martes, 31 de octubre de 2017

“Tres periodistas en la revolución de Asturias”, de Chaves, Pla y Díaz Fernández


Reúne este volumen las crónicas y reportajes que sobre la fallida revolución de Asturias, en octubre de 1934, escribieron tres escritores y periodistas de renombre en aquellos años: Josep Pla (1897-1981) se había labrado un gran prestigio con sus artículos y crónicas parlamentarias que publicaba en La Veu de Catalunya y algunas biografías y libros de viajes –como el que escribió sobre Rusia-; Manuel Chaves Nogales (1897-1944) que acudió a Asturias como corresponsal del diario Ahora y quien escasas dos semanas antes de que se produjesen estos hechos había publicado en un libro los reportajes que escribió sobre el bailarín Juan Martínez, testigo de la revolución rusa, anunciado en su periódico con este reclamo: “Este libro tiene en estos momentos un extraordinario interés de actualidad, porque dice claramente a los españoles cómo es una revolución social”; por su parte, José Díaz Fernández (1898-1941) había escrito reportajes y hasta un libro muy elogiado sobre la guerra de Marruecos, El blocao (1928), además de ser diputado en las filas del partido de Manuel Azaña .
            Como escribe Jordi Amat en el prólogo, “en octubre del 34 convergieron dinámicas de degradación internacionales, nacionales y regionales, dinámicas de crisis económicas y políticas, partidistas y sindicales. Se acumulaba la conflictividad social, en el campo y en la ciudad. Existía un clima de tensión incontrolable, con violencia, en las calles”. A imitación de la Revolución rusa, el 5 de octubre de 1934, y como colofón de la huelga general convocada en toda España, apoyados por partidos políticos y sindicatos de la izquierda, los “trabajadores” se levantaron en armas contra el gobierno legítimamente constituido de la II República en Madrid, País Vasco, Cataluña y Asturias. Por diferentes causas, sólo cuajó en Asturias, pues en Madrid, País Vasco y Cataluña se reprimió rápidamente la subversión, no sin dejar un buen número de muertos.
En Asturias salió adelante por la fuerza que tenían los mineros, que tomaron el protagonismo de las revueltas. También, por el apoyo que recibieron de los sindicatos CNT y UGT, el Partido Comunista y, sobre todo, del Partido Socialista, responsable principal de la revolución por la actuación de sus políticos y dirigentes, por la propaganda demagógica que volcaron y por la virulencia de sus medios de comunicación, de modo especial del periódico Avance que, como opina Pla, “realizó una política de lo más pedestre, envenenó las cuestiones más vidriosas de los pueblos, efectuó una tarea de insensatez y de destrucción que debe calificarse de genial”. Concluye Pla que “ellos son los responsables, en gran parte, de la situación moral del país asturiano”.
Los mineros tomaron el control de ayuntamientos y cuarteles de las regiones mineras con una escasa oposición que fue sofocada de manera contundente; luego se trasladaron a Oviedo, donde proclamarían de manera general el estado libertario a imitación de la Rusia comunista, como aireaban sus soflamas; contra ellos, ya instalados en Oviedo, el Gobierno envío al ejército para sofocar la revolución. En las dos semanas de “revolución” murieron en torno a las 1.500 personas, 2.000 fueron detenidas y hubo más de 30.000 prisioneros. Oviedo quedó totalmente destrozada.


            Cada uno contó aquellos sucesos con su estilo y desde su perspectiva política. Por ejemplo, José Díaz Fernández, que publicó un año después un reportaje novelado sobre estos hechos, Octubre rojo en Asturias, lo hace contando de manera narrativa y desde dentro de los hechos el desarrollo de la revolución. Recomiendo, en el caso de este autor, empezar por el “Epílogo”, que contiene un lúcido análisis personal de la revolución y de sus principales promotores y cuáles fueron las causas de su fracaso. Para Díaz Fernández, el resultado de las elecciones celebradas en 1933 radicalizó las posturas de la izquierda, en especial del Partido Socialista, hasta ese momento uno de los garantes de la II República y de su consolidación y estabilidad. Para Díaz Fernández, “fue un enorme error de los socialistas, que pasaban sin transición del colaboracionismo gubernamental a la revolución clasista”. Como escribe Jordi Amat en el prólogo, desde la izquierda “se asumía que el parlamentarismo estaba gangrenado y, para los extremos que se iban retroalimentando, la solución pasaba por una toma no democrática del poder”. Según Díaz Fernández, “la revolución ha fracasado porque carecía del clima social propicio”.
            Pla es de los primeros en viajar a Asturias, “un país literalmente saturado de comunismo y socialismo”. “Hemos vivido en estos últimos días –escribe- el movimiento subversivo más extenso y más profundo, quizá, de nuestra historia contemporánea”. Pla advierte de que muchas informaciones que se han publicado en la prensa son “indirectas y generalmente inventadas” y que “no ha visto en ninguna parte el cúmulo de enormidades totalmente inventadas por los diarios de Madrid”. Él se entrevistó con revolucionarios y militares, viajó a Oviedo y a las aldeas mineras… “Después de una investigación pormenorizada, puedo decir que el movimiento de Asturias es un movimiento inicialmente socialista, desbordado primero por la Juventud Socialista del mismo partido”. Lo peor sucedió en Oviedo, acontecimientos terribles “que hacen palidecer los hechos más dramáticos ocurridos en la historia política de todos los tiempos”.
        Chaves Nogales también llegó pronto a Asturias y, como Pla, recorrió los lugares revolucionarios ya en poder de los militares. Conoce de cerca la magnitud de la barbarie cometida en Oviedo, también la extensión de la propaganda soviética entre la juventud minera (propagadores de “la pesadilla de la utópica revolución social”) y cuenta detalles de la actuación de los mineros, de la rendición de los revolucionarios y de la estrategia militar del general López Ochoa. Estos tres periodistas enlazan la gravedad de estos hechos con el errático deambular de la II República, como describe en el prólogo Jordi Amat.


Tres periodistas en la revolución de Asturias
Manuel Chaves Nogales, José Díaz Fernández, Josep Pla
Libros del Asteroide. Barcelona (2017)
264 págs. 17,95 €.



jueves, 12 de octubre de 2017

“Oficio”, de Serguéi Dovlátov


Segunda novela que publica la editorial Fulgencio Pimentel de Serguéi Dovlátov (1941-1990), escritor ruso que está siendo redescubierto en Rusia, donde no consiguió publicar nada, y en Estados Unidos, donde vivió a partir de 1978, cuando se exilió.
Al igual que en Retiro –y en otras novelas publicadas con anterioridad como El compromiso, Los nuestros, La maleta y La extranjera-, la materia narrativa procede de la ajetreada y complicada vida personal y profesional del autor en la URSS y en Estados Unidos.
Oficio está compuesta de dos partes: la primera, El libro invisible, cuenta su vida como escritor en la URSS; la segunda, El periódico invisible, ya en Estados Unidos, relata su participación en un periódico para emigrados rusos.
“¿A quién pueden interesar las confidencias de un literato fracasado?”. Así comienza Dovlátov la narración de sus desgracias como escritor problemático en la URSS. Lo hace de una manera irónica, con mucho sentido del humor, sin recurrir, como él mismo dice, a la tragedia. De manera acelerada cuenta detalles de su formación académica y de sus primeros pasos como escritor. También de sus contactos con otros escritores que, como él, no aspiraban a someterse a la literatura oficial. Como escribe hablando de su participación en el denominado Grupo Ciudadanos: “Mis amigos eran adictos a las verdades claras. Hablábamos de libertad, de creación, de derecho a la información, de respeto por la dignidad humana. Nos dominaba el escepticismo con respecto al Estado”. Pero si en esos años no se contaba con las simpatías de ese Estado todopoderoso, resultaba muy difícil publicar, como va comprobando el autor, que es ninguneado por “los innumerables organismos, personalidades e instituciones”.
Sus escritos son sistemáticamente rechazados, aunque “el desprecio oficial se compensaba con una soberbia enfermiza”. En algunas redacciones le animan a que escriba sobre “la industria. Tú has trabajado en el boletín de una fábrica”. Reproduce algunos informes oficiales sobre cómo, hasta qué punto, el régimen soviético controlaba la literatura y a los escritores. Vetado en Leningrado, se traslada a Tallin para trabajar de periodista en el periódico “Juventud Estonia” (experiencia que se convirtió en el argumento de El compromiso). Allí le pasa absolutamente lo mismo: tras tres años, regresó a Leningrado. “Me iba con una hermosa aureola de perseguido político”.
La segunda parte transcurre en Nueva York, destino de su exilio en 1978. Con su habitual ironía, comenta cómo fueron sus inicios: “Mi vida en América comenzó en el mayor de los sosiegos. Como corresponde a un literato ruso, pasé unos seis meses tumbado en el sofá”. Dovlátov se codea con personas que proceden del exilio artístico: “somos gente con inclinaciones creativas” que salieron de la URSS “buscando libertad de creación”. Pero en Estados Unidos tampoco lo tienen fácil. Gracias a un patrocinador judío, ponen en marcha un periódico para emigrados rusos, El Nuevo Americano, en el que, a diferencia de los discursos habituales de este tipo de publicaciones para exiliados, se permitían las bromas, la ironía y la risa. El futuro, sin embargo, no parece muy claro pues a pesar del prestigio, las ventas y la publicidad, no consiguen despegar. A la vez, Dovlátov ve cómo sus relatos, avalados por Joseph Brodsky, con el que había coincidido en Leningrado, se publican en las mejores revistas norteamericanas.
            Oficio, con sus peculiaridades, puede servir también como las memorias literarias de Dovlátov en la URSS y en Estados Unidos. Su estilo elegante, ligero, rápido y satírico aleja sus historias y sus personajes, a menudo disparatadas y extravagantes, de la grandilocuencia de la tragedia rusa.


Oficio
Serguéi Dovlátov
Fulgencio Pimentel. Logroño (2017)
320 págs. 21,85 €.
T.o.: Remeslo: Povest’v dvukh chastyakh.
Traducción: Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea.

“Amar mal mata”, de Eduardo Gris Romero


Con esta novela, Amar mal mata. Eduardo Gris Romero (pseudónimo literario de Eduardo Pérez Díaz) ha conseguido el premio “A sangre fría” de Novela Negra 2017 que concede Ediciones Ápeiron. Eduardo Gris/Pérez es Doctor en Literatura Comparada y todo un experto en poesía amatoria, sobre la que ha publicado numerosas traducciones y comentarios (que puedes leer en su blog eduardogris.com) y sobre la que redactó su tesis doctoral: Las raíces de la lírica amorosa: Estudio comparado de sus primeras manifestaciones (Súmer, Egipto, China, Grecia, Israel e India). Esta pasión por la literatura clásica relacionada con el amor está también detrás de su original novela policiaca.
            Conviene advertirlo: no estamos ante la típica novela policiaca, con una clara presentación de la intriga, el desarrollo de las pesquisas y el diáfano desenlace, a ser posible con un culpable. Eduardo Gris ha concebido un original puzzle del que forman parte diferentes personajes y materiales. Aunque en ocasiones parezca que el argumento se aleja y que algunos pasajes secundarios toman un protagonismo desmedido, todo en esta novela está calculado y, además, todo está al servicio de un hilo conductor.
            La novela es, sobre todo, la investigación que realiza el periodista Pierre Simón sobre el policía Alejandro lobo, que ha aparecido muerto en extrañas circunstancias, aunque todo apunta hacia un suicidio. A través de la reproducción de notas, descripciones, transcripciones, descripción de fotografías, entrevistas, etc., nos vamos acercando más al personaje que es motivo de investigación. También ayudan los capítulos en los que Simon habla con uno de los mejores amigos de Alejandro, el cuto y cínico Alberto Puentegrueso, vecino suyo en una pequeña localidad donde vive.
            Pero el argumento no avanza de manera lineal. Vamos conociendo más cosas de Alejandro a trompicones. Descubrimos su vida íntima. Su enamoramiento de Eva. Algunos de los casos en los que se vio implicado (robos de piezas arqueológicas y el asesino de los neonatos, casi una novela corta dentro de esta singular novela policiaca). Todo ello nos acerca a un personaje que se nos escapa por su dimensión intelectual y literaria. Eduardo Gris introduce en la trama el tema amoroso, con la reproducción de algunos famosos poemas que esconden o transmiten parte de la compleja interioridad de Alejandro.
            Novela erudita, muy bien escrita, con ingeniosos y trabajados pasajes sociológicos (como la reproducción de la comunicación en un chat) que ensancha los límites de la novela policiaca tradicional. Asistimos, pues, a la muerte de un policía distinto y a la investigación que el periodista Simón realiza sobre las posibles y sorprendentes causas de esa muerte.


Amar mal mata
Eduardo Gris Romero
Ápeiron Ediciones. Madrid (2017)
134 págs.

"Roderas", de Almudena Molina Madrid


El primer poemario de Almudena Molina, estudiante de Filosofía y Filología en la Universidad de Navarra, sintetiza bastante bien sus inquietudes intelectuales y personales: hay en sus poemas un apasionado y profundo amor a las palabras y un trabajo por trascender la realidad y entender mejor el sentido del mundo. Además, este poemario refleja también la madurez de una escritora tras años de escribir y escribir. Se nota una intención estética, un sentido, una unidad. Como escribe Mariaje Ruiz en la contracubierta del libro, los versos de Almudena Molina “revelan un profundo mundo interior y una intensidad que sin duda nace de lo más hondo”.
            No estamos ante una poeta joven que se haya dejado llevar por algunos tics que vemos en cierta poesía actual: no hay un radical y social y prefabricado enfrentamiento con el mundo, no hay emotividad a raudales ni hay tampoco una preferencia por ese estilo declamativo que recurre a previsibles efectos sintácticos y gramaticales con una finalidad meramente atmosférica. Almudena Molina (Madrid, 1996) confiesa sin dudarlo sus preferencias poéticas, que van del clasicismo espiritualista de San Juan de la Cruz a la poesía  existencial y terrestre de Blas de Otero pasando por la poesía de lo cotidiano y la normalidad de José Hierro.
             Se nota, pues, en Almudena Molina una inquietud por aferrarse cariñosamente a la realidad en la que vive, comprender bien sus múltiples sentidos y estrujar al máximo esa realidad para encontrar un algo más, un sentido oculto que es el que da sentido a todas las cosas. Lo hace desde la individualidad poética, buceando en su interioridad para encontrar expresiones ajustadas a esas inquietudes. Lo vemos de manera muy directa en sus primeros poemas, donde una y otra vez muestra su deseo para que las palabras sean vivas y no muertas, sentidas y no tópicas, esenciales y no decorativas. En estos primeros poemas, hay intensidad, concentración, esencialidad, reforzada con ingeniosas imágenes: “espejo de silencio”, “pólvora en los pulmones”, aunque a veces estas imágenes se fuercen en exceso, como en “beber veneno del cielo, / y centellear tu sangre”.
            La mirada al mundo exterior actual es cariñosa y, a la vez, crítica, como en su poema “Vuelve Narciso”. Y, partiendo de ahí, se da el salto hacia el sentido último y amoroso: “Ya estás otra vez, Señor, / probando mi corazón”. Como en San Juan de la Cruz, hay una emoción contenida para que el yo sea transformado, reconociendo los límites personales: “Mi corazón / es de papel de periódico / mojado”.
            El título del libro, tomado de uno de sus poemas, es una acertada imagen, algo irónica, para explicar este camino, ya transitado pero contemporáneo: las imágenes que las ruedas del coche van dejando en la carretera del paso del tiempo; como dice Molina, “lo nuestro es un amor viejo,/ amor remolcado, de carretera”. Y sacando partido a la imagen, concluye con una declaración de intenciones más que existencial: “soy amante de neumáticos desgastados / y de roderas sobre asfalto. / Dentro de poco nos veremos; / ya sabes que soy cliente / en tus gasolineras / más concurridas”.


Roderas
Almudena Molina Madrid
Seleer. Madrid (2017)
72 págs. 11 €.
www.editorialseleer.com

domingo, 8 de octubre de 2017

John Reed, “Diez días que sacudieron el mundo”


En las primeras décadas del siglo XX, John Reed (1887-1920) se convirtió en  un periodista de prestigio internacional. Su intensa actividad periodística corrió pareja a su activismo político. Hijo de una familia burguesa, estudió en Harvard y al acabar sus estudios se dedicó al periodismo. Primero fue corresponsal en México, en momentos de mucha tensión revolucionaria. Como uno más, conviviendo con sus soldados, acompañó a Pancho Villa por el norte del país. Reunió sus crónicas en un libro, México insurgente, en el que el autor, como hará a partir de ahora, se implica en la narración de los hechos, siempre desde una perspectiva de izquierdas. Lo hizo también en los reportajes que escribió sobre las huelgas de los mineros de Colorado en 1911. Después, fue enviado a Europa para cubrir la información sobre el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, artículos que aparecieron en La guerra en el este de Europa. Es en esos años cuando conoce Rusia y descubre la efervescencia revolucionaria que se está incumbando en un país abatido por los problemas internos y por las consecuencias que estaba teniendo su participación en la Gran Guerra.
            Con su mujer Louise Bryant, se trasladó a Petrogrado en 1917 para informar en directo sobre la marcha de los acontecimientos y escribir Diez días que sacudieron el mundo[1]. Reed conoció a Lenin (es el autor de la introducción del libro que publicaría en 1919), se entrevistó con políticos de todos los colores y describió el creciente ambiente revolucionario que se estaba apoderando de todos los espacios. Eso sí, cuando llegó a Petrogrado ya eran conocidas sus simpatías políticas hacia el Partido Bolchevique, fascinado por la radicalidad del mensaje revolucionario de sus líderes, de manera especial por Lenin. Como cuenta la periodista Helen Rappaport en Atrapados en la Revolución rusa, libro del que también hablaremos sobre cómo vivieron los extranjeros de Petrogrado aquellos convulsos días, algunos colegas consideban a John Reed “un juguete en manos de la máquina propagandística bolchevique”.
            Para Lenin, el testimonio que describe Reed “ofrece una verídica y muy vívida exposición de los hechos que son tan importantes para comprender debidamente lo que es la revolución proletaria y la dictadura del proletariado”, palabras que demuestran que lo que cuenta Reed están muy en sintonía con el mensaje propagandístico del Partido Bolchevique. Para Reed, su libro “no pretende ser más que el relato detallado de la Revolución de Noviembre, cuando los bolcheviques, al frente de los trabajadores y soldados, tomaron el poder estatal ruso y lo pusieron en manos de los sóviets”.
            Llama la atención de su estilo la pasión y la inmediatez a la hora de narrar los hechos y que lo que cuenta lo vivió en primera persona, lo que da a sus narraciones una sobredosis de autenticidad. Y en fecha tan temprana también sorprende que Reed tuviera la clara conciencia de la trascendencia de estos hechos: “Al margen de lo que se piense sobre el bolchevismo, es innegable que la Revolución rusa es uno de los grandes acontecimientos de la historia humana, y el surgimiento de los los bolcheviques, un fenómeno de importancia mundial  “.
            Su libro comienza situando la Revolución como la histórica respuesta del pueblo a una negativa cadena de acontecimientos. Explica los antecedentes y detalla los errores que se tomaron y que agravaron la situación económica, social y política. Luego, abrumado y extasiado por lo que ve, escribe unas crónicas vivas, documentadas y exaltadas (“A su alrededor y en todas partes, la gran Rusia estaba de parto, alumbrando un mundo nuevo”) en las que de manera cronológica describe los avances revolucionarios. Entrevista, como hemos dicho, a muchos de sus protagonistas, como a Lev Kamenev, uno de los líderes revolucionarios, “un hombre de barba pelirroja y puntiaguda y gustos afrancesados”, con quien Reed habló en los pasillos del Instituto Smoly. Consigue transmitir dinamismo al formar él mismo parte activa de los hechos: “Cuando llegamos –escribe en el capítulo “La caída del Gobierno provisional”-, la enorme fachada del Smolny resplandecía y una oleada de formas borrosas emergía en la penumbra desde todas las calles”. Reed reproduce artículos de prensa, documentos oficiales, declaraciones, discursos, comunicados, proclamas, con las que va confirmando el rápido y diario avance de los hechos. Y todo con un ritmo rápido, pues la Revolución se hace a toda velocidad: “Entramos en la gran sala de reuniones, abriéndonos paso entre el gentío vociferante agolpado en la puerta. En las filas de asientos, bajo las lámparas blancas, inmóviles y apretujados en los pasillos y a los lados, encaramados en cualquier alféizar y hasta en el borde del estrado, los representantes de los obreros y soldados de toda Rusia esperaban con angustiado silencio o enorme expectación el toque de campanilla del presidente. En la sala no había más calefacción que el calor sofocante de los cuerpos desaseados”.
Su relato tiene, en ocasiones, un tono propagandístico, como cuando escribe: “El torbellino de la insurrección se extendía por toda Rusia con una rapidez que superaba cualquier capacidad humana (…). La inmensa Rusia se estaba desintegrando. El proceso había empezado en 1905. La Revolución de Marzo simplemente lo había acelerado y había engendrado una especie de anticipo del nuevo orden, pero había acabado perpetuando la estructura hueca del antiguo régimen. Sin embargo, los bolcheviques habían desbaratado esa estructura en una sola noche, como si fuera humo. La vieja Rusia ya no existía. La sociedad humana se había fundido en un fuego primigenio, y del agitado mar de llamas emergía la lucha de clases, rigurosa e implacable, y la frágil corteza de los nuevos planetas, que iba enfriándose poco a poco”.
Junto con el relato de la constitución del Estado revolucionario aparecen también algunos síntomas de debilidad, propiciados por la contrarrevolución, los kadetes y los mencheviques, que anticipan lo que será el posterior enfrentamiento armado. También Reed acompaña a los revolucionarios a Moscú, donde “íbamos a conocer los verdaderos sentimientos del pueblo ruso hacia la revolución. La vida allí era más intensa”. Y sigue introduciendo en el relato valoraciones personales que alaban los fines de los revolución: “De pronto, comprendí que el devoto pueblo ruso ya no necesitaba curas para llegar al cielo, porque estaba construyendo en la tierra un reino más esplendoroso que cualquier cielo, un reino por el cual era glorioso morir”.
Reed permaneció en Petrogrado hasta que la Revolución se estabilizó. A su regreso a Estados Unidos, publicó su famoso libro y fundó el Partido Comunista. Sin embargo, acusado de espionaje, se vio forzado a abandonar su país y regresar a Rusia, donde murió de manera inesperada en 1920 cuando estaba escribiendo un nuevo libro: De Kornilov a Brest-Livosk.
Basándose en Diez días que sacudieron el mundo, Warren Beatty dirigió la película Rojos, de 1981, interpretada por el propio Beatty y Diane Keaton en el papel de la también periodista Lousie Bryant, mujer de Reed. También de 1981 es la película Campanas rojas, en la que se cuenta su vida en dos partes: la primera, México en llamas, sobre su estancia en la revolución mexicana, fue dirigida por el mexicano Paul Leduc; la segunda, Rusia 1917, centrada en la vida de Reed en Rusia, la dirigió Sergei Bondarchuk.




[1] John Reed. Diez días que sacudieron el mundo. Nórdica. Madrid (2017). 440 págs. T.o.: Ten days that shook the world. Traducción: Iñigo Jáuregui. Ilustrado por Fernando Vicente.

sábado, 30 de septiembre de 2017

"Historia de la Pequeña Rusia (Puente de Vallecas, 1936-1939)", de Francisco Fernández-García


Historiador y Máster en Gestión de Patrimonio Histórico y Cultural, Francisco Fernández-García (1969) es también autor del libro La Guerra Civil en el valle del Porma. Sobre la Guerra Civil va también su nuevo libro, Historia de la Pequeña Rusia, en el que describe cómo se desarrolló la Guerra Civil en el Puente de Vallecas (Madrid).
            Lo primero que hay que resaltar de este libro es su minuciosa documentación. Todo lo que se dice está suficientemente contrastado en documentos, archivos, informes, estudios, referencias a periódicos, etc. Fernández-García realiza un trabajo muy útil para conocer tanto la vida cotidiana en los años de la Guerra Civil en un barrio tan populoso como Vallecas (aunque en esos años era independiente de la capital) como la actuación de los diferentes grupos políticos de izquierda.
            Los primeros capítulos explican con mucho detalle las circunstancias económicas, sociales y geográficas del barrio de Vallecas, al que había ido a parar a comienzos de siglo mucha inmigración procedente de Andalucía y de Castilla-La Mancha que se habían asentado en Vallecas en unas condiciones miserables. Este fue en gran parte el caldo de cultivo de una gran presencia de movimientos políticos de izquierda y anarquistas en el barrio, que ya se hicieron notar en las elecciones del año 31. También, en la participación de estos colectivos en la Revolución de Octubre, intentona fallida en 1934 que tuvo su repercusión en Asturias, donde consiguió el poder durante un par de semanas, en el País Vasco, en Cataluña y de manera muy limitada en algunas zonas de Madrid,  una de ellas Vallecas.
            El autor explica también la importancia de la posición estratégica de Vallecas en el comienzo de la Guerra y en el desarrollo de los primeros meses, pues la Avenida de la Albufera era la vía de comunicación más fluida de la República, sobre todo en su conexión con Valencia, a donde se trasladó el Gobierno republicano. Estudia después el autor el inicio de la Guerra, que cogió a muchos vallecanos asistiendo a las numerosas proyecciones cinematográficas que se celebraban en los cines de verano del barrio.
            Al igual que sucedió en otros muchos sitios, los primeros meses fueron de caos y descontrol. Los diferentes grupos de izquierda se hicieron con el control militar e  impartieron “justicia” en las checas que se crearon a imitación de las de la capital y de otros muchos lugares. A partir de diciembre, el Gobierno se hizo con el control militar y también el jurídico, y desapareció la justicia arbitraria que se realizó en locales que el autor detalla muy bien en su libro. Dentro de la represión que se dio en Vallecas destaca el autor el fusilamiento de más de doscientos presos que procedían de un tren de Jaén. Y también sobresale por su sentido ético la figura de su alcalde, Amós Acero, que hizo todo lo posible, en primer lugar, para mejorar el nivel educativo de los habitantes del barrio, y, también, para controlar a los grupos más radicales durante los peores momentos de la Guerra, salvando con su actuación a muchas posibles víctimas.
            Cada vez son más precisos los estudios parciales que se están haciendo de la Guerra Civil, donde se reproducen en pequeños lugares los mismos mecanismos que se dieron en las grandes ciudades. El libro de Fernández-García es un buen ejemplo de esta micro-historia, donde se ponen nombres a las tragedias y donde se hacen más humanos y cercanos los grandes datos y las grandes estadísticas.



Historia de la Pequeña Rusia (Puente de Vallecas, 1936-1939)
Francisco Fernández-García
Entrelíneas. Madrid (2017)
204 págs. 21 €.