jueves, 5 de noviembre de 2026

Notas para un diario: "Despertadores de barrio"

 



        [Ocurrió en mi antigua casa, hace ya tiempo] A las seis de la mañana. Otra vez, la última hace unos tres meses. Son una pareja de yonquis descacharrados que a esas horas ya están montando numeritos, siempre broncas apocalípticas entre los dos. Esta vez él estaba ausente, en fuera de juego, sin pronunciar palabra, pero ella estaba especialmente espléndida y activada. Seis de la mañana. “Pásame tu puto móvil, hijo de puta, que eres un hijo de la gran puta”. Esto, cinco o seis veces, a pleno pulmón, con voz rasgada y cazallera muy cerca de la ventana de mi habitación. No es la mejor manera de despertarse, la verdad, aunque ya lo tienes un tanto asimilado. En vez de los arrullos pastoriles o bucólicos de una manada de estorninos o palomas o vencejos, estos despertadores urbanos te ayudan a asentarte en tu cercana y consuetudinaria realidad. Sin espasmos. A las seis de la mañana. “Pásame tu puto móvil, hijoputa, que eres un hijo de la gran puta”.

15 libros sobre la pérdida y el duelo



       Estos primeros días de noviembre son un momento propicio para recuperar varias novelas recientes –y algunas joyas un poco más antiguas– que sobresalen por su forma de abordar el tema de la muerte y la pérdida de los seres queridos. Entre novedades y libros ya muy conocidos, hemos seleccionado 15 títulos.

VER ARTÍCULO EN ACEPRENSA.



lunes, 2 de noviembre de 2026

Enrique Vila-Matas, una extraña forma de literatura

 


    He publicado en Aceprensa un artículo dedicado a Enrique Vila-Matas, Premio Nacional de las Letras 2026, que concede el Ministerio de Cultura. El jurado ha destacado "su influencia decisiva en la narrativa contemporánea, su aportación a la tradición borgiana en lengua española", así como su originalidad "formal y fidelidad al espíritu metaficcional de Cervantes".

VER ARTÍCULO EN ACEPRENSA.




martes, 20 de octubre de 2026

Fernando Eguidazu, "Pistoleros de quiosco"

 


Publico en Aceprensa un breve artículo sobre el espléndido y completo libro de Fernando Eguidazu, "Pistoleros de quiosco", dedicado a las novelas del oeste que se publicaban en España antes de la Guerra Civil y en las décadas posteriores. También os pongo un enlace con un breve artículo que escribí en este blog sobre Marcial Lafuente Estefanía, el autor más prolífico de las novelas del oeste, el género más popular de las literaturas de quiosco.

Ver artículo "Pistoleros de Quiosco".

Ver artículo Marcial Lafuente Estefanía.

domingo, 18 de octubre de 2026

Notas para un diario: "Trastero ambulante"

 


Tiene un Citroën C2 con más de quince años a cuestas y casi cuatrocientos mil kilómetros. Aunque es de color blanco, los dos alerones laterales, negros, le dan un aire huraño y aguerrido, como diseñado para combates automovilísticos. La parte delantera está rematada con unas prepotentes lañas de las que sobresalen unos cables que por su extensión y dureza pueden llegar a amenazar la seguridad de los viandantes, cables que le dieron problemas cuando tuvo que pasar la ITV.

No hay en su exterior ni mucho menos en el interior nada de glamour, ni tampoco lujo en su diseño y prestaciones, sino un aroma remarcada y orgullosamente obrero. Es, como él lo define, un coche trastero, un almacén de su intensa, agitada y poliédrica actividad profesional. En el coche lleva siempre a punto las herramientas que precisa para hacer las constantes chapuzas que le encargan, sean de lo que sean, desde jardinería a fontanería pasando por transporte de mercancías y construcción. El coche, pues, define el carácter de Joaquín N. y su específica filosofía de la vida. Por eso, no lo tiene como un capricho, ni para aparentar, ni como etiqueta de prestigio social. Tampoco es un coche que brille por su aséptica modernidad o funcionalidad. Lo hemos dicho: un coche trastero que está para lo que está. No tiene pinta de que Joaquín se dedique como un dominguero más a lavar y abrillantar el coche los fines de semana. No le pega.

Uno encuentra dentro todo lo que pueda imaginar; por eso también sirve como un catálogo de metáforas que condensa su abigarrado mundo interior. Si se abre la puerta de la parte trasera, salta una trampilla que se convierte en una improvisada y útil mesa de apoyo que hace de atalaya para mirar con detenimiento lo que lleva en el trastero. Lo primero que llama la atención son unos sacos blancos donde lleva la indumentaria necesaria para acometer las chapuzas. En uno de ellos, una camisa de color azul desvaída; en el otro, una de sus reconocibles y más famosas señas de identidad: un histórico y desgastado mono azul de los de toda la vida con el anagrama de la marca Bosch en el pecho, mono que suele limpiar de grasa a menudo en su trastero. 

A sus habituales vestimentas de trabajo ha añadido un mandil blanco que le regaló Javier D. en una de sus visitas a Soutelo, donde vive y regenta una panadería con mucho movimiento que abastece a muchos pueblos de los alrededores. El mandil, blanco, lo tiene guardado ahora en el coche, pero lo más seguro es que acabe tiñéndolo de azul o negro, colores más acordes con los lugares y chapuzas que realiza constantemente. El resto de sacos están dentro de una caja de madera que encontró en un contenedor que visita frecuentemente y donde suele arramblar con más cajas para transportar todo tipo de enseres. Hay también otro saco bastante más grande donde almacena las botellas vacías que va acumulando para luego hacérselas llegar a Emilio, el padre gallego de la exnovia de su sobrino, que hace algo de aguardiente casero y que siempre está necesitado de botellas. Joaquín nunca se olvida de él y le nutre de botellas que recoge en bares de Villaverde, en residencias de ancianos y en algunos restaurantes de otras zonas de Madrid. Botella que ve, botella que acaba en el saco. Esto está siendo ya una obsesión.



Las herramientas que hay en el coche no están en un único lugar, sino que se encuentran diseminadas por todo el vehículo. En la esterilla de los pies del asiento del copiloto hay una llave inglesa y varios juegos de llaves de las oficinas y tiendas donde se encarga del mantenimiento y del edificio en el que hace la limpieza de las escaleras una vez a la semana (diez euros la hora). Encima de los asientos de atrás y por el suelo hay de todo y cada cosa está dispuesta con un aparente orden que fomenta la sensación, quizás buscada, de caos y desconcierto. 

En uno de los asientos traseros, hay unas gafas de sol de la época de Elvis Presley, con uno de los cristales rotos, que usa las tardes en que el sol le da de plano en sus viajes a tierras segovianas. También hay en el suelo un gastadísimo taco de madera de alcornoque que utiliza para apoyar los pies cuando toca la guitarra, una de sus grandes aficiones, en la Casa de Aragón o en sus famosas actuaciones en la plaza de su pueblo segoviano junto con sus hermanos y donde cantan hasta hartarse canciones de toda la geografía nacional, aunque a él, personalmente, lo que más le gusta y con diferencia son las jotas aragonesas y navarras y las canciones de Canarias. 

Más cosas por el suelo: unos alicates roñosos y herramientas desperdigadas que proporcionan una abrumadora seguridad mecánica.

Junto con los sacos, en la parte de atrás, lleva un cajón lleno de patatas de la tierra de San Clemente, cerca de Caldas de Reis y Cuntis, que le regaló Emilio y que todavía no ha tenido tiempo de sacar del coche. Para proteger la tapicería de los asientos traseros, ha puesto varias alfombras descoloridas y mimetizadas que ha comprado en un chino de Villaverde. Sorprende la cantidad de documentos, plastificados o no, que ha dejado detrás de los asientos, aplastados, aunque muchos se han caído ya al suelo del coche. Hay de todo: artículos divulgativos sobre ciencia y bioética, planes de entrenamientos de atletismo y fútbol (Joaquín fue durante años un buen entrenador), folletos de instalaciones deportivas, oraciones diversas y estampas de diferentes santos y vírgenes y restos de apuntes de los muchos cursos de formación que ha hecho para reciclarse y para obtener el título oficial de instalador de gas o de otras enseñanzas técnicas (tiene, entre otros, el título de “Mantenimiento de Personas Mayores”, que hizo en un centro cultural de Mejorada del Campo). Lo que más predomina son folios con las letras de esas canciones eternas que tanto le gustan y que están atornilladas en el imaginario colectivo de su generación. Como empiece a cantarlas, no para, engarzando una jota navarra con una canción canaria y otra gallega y segoviana, y esas inmortales composiciones que forman parte del repertorio universal de las tunas.

Descabaladas y bastante arrugadas, una guía de Madrid de los años ochenta y otra de Campsa de carreteras ya imposibles, que sigue manejando por fascículos. Si se mira bien, debajo de la caja de las patatas emerge una silla plegable, una antigua pesa romana y una cejilla artesana para la guitarra. En el cristal del coche, por fuera, una enorme pegatina de Radio María. En el cristal trasero, se lee "Virgen de Fátima, virgen viajera: protégenos en la carretera". 

Puede parecer que el coche/trastero es un homenaje al caos y el desorden, pero nada más lejos de la realidad. Joaquín sabe dónde está cada cosa. Si le pides un alargador, lo encuentra al momento; si alguien necesita un cancionero, aparece en cinco segundos. Para Joaquín, el orden, aunque en su caso pueda ser antiestético, es fundamental. Si necesita una lupa, la encuentra en su sitio.

El salpicadero es todo un espectáculo para los sentidos. En él sobresale un ostentoso aparato para encajar el móvil enganchado al salpicadero con fuertes, visibles y contundentes trozos de celo. El cable para cargar el móvil es el doble de largo que lo normal. Un bolígrafo bic cortado por la mitad para que encaje bien en uno de los agujeros, una lupa (imprescindible: tiene problemas con la vista de un ojo desde hace años después de que le saltase una chispa en el trabajo) y un pequeño y manejable destornillador de urgencia. Al lado de la palanca de cambios, un calendario de bolsillo de un mesón de Villaverde y una estampa de la Virgen. Un escuálido lapicero que suele acabar detrás de la oreja, un peine, unas tijeras y una navaja. También una caja de hierbabuena, una pomada antibiótica y unos caramelos que debieron caducar hace ya unos años. Lleva unas pegatinas pequeñas justo encima del marcador electrónico de la fecha y la velocidad. Y muchos palillos, compañeros habituales de Joaquín después de las comidas. 

En el volante lleva pegado un celo trasparente donde apunta a veces los kilómetros de algunos trayectos y el recorrido para algunos de sus viajes, aunque el GPS está ya sustituyendo esta ancestral costumbre, de la que le cuesta desprenderse. En la cajonera lateral de la ventana derecha, unos guantes y una máquina muy mona para medir la presión de las ruedas, además de un potente rollo de cinta aislante, que nunca puede faltar.

No le gusta escuchar música en el coche, ni tampoco las noticias. Suele ir intensamente concentrado para no perderse y para combatir así la apnea del sueño, que se apodera de él en los viajes largos (si pasa la noche fuera de casa, lleva consigo una máquina a la que se conecta cuando va a dormir); para no dormirse en los viajes, lleva a veces una pelota de goma en una de las manos que aprieta de manera rítmica. Si se baña en el mar o en un río, para que el agua no le entre por la nariz, se fabricó cuando trabajaba con el torno unas sencillas pinzas que lleva utilizando ya más de veinte años (otra de sus habilidades, muy significativa, es la autosuficiencia: se arregla y cose sus zapatos, se hace sus propias agendas y mariconeras, todo con tal de ahorrarse todo lo que pueda suponer un gasto extra). 





Para Joaquín, el coche es, por tanto, una prolongación de su vida y de su profesión. No lo tiene ni para fardar ni para aparentar. Es su mejor herramienta de trabajo y como tal lo trata y maneja, y me parece muy bien. Joaquín proyecta en su coche su estilo, una filosofía de vida específica apegada a sus raíces, su biografía profesional y sus sobrias costumbres personales. Mientras que otros ven en los coches una señal ostentosa de su éxito económico y social, como en tantas cosas de su vida, Joaquín va a lo práctico y esencial. Me gusta su manera de ir por la vida, auténtica y autosuficiente, rechazando lo superfluo, en la que no hay nada impostado ni falso. Todo directo y a las claras, sin trampa ni cartón. Transparencia existencial.

[Escribí esto unos meses antes de que Joaquín cambiase de coche tras un pequeño accidente. Ya lo tenía bien amortizado. Lo ha sustituido por uno del mismo modelo, ahora de color negro, y “solo” con más de cien mil kilómetros. He montado en el nuevo y no he encontrado ninguna diferencia: todo está absolutamente igual que el anterior, tuneado con las mismas prestaciones y con las mismas herramientas y cachivaches distribuidos por el coche. Se agradece esa constancia y esa perseverancia en sus sólidas convicciones].


domingo, 11 de octubre de 2026

"El oficio de escribir", de Jack London

 


En edición a cargo de Javier Fernández Rubio, El Desvelo Ediciones publica una selección de artículos que Jack London (1876-1916) escribió para la prensa entre 1888 y 1906, textos que se fueron publicando a la vez que comenzó a destacar como gran narrador. No se trata de textos teóricos sobre “el oficio de escribir” sino una serie de consejos y reflexiones que proceden de su propia experiencia como escritor y que, transformados en novela, forman parte de la trama de Martín Eden (1909), una de sus novelas más autobiográficas. Se trata de una serie de escritos inéditos.

Estos artículos, como escribe Fernández Rubio en la introducción, los fue publicando en diferentes periódicos y revistas en unos años en los que el relato corto se convirtió en el motor de la literatura. Por lo menos en la literatura norteamericana, hubo en aquel entonces un cierto cansancio del estilo de tantas novelas decadentes y los lectores cambiaron sus gustos por las historias cortas escritas a su vez con un estilo rápido, sintético y condensado. La profusión de relatos cortos alteró también el estilo, como escribe Jack London en estos artículos: “¿Por qué ha disminuido el uso de oraciones completas y la longitud de las frases? (…) ¿Por qué el ubícuo relato corto tiene tanta demanda?”. La respuesta, para London, está clara: “La sociedad quiere que el texto de lectura no sólo sea denso, compacto, sino también ágil, incisivo, conciso”. Con estas premisas, London enfocó también su propia literatura.

En estos textos, comenta el autor de La llamada de lo salvaje aspectos que él ha llevado a su propia literatura, o problemas con los que se ha encontrado a la hora de escribir. Son reflexiones sinceras, prácticas, que él ha experimentado con anterioridad.  No se va por las ramas. Es directo y claro. Y aunque no descubren ni fórmulas mágicas ni contienen reflexiones muy profundas, proporcionan a los aspirantes a escritores unas pautas esenciales y radicales.

Por ejemplo, repite London que el escritor novel debe trabajar, en primer lugar, por una filosofía de la vida que traspase sus escritos, algo así como su ADN literario. Recomienda dedicar tiempo a estudiar, “para leer el rostro de la vida con comprensión”, estudiando a la vez “los trucos de los escritores que han triunfado”. Y se debe dedicar mucho tiempo a leer, “pero lo mejor y solo lo mejor”, sin perder el tiempo con lecturas insustanciales.

Rechaza la actitud de los diletantes escribidores profesionales, donde el oficio sustituye a la auténtica vocación. Y advierte de los peligros de optar como un recurso facilón por “los líos melodramáticos” y las ficciones peligrosas, trucos baratos para atrapar a lectores que tienen una imagen degradada de la literatura y de la escritura.

En su caso, la literatura arranca en muchas ocasiones de la vida, como se aprecia en sus propios relatos que cuentan, con ficción, sus experiencias como marinero, boxeador, vagabundo o en las minas de Alaska. Pero también advierte, después de su trato con muchos editores, que “la imaginación creativa es más veraz que la voz de la vida”. 

London tuvo una formación autodidacta y eso se manifiesta en su manera de acercarse a la literatura y en los consejos que da a los escritores noveles, en los que insiste en la importancia de la tenacidad, la originalidad, la sinceridad y la personalidad. 



El oficio de escribir

Jack London

El Desvelo Ediciones. Córdoba (2026).

 64 págs. 13 € 

Traducción: Javier Fernández Rubio.

sábado, 3 de octubre de 2026

Notas para un diario: "Café terapéutico"

 


Tomando un café a primera hora de la mañana en un bar cercano a mi antiguo trabajo, acabo por cerrar el libro y, disimulando, me limito a escuchar, soy un cotilla, la conversación que mantienen los de una mesa cercana, un hombre y una mujer posiblemente treintañeros. Lo más seguro que sean amigos, aunque a lo mejor estaba asistiendo de privilegiado espectador a una sesión en directo de psicoterapia. 

Por lo que intuí, ella, casada, con un hijo pequeño, se encontraba en una mala racha. El hombre había adoptado el papel de gurú, de consejero, de vate, de psicólogo. A ella, que hablaba casi en murmullos, apenas le pude escuchar, pero a él se le oía bastante bien. “Claramente estás en medio de una tormenta, de un ciclón. (…) Debes valorarte más a ti misma. No le des tantas vueltas a la relación con tu abuelo. No sé por qué lo has idealizado. (…) Ha llegado el momento de plantarte. ¿Por qué proyectas en tu abuelo tu propia vida? ¿Por qué sigue siendo tu referencia? (…) Es verdad, el pasó por una guerra civil, pero tú también has pasado lo tuyo durante la pandemia”. 

En ese momento me levanté porque ya se me había hecho tarde y porque el tono melifluo del psicoterapeuta pudo conmigo. Pobre mujer, me dije: entre lo del abuelo y el amigo psicólogo, ésta no va a levantar cabeza.