[Rescato un texto que aparece en mi diario La suerte de conocerte, que publiqué en 2021. Luego lo amplié un poco cuando apareció también en Libro de familia. Está dedicado a mi madre, que acaba de fallecer, el 4 de septiembre de 2026].
Desde hace años, ha sido la respuesta habitual de mi madre cuando preguntabas qué tal estaba: «Estupendamente. Muy bien. No me duele nada». Eso era lo que decía cuando vivía en casa con mi hermano Alberto, luego con mi hermana Mari Carmen y después en la Residencia, donde lleva ya unos años. Algunos de mis amigos, cuando me preguntan por ella, siempre me dicen: «¿Qué tal está la señora Estupenda?». La verdad es que da gusto. Tiene un carácter fenomenal, positivo, que le ha llevado durante toda su vida a adaptarse a lo que tocaba, sin hacer melodramas sino con total espíritu de servicio y naturalidad, a pesar de los pesares. Y eso lo ha sabido contagiar al resto de la familia.
Hace poco lo comentábamos entre todos los hermanos, cuando estuvimos con ella merendando en un centro comercial cercano a la Residencia donde está. Absolutamente todo le parece bien. Y su actitud ante la vida es contagiosa y repleta de un sano sentido del humor.
Mi madre, desde siempre, acepta las cosas con total normalidad, porque es lo que toca, ahora en la Residencia, antes en casa de mi hermana Mari Carmen y desde siempre en su casa, viuda desde hace la tira de años, cuidando de esta familia numerosa con naturalidad.
La “señora Estupenda” hace todo lo que esté al alcance de su mano para que nosotros, sus hijos, no nos preocupemos por nada. «Dile a tus hermanos que estoy muy bien, que como bien, que duermo bien. Que estoy muy contenta y que aquí me tratan muy bien. Estoy estupendamente». «Y si no –dice a la vez que señala su bastón–, aquí tengo yo esto para poner la cosas en su sitio». Siempre saca el lado bueno de todo y siempre manifiesta una actitud abierta a disfrutar de lo que sea –un baile, una partida de cartas, el dominó, un bingo, etc.– porque de lo que se trata es de pasarlo bien, adaptarse a lo que venga y no dar la brasa.
Así ha sido toda su vida, que como la de tantas personas de su generación no fue nada fácil. Vivió la guerra civil y la posguerra, trabajando desde muy pronto para ayudar a su familia, también numerosa. Vivió momentos complicados, que supo superar gracias a su equilibrado carácter. Ya en Vallecas, los hijos se sucedieron a un ritmo vertiginoso. Menos mal que pudo contar con la ayuda de mi hermana mayor, también una madre para todos nosotros. Las dos sortearon las muchas dificultades de su tiempo y salieron adelante gracias a su abnegación, metida en su ADN. Las dos son las que han dado forma a una familia que, como todas, tiene su peculiar estilo y sus singulares señas de identidad. Mi padre se nos fue pronto, pero ya éramos todos, menos el Richar, mayores, y supimos encontrar cada uno nuestro camino, con errores y también aciertos. Eso sí, siempre nuestra madre estaba detrás, manteniendo la casa, trabajando sin parar para que no nos faltase de nada. Nunca fue una madre posesiva ni agonías, tampoco con las necesidades económicas que teníamos, que no eran pocas. Todos pusimos de nuestra parte para que cada uno fuera encontrando su sitio y facilitar las cosas a mi madre. Y ella llevó todo esto con ese carácter que tiene, despreocupado y viendo el lado positivo de todo.
Cuando la mayoría volamos de manera independiente, disfrutó lo que pudo de la vida, aunque también dedicó unos años a cuidar de su padre, mi abuelo Pepe, que vivió hasta los 99 años. Los días que tenía que estar con mi abuelo, nos dejaba todo preparado, sabiendo que éramos unos inútiles en la cocina (una vez, incluso, tuvimos que llamar a una vecina para que nos ayudase a abrir una lata).
Conseguimos que se fuese a algunos viajes del Imserso, donde disfrutó de lo lindo apuntándose a todas las actividades y ganando hasta premios de baile. Tuvo la suerte de irse muchos años a Cullera con una amiga también viuda. A Cullera iba además un matrimonio del que mi madre contaba muchas cosas divertidas de su proverbial tacañería, a pesar de tener dinero. Vivió en el piso de toda la vida hasta los 85 años. Salía mucho a la calle. Siempre desayunaba fuera de casa, donde Ángel, en Arroyo del Olivar, y luego bajaba a Dones todas las tardes a merendar con otras señoras. A los 85 se fue a vivir con mi hermana Mari Carmen y mis sobrinos Rubén y Sergio a San Fernando de Henares. Y luego, a la Residencia Concesol, en Condesa de Venadito, una residencia pequeña, familiar y muy profesional, de la que todos estamos muy contentos, también mi madre.
Todo esto, sin traumas. Aceptando que las cosas son así, que es lo mejor para todos, también para ella. Y ahí sigue, apuntándose a un bombardeo. Jugando a las cartas y al dominó (y haciendo trampas). Bailando en los días de fiesta. Disfrutando de los días de visita. Comiendo jamón (un espectacular jamón) cuando la llevamos a Delikatia, un bar del centro comercial al que tendríamos que hacer un monumento (especialmente a Santi y José por el trato tan cariñoso y familiar que han dado a mi madre). Siempre nerviosa abriendo los regalos de cumpleaños y de Reyes. Coqueta con su peinado y su pintura de labios y sus uñas arregladas. Y siempre riéndose, su mejor herencia (porque de la otra, no hay nada de nada).


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