[Ocurrió en mi antigua casa, hace ya tiempo] A las seis de la mañana. Otra vez, la última hace unos tres meses. Son una pareja de yonquis descacharrados que a esas horas ya están montando numeritos, siempre broncas apocalípticas entre los dos. Esta vez él estaba ausente, en fuera de juego, sin pronunciar palabra, pero ella estaba especialmente espléndida y activada. Seis de la mañana. “Pásame tu puto móvil, hijo de puta, que eres un hijo de la gran puta”. Esto, cinco o seis veces, a pleno pulmón, con voz rasgada y cazallera muy cerca de la ventana de mi habitación. No es la mejor manera de despertarse, la verdad, aunque ya lo tienes un tanto asimilado. En vez de los arrullos pastoriles o bucólicos de una manada de estorninos o palomas o vencejos, estos despertadores urbanos te ayudan a asentarte en tu cercana y consuetudinaria realidad. Sin espasmos. A las seis de la mañana. “Pásame tu puto móvil, hijoputa, que eres un hijo de la gran puta”.

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