Por desgracia, en las últimas semanas he frecuentado algunos hospitales para visitar a algunos amigos y parientes enfermos. Siempre tengo la misma sensación con algunas de las cosas que pasan en los hospitales en lo que se refiere a la delicada atención de las enfermeras y enfermeros. Esta es una de ellas. Cuando llega ese momento, todo está perdido.
Es el punto final, ese momento crucial y dramático de la vida en que sabes que no hay vuelta atrás. Que lo que te espera a partir de ahora, sin piedad, es la caída en la decadencia, la enfermedad, la pérdida de movilidad, el caos de los sentidos, el destrozo neuronal, la antesala de la unción de enfermos, la despedida de tus familiares y la llamada inmisericorde de la muerte. Es un momento trascendental que cuesta asimilar y del que merece la pena prepararse con cierta seriedad. Tendría que haber sesiones especializadas en enseñar a asumir ese instante para no caer en la depresión y saber sobrellevar el impacto que supone ser quien eres y no lo que tú te crees que eres.
Te acaban de levantar de la cama del hospital para sentarte en un desangelado sillón para los acompañantes que pueblan los hospitales de todo el mundo. Te han puesto un pijama de esos que se abrochan por atrás –pero que nunca llegan a estar abrochados- y que muestran inocente y asquerosamente el culo al aire a toda la concurrencia. Tu indefensión es total: te sientes perdido, humillado, violentado, confuso, vejado, abochornado, avergonzado. Y, de pronto, todavía sofocado, entra una joven enfermera y, de sopetón, sin anestesia, te suelta con un tonito imperioso, musical e infantil a la vez: “Y ahora se va a tomar un yogurcito que le va a sentar muy, pero que muy bien”. Un yogurcito. Ese diminutivo asesino es la trompeta que anuncia el fin de los tiempos. Ya, te dices, nada tiene solución. Se acabó.

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