martes, 14 de abril de 2026

Notas para un diario: "Proctología y efectos especiales"

     

            Hacía años que le había perdido la pista. Le di clases un año, en Bachillerato, y luego me lo fui encontrando de manera intermitente en el Metro cuando estudiaba Medicina en la Complutense. Recuerdo que en las asignaturas de Letras era un alumno del montón, con muy poco entusiasmo por las cuestiones humanísticas. Pero tampoco era un lince en las de Ciencias, que pasaba con más pena que gloria. Que al final le diese la nota para Medicina fue para mí una sorpresa. Y hace dos semanas me lo encontré en uno de los pasillos del Hospital R., justo al lado de la sala a la que había ido para acompañar a mi hermana a una prueba muy rara. Me dijo que estaba de médico ahí, pero no me contó mucho más. Para ponernos al día, le di mi teléfono para quedar un día de estos.

            Y ayer nos volvimos a ver. Quedamos en la calle Goya, en la cafetería de un hotel que está cerca de El Corte Inglés. Un sitio cómodo, amplio, en el que se puede hablar bien, siempre que no coincidas con un grupo de empresarios serbios, como la última vez que estuve, todos con una buena cogorza y montando un numerito que tuvieron que solucionar los servicios de seguridad del hotel.

            Andrés pidió un whisky y yo un gin-tonic. Al rato, se estaba tomando un segundo, y a los diez minutos estaba encargando el tercero. Mientras, yo comía lentamente unos frutos secos y saboreaba mi gin-tonic. Le puse al día de mi vida en cinco minutos, pues en mi caso hay poco que resaltar. A él se le veía con ganas de contarme con detalle su vida.

            Tras contarme algunas cosas familiares, me habló de sus primeros trabajos ya como médico. Consiguió aprobar el MIR, pero con una de esas notas mediocres que no le permitirían elegir nada de nada. A él siempre le había gustado la neurocirugía, la especialidad que más le apasionaba, pero resultaba vetada para su media. 

Conoció a una enfermera de La Paz. Tienen dos hijos. Otro whisky. A partir de ese momento, el tono de la conversación se hizo más pausado, íntimo y descarnado. Me dijo que con su miserable expediente no le quedó más remedio que aceptar un trabajo temporal, una sustitución, en un hospital privado para consagrarse… (en ese momento vi que miraba nervioso para todos los lados, para que nadie le escuchase) al análisis clínico de esputos. Con pelos y señales me explicó en qué consistía su trabajo y el asco inmenso que le dio, especialmente los primeros días. Pero es lo que había y no pudo renunciar a ello. 

Cuando la persona a la que sustituía se reincorporó tras una baja, sufrió una profunda crisis. Le dejaron todavía en el hospital otros quince días más, mientras iniciaba las gestiones para buscar otro trabajo. Pero, de pronto, sonó la flauta, también en el mismo hospital. De manera inesperada se produjo una vacante y se la ofrecieron a él. Tendría un contrato indefinido, unas condiciones laborales y económicas superiores al trabajo anterior y mejores perspectivas para su carrera médica.          



            Llevaba ya cinco años en esa especialidad. Las cosas le habían ido muy, muy bien. Se había hecho con un nombre, asistía a congresos internacionales, daba ponencias y se había convertido, además, en un reconocido precursor al introducir las nuevas tecnologías de manera radical en su trabajo diario. De los esputos pasó a las heces. Y otra vez me sometió a una pormenorizada explicación de los cometidos clínicos de la proctología o coloproctología, que es como se llamaba su departamento, y que se dedicaba, de manera amplia, al diagnóstico de todas las enfermedades que afecta al ano, el recto y el colon: hemorroides, fisura y fístula anal, abcesos rectales, estreñimiento, colitis ulcerosa, condilomas, incontinencia fecal, prolapso de recto, divertículos de colon, enfermedad inflamatoria intestinal, pólipos de colon y recto, cáncer colorrectal, etc. Aunque, y me insistió mucho en esto, él se había centrado en el análisis y estudio de las heces y todo lo que las rodea, una subespecialidad en la que España ocupaba un lugar muy puntero en la medicina internacional. 

            Sí, el día que nos encontramos en el hospital él era el responsable de la prueba de mi hermana. Una videodefecografía. Y me explicó de manera puntillosa y detallista en qué consistía la prueba. Me comentó con una sinceridad nada impostada que le había pillado el gustillo. Que se pasaba horas y horas haciendo vídeos y analizándolos con detenimiento profesional. Que se había permitido el lujo de incorporar algunos avances técnicos muy revolucionarios. Que en su departamento le llamaban “el Valerio Lazarov de la Defecografía”, un nuevo Spielberg por su facilidad para realizar planos únicos, clarividentes y categóricos. Estaba orgulloso del prestigio que había adquirido. 

Ese día, me dijo, había demostrado en una prueba una pericia fuera de lo normal y está convencido de que el vídeo que ha grabado será la sensación en el próximo Congreso de Defecografía que se celebrará en Bolonia. Ha conseguido unos encuadres inéditos y espectaculares. Dice que el paciente también ha aportado lo suyo para el éxito de la prueba y que no había encontrado a nadie con esa pasmosa habilidad para que el resultado fuese tan espectacular. Me dijo que el paciente era un frutero de Móstoles.



Estaba tan lanzado y emocionado que incluso me mostró una copia del vídeo, que llevaba en el móvil. “Fíjate, fíjate. Aquí he metido una profundidad de campo que permite romper el desarrollo con un sorprendente primer plano. Qué soltura. Qué naturalidad en el deslizamiento. Qué bueno es el frutero. Mira aquí. Seguro que no te has dado cuenta de la iluminación. He alternado una luminiscencia cenital con otra enfática. Los resultados están a la vista: sorprendentes. Para poder analizar todo mucho mejor, fíjate cómo cambio de encuadres cuando nadie se lo espera. Para este cambio me inspiré en una secuencia de John Ford que nadie va a descubrir. Me encantan los contra-picados. Permiten una mejor visualización y contribuyen también al entusiasmo generalizado con el que suelen ser recibidos mis vídeos. Pero siempre hay envidiosos que me achacan que apenas haga planes cenitales. No tienen ni puta idea. Están anclados en modelos fílmicos demasiado tradicionales. No saben ni quién es Kurosawa. Mira. Mira aquí. Fíjate. Ni Hitchcock consiguió estos planos. ¡Qué maravilla! Con este picado facilito que el ritmo sea más narrativo que visual. El de Móstoles es, sencillamente, un crack. A ver cómo consigo ficharle para una serie de vídeos didácticos que van a causar sensación mundial. Todavía me falta por decidir qué música meter, si algo de Vangelis o una cantata de los Carmina Burana”.   

            Pagamos. Nos fuimos. Andrés iba embargado de emoción y seguía hablando de la importancia de la luz, del montaje y del raccord. Quedamos en volvernos a ver. Que le haga una visita en el hospital. Que me invitará a uno de sus rodajes. Al final, me ha enganchado esto de la videodefecación. Hay espléndidos vídeos en youtube, nacionales e internacionales. Y tenía razón: el de Móstoles es un fuera de serie.

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