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domingo, 18 de octubre de 2026

Notas para un diario: "Trastero ambulante"

 


Tiene un Citroën C2 con más de quince años a cuestas y casi cuatrocientos mil kilómetros. Aunque es de color blanco, los dos alerones laterales, negros, le dan un aire huraño y aguerrido, como diseñado para combates automovilísticos. La parte delantera está rematada con unas prepotentes lañas de las que sobresalen unos cables que por su extensión y dureza pueden llegar a amenazar la seguridad de los viandantes, cables que le dieron problemas cuando tuvo que pasar la ITV.

No hay en su exterior ni mucho menos en el interior nada de glamour, ni tampoco lujo en su diseño y prestaciones, sino un aroma remarcada y orgullosamente obrero. Es, como él lo define, un coche trastero, un almacén de su intensa, agitada y poliédrica actividad profesional. En el coche lleva siempre a punto las herramientas que precisa para hacer las constantes chapuzas que le encargan, sean de lo que sean, desde jardinería a fontanería pasando por transporte de mercancías y construcción. El coche, pues, define el carácter de Joaquín N. y su específica filosofía de la vida. Por eso, no lo tiene como un capricho, ni para aparentar, ni como etiqueta de prestigio social. Tampoco es un coche que brille por su aséptica modernidad o funcionalidad. Lo hemos dicho: un coche trastero que está para lo que está. No tiene pinta de que Joaquín se dedique como un dominguero más a lavar y abrillantar el coche los fines de semana. No le pega.

Uno encuentra dentro todo lo que pueda imaginar; por eso también sirve como un catálogo de metáforas que condensa su abigarrado mundo interior. Si se abre la puerta de la parte trasera, salta una trampilla que se convierte en una improvisada y útil mesa de apoyo que hace de atalaya para mirar con detenimiento lo que lleva en el trastero. Lo primero que llama la atención son unos sacos blancos donde lleva la indumentaria necesaria para acometer las chapuzas. En uno de ellos, una camisa de color azul desvaída; en el otro, una de sus reconocibles y más famosas señas de identidad: un histórico y desgastado mono azul de los de toda la vida con el anagrama de la marca Bosch en el pecho, mono que suele limpiar de grasa a menudo en su trastero. 

A sus habituales vestimentas de trabajo ha añadido un mandil blanco que le regaló Javier D. en una de sus visitas a Soutelo, donde vive y regenta una panadería con mucho movimiento que abastece a muchos pueblos de los alrededores. El mandil, blanco, lo tiene guardado ahora en el coche, pero lo más seguro es que acabe tiñéndolo de azul o negro, colores más acordes con los lugares y chapuzas que realiza constantemente. El resto de sacos están dentro de una caja de madera que encontró en un contenedor que visita frecuentemente y donde suele arramblar con más cajas para transportar todo tipo de enseres. Hay también otro saco bastante más grande donde almacena las botellas vacías que va acumulando para luego hacérselas llegar a Emilio, el padre gallego de la exnovia de su sobrino, que hace algo de aguardiente casero y que siempre está necesitado de botellas. Joaquín nunca se olvida de él y le nutre de botellas que recoge en bares de Villaverde, en residencias de ancianos y en algunos restaurantes de otras zonas de Madrid. Botella que ve, botella que acaba en el saco. Esto está siendo ya una obsesión.



Las herramientas que hay en el coche no están en un único lugar, sino que se encuentran diseminadas por todo el vehículo. En la esterilla de los pies del asiento del copiloto hay una llave inglesa y varios juegos de llaves de las oficinas y tiendas donde se encarga del mantenimiento y del edificio en el que hace la limpieza de las escaleras una vez a la semana (diez euros la hora). Encima de los asientos de atrás y por el suelo hay de todo y cada cosa está dispuesta con un aparente orden que fomenta la sensación, quizás buscada, de caos y desconcierto. 

En uno de los asientos traseros, hay unas gafas de sol de la época de Elvis Presley, con uno de los cristales rotos, que usa las tardes en que el sol le da de plano en sus viajes a tierras segovianas. También hay en el suelo un gastadísimo taco de madera de alcornoque que utiliza para apoyar los pies cuando toca la guitarra, una de sus grandes aficiones, en la Casa de Aragón o en sus famosas actuaciones en la plaza de su pueblo segoviano junto con sus hermanos y donde cantan hasta hartarse canciones de toda la geografía nacional, aunque a él, personalmente, lo que más le gusta y con diferencia son las jotas aragonesas y navarras y las canciones de Canarias. 

Más cosas por el suelo: unos alicates roñosos y herramientas desperdigadas que proporcionan una abrumadora seguridad mecánica.

Junto con los sacos, en la parte de atrás, lleva un cajón lleno de patatas de la tierra de San Clemente, cerca de Caldas de Reis y Cuntis, que le regaló Emilio y que todavía no ha tenido tiempo de sacar del coche. Para proteger la tapicería de los asientos traseros, ha puesto varias alfombras descoloridas y mimetizadas que ha comprado en un chino de Villaverde. Sorprende la cantidad de documentos, plastificados o no, que ha dejado detrás de los asientos, aplastados, aunque muchos se han caído ya al suelo del coche. Hay de todo: artículos divulgativos sobre ciencia y bioética, planes de entrenamientos de atletismo y fútbol (Joaquín fue durante años un buen entrenador), folletos de instalaciones deportivas, oraciones diversas y estampas de diferentes santos y vírgenes y restos de apuntes de los muchos cursos de formación que ha hecho para reciclarse y para obtener el título oficial de instalador de gas o de otras enseñanzas técnicas (tiene, entre otros, el título de “Mantenimiento de Personas Mayores”, que hizo en un centro cultural de Mejorada del Campo). Lo que más predomina son folios con las letras de esas canciones eternas que tanto le gustan y que están atornilladas en el imaginario colectivo de su generación. Como empiece a cantarlas, no para, engarzando una jota navarra con una canción canaria y otra gallega y segoviana, y esas inmortales composiciones que forman parte del repertorio universal de las tunas.

Descabaladas y bastante arrugadas, una guía de Madrid de los años ochenta y otra de Campsa de carreteras ya imposibles, que sigue manejando por fascículos. Si se mira bien, debajo de la caja de las patatas emerge una silla plegable, una antigua pesa romana y una cejilla artesana para la guitarra. En el cristal del coche, por fuera, una enorme pegatina de Radio María. En el cristal trasero, se lee "Virgen de Fátima, virgen viajera: protégenos en la carretera". 

Puede parecer que el coche/trastero es un homenaje al caos y el desorden, pero nada más lejos de la realidad. Joaquín sabe dónde está cada cosa. Si le pides un alargador, lo encuentra al momento; si alguien necesita un cancionero, aparece en cinco segundos. Para Joaquín, el orden, aunque en su caso pueda ser antiestético, es fundamental. Si necesita una lupa, la encuentra en su sitio.

El salpicadero es todo un espectáculo para los sentidos. En él sobresale un ostentoso aparato para encajar el móvil enganchado al salpicadero con fuertes, visibles y contundentes trozos de celo. El cable para cargar el móvil es el doble de largo que lo normal. Un bolígrafo bic cortado por la mitad para que encaje bien en uno de los agujeros, una lupa (imprescindible: tiene problemas con la vista de un ojo desde hace años después de que le saltase una chispa en el trabajo) y un pequeño y manejable destornillador de urgencia. Al lado de la palanca de cambios, un calendario de bolsillo de un mesón de Villaverde y una estampa de la Virgen. Un escuálido lapicero que suele acabar detrás de la oreja, un peine, unas tijeras y una navaja. También una caja de hierbabuena, una pomada antibiótica y unos caramelos que debieron caducar hace ya unos años. Lleva unas pegatinas pequeñas justo encima del marcador electrónico de la fecha y la velocidad. Y muchos palillos, compañeros habituales de Joaquín después de las comidas. 

En el volante lleva pegado un celo trasparente donde apunta a veces los kilómetros de algunos trayectos y el recorrido para algunos de sus viajes, aunque el GPS está ya sustituyendo esta ancestral costumbre, de la que le cuesta desprenderse. En la cajonera lateral de la ventana derecha, unos guantes y una máquina muy mona para medir la presión de las ruedas, además de un potente rollo de cinta aislante, que nunca puede faltar.

No le gusta escuchar música en el coche, ni tampoco las noticias. Suele ir intensamente concentrado para no perderse y para combatir así la apnea del sueño, que se apodera de él en los viajes largos (si pasa la noche fuera de casa, lleva consigo una máquina a la que se conecta cuando va a dormir); para no dormirse en los viajes, lleva a veces una pelota de goma en una de las manos que aprieta de manera rítmica. Si se baña en el mar o en un río, para que el agua no le entre por la nariz, se fabricó cuando trabajaba con el torno unas sencillas pinzas que lleva utilizando ya más de veinte años (otra de sus habilidades, muy significativa, es la autosuficiencia: se arregla y cose sus zapatos, se hace sus propias agendas y mariconeras, todo con tal de ahorrarse todo lo que pueda suponer un gasto extra). 





Para Joaquín, el coche es, por tanto, una prolongación de su vida y de su profesión. No lo tiene ni para fardar ni para aparentar. Es su mejor herramienta de trabajo y como tal lo trata y maneja, y me parece muy bien. Joaquín proyecta en su coche su estilo, una filosofía de vida específica apegada a sus raíces, su biografía profesional y sus sobrias costumbres personales. Mientras que otros ven en los coches una señal ostentosa de su éxito económico y social, como en tantas cosas de su vida, Joaquín va a lo práctico y esencial. Me gusta su manera de ir por la vida, auténtica y autosuficiente, rechazando lo superfluo, en la que no hay nada impostado ni falso. Todo directo y a las claras, sin trampa ni cartón. Transparencia existencial.

[Escribí esto unos meses antes de que Joaquín cambiase de coche tras un pequeño accidente. Ya lo tenía bien amortizado. Lo ha sustituido por uno del mismo modelo, ahora de color negro, y “solo” con más de cien mil kilómetros. He montado en el nuevo y no he encontrado ninguna diferencia: todo está absolutamente igual que el anterior, tuneado con las mismas prestaciones y con las mismas herramientas y cachivaches distribuidos por el coche. Se agradece esa constancia y esa perseverancia en sus sólidas convicciones].


sábado, 3 de octubre de 2026

Notas para un diario: "Café terapéutico"

 


Tomando un café a primera hora de la mañana en un bar cercano a mi antiguo trabajo, acabo por cerrar el libro y, disimulando, me limito a escuchar, soy un cotilla, la conversación que mantienen los de una mesa cercana, un hombre y una mujer posiblemente treintañeros. Lo más seguro que sean amigos, aunque a lo mejor estaba asistiendo de privilegiado espectador a una sesión en directo de psicoterapia. 

Por lo que intuí, ella, casada, con un hijo pequeño, se encontraba en una mala racha. El hombre había adoptado el papel de gurú, de consejero, de vate, de psicólogo. A ella, que hablaba casi en murmullos, apenas le pude escuchar, pero a él se le oía bastante bien. “Claramente estás en medio de una tormenta, de un ciclón. (…) Debes valorarte más a ti misma. No le des tantas vueltas a la relación con tu abuelo. No sé por qué lo has idealizado. (…) Ha llegado el momento de plantarte. ¿Por qué proyectas en tu abuelo tu propia vida? ¿Por qué sigue siendo tu referencia? (…) Es verdad, el pasó por una guerra civil, pero tú también has pasado lo tuyo durante la pandemia”. 

En ese momento me levanté porque ya se me había hecho tarde y porque el tono melifluo del psicoterapeuta pudo conmigo. Pobre mujer, me dije: entre lo del abuelo y el amigo psicólogo, ésta no va a levantar cabeza.  

sábado, 19 de septiembre de 2026

Notas para un diario: “Las gallinejas, metáfora existencialista y gastronómica”

 



          Conociendo algunas de mis manías y pasiones librescas, me han regalado Las Gallinejas, escrito por el periodista David Sanz, sobrino del protagonista del libro, Gabino Domingo, propietario de la popular “Freiduría de Gallinejas Embajadores”, en la calle madrileña del mismo nombre. 

El libro cuenta la biografía de Gabino desde que a los trece años llegó a Madrid procedente de Membrillera, un pueblo de Guadalajara, para trabajar en una freiduría que acababa de abrir una tía suya. La peripecia personal de Gabino, que acabó quedándose con el negocio cuando su tía se retiró, explica la intensa y apasionada relación de los madrileños con un producto tan atípico que ya forma parte de su idiosincrasia y carácter. Gabino ha escrito también algunos libros sobre su infancia en su pueblo natal y un puñado de poesías que han incluido en la decoración de su local.




Como se explica en el libro, las gallinejas empiezan a valorarse como alimento a mediados del siglo XIX, cuando los que trabajaban en el Matadero de Puerta de Toledo recogen las tripas de cordero que solían tirar a la basura para dárselas a los pobres y desheredados que acuden al Matadero para buscar algo que echarse a la boca. Poco a poco, algunas mujeres, la mayoría viudas y sin recursos, comienzan a freír estas menudencias en diferentes puntos de la capital con la misma estética y medios que las tradicionales vendedoras de castañas. En 1928, cuando se estrena el Mercado de Legazpi, el Ayuntamiento decide regular esta venta teniendo en cuenta el número de vendedoras ya desperdigadas por la capital y que acudían al Matadero a recoger estos despojos por la tarde. Las gallinejas y los chicharrones fritos se ponen de moda en los barrios populares y se convierten en un inesperado negocio y manjar. 

Gabino asiste a esta progresiva evolución del negocio, que alcanza su momento de esplendor a mediados de los años 70, cuando hay en Madrid, sobre todo en los barrios obreros (Embajadores, Lavapiés, Tetuán, Cuatro Caminos, Ventas, Vallecas…), más de 90 quioscos de gallinejeras. Con la llegada de la transición, bien por los cambios en los hábitos alimenticios, bien por la subida de los productos relacionados con la casquería, las gallinejas casi desaparecen como alimento. De hecho, en la década de los 90, cuando cierra el Mercado de Legazpi, apenas quedan unas pocas en pie. 

En esos años, Gabino da vueltas y vueltas al futuro de un negocio que hasta entonces era callejero e imprevisible, pues no siempre se encontraban existencias en el Matadero. Es entonces cuando decide transformar su reducido pero boyante negocio en un restaurante que, en principio, seguiría abriendo de seis de la tarde a once de la noche, como el resto de los quioscos desperdigados por la capital. Luego consiguió proveedores constantes que ya no dependían del Matadero y mejores productos (las gallinejas y el resto de vísceras pasaron a ser siempre de cordero lechal). Años después decidió abrir todo el día ya como un restaurante más. Y acertó. El negocio fue viento en popa y, en el mismo sitio, siguen vendiendo gallinejas, entresijos y otros platos en las más de treinta mesas que tiene el restaurante. Todo ello a base de esfuerzo y trabajo, como ha dejado constancia en una de sus poesías: “Me levanto a las cuatro, / no hay descanso ni parada / como mientras trabajo / y me acuesto de madrugada”.




Había oído hablar de ese restaurante, pero no lo visité hasta el otro día, animado después de la lectura de este libro que estoy comentando, del que me impactaron algunas afirmaciones de Gabino, al que ya estaba deseando conocer. La primera: “dignificar y elevar el consumo de las gallinejas y entresijos a la categoría de restaurante fue una de las satisfacciones más grandes de mi vida”. Este gesto le honra, pues desde entonces, poco a poco, dejaron de servirse en bocadillos y en cucuruchos de papel, como las castañas, y de comerse en las calles acompañados de una bota de vino. Gracias a su decisión, las gallinejas subieron de nivel social y se convirtieron en un plato normal, uno más de la cocina madrileña. La segunda: “Por aquel entonces, yo había subido al escalón más alto en el oficio de freír, porque no solo freía bien sino que me sentía fascinado con mi trabajo, creyendo que mis platos eran como obras de arte, únicos y con alma”. En una entrevista que le hicieron en la prensa, completa estas sensaciones. Afirma que “las gallinejas son pura poesía. (…) Para mí, freír y servir gallinejas, entresijos y mollejas es pintar. El cuadro alcanza la perfección cuando se ha aplicado el tiempo adecuado de fritura, la cantidad justa para los comensales y la forma de emplatarlo”. Ni Ferrán Adrià en sus mejores tiempos retóricos, cuando montó el restaurante vanguardista Bulli, ha empleado imágenes tan poéticas, revolucionarias y apasionadas al referirse a su trabajo en la cocina. 



Pero, ¿qué son las gallinejas. En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se dice que son “tripas fritas de cordero o de cabrito y que antes procedían de otros animales, que constituyen un plato popular de Madrid”. La definición ha ido cambiando con el paso de los años, adaptándose más a la realidad, aunque el resultado final tampoco es del gusto de Gabino, que ha emprendido una cruzada para que la Real Academia afine mejor en qué consisten sus queridas gallinejas. No le gusta eso de que “antes procedían de otros animales”, afirmación que considera falsa pues no está contrastada. En el libro, de manera más desarrollada, describen mucho mejor qué son desde un punto de vista quirúrgico, que es el que a los comensales más nos interesa: “dentro del cordero, en lo más profundo del animal, se encuentran un conjunto de piezas anatómicas como el estómago (los callos), el intestino delgado (parte de la gallineja) el mesenterio (entresijo), la toquilla (tela de sebo que cubre y protege todas las interioridades), además de otros elementos. Al seccionar y desmenuzar todos estos fragmentos dan lugar a varios productos de nombres populares con los que se preparan diversos platos relacionados entre sí”. 

Estas son las especialidades del restaurante de Gabino. En primer lugar, el plato por excelencia, las gallinejas, que proceden hoy día exclusivamente del cordero lechal, y que son “un producto mixto compuesto por el intestino delgado y un trozo del mesenterio (el entresijo) que a la vez contiene una molleja popularmente llamad botón”. Luego, los entresijos: “su procedencia es una especie de madeja llena de mollejitas (los folclóricos botones) que rodea y protege el intestino delgado y que una vez limpia se separa y se parte en trozos”. 

Y después, platos menos conocidos que están íntimamente relacionados con estos dos: las tiras (unos trozos de tripa cortados, con forma de tubitos, delgados y separados), los canutos (parecido a las tiras pero muchísimo más fritos, como si fuesen cortezas), los chicharrones (en su momento, igual de populares que las gallinejas, de donde proceden), los zarajos (son una tripa kilométrica del cordero que se enrolla en dos palos de sarmiento) y las mollejas, esos apéndices blancos carnosos que están situados en el cuello y junto al corazón del cordero y que son de tres tipos: botones, mollejas blancas y chorrillos. 

También se puede pedir otra especialidad de la casa, los pitos picantes. Tras la crisis de las “vacas locas”, cada vez se venden menos las mollejas negras (llamadas también pajarillas), las mollejas finas (el páncreas), las madrecillas y la ubre de vaca (el único plato que no procede del cordero lechal). Por lo general, en el restaurante se ofrece un único plato en el que se mezclan todas estas variantes y al que se pueden añadir unas patatas fritas –hechas también en la misma sartén- o una ensalada clásica. 

La visita al restaurante resultó una experiencia inolvidable y popular, como escribe David Sanz: “El olfato es verbena; el oído, arraigo; el tacto, tradición; la vista, casticismo, y el gusto, placer”. Pedimos una de esas bandejas en la que hay de todo, la mejor manera de apreciar la variedad de menudencias y aprender así a distinguirlas. Me encantó la decoración del local, sencilla, castiza y nada pretenciosa. Me llamaron la atención las fotografías de algunos famosos y más todavía las fotografías de familias enteras anónimas comiendo en el restaurante, una de las debilidades de Gabino, al que no llegamos a conocer, una pena. La visita confirmó lo que intuía: aquello es el Templo donde las gallinejas han ocupado el privilegiado lugar que les corresponde dentro de la gastronomía popular de Madrid. A esto dedica Gabino otro de sus poemas: “¿Qué son las gallinejas? / preguntaba una paisana / y le dijo con gracia una vecina: / -“Mira chica, no hay comida / en Madrid, tan rica y castiza / y con tan buenos sabores / como las gallinejas que sirven / en la calle de Embajadores”.




Como otras cosas igual de sencillas que tenemos a nuestro alrededor, las gallinejas se han convertido en una humilde metáfora de la condición humana y de nuestra gris y anodina existencia. Sentados delante de un plato de gallinejas y del resto de vísceras que aquí hemos mencionado, comprobamos el espectáculo de la cruda visibilidad de nuestra propia corporeidad, miserable o apoteósica, dependiendo de nuestro punto de vista y de nuestro ánimo. Estamos, nos guste o no, hechos de lo mismo que los corderos de lechal: de menudencias, gallinejas y vísceras, a las que podemos añadir el hálito espiritual. Pero nosotros no somos distintos ni especiales. Pero a todo este mundo oculto y secreto que damos vida en nuestro recóndito interior, Gabino, con orgullo de artista, le sabe sacar partido, sin ponerse espléndido, ni melindroso, ni prepotente. Lo suyo es sacar brillo a la vulgaridad de la fritura de gallinejas. Con Gabino aprendemos que lo vulgar, transformado por nuestra pasión vital, se convierte en una experiencia apasionante. Todo depende del ánimo y del espíritu con el que uno se acerque a estas ínfimas realidades. Por eso, las gallinejas, nuestras amadas gallinejas, y los entresijos, ayudan a ver los pliegues de nuestra vida sin recovecos, de frente, disfrutando de los paisajes y espacios donde a veces entra poco la luz. Somos lo que somos gracias a la gozosa interioridad de nuestras propias gallinejas. Ellas son el símbolo de un sólido, genuino y frito realismo que refuerza nuestra débil pero orgullosa humanidad. 


"Tendrás unos entresijos,

crujientes y bien dorados,
que alimentan a los hijos
de este Madrid adorado."


[Al mes de ir a comer al restaurante de las gallinejas, vi en el periódico la noticia de que Gabino había decidido cerrar el negocio. Los meses de pandemia, con el local cerrado y la gente recluida en sus casas, fueron la puntilla de un restaurante histórico, que merecería se conservase para que no se olviden las raíces de Madrid. Ha cerrado, pues, un trozo de la historia gastronómica de Madrid, con unas especialidades únicas que han contribuido a reforzar las señas de identidad madrileñas, asentadas en tantas costumbres y detalles como los que ha proporcionado esta freiduría].

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Notas para un diario: "La señora Estupenda"

 


  [Rescato un texto que aparece en mi diario La suerte de conocerte, que publiqué en 2021. Luego lo amplié un poco cuando apareció también en Libro de familia. Está dedicado a mi madre, que acaba de fallecer, el 4 de septiembre de 2026].

Desde hace años, ha sido la respuesta habitual de mi madre cuando preguntabas qué tal estaba: «Estupendamente. Muy bien. No me duele nada». Eso era lo que decía cuando vivía en casa con mi hermano Alberto, luego con mi hermana Mari Carmen y después en la Residencia, donde lleva ya unos años. Algunos de mis amigos, cuando me preguntan por ella, siempre me dicen: «¿Qué tal está la señora Estupenda?». La verdad es que da gusto. Tiene un carácter fenomenal, positivo, que le ha llevado durante toda su vida a adaptarse a lo que tocaba, sin hacer melodramas sino con total espíritu de servicio y naturalidad, a pesar de los pesares. Y eso lo ha sabido contagiar al resto de la familia. 

            Hace poco lo comentábamos entre todos los hermanos, cuando estuvimos con ella merendando en un centro comercial cercano a la Residencia donde está. Absolutamente todo le parece bien. Y su actitud ante la vida es contagiosa y repleta de un sano sentido del humor. 

            Mi madre, desde siempre, acepta las cosas con total normalidad, porque es lo que toca, ahora en la Residencia, antes en casa de mi hermana Mari Carmen y desde siempre en su casa, viuda desde hace la tira de años, cuidando de esta familia numerosa con naturalidad. 

La “señora Estupenda” hace todo lo que esté al alcance de su mano para que nosotros, sus hijos, no nos preocupemos por nada. «Dile a tus hermanos que estoy muy bien, que como bien, que duermo bien. Que estoy muy contenta y que aquí me tratan muy bien. Estoy estupendamente». «Y si no –dice a la vez que señala su bastón–, aquí tengo yo esto para poner la cosas en su sitio». Siempre saca el lado bueno de todo y siempre manifiesta una actitud abierta a disfrutar de lo que sea –un baile, una partida de cartas, el dominó, un bingo, etc.– porque de lo que se trata es de pasarlo bien, adaptarse a lo que venga y no dar la brasa.

Así ha sido toda su vida, que como la de tantas personas de su generación no fue nada fácil. Vivió la guerra civil y la posguerra, trabajando desde muy pronto para ayudar a su familia, también numerosa. Vivió momentos complicados, que supo superar gracias a su equilibrado carácter. Ya en Vallecas, los hijos se sucedieron a un ritmo vertiginoso. Menos mal que pudo contar con la ayuda de mi hermana mayor, también una madre para todos nosotros. Las dos sortearon las muchas dificultades de su tiempo y salieron adelante gracias a su abnegación, metida en su ADN. Las dos son las que han dado forma a una familia que, como todas, tiene su peculiar estilo y sus singulares señas de identidad. Mi padre se nos fue pronto, pero ya éramos todos, menos el Richar, mayores, y supimos encontrar cada uno nuestro camino, con errores y también aciertos. Eso sí, siempre nuestra madre estaba detrás, manteniendo la casa, trabajando sin parar para que no nos faltase de nada. Nunca fue una madre posesiva ni agonías, tampoco con las necesidades económicas que teníamos, que no eran pocas. Todos pusimos de nuestra parte para que cada uno fuera encontrando su sitio y facilitar las cosas a mi madre. Y ella llevó todo esto con ese carácter que tiene, despreocupado y viendo el lado positivo de todo.

Cuando la mayoría volamos de manera independiente, disfrutó lo que pudo de la vida, aunque también dedicó unos años a cuidar de su padre, mi abuelo Pepe, que vivió hasta los 99 años. Los días que tenía que estar con mi abuelo, nos dejaba todo preparado, sabiendo que éramos unos inútiles en la cocina (una vez, incluso, tuvimos que llamar a una vecina para que nos ayudase a abrir una lata).

Conseguimos que se fuese a algunos viajes del Imserso, donde disfrutó de lo lindo apuntándose a todas las actividades y ganando hasta premios de baile. Tuvo la suerte de irse muchos años a Cullera con una amiga también viuda. A Cullera iba además un matrimonio del que mi madre contaba muchas cosas divertidas de su proverbial tacañería, a pesar de tener dinero. Vivió en el piso de toda la vida hasta los 85 años. Salía mucho a la calle. Siempre desayunaba fuera de casa, donde Ángel, en Arroyo del Olivar, y luego bajaba a Dones todas las tardes a merendar con otras señoras. A los 85 se fue a vivir con mi hermana Mari Carmen y mis sobrinos Rubén y Sergio a San Fernando de Henares. Y luego, a la Residencia Concesol, en Condesa de Venadito, una residencia pequeña, familiar y muy profesional, de la que todos estamos muy contentos, también mi madre.

Todo esto, sin traumas. Aceptando que las cosas son así, que es lo mejor para todos, también para ella. Y ahí sigue, apuntándose a un bombardeo. Jugando a las cartas y al dominó (y haciendo trampas). Bailando en los días de fiesta. Disfrutando de los días de visita. Comiendo jamón (un espectacular jamón) cuando la llevamos a Delikatia, un bar del centro comercial al que tendríamos que hacer un monumento (especialmente a Santi y José por el trato tan cariñoso y familiar que han dado a mi madre). Siempre nerviosa abriendo los regalos de cumpleaños y de Reyes. Coqueta con su peinado y su pintura de labios y sus uñas arregladas. Y siempre riéndose, su mejor herencia (porque de la otra, no hay nada de nada).




jueves, 13 de agosto de 2026

Notas para un diario: "De estación en estación"


            -Me voy a Sevilla, a pasar unos días, y de allí a Cádiz, una semana más. No está mal. 

            Me lo encontré en el pasillo de la estación de Atocha que da a las entradas del AVE. Iba con una maleta con ruedas muy coqueta. No le faltaba nada para parecer un consumado turista: gafas reflectantes, gorro de paja muy veraniego, bermudas de un verde chillón, niki azul con una deslumbrante puesta de sol, sandalias playeras y una bandolera del coronel Tapioca. 

            Yo iba a coger el tren para Granada, donde tenía pensando pasar unos días. Cinco días. Regresé también en tren. Más o menos a la altura de la salida, casi en el mismo pasillo, me lo volví a encontrar. 

            -Pero, Javi, ¿no estabas en Cádiz?

            Salvo el niki, que ahora era rojo, también con la misma puesta de sol, llevaba la misma pinta.

            -Al final, solo pude estar en Sevilla. Se suspendió lo de Cádiz. Pero ahora me voy a Salou. Una semanita. A cuerpo de rey. ¿Qué tal tu viaje?

            No es que tuviera mucha confianza con él. Pero lo conocía desde hace años. Era muy amigo de mi hermano Ángel. Como él, trabajaba de vigilante de seguridad, aunque como tiene una discapacidad de no sé qué, ya es pensionista. Hablamos de mi viaje y él se enrolló lo suyo para contarme sus días de Sevilla, espectaculares, llenos de fiestas y de juergas, aunque todo me pareció un tanto exagerado. Al rato, nos despedimos, yo rumbo al metro.

            Cuatro o cinco días después, tuve que volver a ir a Atocha. Para ir a ver a Pepe al hospital Laguna, prefería no coger el coche. Me había aficionado al Cercanías, que pillaba en Atocha. En solo dos paradas, estaba al lado del hospital. Al salir del metro de Atocha, en el pasillo, me pareció ver al lado de una cafetería otra vez a Javi. Le vi de lejos. Decidí no hacerme el encontradizo y seguirle un rato desde la distancia. Enfiló el pasillo de la conexión con los AVE. Iba tranquilo. Yo diría que orgulloso. Se notaba que iba disfrutando. Una vez más, lucía los mismos elementos decorativos que el primer día, con un nuevo cambio de color en el niki, ahora blanco pero con la misma e impactante puesta de sol. Iba recorriendo sucesivamente las entradas a los diferentes destinos que salen de Atocha, todos para Andalucía, Aragón, Barcelona, el Mediterráneo… No tenía ninguna prisa. Miraba las horas de salida y de entrada con absoluta parsimonia. Al llegar al final del todo, dio medio vuelta y enfiló otra vez el pasillo rumbo a la conexión con el Metro y los trenes de cercanías. En ese momento se me hizo tarde y tuve que abandonar mi espionaje y salir zumbando para Laguna. 



            Reconozco que estaba intrigado. Me lo había encontrado las últimas tres veces que había ido a Atocha, siempre igual, preparado para realizar algún viaje turístico. 

            Me gustan estos retos. Decidí esperar un par de días y el 19 de agosto, jueves, volví a la estación de Atocha a la misma hora. Esta vez iba sin prisas, con tiempo para ver qué hacía Javi si volvía a encontrarme con él.

            Y de nuevo le vi casi al final del pasillo, donde acaban los trenes del AVE, en una cafetería. Volví a ocultarme. Desde lejos, vi cómo apuraba un café y volvía a ponerse de pie, colocándose bien la bandolera, las gafas de sol, el sombrero y con su reluciente maleta de ruedas. El niki era negro, también con la dichosa y refrescante puesta de sol. Subió rumbo a Atocha Renfe. En un momento dado, saludó a alguien, a quien le explicaría lo mismo que me dijo a mí el primer día: “Me voy a Sevilla y luego unos días a Cádiz”. Se despidieron efusivamente. Sólo pude oír la despedida de la otra persona: “¡Que lo pases bien en Cádiz!”. Javi subió hasta cerca de la entrada a los trenes de Cercanías y se dio la vuelta. Volvió a recorrer el pasillo lleno de cafeterías y tiendas. Iba feliz. Como un turista más. Levantando seguro que comentarios envidiosos entre los que se iban cruzando con él. Al llegar al final, dio medio vuelta y tranquilamente se dirigió a la salida, donde había cientos de taxis para recoger a los turistas. Vi cómo se montaba en uno de ellos y desapareció.

            El 21, sábado, por la tarde, volví a repetir la jugada. Me estaba aficionando a la estación de Atocha. Ya conocía con detalle los nombres de las cafeterías, y de la agencia de viajes, y el del concesionario de coches de alquiler y los bares de comida rápida y de chuches y de periódicos, libros y revistas. Un submundo dentro de otro mundo. Allí todo era genuino y especial, y más en estas fechas de vacaciones, cuando el ambiente es muy distinto a otras épocas del año, donde en estos sitios solo se ven a ejecutivos, representantes, empresarios, trabajadores que van y vienen a realizar gestiones en la capital o en otras ciudades, sin apenas maletas, con el ordenador a mano y los teléfonos móviles echando humo. Algún turista despistado, antes de la pandemia la mayoría japoneses o chinos. 



Ahora, en pleno agosto, el ambiente era muy distinto. Familias enteras vestidas todas como si fuesen ya a entrar en la playa, jubilados con sus uniformes de jubilados de verano, señores solos con cara de Rodríguez, parejas risueñas que quizás van a disfrutar sus primeras vacaciones juntos. En medio de ese ambiente jovial, desestresado, me di cuenta que Javi se encontraba cómodo, en su salsa, a gusto, olvidando quizás su triste realidad. Un necesario paréntesis para poder afrontar el resto de su existencia. Y allí estaba otra vez; de nuevo se repitieron los saludos. Le pregunté que qué tal le había ido en Salou. “Fenomenal. Unos días inolvidables. Te lo recomiendo”. Y me habló de Salou con pelos y señales, con todo lujo de detalles, lo mismo que hizo el otro día cuando me habló de Sevilla. Ni que decir tiene que volvía a repetir el vestuario, ahora con un niki amarillo con una puesta de sol de un rojo estrepitoso. Su rostro encarnaba la completa felicidad. Le dije que estaba esperando a un amigo que venía de Valencia. Y sin inmutarse me habló de que él iba a pasar unos días a Alicante, en casa de unos antiguos compañeros de trabajo, donde todos los años suele pasar algunas temporadas en el verano. Le deseé felices vacaciones y nos despedimos. 

Volví a esconderme, a contemplar sus movimientos desde lejos. Entró en la cafetería, se tomó esta vez un Aquarius, que alargó todo lo que pudo. Cuando terminó, se colocó bien su bandolera, el sombrero, las gafas, agarró la maleta y se volvió a dirigir a la salida, para pillar otra vez un taxi de regreso a casa como un orgulloso turista. 

sábado, 25 de julio de 2026

Notas para un diario: "Vacaciones en... Cazalegas y la Boca del Asno"

 


        Los recuerdos más exóticos y entrañables de mi infancia tienen que ver con las excursiones que montaba la peña rayista Los Amigos, que tenía su sede en el bar Guerrero, en la misma calle donde vivíamos, y de la que mi padre era uno de los estandartes. Estas excursiones, mis inolvidables veraneos durante muchos años, tenían lugar los domingos de los meses de julio y agosto. Durante el año, las excursiones se organizaban para ir a animar al equipo del Rayo cuando jugaba fuera de casa. En el verano, nos especializábamos en las salidas al pantano de Cazalegas y la Boca del Asno, lugares que han quedado fijados (e idealizados) en mi memoria. 

Salíamos muy pronto, a las seis de la mañana. Antes, había que preparar bien las tarteras y todo lo que necesitábamos para pasar el día en el campo: la nivea, un balón de fútbol, unas aletas, las toallas, las bolsas de la comida... La primera parte del viaje en autocar era bastante tranquila, pues todos íbamos medio dormidos, sobre todo los más pequeños. Pero luego la cosa se animaba y cuando salíamos de Madrid empezaban las canciones. Mi padre solía ser el animador oficial, el que despertaba a todos, el que empezaba a contar chistes y a cantar. Aunque los lugares a los que íbamos estaban relativamente cerca, había tal atasco los domingos por la mañana, incluso madrugando, que solíamos llegar a eso de las doce a nuestro destino. Nada más llegar, lo primero era coger sitio en las mesas de los chiringuitos, tarea ardua y complicada que exigía una velocidad de vértigo. 

Nosotros, como éramos siete, salíamos del autocar sin contemplaciones y avasallando, sin cortarnos un pelo: primero, la avanzadilla para reservar los sitios; los de atrás, con mi hermano Toñín, se dedicaban a entorpecer a los demás para que no nos adelantasen. La táctica solía salir bien. Hay que tener en cuenta, además, que a los chiringuitos llegaban antes los que viajaban en coche, los domingueros profesionales, que siempre cogían los mejores sitios. Egoístas.



Luego venía el partido de fútbol, siempre casados contra solteros. Mi padre, que había jugado mucho al futbol cuando era joven (y nos pegó a toda la familia lo que para él era más que una pasión), conservaba de mayor un toque de balón de jugador de primera división. Metía buenos trallazos cuando la pillaba, aunque le fallaba, como era lógico, la fuerza física. Después, el baño. En Cazalegas era más fácil bañarse que en la Boca del Asno. La playa tenía una arena pegajosa y legamosa y el agua nunca estaba fría. Eran baños un tanto salvajes, donde más que disfrutar del ambiente bucólico lo que había eran constantes peleas y ahogadillas. En la Boca del Asno, el río a veces se detenía en pequeñas pozas donde podíamos tirarnos desde alguna roca y bañarnos con más libertad, pero por lo general había mucha gente para tan poco río y, además, el agua solía estar muy fría. 



Después, la comida. Por supuesto que mi padre ya había invitado a tres o cuatro que se habían presentado a la excursión con un solo bocadillo de sardinas. Se sentaban con nosotros y disfrutaban de la comida que había preparado mi madre: los inexcusables filetes empanados, croquetas, ensalada, el vino con casera (que comprábamos en el chiringuito) y, de postre, la sandía, que solíamos dejar en algún rincón del pantano para que se enfriase. Tras la comida, las inevitables dos horas y media de digestión, que se convertían en una siesta –los más mayores– y una excursión por la zona, que era nuestro caso, aunque había poco que ver. Otro partido por la tarde, otro baño y una merienda-cena, pues solíamos coger el autobús de vuelta a eso de las nueve de la noche. 



El regreso era más animado, con constantes canciones, chistes e incluso algún sorteo de la Peña. Si nadie se animaba a cantar, se ponía música con canciones de esas que suelo llamar de “atrás de autocar”, de las que se sabe todo el mundo, antes y ahora. Otra vez eran agotadores los atascos, que acababan con nuestra paciencia y ganas de juerga. A eso de las doce, empezábamos a dormir, agotados del día. El autocar solía llegar a Guerrero a las dos o las tres de la mañana. Y habíamos recorrido, en el caso de Cazalegas, apenas cien kilómetros. A nosotros nos parecía una gesta. Como decía sobre esos años de infancia mi hermana Loli, «las hemos pasado putas, pero también lo hemos pasado muy bien». 

 

sábado, 18 de julio de 2026

Notas para un diario: "Mi agitada vida social"


        Mi vida social, como la de muchos de mi generación, se reduce cada vez más a los tanatorios y funerales (y las esporádicas visitas al médico). Tal es así que las bodas las ves como una inoportuna desgracia. He asimilado totalmente ir a los tanatorios; no consigo encajar bien las invitaciones a una boda. En mi familia solemos repetir que donde esté un buen tanatorio que se quite una boda. 

        Las bodas son caras, cursis, pretenciosas. Sacan el lado más viscoso de las personas. No me gustan los modelitos, ni las frasecitas, ni las fotos, ni la parafernalia. Me encuentro cómodo en la sobriedad y austeridad de los tanatorios. No hay que disfrazarse, no hay que soltar pasta, no hay que hacer el ridículo, no hay que decir mentiras («qué guapa y elegante estás») y no hay que aguantar las “originalidades” con las que algunos y algunas decoran sus bodas. Me da grima la horterada. Soy de las bodas de antes, de las que no había que hacer nada: dar un beso a todos los familiares y sentarse a comer y beber hasta perder el sentido. Y ya está. 

            En los tanatorios, es cierto, se pasa un poco mal, pero solamente los primeros minutos, cuando ves al viudo o la viuda, o a tus primos y primas, o a tu tío o tía, o a tus vecinos y vecinas, pero una vez superado el relato del fallecimiento y del inevitable “ha dejado de sufrir”, viene lo mejor: los inesperados encuentros con amigos que hace tiempo no veías, con familiares ocultos, con conocidos lejanos que tu memoria ya había borrado. Y, de pronto, aparecen los recuerdos, las risas, las anécdotas. Y a la media hora estás en el bar del tanatorio como si tal cosa, como si fuera una celebración más, poniéndote al día de nacimientos, enfermedades, trabajos, suicidios, cambios de domicilio, muertes, etc. Has ido, además, con la ropa de siempre, sin necesidad de comprarte una camisa y una corbata. Total naturalidad. No hay que disimular nada. Ni aparentar. No hay que impostar. Y no hay que bailar la conga. 

Si tienes suerte, encima te puedes llevar el último número de “Adiós”, la revista de los tanatorios, que informa sobre los últimos avances tecnológicos en necrología, los modelos más solicitados de urnas para las cenizas, epitafios históricos y cómicos, precios de entierros, cápsulas aéreas para que tus cenizas vayan al espacio, reportajes sobre cementerios famosos, qué hacían con sus muertos los sumerios… En fin, que donde esté un buen tanatorio…






miércoles, 1 de julio de 2026

Notas para un diario: "Una canción de Nat King Cole"

 


Fue un cantante muy escuchado por toda una generación que se sabe de memoria sus canciones en inglés y en castellano. Nat King Cole es un cantante generacional, proclive hoy día a la nostalgia colectiva de gente ya mayor que asocia sus canciones a momentos muy concretos y felices de sus vidas ya gastadas. Suele pasar con casi todas sus canciones, pero hay una sorprendentemente distinta, especial, que poco, muy poco tiene que ver con “Cachito”, “Adelita”, “Las mañanitas”, “Arrivederci Roma”, “Ay, Cosita Linda”, “Perfidia”, “Yo vendo unos ojos negros”, “Quizás, quizás, quizás”… Se titula “Nadie me ama” y me gustaría saber si es una canción biográfica o no. Si lo es, el resto de sus canciones son pura mentira y una tomadura de pelo; si no lo es, ha dado en el clavo pues resulta un canto redondo a la desolación más absoluta y al irremisible fracaso vital. Suelo comentar que si tuviera que dar algún “curso de autoestima” (Dios no lo quiera), comenzaría con esta canción y con el análisis de su letra. 

A mi madre le gusta mucho Nat King Cole y siempre canta las canciones más famosas. Cuando comemos en casa de mi hermano A., suele poner estas canciones como hilo musical. Pero siempre empieza por la misma, la que quiero destacar ahora, “Nadie me ama”, que él considera el resumen de su biografía.

            «Nadie me ama / nadie me quiere / nadie me llama / nadie me es fiel». El principio es sublime: la constatación de que el desprecio que sufre su protagonista es radical, absoluto. No le quieren, ni le aman… Es un pingajo, un desecho, un cero a la izquierda. «Triste es mi vida / sin un cariño / lloro en silencio / mi desventura». Esto es una depresión de verdad, sin fisuras y sin hacerse el héroe ni el importante. Menos mal que se da cuenta y reconoce que nadie le hace ni puñetero caso y que su vida no es precisamente un parque de atracciones. Lo único que le queda es pegarse un tiro o llorar en silencio. Ha elegido llorar. 

Y todo esto, en la canción, se describe con el acompañamiento de un coro de menopáusicas que con sus lamentos subrayan todavía más la desolación de la letra. El cantante/protagonista/actante interviene ahora con fuerza en el estribillo: «Voy por el mundo cruel de fracaso en fracaso». Magnífico resumen de una existencia inútil. Sí, el mundo es cruel, lo diga o no Nat King Cole; pero a lo mejor él tampoco es la maravilla que creía ser. El adjetivo “cruel” añade aquí más dolor a su ya lacerante sufrimiento. Y el resumen de su vida es lo que quiere subrayar de modo reiterativo: “fracaso” y “fracaso”.



Oyendo esta canción uno reconoce que su vida, que piensa humillante, no lo es tanto y que, aunque cuesta ver los brotes de esperanza, alguno hay, siempre. Eso sí, nos va la tragedia y el melodrama y lloramos porque pensamos que nuestra vida es cruel hasta la extenuación. ¿Cruel? ¿De verdad? Al final, nos quejamos por auténticas chorradas. No como el protagonista de la canción, quien sigue sufriendo de lo lindo en las siguientes estrofas. Tanto sufre que busca un último refugio: «llamo a la puerta del cielo que nunca traspaso». Pero la respuesta es contundente: no le quieren ni en el cielo. Es un puñetero cenizo. Por eso, le pide a Dios que, por favor, se apiade de él. Pero ni siquiera el cielo escucha su dramática petición. 

El patético resumen de su vida vuelve a aparecer en la siguiente estrofa: «Triste es mi vida… Lloro en silencio mi desventura». No es para menos. Púdrete. Húndete. Solo ante el peligro de una vida atroz, sin ni siquiera un poquito de azúcar para pasar el trago. Para rematar las sensaciones, el estribillo vuelve a atravesarte: se convierte en una puñalada trapera para que el protagonista no levante la cabeza. Porque es evidente que estamos ante un fracasado, un pelele, una mierda, un inútil. Por eso es mejor que no haga nada y que sepa que nadie se va a apiadar de él, tampoco Dios. Si nadie quiere saber nada de él puede ser porque es un ser maltratado, pero también hay que pensar que a lo mejor es un redomado plasta. 

La canción concluye con el lamento musical que encierra su tragedia, que ha quedado clara desde el principio: «Nadie me ama, nadie me quiere». Y se acabó. La canción es ejemplar, un resumen de tantas y tantas biografías que, para disimular, parecen disfrutar de su fracaso con teorías de lo que sea. Aquí no. Nat King Cole ha hecho un monumento a la sinceridad. No eres nadie, a nadie le importas y, encima, tu vida no merece ni que se le llame tragedia. Esta canción hay que meditarla de vez en cuando. 

sábado, 13 de junio de 2026

Notas para un diario: "Se buscan extras"


            Publica la prensa una noticia divertida y dramática a la vez. Se trata de un anuncio de un autor/a que buscaba veinte extras para asistir a la presentación de su libro. Serían recompensados económicamente. Hasta ahora, habíamos visto estas tácticas, más disimuladas, en la asistencia a manifestaciones (viaje y bocadillos gratis) y en los actos multitudinarios de ciertos políticos. En este terreno, también la sofisticación tecnológica ha entrado a tope y ya circulan por ahí algunos ejemplos de cómo algunos dictadores de hoy mismo hacen simulacros de actuaciones sin público porque los técnicos ya se encargarán después de meterlo al antojo de los jefes de campaña. Patético. Populismo barato. Consagración de la mentira. Dictadores de pacotilla.

Pues bien, volviendo al anuncio, he intentado asistir como extra a esa presentación pero me ha sido imposible contactar con los responsables. Hubiese ido encantado y hasta gratis para acompañar de manera entusiasta al autor/a a ese momento tan especial. Aunque se trate de una estrategia triste, confirma que el autor/a no es tonto/a. Por desgracia, he estado en algunas presentaciones en las que estábamos cuatro gatos y la sensación era de desolación absoluta, como en un tanatorio. 

Los extras, en las presentaciones, conferencias y también en los tanatorios, dan color, brillo y humanidad. De todas maneras, y lo digo por experiencia, la mejor táctica para llenar una presentación es anunciar siempre que al final habrá un vino español. Sé de profesionales de estos eventos que suelen ir a merendar gratis casi todos los días. Ya se conocen las rutas y los lugares más codiciados. Saben dónde ponerse para tener a mano las bebidas y los canapés. En Madrid, la oferta es variada y hasta exótica. 

viernes, 15 de mayo de 2026

Notas para un diario: "El zurullo vikingo"

 


No me lo pensé dos veces cuando me invitaron a ver una exposición que habían abierto en el llamado Huerto del Retiro, un espacio adaptado para actos culturales en una de las esquinas del parque del Retiro, cercano a la Plaza del Ángel Caído. La exposición se titulaba “Excreta”. Y en ella, como se dice en la publicidad, “no pretendemos que cambies tus hábitos higiénicos, pero sí esperamos que tengas una percepción diferente de tus excretas y de las que te rodean”. 

Y con esa sana y aperturista intención empezamos el recorrido por una exposición que llevaba por subtítulo “(in)odora, (in)colora e (in)sípida”, quizás lo más vanguardista de todo lo que vimos allí, que fue explícito, obvio y racionalista, pues al final, de una manera o de otra, la exposición consistía en reflexionar sobre diferentes aspectos de algo que nombramos en nuestro rico y variado argot con diferentes escatopalabras: caca, cagada, catalina, chorizo, ñorda, plasta, truño, boñiga, pino, zurullo, mojón, popó, zurraspa, moñigo... Estaba organizada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales, que lleva el CSIC, y el fin era estudiar la variedad de residuos metabólicos que emanamos los humanos, los animales y las plantas. 

En el caso de los humanos, no se concentra la exposición –aunque sí ocupa un lugar primordial- solamente en los excrementos; también se habla de la orina, el sudor, las ventosidades, la caspa, el cerumen, los estornudos, las lágrimas, los granos, las costras… Analizan los aspectos médicos, históricos, científicos y culturales que tienen que ver con cosas que, parafraseando el folleto, tienen en la vida color marrón. 

Todo en la exposición estaba muy bien pensado y habían participado en su elaboración diferentes científicos y expertos en diseño, maquetas, dibujos, montajes y producción gráfica (enhorabuena por el trabajo realizado). El resultado es digno de admiración y suscribo su intención, que en mi caso lo han conseguido: “queremos que al finalizar el recorrido puedas tratar este asunto de una forma natural. Nos gustaría que te lleves una idea clara de la información que te puede aportar sobre tu salud, comportamiento y el papel que juega en el entorno natural y en nuestra cultura”. 



La exposición comenzaba ampliando el marco personal que podemos tener de todo este asunto escatológico. Y para ello no se centraban de entrada solamente en nuestras excretas sino en las de otros animales, como las ballenas. Dedicaban una atención especial a la codiciada excreta de los moluscos, las perlas, y también la del cachalote, que algunos llaman “ámbar gris”, muy valorada por la industria de los perfumes. En la exposición aparece una foto de una excreta ámbar gris que llegó a pesar 454 kg. Ahí es nada. Luego venían unas apetecibles explicaciones sobre la coprofagia y su relación con algunos animales, entre los que destaca el escarabajo pelotero. Y, de pronto, algo que me fascinó: la existencia de los coprolitos, “excrementos fosilizados que proporcionan pistas sobre los tiempos geológicos pasados”. 

En esta sección, la exposición habla del famoso “Zurullo vikingo”, coprolito que ha provocado que esté preparando un próximo viaje a York, al Reino Unido, para visitar el Museo Vikingo de esta ciudad que tiene como máxima atracción el zurullo que el vikingo Magnus Agnarsson dejó de regalo en un bosque en 1235 y que fue encontrado en el año 1972 en perfecto estado de mineralización. Es una lástima que no pueda reproducir aquí la imagen de este espléndido ejemplar, que estoy deseando ver en directo. 




Más curiosidades que aparecen en la exposición. Por ejemplo, para los aztecas, el oro, teocuitlatl, significa el excremento de los dioses. Y el budismo tibetano nombra de esta manera las deposiciones del Gran Lama: “La Gran Fragancia”, excrementos sólidos, y “La Pequeña Fragancia”, a la orina; por su estilo versallesco, parecen los nombres de un perfume francés. Paso por alto las secciones en las que se hablan de las enfermedades y los riesgos relacionados con las diferentes excretas, quizás sus aspectos más conocidos. Justo a continuación, encontré algo que llamó poderosamente mi atención. Se trata de “la escala de heces de Bristol”, ideada por los investigadores Heaton y Lewis de la Universidad de esa ciudad inglesa, clasificación que divide las heces en siete categorías, agrupadas en tres bloques: “estreñimiento”, “heces ideales” y “diarrea”. Las ilustraciones son esclarecedoras y muy útiles, de verdad. Es una lástima que sobre este asunto no hubiese más contenidos en la exposición. También me va a resultar muy útil la tabla de los colores más habituales de las heces, condicionados por el funcionamiento de nuestro tracto digestivo y lo que comemos. 

Después, un poco de cultura general: la “parcopresis” es la incapacidad para utilizar inodoros que no sean el propio, enfermedad que pasé sin saberlo durante la mili. Y la “paruresis”, también llamada vejiga tímida, que es la dificultad o imposibilidad de orinar en presencia de otros que, menos mal, no padecí durante la mili. De la exposición, quizás lo menor interesante es la sección sobre el humor negro, pues contiene mucho tópico sin gracia, aunque en uno de los paneles descubrí cómo Mozart practicaba el humor escatológico en Difficile lectu, canción que estoy utilizando como música de fondo mientras escribo estos recuerdos. 

También eché en falta un hueco para algunos refranes. Por ejemplo, el que me contó José Carlos G. en el trabajo el otro día: “Quien al campo va a cagar y no lleva una piedra al puesto, la habrá de ir a buscar con los tres ojos abiertos”; este refrán popular vino acompañada de alguna anécdota sobre la facilidad de depositar pinos ilustres que tenía un chaval de su pueblo, Hinojosa del Campo, en Soria, y una divertida anécdota del sublime cagarro de una gitana a la entrada de un colegio en Barcelona. 

A continuación, en una sección que gustaría mucho a uno de mis hermanos, hay algunas disquisiciones muy interesantes sobre las posibilidades musicales de las ventosidades, como hizo el artista francés Joseph Pujol, un auténtico crack y sobre el que se ha rodado incluso una película que estoy esperando a que repongan en la Filmoteca. Y algunas anécdotas curiosas: en 2010 se utilizaron en todo el mundo unas 28.300 toneladas de papel higiénico; el 19 de noviembre es el Día Mundial del Retrete (fiesta que ya he señalado en marrón en mi calendario); y Bill Gates ha financiado un invento de Omni Processor que convierte nuestras deposiciones en agua potable y electricidad (y tú sin saberlo).  

Acaba la exposición, que se me pasó volando, con una inteligente referencia culturalista, pues reproduce el famoso “Poema al pedo” que escribió Francisco de Quevedo, capaz de los versos más idílicos y, a la vez, de arrebatos líricos procaces. Como homenaje a Quevedo y a los científicos responsables de esta exposición, reproduzco unos cuantos versos de esta inmortal obra: “hay pedos cultos e ignorantes / los hay adultos, también infantes, / hay pedos gordos, hay pedos flacos, / según el diámetro de los tacos / hay pedos tristes, los hay risueños / según el gusto que tiene el dueño”. 

La exposición me abrió el hambre y estuve después tomando el aperitivo en un bar de la glorieta de Atocha.