Me envía Javier, antiguo vecino que ahora vive en Vigo, una noticia de la que sólo había leído los titulares y hoy (hace ya años, no muchos) he podido releer despacio. Se trata del asesinato que se ha cometido -no me había dado cuenta de esto- en una calle muy, muy cerca de donde vivo (aunque me he cambiado de domicilio). Javier, con coña marinera, me dice que es “imposible” olvidarse del barrio, por muy lejos que uno esté, pues con bastante frecuencia aparecen en los medios de comunicación noticias siniestras relacionadas con Vallecas.
Este asesinato, tengo que reconocerlo, me ha gustado especialmente pues no se trata del habitual ajuste de cuentas entre bandas o traficantes. Los protagonistas son, como se cuenta en la noticia, un argentino que trabaja de vigilante, pareja sentimental de otro varón, el fallecido, del que no se especifica la nacionalidad. Como han comentado los vecinos, al parecer solían tener algunas broncas, pero nunca pasaban a mayores. La otra noche, sin embargo, tras una fuerte discusión, empezaron a oírse unos gritos aterradores. Cuando acudió la policía, el argentino les abrió la puerta con una imagen del Sagrado Corazón, desnudo y puesto hasta arriba de estupefacientes. En el suelo del salón se encontraron con el otro hombre con un destornillador clavado en un ojo y otros dos en el abdomen. La sala donde apareció el cadáver estaba repleta de objetos de magia, esoterismo, ocultismo y cuadros religiosos. La mezcla ya era de por sí explosiva. También había restos de drogas y otras sustancias.
Decía antes que me ha parecido un crimen “bonito”, distinto, interesante, con glamour. Crímenes como este, aunque parezca mentira, ocurren todas las semanas en muchos sitios, pero suelen darse en otros barrios más sofisticados y con más pedigrí. Con este “muerto con destornilladores” podemos sacar en Vallecas un poco de lustre y demostramos también a la humanidad que no se nos puede encasillar exclusivamente en específicas modalidades de muertos y delitos. En Vallecas hemos abierto, por fin, la puerta a la extravagancia. Gracias, Javier, por enviarme la noticia, que se me había escapado, y eso que todo ha sucedido a unos cincuenta metros de mi casa (de la de antes). La vida en este barrio no para de darte sorpresas.


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