ese momento. 


Julián Fuster fue destinado al sanatorio de Agudzer, próximo a Sujumi, la capital de Abjasia, y cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial se incorporó al Ejército Rojo como Jefe de Cirugía del Hospital de Evacuación 1647 de Uliánovsk. Al acabar la guerra, comenzó a trabajar en Moscú en el Instituto Burdenko.
Ya en esos años, comenzó su desafección con la vida en la URSS. Como otros tantos españoles, hizo gestiones para abandonar el país en diferentes embajadas, pero los dirigentes del Partido Comunista Español (de manera especial José Antonio Uribes, Fernando Claudín y la Pasionaria), negaban de manera sistemática estos permisos. Más aún, consideraban como potenciales “enemigos soviéticos” a todos aquellos que solicitaban salir del país. A partir de ahí, comenzaron los problemas de Fuster con el PCE y con el régimen soviético. 


Fue expulsado del Partido Comunista y despedido de su trabajo en el prestigioso Instituto Burdenko. Para ganarse la vida, pidió trabajo como traductor en la embajada de Argentina, donde coincidió con otros españoles en situaciones parecidas a la suya: Francisco Ramos, José Tuñón Albertos y Pedro Cepeda. Los dos últimos, fueron detenidos después de participar en una surrealista fuga en un baúl de la valija diplomática de la embajada de Argentina. Su detención provocó también la de Julián Fuster a principios del mes de enero de 1948. Tras ocho meses en la Lubianka, interrogado y torturado, fue condenado a 20 años en virtud del famoso artículo 58 del Código Penal soviético. De Moscú fue trasladado al campo de trabajo de Kengir, en la República de Kazajstán. Fuster ejerció de médico y fue testigo de la rebelión de los prisioneros de este campo, que acabó con una masacre provocada por el Ejército Rojo. Solzhenitsyn cita al médico Fuster en su obra Archipiélago Gulag.
Tras la muerte de Stalin en 1953, abandonaron los campos muchos presos comunes, pero no así los presos políticos, como Fuster. De todas maneras, consiguió que su caso se revisase y pudo abandonar el campo el 10 de marzo de 1955. Le trasladaron a la localidad de Lothosino, próxima a Moscú, donde permaneció hasta 1956, cuando fue completamente liberado. Hasta 1959 no fue autorizado a abandonar la URSS. Tras una corta estancia en Cádiz y Barcelona, se trasladó a Cuba justo cuando los comunistas se hicieron con el poder. Permaneció solo seis meses y regresó de nuevo a España. Ante la imposibilidad de reintegrarse a su actividad profesional, decidió trasladarse al Congo en un programa de la OMS. Estuvo más de tres año y entonces sí pudo ya volver a ejercer la medicina en España.
Esta es a grandes rasgos la biografía de Julián Fuster, una persona que durante la Guerra Civil luchó por unos ideales republicanos y que luego en la URSS, comprobando la vida en directo, fue desencantándose completamente del “paraíso comunista”. Su actitud crítica chocó con la intransigencia de los dirigentes del Partico Comunista en el exilio, que controlaban el destino de sus vidas. Fuster fue testigo de las coacciones y de la pasión por la represión que mostraron contra aquellos que no acataban sumisamente sus directrices. Fue tachado de “enemigo” del Partido y facilitaron que el KGB investigase sobre su vida para condenarle a un campo de reeducación.
La autora reproduce al final de su investigación dos textos del propio Julián Fuster. El primero es una “Carta sin sobre a Nikita Jruschov”, en la que proporciona muchos detalles sobre la virulenta represión que se llevó a cabo contra los prisioneros del campo de Kangir que se rebelaron contra las autoridades. El segundo texto es mucho más personal: Testimonio del “Paraíso Comunista”. Yo ya estoy de vuelta, donde denuncia el régimen represivo que se vive en la URSS y el papel que la propaganda ha desempeñado en Occidente para mostrar los “logros” comunistas, cuando la realidad es todo lo contrario.

Como escribe Alicia Alted, este libro no solo es importante por el testimonio que cuenta, muy interesante y en la línea de otros exiliados comunistas que renegaron de sus ideas en la propia URSS, buscando desesperadamente salir de allí, sino que además la biografía de Fuster proporciona una jugosa información para conocer las vidas de otros biografiados que padecieron las mismas represalias.
Además, Iordache proporciona muchos documentos y mucha bibliografía sobre aspectos colaterales del estudio, como, por ejemplo, los campos de concentración soviéticos y el régimen del Gulag y las actuaciones de los dirigentes del Partido Comunista español en la Unión Soviética, con Dolores Ibárruri a la cabeza, en todo momento al servicio de los métodos represivos del estalinismo más férreo. 

Cartas desde el Gulag
Luiza Iordache Cârstea
Alianza. Madrid (2020)
262 págs. 18 €.

miércoles, 10 de junio de 2020

"Lenin. Una biografía", de Victor Sebestyen


Resalto tres sucesos de la vida de Vladímir Ilich Lenin (1870-1924) que aparecen en esta completísima biografía y que pueden servir para definir el carácter de una persona radicalmente obsesionada por la política y la Revolución. En 1891, se extendió una grave hambruna por su ciudad natal, Simbirsk, próxima al río Volga. Mientras sus hermanas y su madre participaron en las campañas que se llevaron a cabo para ayudar a las víctimas de la hambruna, sobre todo campesinos, Lenin se negó a esa filantropía porque para él, “lo importante era que la hambruna debilitaría a la autocracia y podría, en consecuencia, impulsar la causa de la revolución”. 
            Otro suceso es de 1918, cuando Lenin ya tenía las riendas del Gobierno en Rusia. Ante la escasez de alimentos en las grandes ciudades, que estaban provocando desórdenes, Lenin le pide al polaco Dzerzhinski, primer responsable de la Comisión Extraordinaria para la Lucha contra la Contrarrevolución, la Cheka, creada en diciembre de 1917, que acelere las requisaciones a los kulaks. En un escrito de esos meses, pide a Dzerzhinski que para llevar a cabo esta tarea, en primer lugar debe “colgar (y quiero decir colgar, para que la gente lo vea) a no menos de cien kulaks conocidos, hombres ricos, chupasangres”.
            Y el tercer hecho tiene que ver con los ataques que lanzó contra la Iglesia ortodoxa. Sus ideas sobre la religión eran ya conocidas: “cualquier idea religiosa, cualquier idea de Dios (…) es de una vileza indescriptible y peligrosa”. Tras la Revolución, decidió esperar el momento apropiado para iniciar su frontal ataque a la Iglesia. Y ese momento llegó con las hambrunas de 1921. En un edicto que se ha conocido después del colapso de la URSS (la biografía de Lenin siempre ha sido blanqueada por las autoridades soviéticas), Lenin pide que se utilice esta hambruna para “hacernos con sus riquezas [de la Iglesia ortodoxa] pronto, de inmediato (…). Cuanto mayor sea el número de clérigos y burgueses reaccionarios que ejecutemos por esta razón, mejor”. Dos años después de esta orden, más de treinta obispos y mil doscientos sacerdotes habían sido asesinados y miles encarcelados.
Sebestyen se centra especialmente en el lado humano de Lenin, aunque lógicamente habla de los episodios históricos en los que se vio implicado, trascendentales para la historia contemporánea y que han convertido a Lenin en un mito y en un modelo para muchos políticos, especialmente populistas, como lo fue Lenin, quien fue adaptando las teorías a la realidad y lanzando mensajes para buscar apoyos incondicionales haciendo suya la máxima, en su caso de una manera contundente, que el fin justifica los medios. El libro finaliza con la explosión del culto a Lenin tras su muerte y que también pervivió durante los años soviéticos y todavía hoy, y no sólo en Rusia. 


            El libro comienza describiendo su vida familiar, sus padres y la importancia de un hecho determinante: su hermano mayor Aleksandr, brillante estudiante universitario, fue detenido por participar en un complot para asesinar al zar Alejandro III. Aleksandr reconoció su participación y fue ahorcado. Este episodio marcó la vida de Vladímir, pues a partir de ese momento se radicalizó de la noche a la mañana. 
            En la universidad se multiplicó su activismo político y revolucionario. En 1896 fue detenido, pasó catorce meses en la cárcel y fue condenado a tres años de exilio administrativo en Siberia, en la ciudad de Shúnshenskoye, donde pudo continuar estudiando y también impulsando su compromiso político. A la salida, abandonó Rusia y se instaló primero en Suiza y luego en Alemania, en Múnich. Ya se había fundado el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (germen del Partido Comunista) y Lenin se dedicó al lanzamiento con otros destacados miembros del Partido (como Plejánov y Mártov) del periódico Iskra (“La chispa”). 


            En sus años de exilio, Lenin tuvo una intensísima actividad intelectual como lector y escritor. En 1902 publicó ¿Qué hacer?, donde ya se encuentra la esencia del leninismo y que fue la Biblia de los revolucionarios bolcheviques. En esos años, desde el extranjero, seguía el acelerado proceso de descomposición del régimen zarista, que tuvo un primer y serio aviso en la Revolución de 1905, que pilló por sorpresa a Lenin. Como necesitaban dinero, no tuvo reparos incluso en crear una banda criminal dentro del partido que se dedicó a robar bancos. La actuación más sonada la protagonizó Stalin en 1907, en un robo con bombas en el que murieron 50 personas inocentes. Para Lenin, “todo lo que se hace por la causa proletaria es honesto”.
            En 1907 se dictó una orden de arresto contra su persona y regresó a Ginebra, primero, y después se instaló en París, en 1908. En 1909 tiene lugar su encuentro con Inessa Armand, una revolucionaria comunista también exiliada que se convertiría en su amante hasta la muerte de ella, ya en Rusia, en 1920. Se trata de otro de esos sucesos blanqueados por las autoridades soviéticas, que nunca quisieron reconocer abiertamente el triángulo amoroso que incluso consintió su mujer, Nadezhda Krúpskaya, entregada también desde su juventud a los ideales revolucionarios. 
            En esos años, nace el periódico Pravda gracias a la herencia que recibe el hijo revolucionario de un comerciante de Kazán. Pravda, con una tirada de 60.000 ejemplares, fue concebido como el ariete de la política revolucionaria de los bolcheviques. Poco antes de que comience la Primera Guerra Mundial, Lenin se traslada a Cracovia, donde llegó a ser detenido, y luego a Suiza, a Zurich, donde vivió hasta su polémico traslado a Rusia en el famoso tren sellado. Los alemanes vieron en Lenin la oportunidad de desestabilizar al régimen zarista, que había comenzado la guerra con sucesivas derrotas que habían trasladado al país un generalizado ambiente de pesimismo y crispación. Lenin quería que su país perdiera la guerra porque así se aceleraría la Revolución. Los alemanes se encargaron de programar ese viaje y también de financiar después con muchos millones al partido bolchevique. El día de la salida del tren, una multitud enfurecida gritó a Lenin y el resto de comunistas que viajaron con él de espías y traidores. 


Lenin fue recibido triunfalmente en Rusia y se entregó con todas sus fuerzas a consolidar el partido bolchevique, todavía una minoría, y a boicotear las tímidas políticas de apertura de Kérenski, que se hizo con el poder tras el derrocamiento del zar Nicolás II en la Revolución de Febrero, que puso fin a 300 años de la dinastía Romanov. Lenin continuó utilizando la guerra como arma arrojadiza contra el nuevo gobierno, a la vez que sus mensajes eran cada vez más populistas y violentos. 
La Revolución de Octubre fue un golpe de estado anunciado y programado que dio origen a un régimen controlado al máximo por el Partido Comunista, que prohibió la libertad de prensa y concentró la economía en lo que llamó comunismo de guerra, un conjunto de medidas draconianas para controlar a la población. No fue fácil asentar el régimen con el inicio de una guerra civil que restó muchas fuerzas políticas. 
Para impedir cualquier regreso al pasado, ordenó la muerte del zar y toda su familia, no solo los más cercanos. Las hambrunas que se dieron a partir de 1918 le llevaron a declarar la guerra a los kulaks, a quienes calificó como campesinos ricos, y a la Iglesia ortodoxa: mandó detener, fusilar y enviar a la cárcel a miles de sacerdotes. Sin embargo, la economía rusa hacía agua por todas partes y Lenin se vio obligado a rectificar con la Nueva Política Económica (NEP), que aparcó sus iniciales medidas revolucionarias. 


El periodo de la NEP coincidió con su decadencia física tras el intento de asesinato de la revolucionaria Fanni Kaplan, condenada a muerte después del atentado fallido. Lenin no solucionó su sucesión (los mejores posicionados eran Lenin y Trostki), aunque había entregado el control del partido a Stalin, que luego supo valerse de él para marginar a sus oponentes. Tras su muerte, los dirigentes debatieron sobre qué hacer con sus restos. Decidieron erigir un monumento donde extender el culto a su persona, táctica que después imitarían todos los regímenes comunistas. 


            Excelente y completa biografía de un personaje ya muy estudiado y analizado y en el que resulta complicado mantener la equidistancia, lo que, pienso, consigue el autor, historiador inglés de origen húngaro que ha ejercido además de corresponsal de prensa en diferentes países del este europeo en pleno proceso de decadencia del mundo comunista. 
Mientras que las biografías oficiales han ocultado de manera deliberada algunos aspectos que podían no dar buena imagen de Lenin (como la dependencia económica de los alemanes justo antes de la proclamación de la Revolución o sus relaciones con su amante Inessa Armand o algunas cartas donde aparecían sin disimulo su lado más violento y cruel), otras biografías han ocultado su entrega absoluta a la Revolución, su vida sobria y podíamos decir que hasta burguesa y su capacidad intelectual mostrando solamente los aspectos más tétricos de su carácter. 
El retrato que hace Sebestyen es bastante ajustado a la realidad: un hombre poseído por una idea, la Revolución, para la que todo –también el terror- ocupaba un lugar prioritario en sus objetivos. En este sentido, me quedo con el título original de este libro para definir al personaje: "El Dictador".


Lenin. Una biografía
Victor Sebestyen
Ático de los Libros. Barcelona (2020). 672 págs. 32,90 €. T.o.: Lenin. The Dictator.
Traducción: Joan Eloi Roca.

"Dominio", del historiador Tom Holland: sobre las raíces del cristianismo en el mundo occidental


Tom Holland es un prestigio historiador y escritor británico que se ha especializado en Historia Antigua. Nació en Oxford, en 1968. Estudió en el Queen's College de Cambridge y en la Universidad de Oxford. Ha publicado novelas y varios libros de investigación y divulgación histórica, como RubicónDinastía y, entre otros, Fuego persa. Además, ha realizado documentales históricos para la BBC.
            Su último libro, Dominio, lleva como subtítulo ”Una nueva historia del cristianismo”. En su introducción, explica Holland que no estamos ante una historia más del cristianismo, ni ante un libro teológico. “He preferido –escribe- rastrear las corrientes de influencia cristianas que más se han difundido y mejor han perdurado hasta nuestros días”. Sus tesis tienen algo de provocación, pues, como dice, “por mucho que los bancos de las iglesias estén cada vez más vacíos, Occidente permanece amarrado con fuerza a su pasado cristiano”.

Una narración de actos humanos

            La técnica empleada resulta muy original y es la clave del libro, de su desarrollo y evolución. Como explicaba en una entrevista (Nueva Revista, 25 de marzo de 2020: enlace), “es un libro sobre el cristianismo como fenómeno histórico, hecho por seres humanos”. Holland selecciona un buen número de personajes y de historias con las que va siguiendo, cronológicamente, los principales acontecimientos desde la Antigüedad hasta el presente más inmediato. Con estas historias, bien hiladas, y con un estilo divulgativo, Holland intenta “explorar cómo, en Occidente, acabamos siendo como somos y pensando del modo que pensamos”. 
El libro responde a la pregunta que se había planteado el propio autor: “¿cómo es posible que un culto inspirado por la ejecución de un criminal desconocido en un imperio desaparecido hace mucho tiempo ejerza una influencia tan duradera y transformadora sobre el mundo?”. Pero advierte Holland, especialmente al final de su libro, que la auténtica revolución cristiana no está encarnada precisamente por los grandes personajes históricos o los pensadores de fama internacional. Como señalaba en la entrevista anteriormente mencionada, la auténtica revolución se dio dentro de las familias: “la cristiandad se manifiesta en el hogar”, en el regazo de las mujeres.


De Babilonia a los judíos

            Dominio está dividido en tres partes con siete capítulos cada una, estructura que tiene un valor simbólico en el número tres, la Santísima Trinidad, y el siete, los Sacramentos. La primera parte está dedicada a la Antigüedad. A través de historias protagonizadas por personajes de Babilonia, Persia, la Grecia clásica y hasta Alejandro Magno, intenta demostrar el autor la radical ruptura que supuso en el trato con la divinidad la religión de los judíos. 
Mientras que en los cultos anteriores imperaba una visión en la que los dioses, alineados con los poderosos, dictaban lo que debía hacerse, los judíos defendían que podían tener con su Dios una relación íntima y personal que, además, se sustentaba en una alianza que condicionaba su historia y su vida cotidiana como pueblo. Esta actitud convertía a los judíos en un pueblo especial, en claro contraste con el culto a los dioses y a los emperadores que, entre otros pueblos, también internacionalizaron los romanos.


Jesús y su revolución          

En ese contexto, aparece la figura de Jesucristo, que supone otra nueva revolución. Como escribe San Pablo, muy citado en el libro, a partir de entonces “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre”. Dios, como figura en las cartas paulinas, es amor. La vida y muerte de Jesucristo y su evangelio tienen como objetivo, como subraya Pablo, a toda la civilización, no solamente al pueblo elegido, los judíos.
Comienza así la difusión del cristianismo por todo el mundo, lo que lleva a la religión cristiana a abrirse a otras culturas y a desarrollar más su teología y su pensamiento. En este sentido, como escribe Holland, el cristianismo combina la filosofía griega con la moral judía. En este desarrollo intelectual son figuras clave San Ireneo de Lyon (ciudad en la que hubo brutales persecuciones en el siglo II) y Orígenes, que creó una teología completa del cristianismo a partir de la filosofía de su tiempo.


La atención a los pobres y desfavorecidos

            Otros personajes destacados aparecen también en esta primera parte, que abarca hasta el siglo VIII, con la irrupción de los sarracenos, que con el Corán imponen una nueva manera de relacionarse con Dios. Por ejemplo, la labor de tres personajes tan excepcionales, como Basilio Magno, Gregorio Nacianceno y Macrina, tres hermanos que en el siglo IV dieron un importante impulso teórico y práctico a la atención que la Iglesia prestaba a los pobres, desvalidos, viudas, inválidos y a los bebés abandonados, práctica habitual en el imperio romano. Surgen los primeros hospitales y casas para pobres. Resulta admirable la figura de Macrina, entregada a estas causas. 
También destacan en esta parte las figuras de Martín de Tours, que llevó al extremo la entrega a los demás, despojándose absolutamente de todo; Agustín de Hipona, que combatió algunas herejías ya muy extendidas y multiplicó su afán de explicar la doctrina cristiana a todos los niveles; la labor itinerante del misionero Columbano; la labor intelectual de Beda en la antigua Inglaterra y la intervención de Carlos Martel en Poitiers para frenar las ansias expansionistas de los árabes.


Una visión luminosa de la Edad Media

            La segunda parte, “Cristiandad”, abarca hasta la segunda mitad del siglo XVII. Estamos metidos de lleno en la Edad Media, época posteriormente desprestigiada, especialmente por los filósofos del Siglo de las Luces, pero que, como demuestra Holland, fue un tiempo de grandes avances en todos los órdenes y donde se  abordaron debates que fueron claves en su tiempo y para la posteridad. Se habla de la labor de importantes monasterios, como el de Cluny; se avanza en la formación de los sacerdotes y de los feligreses (“sin conocimiento, no se puede hacer el bien”). 
Todo esto en un contexto de luchas contra los otomanos, los pueblos bárbaros y los musulmanes, especialmente en el sur de Europa. Surgen las cruzadas y también los conflictos entre el poder terrenal (los reyes) y la Iglesia. Aparecen las primeras universidades (la de Bolonia se fundó en 1088) y hay numerosos avances en el derecho eclesiástico y civil. Holland dedica uno de sus capítulos a la figura intelectual de Pedro Abelardo y otros a personajes que intensificaron la actitud de la Iglesia con los pobres, como Isabel de Hungría y San Francisco de Asís. 

Ortodoxia y herejías

            A la vez, algunas herejías se desarrollan en lugares concretos, como la que asimilaron los albigenses; se culmina el cisma entre Oriente y Occidente. El historiador inglés destaca la labor de la Escuela de Traductores de Toledo en la difusión de textos clásicos y de la filosofía de Aristóteles –que será fundamental para el cristianismo- y el papel que desempeñó para la consolidación de la filosofía y la teologías cristianas Santo Tomás de Aquino. 
            En esta parte, Holland aborda la caída de Constantinopla en manos de los turcos, la conquista de América (de la que no ofrece una imagen muy positiva, destacando los aspectos más negativos de la colonización) y el cisma que provocaron las tesis de Lutero. También la separación que llevó a cabo Enrique VIII; la llegada del barco Mayflower a Nueva Inglaterra con los primeros colonos anglosajones que se establecieron en la costa de Massachusetts, fundando la colonia de Plymouth; la estancia del misionero italiano Mateo Ricci en China y el desarrollo de las ciencias en este imperio; y el conflicto de la Iglesia con Galileo a propósito de sus conclusiones científicas. Holland concluye esta segunda parte destacando que, a pesar de los problemas y dificultades, el importante desarrollo que dieron las ciencias en estos siglos tenía su origen en el cristianismo.


La herencia de la Revolución Francesa

            La tercera parte, “Modernitas”, abarca desde la ejecución de Carlos I de Inglaterra, acusado de alta traición, hasta el presente. Holland trata los reiterados conflictos que se dan con los judíos en diferentes países europeos; el auge de las tesis calvinistas; la colonización de diferentes zonas de África para llevar los ideales cristianos, aunque luego no se hizo tal cosa; el sangrante fenómeno de la esclavitud.
Dedica Holland especial importancia a un personaje como Voltaire, quien contemplaba “el cristianismo con un odio que rayaba en la obsesión”, actitud que encarnaron muchos de los líderes de la Revolución francesa, que intentó arrancar de cuajo la influencia cristiana en las costumbres y en las leyes de su tiempo. Pero, como opina Holland, “las raíces del cristianismo eran demasiado profundas, demasiado gruesas y estaban demasiado entrelazadas en los cimientos de todo cuanto constituía la esencia de Francia”. 
            El Marqués de Sade también criticó con dureza la influencia cristiana, con un mensaje que fue –y curiosamente- sigue siendo bien recibido, a pesar del desprecio hacia las mujeres y los débiles: “el sistema de amor al prójimo es una quimera que debemos al cristianismo y no a la naturaleza”, pero su actitud despiadada y gélida ante el sexo y las mujeres demostró, por el contrario, que los valores del cristianismo eran con diferencia lo mejor para la humanidad. Para demostrar esto, Holland pone ejemplos de lo que sucedía en la India a las viudas, que eran incineradas con sus maridos fallecidos, y la situación de la esclavitud en Estados Unidos, aunque se estaban dando cada vez más pasos a favor de la abolición. 


Expulsar a Dios de la ciencia y de la política

            La segunda mitad del siglo XIX se vio sacudida con las ideas de Charles Darwin sobre el origen de las especies y su teoría de la evolución y la irrupción del pensamiento materialista y anticapitalista de Marx, que daría origen al comunismo bolchevique que encarnó Lenin. La Primera Guerra Mundial supuso una experiencia dramática de dimensiones apocalípticas. Tras la Gran Guerra, progresivamente cobraron fuerza los movimientos totalitarios, como el comunismo, el fascismo y el nazismo. Hay un capítulo dedicado a J. R. R. Tolkien muy ingenioso, en el que muestra cómo su gran obra, El Señor de los Anillos, es una alegoría del enfrentamiento entre el Bien y el Mal que estaba teniendo lugar en esos años en el mundo.
            Siguiendo el hilo de los principales acontecimientos de la historia de la segunda mitad del siglo XX, Holland habla de la irrupción de Los Beatles, de Martin Luther King, Nelson Mandela y el fin del comunismo totalitario en los países del Telón de Acero. El inicio del siglo XXI coincide los atentados del 11-S, que provocan una nueva alarma mundial. El libro concluye su recorrido cronológico con el fenómeno del #Me Too y las manifestaciones feministas que se dieron en todo el mundo. 

Enraizados en el cristianismo

            La técnica empleada impide profundizar en algunos temas que hubiesen dado mucho más de sí, pero baría salido una enciclopedia. También son cuestionables algunos de los personajes elegidos y también algunas de las historias que se cuentan. Pero hay que tener en cuenta que Holland amplía su ensayo a todas las confesiones religiosas cristianas, que han aplicado recetas polémicas a determinadas cuestiones morales y teológicas. El libro está muy bien escrito y muchas de las historias que cuenta, desde la perspectiva de destacar la herencia cristiana, resultan novedosas.
Concluye Holland, centrándose sobre todo en Europa, que en el siglo XXI han surgido nuevas expectativas, nuevas identidades y nuevos ideales. “Pero estos no son neutrales, sino el fruto de la historia cristiana. Imaginar otra cosa, creer que los valores del secularismo pueden de verdad ser eternos es, irónicamente, la mejor prueba posible de cuán profundamente cristianos son”. 


Dominio
Tom Holland
Ático de los Libros. Barcelona (2020)
624 págs. 29,90 €.
T.o.: Dominion: The Making of the Wester Mind.
ISBN: 978-84-17743-51-2.

miércoles, 3 de junio de 2020

El realismo vital y costumbrista de Benito Pérez Galdós


Se cumple este año el primer centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós (1843-1920), uno de los escritores más importantes de la literatura española. Comenzó a escribir en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Vivió de manera apasionada los conflictos políticos y sociales de su tiempo, que reflejó en sus obras literarias, en unas ocasiones como telón de fondo ambiental y en otras, en sus novelas de tesis, tomando esos asuntos como el epicentro de su literatura. 
El tiempo ha podido hacer mella en algunas de sus obras, especialmente en las más ideológicas, y también en su manera de narrar. En su tiempo, estaba de moda la literatura folletinesca, de la que también participó Galdós, lo que implicaba un abuso de la intriga y del melodrama y el uso de técnicas literarias recargadas de detalles, tramas, descripciones y personajes secundarios. Sin embargo, a pesar de estas claudicaciones en algunas de sus novelas, nadie duda de su calidad narrativa, de sus increíbles dotes de observación, de su realismo vital y de su fidelidad al reflejo de la vida misma de su tiempo. Su producción literaria es muy abundante y abarca la novela histórica, la novela realista y de tesis, los relatos, las obras teatrales y los artículos periodísticos. 
Nacido en Canarias en 1843, se trasladó a Madrid en 1862. Rápidamente se introdujo en los círculos más progresistas de su tiempo, cercanos al krausismo y a la Institución Libre de Enseñanza. Empezó pronto a colaborar en periódicos y revistas. Trambién trabajó de traductor (suya es la traducción de Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens, autor que influyó en su manera de escribir sobre la realidad). Sus primeras obras literarias son dramas que escribe bajo el influjo del Romanticismo. Pero en 1870, con la publicación de La Fontana de Oro, incorpora los ingredientes realistas, que serán a partir de ese momento el eje de su literatura. 
Galdós publica a buen ritmo, muchas veces condicionado por escribir movelas por entregas. Comienza a ser un escritor conocido, también por su ideología, que lleva de manera contundente a sus novelas. 
Se siente atraído por la política y en 1866 sale elegido diputado. Las novelas que escribe en estos años están dominadas, quizás demasiado, por el peso de lo social y de la ideología. Galdós censura la asfixiante hipocresía de ciertos sectores de la sociedad española –los más conservadores- y ridiculiza con personajes excesivamente maniqueístas los valores tradicionales asentados en la religión. Novelas de estos años son Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), La familia de León Roch (1878). En ellas, siempre se imponen las ideas progresistas del narrador. 


Cuando Galdós abandona la obsesión por la ideología moralizante, escribe sus mejores novelas. De esta época es Marianela (1878), novela en la que también se aprecia su atractivo por algunas ideas cristianas, aunque Galdós se definió como agnóstico. El personaje de Marianela resulta trágico y tierno y es una de sus mejores creaciones. Muchas de las novelas de estos años describen los ambientes madrileños de una manera costumbrista y casi fotográfica, con personajes que ya no están encorsetados en ideologías determinadas sino que muestran variados conflictos humanos y sentimentales y diferentes tipos madrileños, muchos de ellos procedentes de una clase media popular en proceso de decadencia. De esta época son un grupo de novelas de gran calidad literaria como  El amigo Manso (1882), La de Bringas (1884) Fortunata y Jacinta (1886-87) y Miau (1888). La más ambiciosa de todas es Fortunata y Jacinta, en la que Galdós realiza un gran trabajo estilístico como retratista del alma humana y cronista de Madrid, aunque quizás sobre su tendencia al melodrama.
Por estos mismos años empieza a escribir también las primeras novelas de los “Episodios nacionales”. La primera novela, Trafalgar, aparece en 1873, con el joven Gabriel Araceli como testigo y protagonista, y la última en 1912. En total, escribió 46 episodios, que novelan la historia de España desde la Guerra de la Independencia hasta el reinado de Alfonso XII. Galdós opinaba que conocer bien la historia reciente debería servir para abordar de manera más sosegada el futuro. Muchos de estos episodios siguen siendo muy amenos. En este sentido, podemos destacar TrafalgarBailénZaragoza, quizás los más conocidos y leídos hoy día.
En la última década del siglo XIX, Galdós da una vuelta de tuerca a su realismo costumbrista y escribe novelas más naturalistas; pero más que priorizar las descripciones físicas y ambientales para subrayar el determinismo social, tendencia propia del naturalismo, profundizan en el trabajo psicológico y “espiritual” de los personajes. De estos años son Ángel Guerra (1890-91), Nazarín (1895), novela que tiene ecos evangélicos y quijotescos, y una de sus grandes novelas, Misericordia (1897), donde aparece uno de sus personajes más logrados, la sirvienta Benina, además de lograr un fresco muy realista de los barrios pobres de Madrid.  
Hoy día se valora en Galdós su capacidad para encontrar personajes tan dispares que encarnan en sus vidas el ambiente de toda una época, en un momento de cambios sociales y morales. En sus mejores obras, su realismo no se queda en un detallismo costumbrista y social sino que supo penetrar en las luces y sombras del corazón humano, a veces con mucha ternura y otras con dramatismo. 


Galdós no es solo un escritor de ambientes, por muy bien que hiciera esto, sino que sus libros son un muestrario de tipos y sentimientos humanos (aunque en algunas novelas la selección de temas y personajes no es aséptica sino que busca unos objetivos ideológicos concretos). A este atractivo hay que sumar la naturalidad, espontaneidad y sencillez de su estilo, en las antípodas del preciosismo. 

viernes, 15 de mayo de 2020

"Ru", de Kim Thúy



Se publica en una nueva editorial (la anterior edición es de 2010, en la editorial Alfaguara), el primer libro de la autora, Kim Thúy, nacida en Saigón en 1968. Después, en la editorial Periférica, se han publicado otras dos novelas suyas, Mân (2016) y Vi. Una mujer minúscula (2018). Todas las novelas comparten parecidos protagonistas (la vida de los emigrados vietnamitas en Canadá y también el posterior regreso a su tierra) y una misma atmósfera literaria, pues todos están muy pegados a la propia biografía de la autora.
Quizá sea esta novela, Ru, la más personal de todas. En ella, se cuenta la forzada salida de Saigón de su familia, padres y dos hermanos, tras la victoria comunista. Consiguen abandonar el país (forman parte de lo que se llamó la boat people, la multitudinaria salida en pequeñas embarcaciones de miles y miles de exiliados) y se instalan primero en un campo de refugiados en Malasia hasta que consigue emigrar a Granby, una región de Quebec, donde rehacen su vida y está en contacto con otros vietnamitas también exiliados. 
De manera un tanto inconexa, la autora, en pasajes breves, almacena recuerdos que van del pasado al presente. Una parte destacada se refieren a su infancia –abandonó Vietnam con diez años- y salen a relucir detales nimios de su cómoda y desasosegada vida, la relación con sus padres, sus primos, el mundo de la escuela, la llegada de los comunistas… También recuerda su estancia en Malasia y las dificultades que atravesaron hasta poder viajar a Canadá. Y del presente resalta la relación con sus padres –sobre todo la tirante relación con su madre-, su matrimonio con un profesor, sus amantes y los dos hijos que tiene, uno de ellos autista.
Todo está contada con levedad y con una mirada poética que prefiere las sensaciones y los detalles al desarrollo narrativo de los hechos. Muchas escenas son apuntes biográficos que radiografían su intimidad, en la que todos estos sucesos dramáticos y fuertes han hecho mella, aunque todos, con sus dificultades, han conseguido rehacer sus vidas en Canadá, siempre con la nostalgia de lo que ha quedado atrás. 


Ru
Kim Thúy
Periférica. Cáceres (2020)
200 págs. 17 €.