miércoles, 5 de septiembre de 2012

Edición de "Marianela", de Galdós



Acaba de publicarse en la editorial Bruño una nueva edición de Marianela, una de las obras más populares de Galdós. Yo me he encargado del estudio preliminar, las notas y los ejercicios que acompañan esta edición escolar que, para mí, ha supuesto un nuevo redescubrimiento de la literatura de Galdós.

Marianela se publicó en 1878. Hasta esa fecha Galdós ya había publicado sus primeras novelas –La Fontana de Oro (1870), La sombra (1870) y El audaz (1871), que aunque no tuvieron mucho eco fueron su carta de presentación en el panorama literario, tras años coqueteando con el periodismo. Después publicó, entre 1873 y 1879, diez narraciones de la primera serie de los Episodios nacionales y los primeros de la segunda serie (1875-1879). En 1876, en un contexto político y social caldeado, da un giro publicando dos novelas de tesis, Doña Perfecta (1876) y Gloria (1877), en las que aborda temas sociales y religiosos con un fuerte tinte anticlerical, lo que provocó polémicas por las que Galdós empieza a ser muy conocido.

Marianela viene inmediatamente después de Gloria y Galdós abandona las novelas de tesis a favor de un enfoque más realista y, a la vez, simbólico. Sin embargo, también hay tesis en Marianela¸ aunque no con la misma proporción e intensidad que en las novelas anteriores.

El personaje de Marianela es tierno, poético y trágico, lo mejor con diferencia de la novela. Su actitud ante la vida, su generosidad, entrega y su drama interior elevan la calidad de la novela y ponen en su sitio el tono didáctico, la intenciones sociales, la moraleja y la escasa profundidad de algunos personajes, como Pablo, el joven ciego, y Florentina, una mujer ingenua y pueril que no encaja en lo que se está contando. Sin embargo, Marianela, con su fuerza y su idealismo, se apodera de la novela por entero, dejando en un segundo plano otras cuestiones menos estéticas y más ideológicas.


Marianela
Benito Pérez Galdós
Edición de Adolfo Torrecilla
Bruño. Madrid (2012)
320 págs. 8,55 €.

martes, 4 de septiembre de 2012

"Apenas sensitivo", de Andrés Trapiello


Andrés Trapiello publicó hace ya unos meses el volumen diecisiete de sus diarios, a los que ha dado el título genérico de Salón de Pasos Perdidos, una especie de novela en marcha basada en su propia vida. Se trata de una aventura literaria insólita en el panorama literario español que confirma, a la vez, el cambio de tendencia en lo que a la literatura memorialística se refiere. Si hace décadas se publicaban en España relativamente pocos libros de memorias, diarios, etc., ahora es uno de los géneros más frecuentados por los escritores y goza, además, del favor de los lectores.
A ello está contribuyendo también Internet, que ha provocado, sobre todo en los blogs, una explosión de textos personales en los que hay de todo: diarios, dietarios, desahogos, intimidad, crónica diaria, crítica literaria, verborrea, articulismo... Hasta el propio Trapiello ha puesto en marcha un blog para dar salida a otro tipo de textos personales donde también tienen su peso las fotografías y hasta los cortometrajes. Sin lugar a dudas, todo este fenómeno resulta muy interesante, pues permite conocer en directo la literatura de muchos escritores, además de asistir a novedosos experimentos en los que se da una muy actual mezcla de artes y tendencias.
Pero hay más. Los diarios actuales no tiene la dimensión social ni testimonial que tenían los diarios que se publicaban hace años, más atentos a la vida social de los autores y a la posibilidad de que en ellos se desvelasen opiniones contundentes y polémicas, sucesos escabrosos, secretos inconfesables y hasta sonoros escándalos. Además, parecía que sólo podían escribir y publicar diarios aquellas personas que habían triunfado en la vida política, social y literaria o aquellos otros que se encontraban en el momento justo de una encrucijada histórica.
Nada tienen que ver los diarios que publican ahora mismo los autores españoles con todo esto. Casi ninguno de ellos tienen cotilleos muy importantes que desvelar o relaciones tumultuosas del mundillo literario (aunque suele ser uno de los temas preferidos, como ha sucedido casi siempre en la historia de la literatura). No. Los autores utilizan el género del diario con la misma intensidad que si estuviesen escribiendo una novela o un libro de poesía. Les interesa el género literario para hacer propiamente literatura, no como una actividad marginal de su trayectoria o un género que frecuentan para hacer manos y cambiar de vez en cuando de registro. Importa, pues, más el cómo que el qué. Más cómo se cuentan las cosas que el qué se cuenta.
Pero esto, además, desde mi punto de vista, tiene un interés no sólo literario. Los diarios actuales, ya lo hemos dicho, no son claves para explicar ni la historia contemporánea ni los entresijos de la historia de la literatura, pero sí sirven –e, insisto, ahí están los numerosos blogs- para captar el espíritu de una época, la vida cotidiana al natural, el pensamiento en vivo de los escritores actuales (hayan triunfado o no). Esto sí tiene su importancia para eso que Unamuno llamaba la “intrahistoria”, la historia de los hombres sin historia. Personalmente, uno no lee estos diarios para que le expliquen cómo sucedieron grandes hechos históricos o literarios; uno los lee para identificarse con lo que les pasa a esos mismos autores, para conocer de cerca el corazón y el alma de muchos escritores que intentan apresar un trozo de vida íntimo y personal y contemporáneo.
Andrés Trapiello es, en este sentido, el escritor que mejor encarna esta corriente literaria. Aunque ha escrito de todo –ensayos, novelas, poemarios, etc.-, con calidad y prestigio en la mayoría de sus facetas, es conocido sobre todo por sus diarios, que cuentan con un buen número de lectores enganchados a ellos. Todos los ha publicado en la editorial Pre-Textos, aunque algunos de sus títulos han aparecido en Destino y últmamente también en Austral, como ha sucedido este año con Siete moderno.
Desde la publicación del primer tomo en 1990, El gato encerrado, los ingredientes son siempre los mismos. Escribe sobre su vida doméstica (una interesante novela familiar), viajes, aforismos, reflexiones literarias, encuentros inesperados, entrevistas, comentarios sobre algunos sucesos de actualidad, sus visitas al Rastro madrileño, sus manías (ya reconocibles), sus polémicas obsesiones (el arte moderno, algunos escritores) y su a veces ácida y combativa visión del mundo literario, pasajes que le han granjeado no pocos enemigos y que quizás sean los más citados y conocidos por muchos lectores, aunque personalmente pienso que no son lo mejor de sus diarios y, además, restan interés y calidad al resto de las entradas.
Todo cabe, pues, en estas páginas: pensamientos poéticos, inteligentes digresiones literarias, descripciones muy logradas, magníficos retratos, etc. También hay momentos con los que uno disiente abiertamente del autor, bien por sus contundentes y a veces injustas opiniones sobre algunos escritores, bien por sus sarcásticas críticas a determinadas personas e instituciones. Sobre algunas cuestiones y personajes, sus comentarios no son precisamente convencionales.
Este volumen, dedicado al año 2003 (el alejamiento de la actualidad es una seña de identidad de estos diarios), comienza con la recepción de una carta que provoca en el autor una deliberada crisis, pues le hace reflexionar sobre el sentido y destino de unos diarios que no paran de crecer y que, además, según le dice su amigo en la misiva, no suponen ninguna novedad ya que, como decíamos, siempre aparecen los mismos ingredientes, con los que uno ya está identificado. Sin embargo, visto lo visto (la fidelidad al proyecto literario y su puntual continuidad en el tiempo), quizás en esa reiteración está el atractivo de unos diarios amenos y muy entretenidos. 2003 es el año que Trapiello obtiene el Premio Nadal con su novela Los amigos del crimen perfecto. Casi las primeras entradas están dedicadas a describir cómo fue la entrega del premio, las bambalinas, la recepción, las primeras críticas y, sobre todo, los bolos que hace por toda España para presentar su novela, viajes que provocan interesantes reflexiones sobre el papel del escritor en la cultura actual y, también, no pocas situaciones ciertamente hilarantes.
Vuelven a tener mucho peso en los diarios sus periódicas estancias en Las Viñas, en un pueblo de Cáceres. Emocionante resulta la narración de la muerte de su perra Mora. También la invasión de ratones en la casa. Los paseos. La relación con su mujer y sus hijos. Más que en otros volúmenes, como consecuencia de haber obtenido el Nadal, su vida social y literaria es más agitada. Pero también hay excelentes pasajes en los que habla de su intimidad, de la literatura, del arte (por ejemplo, cuando cuenta sus encuentros con Ramón Gaya, pintor con el que Trapiello tuvo una relación especial y familiar).
En 2010, cuando publicó Troppo vero, su anterior volumen diarístico, apareció también el volumen Vidario. A propósito del “Salón de Pasos Perdidos” de Andrés Trapiello (Pre-Textos), libro que aglutinaba reseñas y comentarios sobre estos diarios escritos por un puñado de escritores, la mayoría lectores asiduos de Trapiello y amigos suyos. Todos coinciden en que estos libros ocupan ya un lugar privilegiado en la historia de la literatura última española (opinión que comparto). Para José Jiménez Lozano, por ejemplo, “lo importante es que estos diarios son un fresco no sólo de nuestra realidad en la sociedad literaria, sino también, a través de relucientes reflejos, de la sociedad en general”. Por su parte, el también escritor Carlos Pujol, recientemente desaparecido, se refiere al contenido de estos diarios, muy parecido en todas las entregas, pero distinto siempre: “¿No pasa nada? –escribe-. Podría decirse que nunca pasa nada y que al mismo tiempo no dejan de suceder episodios en los que uno se ve obligado a jugar con fuego”.
Todos los que colaboraron en ese volumen destacan la calidad de su prosa, su visión poética de la realidad, la habilidad de crear un personaje tan conseguido –el propio autor: “tierno, arisco, insolente, belicoso, tímido, delicado”-, la agradable presencia de tantos amigos... También su predilección por los perdedores, los escritores marginados por la cultura oficial (Trapiello es uno de los que ha recuperado a Manuel Chaves Nogales y Manuel Machado), la vida en el campo... En definitiva, la vida misma, cotidiana, sin grandes sobresaltos, con la que resulta grato identificarse.
Y también tienen su importancia los pasajes más conflictivos, pues tienen también su efecto en la lectura. Al leerlos, provocan en los lectores un provechoso y fructífero diálogo entre el autor y el lector.
Si tengo que destacar algún rasgo de estos diarios, ese es, sobre todo, su calidad literaria: su llamativa capacidad para abordar, literariamente, todo tipo de situaciones, casi siempre con un puntilloso y ocurrente sentido del humor.


Apenas sensitivo
Andrés Trapiello
Pre-Textos. Valencia (2011)
380 págs. 32 €.


lunes, 3 de septiembre de 2012

"Un mundo aparte", de Gustaw Herling



“Sucede que, cuando quiero describir objetivamente un campo de trabajo soviético –escribe el autor polaco Gustaw Herling (1919-2000)-, debo descender a los abismos más profundos del infierno”. La misma sensación he tenido cuando he leído estas memorias de los dos años que Herling estuvo condenado en el campo de trabajo de Kárgopol, en Yártsevo, en el Gran Norte de Rusia: un absoluto y radical viaje a los infiernos de la infamia y la degradación de la condición humana.

Herling, militante de las Juventudes Socialistas polacas, fue detenido en 1940 por la tropas soviéticas en la frontera con Lituania, cuando abandonaba su país para luchar contra los alemanes. El autor es una víctima más de los acuerdos soviético-alemanes, como miles de compatriotas polacos, cuyas consecuencias en años posteriores han contado de manera extraordinaria Jósef Czapski en En tierra inhumana (Acantilado), Janusz Bardach en El hombre, un lobo para el hombre (Libros del Asteroide), Jan Karski, Historia de un estado clandestino (Acantilado), Alexander Wat en las memorias Mi siglo (Acantilado), Miron Bialoszewski en Diario del levantamiento de Varsovia (Alba), Ester Hautzig en La estepa infinita (Salamandra) y, entre otros, Jerry Andrzejewski en Cenizas y diamantes (Alba).

Herling, que había estudiado Literatura en la Universidad de Varsovia, escribió Un mundo aparte años después de acabar la Segunda Guerra Mundial. Liberado del campo por los rusos en 1942 tras declarar Alemania la guerra a la URSS, Herling se incorporó al nómada ejército polaco y, al finalizar la contienda, se instaló en Italia.

En 1953, en Inglaterra, publicó por vez primera estas memorias, recibidas de manera gélida por los intelectuales europeos de izquierda, como ya habían hecho con otros testimonios parecidos de la represión soviética. Fue tras el tsunami que provocó Solzhenitsyn en la década de los setenta cuando, sobre todo en Francia, colonizado intelectualmente por la URSS, comenzó a cuestionarse la todopoderosa maquinaria de propaganda soviética, que se había instalado con comodidad en las conciencias de muchos intelectuales de izquierdas. Lo que contaron Aleksandr Solzhenitsin, Varlám Shalámov, Vladimir Voionóvich, Evegenia Ginzburg, Víctor Serge, Jiri Weil, Arthur Koestler, Lev E. Razgón, David Grosman, entre otros; y los vergonzosos sucesos que padecieron escritores como Pasternak, abrieron las puertas a la disidencia propagandística. Curiosamente, estas memorias de Herling no se publicaron en Francia hasta 1985, con prólogo del escritor español Jorge Semprún. En España, se publicaron en el 2000, pero ahora aparece por vez primera su traducción directamente del polaco, idioma en el que fueron escritas.

Se trata de un testimonio de la vida en los campos de trabajo soviéticos de primera magnitud. Herling cuenta sus dolorosas vicisitudes personales, situaciones casi imposibles de explicar por el desprecio absoluto al ser humano que imperaba en la vida de estos campos. Herling explica el funcionamiento manipulador de la justicia y las inhumanas maniobras de control que, como si tal cosa, se convertían en moneda diaria en la vida de los campos. Junto con la agónica descripción de su experiencia personal, lo más sobresaliente de Un mundo aparte es la mirada del autor ante lo que le rodea. Primero, lo bien que explica el metódico y maquiavélico funcionamiento de la vida del campo: las horas de trabajo, la comida, la división de los reclusos en barracones, el poder de los urkas (delincuentes comunes), la vida cotidiana, el hambre, las enfermedades, la Casa de Visitas... Y, lo más importante, la actitud compasiva con la que se relaciona con el resto de los reclusos y que le permite conocer muchas historias dramáticas que nos transmite con fidelidad. Como las del coronel Pavel Ivánovich, Mijaíl Alekséievich Kóstylev, la del kulak Pamfílov, la del expope Dimka, del profesor Borís Lazaróvich y la presa Natalia Lvovna, quien le presta uno de los libros prohibidos en el campo, Apuntes de la casa muerta, de Dostoievski, libro clave para entender mejor este libro, pues se inspira en él para su redacción.

“Sólo en la cárcel se puede comprender que una vida de la que nada se espera no tiene ningún sentido y se llena de desesperación hasta los topes”. No son reflexiones en el aire. Cada una de ellas está encarnada en un trozo de vida, en una persona de carne y hueso, en un ser real. Aquí nada es producto de la imaginación, y lo que escribe Herling pone los pelos de punta por la degeneración absoluta de un régimen inhumano, carente de los más mínimos sentimientos. Herling, uno de los escritores polacos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, cuenta además todo esto con una impecable y meritoria calidad literaria. Para Semprún se trata de “una obra literaria perfecta”. Y Bertrand Russell, que prologó la edición inglesa de 1953, opinaba que Un mundo aparte “posee una extraña fuerza descriptiva, sencilla y vívida, y es absolutamente imposible dudar de su sinceridad en todos los aspectos”.







Un mundo aparte
Gustaw Herling-Grudzinski
Libros del Asteroide. Barcelona (2012)
360 págs. 22,95 €.



domingo, 2 de septiembre de 2012

"Cartas de Italia", de Josep Pla



Reúne este volumen, prologado en 1954, diferentes escritos del escritor catalán Josep Pla (1897-1981) sobre Italia, uno de sus destinos favoritos y país al que viajó en numerosas ocasiones, con diferentes motivos. Italia, para Pla, “ofrece un temario vastísimo y suscita reacciones inagotables”. En el prólogo dice que es un “libro de sensaciones organizadas alrededor del color verde fresco con que se pintan las ventanas de Italia”. El tono de familiaridad es constante, ya que, como comenta el autor de El cuaderno gris, viajar a Italia nunca le ha hecho sentirse extranjero y no hay en ella “nada de insípido”.

No se trata de una guía turística al uso, aunque sus apreciaciones son muy agudas y ayudan a conocer mucho mejor las ciudades que visita, casi todas las importantes (Milán, Turín, Bari, Nápoles...), con la excepción de Roma, ciudad que considera un caso aparte y por eso no aparece en este libro. Junto con interesantes observaciones sobre el carácter de los italianos, destacan algunas impresiones personales de Pla sobre su propia escritura: “los escritores que adolecemos de una falta de imaginación casi ridícula necesitamos para escribir, más que formas conocidas y familiares, fuertes estímulos externos”.

Hay un hilo conductor, y ese es el propio Pla, su aguda capacidad de observación, sus espontáneos comentarios y su facilidad para trasladar al papel sensaciones, descripciones, hitos históricos, anécdotas, encuentros ocasionales, etc., con un lenguaje brillante y con esos adjetivos suyos tan sorprendentes. Describiendo la ciudad de Asís, dice: “Lo cierto es que Asís reúne todas las bondades que exige un temperamento místico: es un pueblo pobre, reseco, calcinado, de color marfil, perfumado de hierbas secas y muy limpio”. Y el capítulo dedicado a la ciudad de Génova concluye de la siguiente manera: “Génova, soberbia y mísera, trituración frente al mar, angostura bajo el cielo azul, graderío implacable de la vida, ojo fatigado ante el transatlántico ocasional, rosa y verde entre la montaña pelada y arenosa y el mar glauco, aceitoso y cansado”.

Su prosa, límpida, evocadora, funcional, subjetiva, socarrona y periodística es la gran protagonista del libro. Y como infatigable viajero, incluye Pla una obligatoria recomendación: “Lo primero que es necesario para viajar es un buen estómago”.


Cartas de Italia
Josep Pla
Austral. Madrid (2011). 254 págs. 7,95 €. T.o.: Cartes de’Italia. Traducción: Pedro Gómez Carrizo.


viernes, 31 de agosto de 2012

"Al oeste con la noche", de Beryl Markham


Recupera Libros del Asteroide este libro ya publicado en España en la década de los ochenta, antes de la muerte de su autora, Beryl Markham, nacida en 1902 en Inglaterra y fallecida en Kenia en 1986. Beryl vivió desde los cuatro años en el África oriental, en una granja en Njoro, cerca del valle del Rift. Cuando su madre y un hermano abandonaron Kenia, ella permaneció con su padre hasta 1936, año en el que finalizan estos recuerdos. Posteriormente, vivió en Estados Unidos –donde publicó en 1942 este libro- y en Inglaterra, y en la década de los cincuenta regresó a África, donde vivió hasta su muerte.

En 1937, Karen Blixen había publicado Memorias de África, libro que transcurre en los mismos escenarios que Al oste con la noche y casi con protagonistas parecidos, pues Beryl Markham compartió amistad y aventuras con el barón Von Blixen, Tom Black y Lord Delamere. Aunque el de Blixen contiene también sus experiencias personales, el tratamiento es más narrativo y literario que el de Marckham, un libro más directo, personal e intuitivo.


Al oeste con la noche contiene algunos recuerdos y evocaciones de África por parte de una mujer identificada plenamente con la vida en aquellas tierras. “De niña –escribe- me pasaba días enteros con los muramis nandis, cazando descalza en el valle de Rongai o en los bosques de cedros de la escarpadura deMau”. Beryl comparte amistades, juegos y vivencias con los nandi, kavirondo, masai y kikuyus. Pronto aprende a cazar jabalies. Le encantan los animales. Tiene un perro, Buller, que es todo un personaje. También se dedica a criar y entrenar caballos. Cuando, tras arruinarse, deben abandonar la granja familiar, Beryl se traslada con diecisiete años a Molo para trabajar como entrenadora, mientras su padre viaja hasta el Perú para emprender nuevos negocios. No lleva Beryl una vida regalada; debe de trabajar, y mucho, para poder sobrevivir.

La relación que tiene con los caballos, familiar, íntima, ocupa varios capítulos. En ellos habla del carácter de Camciscan, un caballo traído desde Inglaterra que no puede controlar sus prontos agresivos; y también de Wise Child, una yegua con problemas en los tendones que gana una de las más importantes carreras, tras un brillante entrenamiento. O el nacimiento de Pegaso, su caballo, tras el parto de Coquette.

Junto con los caballos su otra gran pasión fue la aviación. Beryl abandonó su carrera como adiestradora para ser una brillante piloto en unos tiempos pioneros y complicados. Muchas de las aventuras que cuenta y las personas con las que se relacionó tienen que ver con su trabajo como piloto. El libro acaba con un capítulo, ya de regreso a Inglaterra, en 1936, tras un viaje lleno de percances, en el que describe el histórico vuelo que realizó en solitario sobrevolando el Atlántico.

Resulta muy emotivo el trato que tiene con algunos de sus empleados y con miembros de las tribus con las que convivió –Arab Ruta, Arab Maina, Bishon Singh, Toobo, Otienoo-, quienes le transmitieron sus costumbres y creencias con toda naturalidad. La autora desea transmitir en este libro su fascinación por África y por sus gentes. Y lo hace con un estilo evocativo y poético que suaviza en ocasiones las duras experiencias que está transmitiendo. No quiere Markham contar su autobiografía, pues los detalles personales e íntimos apenas aparecen en un relato volcado hacia el exterior y hacia las sensaciones que ha dejado en ella, una mujer muy independiente, su enriquecedora experiencia africana.

Al oeste con la noche
Beryl Markhan
Libros del Asteroide. Barcelona (2012). 314 págs. 21,95 €. T.o.: West With the Night. Traducción: Miquel Izquierdo

miércoles, 29 de agosto de 2012

Apoteosis del dominguero

Hace ya muchos años, muchos, escribí este relato/parida sobre la fascinacion que siento por los "domingueros", que no puedo ocultar. Siempre que al pasar por la nacional de Badajoz, a la altura de Talavera, veo la señal de entrada al Pantano de Cazalegas se me saltan las lágrimas. Y lo mismo me pasa cuando paso cerca de la Boca del Asno, al lado del Puerto de Navacerrada, lugar que he elegido como escenario para este relato. Pienso que este texto, escrito como un reportaje, explica bien lo que siento por los "domingueros", mi respeto, admiración y cariño. Y con él, muchos entenderán esa nostalgia que me atrapa y me emociona al ver y pensar en Cazalegas y la Boca del Asno. Mi personal aportación al bucolismo.



Con una gran asistencia de público, se celebró el último domingo del mes de junio la final del V Open del Dominguero, prueba con la que concluye esta temporada el Circuito World of Dominguer’s, competición interna­cional que sirve de preparación inmediata para los Campeonatos del Mundo que se celebrarán el año próximo en el pantano de Cazalegas (Toledo). El Open tuvo este año una sede muy especial, la emblemática Boca del Asno, paraje próximo a La Granja (Segovia) y sede habitual de las finales de los Campeonatos de España y de algunas de las pruebas clasificatorias del Campeonato del Mundo.


Desde muchas horas antes del comienzo de las pruebas, el ambiente en las explanadas de las pistas de la Boca del Asno y en la vecina Los Asientos era sencillamente espectacular. Hasta allí acudie­ron muchos autocares y multitud de coches particu­la­res de toda España, algunos para animar a sus familias favoritas y otros para disfrutar del ambiente de camaradería y profesiona­lidad que se vive de manera muy especial en estas competiciones. Como todos los años, la Boca del Asno ha sido el escaparate donde los aficionados a este deporte comprueban los nuevos experimentos, las tácti­cas incorporadas por escuderías extranjeras, los campeones consolida­dos, las jugadas maes­tras, los récords difíciles de superar...



El recorrido del Open de la Boca del Asno, el más temido por todos los domingueros participantes, es tremendamente complicado y sinuoso: hace falta ser todo un campeón dominguero para superar todos los obstáculos, a cual más complicado, y acabar el recorrido airoso, sin apenas penalizaciones durante su trayecto. Todos los años, el porcentaje de familias que se retiran es de más de un 50%, cifra alta si se considera que los que acuden a este Open ocupan los primeros puestos en los circui­tos nacionales e internacionales. Y es que no es tan fácil adap­tar­se al terreno y a las condiciones ambientales, lo que provo­ca abandonos de las abuelas, errores de cálculo en la disposi­ción de las viandas, ataques histéricos de conductores medio­ dormidos, accidentes en los atascos preparados, inundaciones de hormigas, roturas del material de campaña, etc.





Para los más entendidos, la parcela número siete es la que tiene el mayor índice de peligrosi­dad. La prueba consiste en una acelerada contrarreloj en la que hay que preparar una merienda campestre con objetos que propor­ciona la madre Natu­raleza, entre los que son obligatorios los arándanos, las acederas y los níscalos o las setas (el comité técnico admite las dos varian­tes); después de preparar todo encima de un limpio y reluciente mantel de campaña (casi siempre a cuadros, aunque se comienzan a admitir otros diseños, con la opinión en contra e los puristas), una súbita tormenta de verano, con pedrisco incluido, obliga a los participantes a recoger todo en un tiempo récord. Cada hueso de aceituna se penaliza con cinco puntos y se descalifica al equipo que recurra a las servilletas y vasos de papel, más fáciles de deshacerse de ellos.


La parcela uno también ha tenido este año una resonancia especial, no sólo porque los favoritos, la familia Sánchez Gutiérrez, de Fuenlabrada, fueran descalifi­cados a la mínima de cambio por hacer trampas de una manera miserable. Durante tres horas, en una carretera en la que el sol cae de plano, en coches sin aire acondicionado y donde sólo se puede escuchar música de Luis Cobos, los domingueros tienen que soportar un impro­visado atasco, sin poder salir del coche, con la compañía de tres niños agotadores y llorones (también pueden ser niñas, según las últimas normas dictadas por la Federación Mundial) que, además, se están meando. Sólo los muy expertos domingueros aceptan con heroísmo y paciencia las dificultades que acarrea una prueba de estas características. Esta parcela estuvo prohibida durante unos años por su dureza y por los trágicos sucesos de la final del año 1987, en la que se ahorcaron cuatro conductores después de apuñalar a los niños, a las abuelas y a todos sus acompañan­tes. Hoy, que la gente siente más atracción por el vértigo y por las experiencias límite, se ha vuelto a recupe­rar con una gran aceptación de crítica y público, a pesar de que las muertes continúan repitiéndose. La familia Sánchez Gutiérrez son los conocidos autores del best-seller Decálogo del perfecto dominguero, libro más vendido en la última Feria del Libro de Madrid, del que entresacamos las siguientes y acertadas reflexiones:


“Hay cosas que no se improvisan; se nacen con ellas. Ser dominguero es algo tan esencial, y vocacional, como ser blanco o negro, o ser del Real Madrid o del Atlético. Los mejores domingueros, los que disfrutan en un atasco y los que regresan al hogar con suculentas picaduras de mosquitos y tábanos, lo son por tradición familiar, por apego a unas constantes vitales familiares que los hombres han sabido conservar, sabiendo lo mucho que se juegan cada domingo. (...) Es cierto que existe mucha diferencia entre el dominguero profesional y el simple aficionado oportunista. Hoy día hay mucho intrusismo, mucho oportunista que va por la vida de dominguero cuando en realidad es un chapuzas. (...) Ser dominguero se transmite con orgullo de padres a hijos en muchos lugares de España. Sin embargo, en las grandes capitales, se están buscando fórmulas que permitan el acceso a ser dominguero a personas que no tienen ninguna tradición familiar (las piscinas municipales son, hasta ahora, un buen semillero para el lanzamiento de este deporte). (...).




Algunos de los rasgos más característicos de perfecto dominguero son:


1.- Rechazo de la improvisación: Todo debe estar absolutamente medido y calculado.


2.- Huida de la originalidad: Un dominguero no arriesga, no innova. Sólo los domingueros aficionados, o los aventureros frustrados, son los que intentan buscar nuevas rutas o planes siderales, o los que incorporan al utillaje del dominguero elementos excesivamente modernos. ¿Alguien ha visto un dominguero con cascos? Los pueden llevar los hijos -eso sí se permite- pero no que los lleve el verdadero protagonista.


3.- Aprecio por la masificación: El dominguero es un ser solidario, comprometido, que se siente a gusto con los demás. No se vuelven locos por buscar un lugar apartado, donde no haya nadie. 


4.-Perseverancia y constancia: No se es dominguero un solo domingo. Se es dominguero todos los domingos, uno tras otro, haga buen tiempo, llueva o se haya puesto mala la abuela.


5.- Sin miedo al ridículo: El dominguero no deja de hacer lo de todos los domingos porque le entre una sensación de ridículo existencial: si hay que lavar el coche en un arroyo miserable, se lava el coche porque así está previsto. Además, a un dominguero no se le cae la baba ni siente envidia por cosas más modernas. Por ejemplo, hay gorras americanas baratas que también quitan el sol, pero sería un atentado contra la tradición tirar a la basura la gorra de Titanlux para sustituirla por un elemento extraño, y más aún si es americano. El dominguero es un producto nacional, intrahistórico, terruñero, carpetovetónico.


6.- Obediente a las reglas: Se necesita tener un espíritu dócil y obediente, amigo de las empresas que tienen el éxito asegurado en la constancia y en lo establecido. La esencia de ser dominguero no puede alterarse en unas votaciones. Y es difícil que también cambien la mayoría de los elementos que lo definen, por mucho que evolucionen las marcas y el progreso, y los japoneses intenten hacerse con el control. Los domingueros saben hablar de la tradición, de los mayores. Todos tienen en sus casas fotos de parientes antiguos en bañador que han sido domingueros hasta el fin de sus días, sin dejarse vencer por las tentaciones de pasar una tarde de domingo delante del televisor o viendo una corrida de toros. El dominguero respeta a los mayores y sus instituciones.


7.- Familiar: Un dominguero sin familia, sin niños revoloteando a su alrededor y sin abuela que ronca al echarse la siesta no es un dominguero oficial sino un simple y miserable aficionado. En algunas ciudades, se ha puesto en práctica un cómodo y práctico sistema de alquiler de niños y abuelas, pero no es lo mismo. Por desgracia hay cosas que no son fáciles de enseñar: por ejemplo, los niños alquilados obedecen siempre y las abuelas alquiladas comen de todo.


8.-Gustos decimonónicos: El buen dominguero no vive pegado a la actualidad. Sus gustos musicales son los de hace dos o tres décadas, y no se pueden alterar. Tampoco el dominguero se deja llevar por las modas a la hora de introducir cambios en los bañadores. La abuela nunca lleva bañador y lo máximo que hace es meter los tobillos en el agua para refrescarse. A varias familias se les ha tenido que retirar el carnet de dominguero porque la abuela, la muy egoísta, les ha salido nadadora.


9.-Una difícil armonía: No es frecuente que brille la comprensión y la amabilidad entre los miembros de un equipo de domingueros, por muy familiares que sean. Es bueno que, al principio del día, todos muestren ganas de no tener problemas, pero a la mínima de cambio deben empezar las discusiones. Hay varios momentos claves, que deben cumplirse obligatoriamente, como manda el reglamento: antes de salir a primera hora de la mañana, cuando están preparando todo y la mujer no encuentra el salero, ni el vinagre, ni la tapa de una de las tarteras; cuando, ya en el coche, uno de los niños, a ser posible el gordo, quiera devolver y el padre no tenga ganas de parar.


10.- Consolidación de los tópicos: Los domingueros fomentan subliminalmente algunos de los tópicos románticos de nuestra sociedad. Por ejemplo, el padre a veces para el coche para decir "mirar que puesta del sol más bonita" o "qué paisaje más bonito se ve desde aquí, qué verde". El feminismo será el cáncer del dominguero. El marido se echará la siesta siempre, tenga ganas o no, y la mujer jugará al cinquillo con la abuela y el matrimonio más cercano, tenga ganas o no (...)". 


Hasta aquí unos pocos pasajes del conocido libro de la familia Sánchez Gutiérrez, una especie de catecismo y vademécum para todas las sagas de domingueros que son y han sido. Pero volvamos al campeonato.






Otra de las pruebas más duras está en la parcela 8: alrededor de una piscina de aguas tibias (al público se le permite mear hasta diez minutos antes de que dé comienzo la competición) y repleta de extras voluntarios hasta los topes, unas tumbonas acogen desgana­damente la abulia y la vagancia de los domingueros. Durante toda una mañana de sol abrasador deben aceptar resig­nadamente: a) una cinta de gritos de niños bañándose y jugando y chillando en la piscina; b) los avisos cada diez minu­tos por los altavoces de niños que se han perdido; c) los susurros de una bandada ham­brienta de moscardones y tábanos, y las molestias de unas moscas espe­cialmente prepara­das para posarse intermiten­temente en la cara y cuerpo de los concursan­tes; d) los golpes de las fichas de dominó contra la mesa de mármol de una partida que se retransmite en una pantalla de vídeo gigante. A la duras condiciones que de por sí tiene esta prueba hay que añadir que al dominguero-padre, que debe permanecer impertérrito en la tumbona, no se le permite usar la gorra de Titanlux ni untarse nivea por la espalda y por las piernas; también deben estar muy próximas su señora, una vecina-dominguera y la abuela charlando sin parar de ropa, de famosos y de lo mal que comen los niños, mientras escuchan un consultorio sentimental que dirige la periodista Inma Soriano y que inter­cala las conversa­ciones con canciones folklóricas.





Por último, hay que destacar la parcela número dos, en la que está en juego la habilidad de toda la familia: en un tiempo máximo de media hora hay que preparar la siguiente comida: 1.- una ensalada de lechuga, tomate, pepino, aceitunas verdes con hueso y bonito; 2.- dos latas medioabiertas de sardinas con tomate; 3.- Una tartera de dos pisos: arriba los pimientos y abajo la tortilla de ayer; 4.- tres zarajos; 5.- tres lonchas de panceta; 6.- cuatro chorizos de Segovia; 7.- dos latas caducadas de anchoas de Santoña.




Antes de la hora de la salida los gestos de los domingueros mostra­ban responsabi­lidad y seriedad. Muchas familias eran conscien­tes de lo que se jugaban en este Open. Una mala puntua­ción por penalizaciones leves -un retraso en la apertura de las tarte­ras, la falta de aceitunas con hueso en la ensala­da, el olvido infantil de los pimientos verdes, una súbita e inesperada tos de la abuela durante el simulacro de siesta- supondría la pérdida de jugosos acuerdos publicitarios y, quizás, la rescisión del contrato con su equipo. En boxers, todos los detalles eran una y otra vez repasados: la leña para el fuego especialmente traída del pueblo, los hielos y la nevera con un melón, la toquilla de la abuela, las gafas de bucear del niño mayor (luego nunca se las pone porque le roza la correa de plástico en las orejas), el porrón, las serville­tas a cuadros, las latas de conservas (mejillones, pulpo, caballa), los calcetines marrones del padre, el bañador de la abuela, las toallas con diseños juveni­les para los niños; también en boxers se echaba el aceite a las tumbonas, se reponían las pilas de la radio de la abuela, se tenían a mano los botes de nivea, se secaban al sol las esponjas y trapos para limpiar luego el 1.500, se repasaban las casetes obligatorias del coche -Luis Cobos, Georgie Dann, Luis Aguilé, Mary Trini, Paloma San Basilio, Elsa Baeza, Jaime Morey, Las Grecas, Bertín Osborne, sevilla­nas-, se ensayaban canciones tomadas del "Cancionero del Dominguero": "Ahora que vamos despacio/ vamos a contar mentiras", "Un rayo de sol, uahhooooohhhhho", Eva María se fue, buscando el sol en la playa, con su maleta de piel y su bikini de rayas", "Un flecha en un campamento", "Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña", "Tris­te y sola, sola se queda Fonseca", “Otro vacho de chervecha que se sube a la cabecha”, etc.




Había nerviosismo, competencia, pero, conviene destacarlo, brillaban el compañerismo y la profesionali­dad. Entre los domingueros no hay sitio para la improvisación ni para el caos; todo está sutilmente medido, pensado, preparado, ensayado. El domin­guero auténtico no puede -aunque tenga ganas y se lo pida el cuerpo- dejarse llevar por un falso espíritu aventurero; no puede buscar nuevas vías, ni descubrir nuevos mundos, ni explorar parajes insólitos. El domin­guero basa su efectividad en lo trillado, en el efecto repetitivo, en el acto supeditado a un plan superior, en la jerarquía de los impulsos contro­lados.




Los campeones de este V Open del Dominguero fueron la familia Pérez, de Arganda, campeones de Madrid en tres ocasio­nes y el año pasado subcampeones de España en la modalidad de "domingueros de camping"; lástima que una lesión de la abuela -una mala caída desde una de las tumbonas oficiales- les tuvo aleja­dos de los primeros puestos en competiciones anteriores; ya con la abuela en forma, han demostrado que son una familia que puede dar mucho de sí en el próximo Campeonato del Mundo. Los segundos clasifi­ca­dos fueron la familia Martínez, de Mósto­les: fueron en prime­ra posición durante todo el recorrido, donde sobresalieron por su encomiable preparación física, pero recibieron una dura penalización cuando fueron descubiertos mientras oían una can­ción de Dyango, cantante que todavía no figura en la lista oficial de música recomendable por el Comité Técnico.


Terceros clasificados fueron la familia Fernández, de Alcobendas, récord de España en la modalidad de aperitivos y manteles. Hicieron el recorrido con pericia, habilidad y abnegación, pero un mísero fallo -los cuatro componentes infantiles de la familia apenas protestaron cuando el padre, muy serio, les exigió hacer dos horas y media de digestión antes de volverse a bañar- les restó una bonificación espe­cial. Esta familia cuenta, además, con una olímpica abuela, la señora Ambrosia, seleccio­nada para el equipo ideal de domin­gueros en los pasados campeona­tos mundiales.




martes, 28 de agosto de 2012

"La gente corriente de Irlanda", de Flann O'Brien


Alabado por sus compatriotas James Joyce y Samuel Beckett y considerado por Harold Bloom en su Canon occidental como uno de los escritores irlandeses más importantes en lengua inglesa, la fama y el prestigio de Flann O’Brien (seudónimo de Brian O’Nolan, 1911-1966) no paran de crecer, aunque en su tiempo tuviera una difusión muy restringida. A partir de su muerte, y de manera especial desde la publicación póstuma de su novela El Tercer Policía, O’Brien ha empezado a conocerse en el extranjero. Y eso que no es nada fácil traducirlo, pues en muchos de sus escritos combinaba el inglés y el irlandés. Confirma esta dificultad en el prólogo de La gente corriente de Irlanda Antonio Rivero Tavarillo, también responsable de la traducción.

En el aniversario de su centenario, Nórdica publica una selección de las más de tres mil columnas periodísticas que O’Brien escribió para The Irish Times desde 1940 hasta 1966. Con anterioridad, Nórdica ha publicado todas sus novelas: El Tercer Policía, Crónica de Dalkey, La boca pobre, La vida dura y En Nadar-dos-pájaros. Estas obras, inclasificables, basadas en increíbles parodias literarias y lingüísticas, derrochan ironía, vanguardismo y sentido del humor. No se trata de libros populares, comerciales, sino de inteligentes experimentos literarios, la mayoría arriesgados.

Las mismas características estilísticas aparecen en estas variadas colaboraciones periodísticas, pues en ellas tienen cabida desde la descripción de inventos absurdos hasta interesantes análisis sobre los vicios del lenguaje popular, pasando por sus imaginativos y desternillantes dardos contra la sociedad literaria de su tiempo. Las firmó con seudónimo para tener más libertad a la hora de escribir, ya que O’Brien trabajaba en la Administración Pública y llegó a ser secretario de varios ministros.

No es O’Brien, sin embargo, un escritor corrosivo. Lo suyo es la mirada irónica de la realidad, aunque siente una especial inclinación por ridiculizar los clichés y estereotipos léxicos, literarios y sociales más extendidos y cimentados en la sociedad de Dublín. Llegó a definirse como “inspector de sanidad nacional y literaria para Irlanda”. Y aunque es muy local, como les suele pasar a los grandes escritores, el alcance de su sátira es universal. Para Rivero Tavarillo, experto en la obra del escritor irlandés, en sus columnas “siempre brillan la erudición, la parodia, y ese rasgo sin el que un escritor (y más aquel que se desenvuelve en periódicos) está perdido: un fino oído acompañado de la capacidad de reproducir el lenguaje del común en letras de molde”.
Recomiendo este artículo de Luis Rivas publicado en la revista "Ambos Mundos: http://www.ambosmundos.es/cincoestrellas/flann-obrien-humor-para-sublimar-el-nihilismo/ Una excelente aproximación a todas sus novelas y a su literatura.
La gente corriente de Irlanda
Flann O'Brien
Nórdica. Madrid (2011).
412 págs. 22,95 €.
Traducción: Antonio Rivero Tavarillo.