sábado, 10 de enero de 2026

Notas para un diario: "Honor y gloria a Leonardo Favio y Palito Ortega"





Tenía en mi antiguo coche, el Peugeot, con el que tuve un accidente que ya he contado en otro lugar (siniestro total), un cd que ponía de vez en cuando, sobre todo cuando hacía viajes de trabajo. En él, mi hermano Antonio me había hecho una selección de canciones muy malas, subrayo lo de muy malas, deliberadamente muy malas, de los años sesenta y setenta. Había auténticas joyas de Leo Dan, Luis Aguilé, Georgie Dann, Basilio, Palito Ortega y varias canciones de Leonardo Favio, una muy famosa y otra horripilante. Ahora, no puedo escuchar cd’s en el coche, sino que llevo en un pincho un buen número de canciones de muchos cantantes y mucha música clásica. Pero le pedí a mi hermano que también me grabara, para escuchar en momentos muy concretos -en la antesala de una posible depresión o cuando me encontraba al borde del suicidio- alguna canción de Leonardo Favio para recordar los viejos tiempos del cd. 

Sin yo pedírselo, en un gesto que le honra, me grabó además algo de Palito Ortega. En concreto, no se cortó ni un pelo y de los dos me ha grabado la discografía completa, cientos de canciones que estoy seguro que nadie, absolutamente nadie, ni sus mujeres, ni amigos, ni amantes, ni familiares directos, han sido capaces de escuchar con el asombro y la veneración con las que yo las he escuchado. Reconozco que sabía que estaban en el pincho, pero no pensaba que hubiera tantas. Y también reconozco que hasta ahora no había escuchado ninguna: su escucha exige un momento muy especial y, por mi parte, una atención analítica y estética. 



Hace aproximadamente un mes, escuché por casualidad uno de los grandes éxitos de Leonardo Favio que estaba en el otro cd, “O quizás simplemente te regale una rosa”, que tantas veces canté con Paco M. en un viaje a Salamanca. Después de escucharla, me dije: “Adolfo, ha llegado el momento. No te puedes poner de lado. Ahora te toca Leonardo Favio”. Y con paciencia y tranquilidad fui escuchando las cien mil canciones que me grabó mi hermano. Menos mal que mis trayectos por Madrid son cortos y apenas me da tiempo a escuchar cuatro o cinco canciones completas, unas veinte en el caso de L.F., porque sólo escuchaba de cada una un par de estrofas (a no ser que me enganchasen, no las oía completas). L.F. tiene unos cuantos éxitos que figuran en todas las antologías nostálgicas de la época: “Fuiste mía un verano”, “Ella ya me olvidó”, “Chiquillada” y “Din dong, estas cosas del amor”. 

Luego tiene infinitas canciones prescindibles que dan vueltas y vueltas hasta marearse a los clásicos temas del amor y del desamor, con todos los estilos posibles, aunque Favio, sensible y poeta, muestra una acusada querencia por un romanticismo tierno, triste y un tanto marchito. Posee una voz potente, muy potente, por momentos de barítono, a la que sabe sacar partido en los contundentes estribillos de algunas canciones. También canta o recita con el coro unos diálogos chisposos y a veces melosos. La orquesta se acomoda a su vozarrón y a sus cambios de ritmo, aunque hay que señalar que las canciones suelen ser repetitivas hasta la saciedad en el fondo y forma. En España tuvo mucho éxito en los años sesenta y setenta, aunque hasta 1971 no actuó en Madrid, en el Florida Park. L.F. no se dedicó solamente a la canción. De hecho, en su país es más conocido como director de cine. En su biografía también ocupa un lugar importante su pasión por la política, que le provocó no pocos problemas. Sus canciones se vendieron en todo el mundo y se versionaron en más de catorce idiomas. Más arriba he mencionado las canciones que han quedado, pero yo me he quedado boquiabierto cuando he leído que una de sus canciones más famosas fue “La foto de carnet”, de 1971, que condensa, me parece a mí, no sólo lo peor de todas las canciones de L.F. sino de toda la música popular de esas décadas. 



La canción está concebida como un diálogo entre el Amado y la Amada (como en El Cantar de los Cantares o el Cántico espiritual, de san Juan de la Cruz), aquí de manera más atrevida, pues el Amado se despide de la Amada y le deja como recuerdo un detalle muy contemporáneo: una foto de carnet. El diálogo que mantienen los dos no aclara algo que considero capital, y en este caso esa ambigüedad significativa juega a favor del sentido de la canción. No sabemos si el Amado, que ha dejado a la Amada, se ha ido porque se ha cambiado de ciudad o país o de trabajo, porque la ha dejado sin más por plasta, o porque la ha palmado (personalmente me quedo con esta última interpretación). El Amado, sin embargo, anima a la Amada a que se busque otro novio. Como dice la canción en repetidas ocasiones, el Amado ha sido “tan sólo una ilusión, y nada más”. Pero ella, la Amada, que en la canción aparece llorando a moco tendido con un sentimentalismo contagioso, no piensa lo mismo que el Amado. 

Los diálogos son tristes, lacerantes, tumbativos. Pero el objetivo del Amado es tranquilizarla, animarle, decirle que hay que tirar para adelante, que la vida continúa. En esta canción, L.F. emplea mejor que nadie un recurso muy habitual en las canciones de esos años, el recitativo, es decir, introducir frases no cantadas sino dichas de manera coloquial que muchas veces son la antesala de la explosión sentimental y musical del estribillo. La canción es cursi, muy cursi. Es triste, muy triste. Es lacrimógena, muy lacrimógena. Lo de cursi queda claro con esta estrofa: “Si ves un pajarito en el invierno frío, / protégelo, cobíjalo, contágiale el calor”, imagen/metáfora del auténtico y protector amor. El Amado le dice: “Es hora de partir” y “Me verás en todo lugar”. Pero, a pesar de todo, él anima a ella a buscar un nuevo amor, aunque ella, embriagada y emocionada, no para de llorar. La música que emite la orquesta subraya este fuerte sentimiento de grave dolor. Y lo mismo hace la voz de tenor de L.F. Otra cosa en la que hay que fijarse es en el papel estético que desempeñan los diminutivos y los recitativos, insisto. Me cuesta creer que la canción haya tenido tanto éxito (es fácil de encontrar en Spotify o en YouTube: la puedes oír aquí, la imagen es muy mala pero en lo que hay que fijarse es en la letra). Si no tenéis bastante con esta y necesitáis de alguna otra canción para odiar más la música de estos años, podéis escuchar de L.F. “Vuela, pajarito, vuela”, “Jamás te dejaré de amar” y “Una palomita blanca”, que tiene este jugoso estribillo: “Una palomita blanca llegará hasta vos. / Una palomita blanca te dirá mi amor”. Auténticas joyas que yacen olvidadas en el baúl de las canciones perdidas. 




            Animado por mi experiencia profesional con Leonardo Favio, metódica y perseverante, continúe mi trabajo de campo musical con Palito Ortega, cuyo nombre auténtico es Ramón Bautista Ortega (al que, por cierto, la escritora Leila Guerriero le ha dedicado una de sus crónicas: está disponible en su volumen Frutos extraños). Alucinado, veo que hasta en 2022 ha dado conciertos, precisamente este año su llamado “Tour Despedida” tras sesenta años de carrera. En 2022 tenía 81 años y en Internet, la verdad, se le ve bastante bien. Además de cantante, como Favio, ha sido  director de cine. Y, como Favio, también ha participado en la política de su país, Argentina. Ha sido gobernador de Tucumán entre 1991 y 1995 y senador también de Tucumán entre 1998 y 2001. Tuvo unos orígenes muy humildes y antes de triunfar en el mundo de la canción trabajó como camarero, limpiador y vendedor de café. No me enrollo mucho con Palito Ortega. Os invito a escuchar mirando a la luna su canción “Bienvenido amor”, que comienza con un preciosista y juguetón trinar de pájaros. Sus canciones más conocidas y pegadizas fueron “La chevecha” (que sigue cantándose en las bodas), “Como te extraño mi amor”, “Te he prometido” y mis dos favoritas, “La felicidad” y “Despeinada”, que tiene este original estribillo: “Tú tienes una cara deliciosa. / Y tienes una figura celestial. / Tú tienes una sonrisa contagiosa, / pero tu pelo es un desastre universal”.

 

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