lunes, 9 de febrero de 2026

El auge de la “Healing Fiction”, literatura con fines terapéuticos

 



En los últimos meses, no hay más que darse una vuelta por muchas librerías, proliferan las traducciones de novelas japonesas y de Corea del Sur que tienen un mismo aroma y hasta una parecida presentación, con un diseño en las portadas con colores muy vivos y con lugares cotidianos reconocibles. Se trata de un nuevo género literario, Healing Fiction(siempre viene bien una etiqueta en inglés), la llamada literatura terapéutica y sanadora. Las novelas que se están publicando son, por ahora, de autores japoneses y coreanos. Dentro de poco, si siguen vendiendo (y parece que va a ser que sí), vendrá lo peor: los sucedáneos hispánicos. 

 

Ver artículo en Aceprensa sobre la Healing Fiction.

sábado, 7 de febrero de 2026

Mis clásicos: "Un árbol crece en Brooklyn", de Betty Smith

 


Esta novela, que gozó de mucha popularidad en la década de los 40 y 50 en Estados Unidos, se publicó en 1943. Era la primera novela de una autora que hasta entonces se había dedicado al teatro. Un año después, el director de cine Elia Kazan comenzó su carrera con la adaptación de esta emocionante novela que cuenta la vida de la niña Francie en un barrio pobre de Brooklyn en las primeras décadas del siglo XX.


No estamos ante una novela empalagosa que cuenta, en plan cursi, cómo los pobres luchan para ser felices. Betty Smith se inspira en su propia vida para contar, con un tierno humanismo, las vidas de un grupo de personajes reales, sacados de la vida misma, que hacen todo lo posible por salir adelante en medio de unas circunstancias muy complicadas. 


A la familia de Francie no se le ahorran dificultades. Además, tienen que convivir con las lacras que germinan en barrios pobres y deprimentes. Pero Katie, la madre de Francie y el pilar de la familia, sabe que, con dignidad y apostando por la educación, se puede luchar contra la adversidad. 





Un árbol crece en Brooklyn

Betty Smith

Lumen. 505 págs.  

jueves, 29 de enero de 2026

Notas para un diario: "La tragedia de la bombilla"

 


Soy un manazas. No tengo por qué ocultarlo. Y un negado para todo lo que tiene que ver con habilidades manuales (aquí incluyo también el mundo informático). En mis años de estudiante, la asignatura que peor se me daba fueron los trabajos manuales y la plástica. Tengo recuerdos patéticos de algunas de mis gloriosas actuaciones. Prefiero no poner ejemplos para no abusar del sentido del ridículo. Solo un comentario: mientras el resto de mis compañeros podían lucir orgullosos delante del profe, los alumnos, la familia y el resto de la humanidad sus logros con la plastilina o la marquetería, yo soportaba en silencio mis reiterados fracasos estéticos, ocultando todo lo que hacía para que no lo viese absolutamente nadie. 


Esta manifiesta inutilidad se extiende a todo lo que tiene que ver con el coche: para mí todos los problemas técnicos se reducen a los problemas con el estárter y ahora mismo estoy sumergido en una dolorosa crisis de identidad porque no soy capaz de cambiar uno de los parabrisas delanteros, que se ha estropeado. 



Pero, con diferencia, lo peor de lo peor son las reparaciones caseras. Mi última intervención en casa parecía más bien una perfomance, pero sin espectadores (o, mejor, un número de Mr. Bean). Fue en la cocina. Después de muchísimos años, se fundió la bombilla del techo. Bueno, no se fundió precisamente, sino que estalló y se hizo añicos. Con alegre, dinámica y positiva presteza, cogí la escalera e intenté sacar la bombilla, pensando que iba a ser una operación sencilla, aunque en mi interior ya comenzaban a aparecer las dudas de que todo sería mucho más complicado. Como así fue. No había manera de desenroscar la bombilla, pegada como estaba al casquillo de una manera imposible de quitar. Me bajé de la escalera y observé con detenimiento y escepticismo el desaguisado. Animado, lo volví a intentar. Nada. Otro intento. Nada. Ya empezaba a sudar, no por el esfuerzo físico sino por la sensación de inutilidad absoluta. Ya me veía llamando a Luis, el vecino, para que me viniese a echar una mano. Eso no podía ser. Estamos hablando de una bombilla, una puñetera bombilla. Mi orgullo estaba en juego. 


Cogí unos alicates (sí, sé lo que son unos alicates) y lo intenté con ellos. Fue peor el remedio que la enfermedad. Me estaba cargando todo: lo que quedaba de la bombilla y el casquillo de la lámpara. Volví a bajarme casi temblando de la escalera. Me vi solo ante el peligro, pensando dramáticamente en mi vida y en mi futuro y hasta en la muerte. En mis luces y sombras. La bombilla, parábola existencial, me estaba poniendo a prueba y me estaba también poniendo en mi sitio. Pero no tiré la toalla, cogí fuerzas y en un arrebato de astucia -aquí me salió un rictus de desmedido orgullo- conseguí sacar por fin todos los restos de la bombilla. Estuve a punto de aplaudirme hasta mí mismo. Luego, sin pedir consejo a nadie, fui capaz de comprar una bombilla igual y ponerla como si tal cosa, como si me hubiese dedicado toda la vida a esto. Me sentí pleno y satisfecho. La felicidad absoluta.






lunes, 26 de enero de 2026

Mis clásicos: "La plaza del Diamante", de Mercè Rodoreda

 


            De la ingente bibliografía que existe sobre la Guerra Civil –estudios, monografías, novelas, relatos, etc.-, una de las obras literarias que más me gusta, y que suelo recomendar, es La plaza del Diamante, de la escritora catalana Merçé Rodoreda (1908-1983). Al acabar la Guerra, se exilió en Ginebra y regresó en 1979. En el exilio publicó esta obra, en 1962, y, entre otras, La calle de las Camelias (1966), también de sus más conocidas.


          Si algo brilla en La plaza del Diamante es el personaje de Colometa, una mujer del pueblo que asiste como testigo a los desastres que provocó la guerra (especialmente en su vida) y a la dura reconstrucción de la posguerra. Hay de todo en la novela: tensión, emoción, costumbrismo, testimonio... Pero sobresale la mirada sencilla, femenina, íntima, doméstica de una mujer que se siente desbordada por las circunstancias. 




La plaza del Diamante

Mercè Rodoreda

Edhasa. Barcelona (2023)

240 págs. 9,95 €.

viernes, 23 de enero de 2026

"El verano que pasamos en Sevilla", de Jesús Martínez Medina



Segunda novela que publica Jesús Martínez Medina (Madrid, 1997), como la anterior, La escolanía y el misterio del solista (2023), también dirigida al público juvenil. Martínez Medina demuestra en estas dos novelas que posee una gran imaginación y que sabe construir aventuras que contienen una intriga misteriosa e intelectual, con curiosos enigmas que los protagonistas deben resolver.

Si la anterior novela transcurría en una escolanía, ahora la acción tiene lugar en Sevilla, a donde se ha trasladado la familia González Carballo para pasar unos especiales días de vacaciones, pues sus padres, Ale y Luis, quieren celebrar sus bodas de plata de casados. Mientras los cinco hijos del matrimonio vivirán con su abuela Triana en una localidad cercana a Sevilla, los padres se alojan en el mismo hotel de la noche de bodas de su matrimonio, un hotel con solera, antigua hospedería, que cuenta con un mobiliario que fue regalado nada más ni nada menos que por Alfonso X el Sabio, el hijo de Fernando III el Santo y rey que transformó la ciudad de Sevilla.

La relación de este rey con la ciudad marca la creciente intriga de esta novela, que se sirve en su comienzo de un inesperado accidente en la habitación de sus padres en el hotel por el que uno de los hijos, Álvaro, encuentra dentro de un bargueño muy antiguo dos peones que llevan tallados en su base estos símbolos: E4 y C5. Álvaro esconde los peones sin decir nada a sus padres y a partir de ese descubrimiento empiezan una serie de aventuras para desentrañar ese misterio en el que se ven envueltos todos los miembros de la familia (Álvaro, Borja, Gonzalo, Laura y Cristina), menos sus padres y su abuela.

Avanzan en sus investigaciones gracias a la pasión de Álvaro por el ajedrez y a la ayuda de uno de los nietos de los vecinos, también aficionado al ajedrez. En sus pesquisas se encontrarán con algunos problemas, aunque también aparecen en su auxilio inesperados ayudantes. 

El autor, con mucho ingenio, plantea una intriga en la que intervienen elementos históricos de la ciudad de Sevilla, las acciones del rey sabio y la intuición de los hermanos para avanzar en la resolución del misterio. A la vez, Martínez Medina introduce en el relato las divertidas relaciones entre los hermanos, algunos espinosos hechos relacionados con el pasado familiar y los primeros escarceos amorosos de algunos de ellos.

Martínez Medina consigue que la narración avance con unos diálogos vivos y dinámicos. Acierta en la construcción diferenciada de los personajes y en la descripción del nacimiento de misteriosos e intensos sentimientos en algunos de ellos. La intriga acaba enganchando a los lectores.

Hay cuestiones que, quizás, merecerían un trabajo literario más exigente, pues algunas de los sucesos no están bien desarrollados ni explicados; también se introducen demasiadas historias paralelas que pueden acabar distrayendo al lector. Hay determinadas casualidades que no benefician a la verosimilitud de la trama. Y ciertos temas y personajes -como don Casimiro, el hermano de Triana y el joven Pablo- que no encajan en esta aventura.

Con todo, El verano que pasamos en Sevilla resulta una lectura agradable, simpática, entretenida, que combina los ingredientes familiares con los propios de una novela de intriga.



El verano que pasamos en Sevilla

Jesús Martínez Medina

Almuzara. Córdoba (2024). 

192 págs. 20 €

martes, 20 de enero de 2026

Notas para un diario: "Un crimen distinto y con glamour"



Me envía Javier, antiguo vecino que ahora vive en Vigo, una noticia de la que sólo había leído los titulares y hoy (hace ya años, no muchos) he podido releer despacio. Se trata del asesinato que se ha cometido -no me había dado cuenta de esto- en una calle muy, muy cerca de donde vivo (aunque me he cambiado de domicilio). Javier, con coña marinera, me dice que es “imposible” olvidarse del barrio, por muy lejos que uno esté, pues con bastante frecuencia aparecen en los medios de comunicación noticias siniestras relacionadas con Vallecas. 


Este asesinato, tengo que reconocerlo, me ha gustado especialmente pues no se trata del habitual ajuste de cuentas entre bandas o traficantes. Los protagonistas son, como se cuenta en la noticia, un argentino que trabaja de vigilante, pareja sentimental de otro varón, el fallecido, del que no se especifica la nacionalidad. Como han comentado los vecinos, al parecer solían tener algunas broncas, pero nunca pasaban a mayores. La otra noche, sin embargo, tras una fuerte discusión, empezaron a oírse unos gritos aterradores. Cuando acudió la policía, el argentino les abrió la puerta con una imagen del Sagrado Corazón, desnudo y puesto hasta arriba de estupefacientes. En el suelo del salón se encontraron con el otro hombre con un destornillador clavado en un ojo y otros dos en el abdomen. La sala donde apareció el cadáver estaba repleta de objetos de magia, esoterismo, ocultismo y cuadros religiosos. La mezcla ya era de por sí explosiva. También había restos de drogas y otras sustancias. 


Decía antes que me ha parecido un crimen “bonito”, distinto, interesante, con glamour. Crímenes como este, aunque parezca mentira, ocurren todas las semanas en muchos sitios, pero suelen darse en otros barrios más sofisticados y con más pedigrí. Con este “muerto con destornilladores” podemos sacar en Vallecas un poco de lustre y demostramos también a la humanidad que no se nos puede encasillar exclusivamente en específicas modalidades de muertos y delitos. En Vallecas hemos abierto, por fin, la puerta a la extravagancia. Gracias, Javier, por enviarme la noticia, que se me había escapado, y eso que todo ha sucedido a unos cincuenta metros de mi casa (de la de antes). La vida en este barrio no para de darte sorpresas.




miércoles, 14 de enero de 2026

Mis clásicos: "Mendel el de los libros", de Stefan Zweig

 

          Son muchas las obras de Stefan Zweig (1881-1942) que han alcanzado mucha difusión internacional desde hace décadas. Ambientadas la mayoría en Centroeuropa y en su Viena natal, sus obras reconstruyen el ambiente moral de toda una época además de dar vida a inquietudes y personajes universales, como es el caso de esta brevísima novela, una de mis favoritas.

        Instalado en el café Gluck, el judío Mendel es “un auténtico ejemplar de una raza en extinción, un saurio antediluviano de los libros”, de los que sabe todo. Del resto, Mendel no sabe nada de nada. Tan es así que al poco tiempo de comenzar la Gran Guerra, en 1915, es acusado de colaborar con los enemigos del Imperio austrohúngaro, acusación que acaba con Mendel ingresado en un campo de concentración. Cuando por fin sale, regresa a su rutina libresca, pero como le sucedió a aquella Europa que con tanto acierto retrató Zweig, “Mendel ya no era Mendel, como el mundo no era ya el mundo”. 



Mendel el de los libros

Stefan Zweig

Acantilado. Barcelona (2009)

57 págs. 9 €.