Fue un cantante muy escuchado por toda una generación que se sabe de memoria sus canciones en inglés y en castellano. Nat King Cole es un cantante generacional, proclive hoy día a la nostalgia colectiva de gente ya mayor que asocia sus canciones a momentos muy concretos y felices de sus vidas ya gastadas. Suele pasar con casi todas sus canciones, pero hay una sorprendentemente distinta, especial, que poco, muy poco tiene que ver con “Cachito”, “Adelita”, “Las mañanitas”, “Arrivederci Roma”, “Ay, Cosita Linda”, “Perfidia”, “Yo vendo unos ojos negros”, “Quizás, quizás, quizás”… Se titula “Nadie me ama” y me gustaría saber si es una canción biográfica o no. Si lo es, el resto de sus canciones son pura mentira y una tomadura de pelo; si no lo es, ha dado en el clavo pues resulta un canto redondo a la desolación más absoluta y al irremisible fracaso vital. Suelo comentar que si tuviera que dar algún “curso de autoestima” (Dios no lo quiera), comenzaría con esta canción y con el análisis de su letra.
A mi madre le gusta mucho Nat King Cole y siempre canta las canciones más famosas. Cuando comemos en casa de mi hermano A., suele poner estas canciones como hilo musical. Pero siempre empieza por la misma, la que quiero destacar ahora, “Nadie me ama”, que él considera el resumen de su biografía.
«Nadie me ama / nadie me quiere / nadie me llama / nadie me es fiel». El principio es sublime: la constatación de que el desprecio que sufre su protagonista es radical, absoluto. No le quieren, ni le aman… Es un pingajo, un desecho, un cero a la izquierda. «Triste es mi vida / sin un cariño / lloro en silencio / mi desventura». Esto es una depresión de verdad, sin fisuras y sin hacerse el héroe ni el importante. Menos mal que se da cuenta y reconoce que nadie le hace ni puñetero caso y que su vida no es precisamente un parque de atracciones. Lo único que le queda es pegarse un tiro o llorar en silencio. Ha elegido llorar.
Y todo esto, en la canción, se describe con el acompañamiento de un coro de menopáusicas que con sus lamentos subrayan todavía más la desolación de la letra. El cantante/protagonista/actante interviene ahora con fuerza en el estribillo: «Voy por el mundo cruel de fracaso en fracaso». Magnífico resumen de una existencia inútil. Sí, el mundo es cruel, lo diga o no Nat King Cole; pero a lo mejor él tampoco es la maravilla que creía ser. El adjetivo “cruel” añade aquí más dolor a su ya lacerante sufrimiento. Y el resumen de su vida es lo que quiere subrayar de modo reiterativo: “fracaso” y “fracaso”.
Oyendo esta canción uno reconoce que su vida, que piensa humillante, no lo es tanto y que, aunque cuesta ver los brotes de esperanza, alguno hay, siempre. Eso sí, nos va la tragedia y el melodrama y lloramos porque pensamos que nuestra vida es cruel hasta la extenuación. ¿Cruel? ¿De verdad? Al final, nos quejamos por auténticas chorradas. No como el protagonista de la canción, quien sigue sufriendo de lo lindo en las siguientes estrofas. Tanto sufre que busca un último refugio: «llamo a la puerta del cielo que nunca traspaso». Pero la respuesta es contundente: no le quieren ni en el cielo. Es un puñetero cenizo. Por eso, le pide a Dios que, por favor, se apiade de él. Pero ni siquiera el cielo escucha su dramática petición.
El patético resumen de su vida vuelve a aparecer en la siguiente estrofa: «Triste es mi vida… Lloro en silencio mi desventura». No es para menos. Púdrete. Húndete. Solo ante el peligro de una vida atroz, sin ni siquiera un poquito de azúcar para pasar el trago. Para rematar las sensaciones, el estribillo vuelve a atravesarte: se convierte en una puñalada trapera para que el protagonista no levante la cabeza. Porque es evidente que estamos ante un fracasado, un pelele, una mierda, un inútil. Por eso es mejor que no haga nada y que sepa que nadie se va a apiadar de él, tampoco Dios. Si nadie quiere saber nada de él puede ser porque es un ser maltratado, pero también hay que pensar que a lo mejor es un redomado plasta.
La canción concluye con el lamento musical que encierra su tragedia, que ha quedado clara desde el principio: «Nadie me ama, nadie me quiere». Y se acabó. La canción es ejemplar, un resumen de tantas y tantas biografías que, para disimular, parecen disfrutar de su fracaso con teorías de lo que sea. Aquí no. Nat King Cole ha hecho un monumento a la sinceridad. No eres nadie, a nadie le importas y, encima, tu vida no merece ni que se le llame tragedia. Esta canción hay que meditarla de vez en cuando.


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